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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la bañera con mi hermana mayor

Esta es la palabra exacta que define todo lo que voy a contar: obsesión. Para que se entienda, conviene explicar antes quién soy y con quiénes vivo lo que pasó. Tengo veintiocho años, una novia desde hace tres llamada Lucía y una hermana mayor, Carla, de la que llevo media vida tratando de apartar la mirada sin conseguirlo.

Lucía es bonita. Tiene los ojos claros, el pelo castaño cortado a la altura de los hombros y una sonrisa que de verdad me gusta. Es delgada, de pecho pequeño, y nunca le he reprochado nada. Antes de ella estuve con Andrea, otra chica menudita, también de pecho pequeño. Esa es la cuestión, y lo digo sin filtros: ninguna de mis novias ha tenido jamás el cuerpo que tiene Carla.

Mi hermana es de esas mujeres que entran a un sitio y hacen que dos o tres cabezas se giren a la vez. Más alta que yo, melena oscura por debajo de los omóplatos, caderas anchas y unos pechos enormes, demasiado enormes para una camiseta cualquiera. Lo digo aunque sea su hermano. Lo pienso cada vez que la veo. Y no soy capaz de dejar de pensarlo.

La culpa, supongo, es de mis padres. Me criaron como al hijo varón al que se le concede todo. Si quería algo, se me daba. Si miraba algo, terminaba siendo mío. Esa lógica tan barata se me quedó pegada al cerebro como una mancha. Y un día descubrí que también la aplicaba a las mujeres: lo que me gustaba debía ser mío, y lo que tenía mi hermana me gustaba demasiado.

Carla siempre fue lo contrario que yo. Mientras yo solo había estado con dos chicas, ella perdía la cuenta de los novios, los rollos y las noches que volvía sonriendo a casa. La oí decir alguna vez la palabra «promiscua» como si fuera un chiste sobre sí misma. No me sorprende. Con un cuerpo así, tampoco habría sabido qué hacer en su lugar.

Lo que voy a contar pasó en una época rara. Lucía me había sido infiel un mes antes, en un viaje de empresa, y me lo había confesado entre lágrimas en la cocina. Yo no la perdoné enseguida. La castigué con silencios largos, con cenas frías, con dormir dándole la espalda. Ella se sentía culpable y arrastraba esa culpa como una pulsera de plomo. Quería compensarme. Buscaba la manera de hacerme sentir querido otra vez.

A Carla, mientras tanto, la había dejado el novio. Llevaban cuatro años. Él se había ido con una compañera de su gimnasio y la había dejado a ella sin explicaciones, en una mudanza a medio terminar. Mi hermana entró en una depresión callada, de esas que no se quejan, pero a las que se les notan los ojos hinchados por la mañana. Lucía la quería mucho. Me preguntaba por ella todos los días. La invitaba a casa con cualquier excusa.

Aquella tarde de sábado coincidimos los tres solos. Mis padres se habían ido a un pueblo de la sierra y nos habían dejado el piso. Habíamos comido tarde, habíamos abierto una segunda botella de vino, y a media tarde estábamos los tres tirados en el sofá con las piernas enredadas y la cabeza un poco caliente.

No sé si fue Lucía o Carla la que sacó el tema del baño. Una de ellas dijo algo así como que les apetecía un baño largo, de los de cabeza dentro y todo, y la otra contestó riendo que la bañera del piso era enorme y cabíamos los tres. Lo dijeron sin doble sentido. Eso lo tengo claro. Las conozco a las dos y, en ese momento, no había en sus cabezas nada de sexo. Solo agua caliente, un poco de risa floja y la pereza de moverse del sofá.

—¿Te animas tú? —me preguntó mi novia, dándome un golpecito con el pie descalzo.

—Si ustedes se bañan, yo también —contesté, encogido de hombros, fingiendo desinterés.

Por dentro, el corazón se me había puesto a martillear.

La bañera del piso de mis padres es de las antiguas, de hierro fundido, una enormidad blanca con patas que ocupa media pared del cuarto de baño. Cuando éramos pequeños cabíamos los dos hermanos sin problema. Tres adultos, apretados, también caben.

