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Relatos Ardientes

Lo que pasó en su despedida de soltera

Era sábado a la noche y Camila festejaba su despedida de soltera en su departamento de Palermo, acompañada por Florencia y Julieta. Las tres venían de cenar en un bar a tres cuadras y se habían vestido para llamar la atención: vestidos cortos, tacones altos, mucho perfume y esa risa fácil que solo da el champagne caro.

Al día siguiente, Camila se casaba con Martín, su novio de toda la vida. Un arquitecto encantador, de barba siempre recortada y una sonrisa que le había abierto puertas desde la adolescencia. El tipo que cae bien a las suegras y a los porteros, el que nunca falla.

Sentadas en el sillón blanco del living, las tres seguían tomando champagne y se reían a carcajadas.

—Tu última noche de soltera —brindó Julieta levantando la copa—. A partir de mañana, se acabó.

—Al fin —confesó Camila—. Siento que ya viví lo suficiente como para entregarme a uno solo.

—Bueno, «tu hombre» en este mismo momento debe estar festejando con otras —soltó Florencia sin pensarlo demasiado.

—Él no me haría algo así —se defendió la novia.

—No sé, eh —intervino Julieta—. Sabés cómo son las despedidas de los chicos.

—Salió con sus amigos, nada más.

—¿Y vos creés que ellos van al cine? Si esta noche se despide de las chicas es justamente porque te quiere y no piensa fallarte después —cerró Florencia con una sonrisa pícara.

—¿Querés arruinarme la despedida?

—No, todo lo contrario.

Florencia se puso de pie, se acercó a Camila y le tapó los ojos con las manos. Julieta apagó las luces principales y un resplandor rojo empezó a parpadear por todo el living. Habían planeado la sorpresa hacía semanas.

La puerta se abrió y entró «el Lince», el stripper que Florencia había contratado en una agencia recomendada. Tenía unos veintiocho años, alto, calvo, con un cuerpo fibroso de músculos marcados y una mirada que ya prometía problemas. Vestía un traje negro sobre una camisa blanca y un sombrero que, apenas comenzó la coreografía, colocó sobre la cabeza de Camila.

Sonaba un tema de rock pegadizo. El Lince se movía con esa cadencia practicada que solo se aprende después de cientos de funciones. Se quitó el saco contra la pared, se desabrochó la camisa botón por botón y la dejó caer al suelo. Acto seguido, se sentó sobre Camila y le plantó un beso en la boca que arrancó gritos y aplausos de las amigas.

Animadas por el alcohol, las chicas no se quedaron quietas. Le acariciaron la espalda, los hombros, el pecho. El Lince levantó a Camila del sofá, le dio un azote juguetón en la cola y siguió bailando. Cuando se bajó el pantalón, las tres aplaudieron. Cuando quedó completamente desnudo, las tres se quedaron mudas.

Lo que el muchacho tenía entre las piernas no parecía profesional, parecía exagerado. Se acercó a Camila, le tomó la cabeza y le susurró algo al oído. La novia, encendida por el champagne y por el morbo de la situación, asintió en silencio. Le agarró la mano y, ante la mirada incrédula de sus amigas, lo llevó hacia el dormitorio.

***

—No puedo creer lo que está haciendo —murmuró Julieta.

—Yo tampoco —respondió Florencia—. Pero esta noche todavía es libre.

Ya en el cuarto, una habitación de paredes blancas con una cama enorme de sábanas claras, el Lince y Camila cayeron sobre el colchón devorándose la boca. Él le bajó el vestido de un tirón y se lo arrancó. La tanga blanca terminó en el suelo segundos después. Le abrió las piernas con destreza y se hundió entre ellas con la lengua, lamiéndola con una intensidad metódica, casi profesional.

—Así, papito —jadeaba Camila, hundiéndole la cabeza con las manos—. Así.

El Lince subió por su cuerpo, le mordisqueó los pechos y se acomodó hasta dejar su miembro frente a la cara de la novia. Ella abrió la boca y lo aceptó entero, balanceándose con torpeza al principio y con avidez después. Él la dejaba marcar el ritmo unos segundos y enseguida volvía a tomarle la cabeza para imponer el suyo.

Después la giró boca abajo, le levantó la cola y la penetró desde atrás. Los golpes contra el cuerpo se mezclaban con los gemidos. Le daba algún azote ocasional y le tiraba del pelo para clavarla mejor contra él.

—Más fuerte —pedía Camila—. Más.

La acostó boca arriba, le subió las piernas a los hombros y siguió embistiéndola mientras le metía los dedos en la boca. Ella los chupaba como si fueran otra cosa. Después la volvió a poner en cuatro y le habló al oído. Camila asintió. Él la lubricó con saliva, primero con un dedo, después con dos, y cuando estuvo lista la penetró por el otro lado con una embestida que le arrancó un grito largo. Siguieron así un rato, con él marcando el ritmo y ella pidiendo más, hasta que él se retiró, se paró sobre la cama y se masturbó hasta vaciarse sobre la boca y los pechos de la novia.