Nos desnudamos cada uno en una habitación. Yo en la mía, en silencio, intentando concentrarme en cualquier cosa. No te empalmes ahora. No te empalmes ahora. Me lo repetía como una oración. Crucé el pasillo con una toalla a la cintura y entré el último.

Carla ya estaba dentro, sentada en uno de los extremos. El agua le llegaba justo por debajo del pecho. Y allí estaban, sus pechos, flotando un poco con el movimiento del agua, como si el agua misma no supiera qué hacer con ellos. Aparté la vista de inmediato. Me metí. Lucía se metió detrás de mí.

—Yo voy en medio —dijo Lucía, riéndose—. Hago de muralla.

Quedamos así: Carla en un extremo, yo en el otro y mi novia entre los dos, con las rodillas dobladas y el pelo recogido en un moño rápido. La idea, según ellas, era lavarnos la cabeza unos a otros. Una tontería de niños. Algo casi inocente.

Lucía me cogió el champú y empezó a frotarme el pelo. Tenía las manos pequeñas y fuertes. Hundía los dedos en el cuero cabelludo como si me diera un masaje. Yo apoyaba la nuca en sus muslos, con los ojos cerrados, intentando no abrirlos. Cada vez que los abría me los encontraba a la altura de los pezones de mi hermana, justo enfrente.

—Tienes que aclararte —dijo Lucía, y me echó agua en la cara con las manos.

Me incorporé un poco. Demasiado. El agua me llegó solo a la mitad de los muslos. Estaba durísimo. Tan duro que no había manera de disimularlo.

—Vaya —soltó Lucía, mirándome hacia abajo.

Carla se rió. No fue una risa nerviosa. Fue una risa franca, casi orgullosa.

—Justo ahora, ¿en serio? —dijo Lucía, mordiéndose el labio—. Si está tu hermana delante.

—Lo siento —murmuré, hundiéndome otra vez hasta el cuello.

Lucía me besó en la boca. Un beso largo, lento, con la lengua recorriéndome el labio inferior.

—A esto habrá que ponerle remedio —me susurró al oído.

Carla se levantó con un movimiento elegante. El agua le resbaló por el cuerpo entero. Yo no la miré. O mejor dicho, la miré por el rabillo del ojo y me odié por ello.

—Los dejo, chicos. Que se diviertan —dijo, agarrando la toalla y enrollándosela alrededor del cuerpo—. Voy a por algo a la cocina.

Salió del baño dejando la puerta entornada. Lucía no esperó ni dos segundos. Se arrodilló frente a mí en el agua, me agarró por las caderas y se llevó mi polla a la boca de un solo movimiento, sin titubeos. Era su manera de pedir perdón, supongo. De decirme que ahora era mía otra vez, que me debía cada cosa que se me ocurriera pedirle.

Yo le sostuve la cabeza con las dos manos y eché la mía hacia atrás. El vapor del agua, el champú resbalándole a ella por la frente, la lengua subiéndome y bajándome por la base. Estuve a punto de correrme casi enseguida.

Y entonces sonó el teléfono.

***

El timbre vino del salón, agudo y largo, hasta que dejó de sonar. Un segundo después oímos los nudillos de Carla en la puerta del baño.

—Lucía, es para ti. Tu madre. Dice que es importante.

Lucía soltó un gruñido contra mi cadera y me soltó. Se levantó goteando, agarró su toalla y salió.

—Sigo en cuanto cuelgue —me prometió en la oreja antes de cerrar la puerta.

Me quedé solo en la bañera, con la polla a punto de explotar y la cabeza nublada. No habría pasado ni un minuto cuando la puerta se entreabrió otra vez. Y entró Carla.

—¿Habéis terminado ya? —preguntó, con la toalla todavía enrollada al cuerpo.

—Sí —le mentí, sin pestañear.

Carla soltó la toalla. La dejó caer al suelo como si nada. La vi entera, de frente, durante el segundo eterno que tardó en meter la pierna en la bañera. Después se metió, se sentó en el extremo opuesto, y sus pechos volvieron a flotar a la altura del agua.

—Está caliente, qué gusto —dijo, cerrando los ojos.

El agua estaba turbia por el champú y por el jabón. No se veía nada por debajo. Yo tenía la polla apuntando hacia arriba como una pala, escondida por la espuma sucia, a un palmo de la rodilla de mi hermana. No se daba cuenta. O fingía no darse cuenta.

—Anda, lávame el pelo a mí —me pidió, abriendo un ojo—. Que tú ya estás hecho.

Tragué saliva. Me incorporé un poco. Ella se acercó, se giró de espaldas y echó la cabeza hacia atrás, dejándomela apoyada casi en el regazo. Le eché champú en el pelo y empecé a frotar. Sus pechos quedaban justo a la altura de mis ojos cuando me inclinaba sobre ella. Cada vez que respiraba, subían y bajaban con una calma de animal dormido.

—Más fuerte —me dijo—. No me vas a romper.

Le froté más fuerte. Le pasé los dedos por la nuca, por detrás de las orejas. Ella suspiraba un poco.

—Qué bien lo haces —murmuró—. Lucía es una afortunada.

Dejé de fingir. Lo había aguantado veinte años, y tres copas de vino, y media bañera de agua jabonosa. Le agarré los hombros y la giré para que me quedara de frente. Carla abrió los ojos y me miró. No dijo nada.

Empujé las caderas hacia delante hasta que mi polla, dura como una piedra, le tocó el pecho. Ella miró hacia abajo. Tampoco dijo nada. Yo respiraba como si acabara de subir cinco pisos.

—Carla —murmuré—, perdóname.

—Calla —me cortó.

Y entonces, despacio, como quien decide algo y no quiere arrepentirse a medias, se juntó los pechos con las dos manos, los apretó y dejó que me deslizara entre ellos. La carne caliente, mojada, me envolvió la polla por completo. Cerré los ojos. Apreté los dientes. Sentí cómo se me iba la sangre del cerebro.

—No pasa nada —me decía mientras movía el cuerpo arriba y abajo, frotándome con sus pechos como si supiera exactamente lo que hacía—. No pasa nada, no pasa nada.

Lo repetía como un rezo. Yo le toqué los pezones con la yema de los pulgares. Estaban duros. Más de lo que el frío del agua podía justificar. Le pellizqué uno con cuidado y ella soltó un gemido bajo, casi inaudible, que me hizo perder lo poco que me quedaba de cordura.

Me corrí entre sus pechos con un gruñido ahogado. Lo vi salir, blanco, sobre la piel mojada de mi hermana, y desaparecer enseguida en el agua turbia. Carla bajó los brazos, los puso a los lados y respiró hondo, mirando al techo.

—Que no vuelva a pasar —dijo, sin mirarme—. Nunca más. ¿Me oyes?

—Nunca más —repetí.

Y en ese mismo momento se abrió la puerta. Lucía entró con la toalla otra vez en la cintura, secándose el pelo con otra más pequeña, sonriente.

—Mi madre, que se aburre —explicó—. ¿Por dónde íbamos?

Carla salió de la bañera con la naturalidad de quien acaba de hacerse la manicura. Me dedicó una sonrisa rápida, cómplice, peligrosa. Se enrolló la toalla y se fue del baño sin mirar atrás.

—Lo dejamos para otro momento, amor —me dijo Lucía, deslizándose dentro del agua—. Te veo agotado de pronto.

Asentí. No tenía fuerzas para hablar.

Esa noche cené con las dos en la cocina, en silencio, con la mirada baja. Carla pasó a mi lado al servir el vino y me rozó la espalda con la cadera. No fue casualidad.

Que no vuelva a pasar. Eso me había dicho.

Pero yo ya sabía, mientras masticaba sin saber qué, que aquello no había terminado. Que mi obsesión, lejos de calmarse, acababa de empezar a tener forma. Y que la próxima vez que mis padres se fueran de fin de semana, iba a ser yo el que propusiera bañarnos los tres.

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Comentarios (5)

Ferchu22

alto relato!! me dejó completamente enganchado desde el principio

NocheLobo

Por favor seguí, me dejaste con ganas de mas. Una segunda parte!!

Claudia_BA

Muy bien escrito, la tension que se va armando es lo que mas me gusto. Lo lei de un tiron

FelixR_Cba

me recordo a algo que viví hace años, me transporte leyendolo. Buen trabajo

TomásRo

¿hay continuacion? me quede con la intriga

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