Quedaron exhaustos, con la respiración entrecortada, tapados apenas por una sábana fina.

Y entonces sonó el timbre.

***

En el living, Florencia y Julieta se quedaron heladas. Se acercaron a la puerta y Florencia preguntó quién era. La voz que respondió desde el otro lado las hizo palidecer.

—Soy yo. Martín.

Era el novio.

—Andá a avisarle a Camila —susurró Florencia con urgencia.

Julieta salió disparada hacia el dormitorio mientras Florencia fingía buscar la llave para ganar tiempo. Cuando irrumpió en el cuarto sin tocar, encontró a Camila desnuda junto al Lince, apenas tapados.

—Está Martín afuera.

—¡¿Qué?!

Camila saltó de la cama de un brinco mientras el Lince se incorporaba confundido. Empezó a tirarle los pantalones y la camisa, le ordenó que se vistiera, que se escondiera, que hiciera lo que fuera. Florencia entró segundos después.

—Hay que esconderlo en el baño —dijo señalando al stripper.

Mientras el timbre no paraba, Camila se puso el vestido a las apuradas y empujó al Lince hacia el baño que daba directo al living. Las tres respiraron hondo. Camila se acercó a la puerta y, sin abrir, le habló a Martín.

—¿Qué hacés acá? Es mi despedida, me tenés que respetar.

—Mi amor, abrime, los chicos me dejaron tirado.

Cuando finalmente abrió la puerta, la escena era surrealista. Martín estaba parado en el pasillo, completamente desnudo, cubierto de huevo y harina de pies a cabeza. Sus amigos le habían hecho una broma y lo habían abandonado en la entrada del edificio.

—Hola, amor. ¿Me dejás bañarme antes de irme?

Camila corrió a buscarle una toalla. El Lince seguía escondido detrás de la cortina de la ducha. Florencia, rápida de reflejos, frenó a Martín antes de que se metiera en el baño.

—Andá al cuarto, que yo te traigo todo. Si entrás así vas a manchar la cortina, las toallas, todo.

Martín, contento con la atención, le hizo caso. Entró al dormitorio y esperó. Florencia volvió al baño, sacó al Lince y lo empujó hacia la puerta principal. El stripper, ya vestido a medias, terminaba de abrocharse la camisa cuando Martín, impaciente, salió del cuarto para acelerar la ducha.

Los dos se cruzaron de frente, en mitad del living.

***

—¿Y este quién es? —preguntó Martín, ajustándose la toalla en la cintura.

—Ya se va —intentó Florencia con una sonrisa que no le salió.

—Acá no se va nadie. Cerrá la puerta —ordenó él.

Julieta obedeció por puro instinto.

—¿Vos de dónde saliste?

—Tranquilo, flaco, a mí solo me contrataron —respondió el Lince levantando las manos.

—¿Para qué?

—Para un show.

—¿Qué clase de show?

El Lince dudó. Camila miraba la escena con los ojos llenos de lágrimas.

—Normalmente no incluye sexo, pero había buena plata y no la pude rechazar —terminó confesando.

Martín se quedó mudo unos segundos. Después caminó hasta el dormitorio sin decir nada y volvió con la tanga blanca de Camila en la mano. La revoleó por el aire y la dejó caer a los pies de su novia.

—Me cagaste la vida antes del casamiento —dijo con la voz quebrada por la rabia—. Te juro que no me caso. ¿Me escuchaste? No me caso.

Le ladró al Lince que se fuera. El stripper no necesitó que se lo dijeran dos veces. Mientras se vestía con la ropa que había traído de su propia despedida, Martín seguía hablando.

—Tres años juntos. Tres años. Y justo hoy se te ocurre despedirte.

—Era mi despedida —lloraba Camila—. Te juro que es la única vez.

—Sos patética.

Cuando se puso la remera, Martín se dio vuelta hacia Florencia y Julieta.

—Y ustedes tampoco son ningunas santas. Metieron a un tipo acá adentro para que se las cogiera a las tres.

—Eso no es así —intentó Julieta.

—¿Vos qué? ¿Me vas a decir que, calentita como estabas, no te ibas a dejar?

—Te estás yendo al carajo —intervino Florencia.

Antes de salir, Martín lanzó la última advertencia.

—Esto me lo vas a pagar, Camila.

El portazo retumbó en todo el departamento.

***

Durante media hora, el living fue un campo de batalla. Lágrimas, reproches, intentos desesperados de armar una historia que cerrara para el día siguiente. Y entonces el timbre volvió a sonar. Camila se aferró a la esperanza de que Martín hubiera vuelto arrepentido. Le abrió y lo hizo pasar.

—Bueno, nosotras nos vamos —dijo Florencia agarrando su cartera.

—De acá no se mueve nadie —ordenó Martín con una voz nueva, mucho más fría.

Las tres lo miraron sin entender.

—Tengo una idea. Yo también quiero mi despedida de soltero. Y la quiero acá, con ellas.

—¿Qué? —Camila no podía creer lo que oía.

—Si no, no me caso.

—Estás en pedo —reaccionó Florencia con una risa nerviosa.

—Es la única manera. Yo me despido de las mujeres con tus amigas, como vos te despediste de los hombres con un desconocido. Y mañana nos casamos felices. Lo otro es: yo me voy ahora y no me ven más.

Camila miró a sus amigas suplicando con los ojos. Florencia entendió antes de que Camila abriera la boca. Se quitó los tacos, dejó la cartera en el sillón y caminó hacia el cuarto sin decir nada.

—Vení —se limitó a decir.

Adentro, cerró la puerta con llave. Martín ya estaba sin remera, sentado en el borde de la cama con una sonrisa soberbia.

—A ver de qué sos capaz —lo desafió Florencia.

Se sacó el vestido. Se sentó a su lado y empezó a besarlo. El beso se volvió hambriento. Él le agarró los pechos por encima del corpiño y después los liberó. La bajó al piso, le puso la cabeza entre sus piernas y la dejó hacer. Florencia entendió bien lo que tenía que hacer. Lo chupó como si llevara meses pensándolo. Quizás lo había pensado.

Él la levantó, le bajó la tanga y la sentó sobre él, frente a frente, mientras la cama empezaba a crujir con un ritmo que se filtraba por la puerta hasta el living. La cogió en el aire, la acostó boca arriba, la dio vuelta. Le habló al oído cosas que Florencia respondía con risas guturales mientras seguía moviendo las caderas contra él.

—Te gusta cornudo, eh —se burlaba ella entre embestidas.

—Y a vos te gusta cornudearla a tu amiga —retrucaba él.

Cuando estaba por terminar, Martín la giró boca abajo, le pidió que le abriera la cola y la penetró por detrás con una embestida lenta y profunda.

—Me vas a romper —reía Florencia—. Te estás dando todos los gustos.

—Todos.

Acabó sobre la cadera derecha de ella, dejándola marcada, sudada, agotada. Florencia se levantó, recogió la ropa del suelo y salió del cuarto envuelta en una sábana.

***

En el living, Julieta había intentado escaparse dos veces. Camila se lo impidió las dos. Cuando Florencia apareció, despeinada y empapada, miró a Julieta sin sonreír.

—Te toca.

—No puedo —susurró Julieta.

—Sí podés. Si no, no hay boda.

Julieta entró al cuarto. Martín la recibió tirado en la cama, con el pene a media asta y la mirada burlona.

—Hola, Julieta. Dale, ayudame.

Sin responder, ella se quitó los zapatos, se desvistió con movimientos secos y se subió a la cama. Le agarró el miembro con la mano y se lo trabajó hasta que volvió a estar firme. Se acomodaron en un sesenta y nueve mientras los gemidos volvían a filtrarse hacia el living.

Después la puso en cuatro y la cogió mirando hacia la puerta cerrada, sabiendo que del otro lado estaban su novia y la amiga que acababa de tomar. La acostó boca arriba, la cabalgó él esta vez, la levantó contra la pared, la apoyó contra el marco de la ventana abierta. El calor del verano de la ciudad entraba a oleadas.

Cuando estaba por terminar, le pidió la cola también. Julieta aceptó sin discutir. Él la lubricó con paciencia y la penetró. El grito se escapó por la ventana hasta la calle, a las tres y media de la madrugada, en un edificio donde por suerte los vecinos estaban de vacaciones.

—Mañana voy a estar parada todo el casamiento —bromeó Julieta cuando él se retiró.

—Bancátela.

Terminó masturbándose sobre la boca de ella. Después fueron al baño juntos, se enjuagaron como dos extraños que se habían encontrado en un gimnasio, se vistieron y volvieron al living.

Martín caminó hasta Camila. La besó en la boca delante de sus dos amigas.

—Ahora sí estamos a mano —le susurró al oído.

Se dio vuelta y se fue.

***

Las tres se quedaron solas en un silencio que duró mucho más que el caos. Hablaron, lloraron, sellaron el pacto que ya estaba sellado por la propia situación. A las cinco de la mañana, Florencia y Julieta se despidieron y prometieron estar en la iglesia al día siguiente como si nada hubiera ocurrido.

Camila se quedó sola en su departamento. Recogió las copas de champagne del living, levantó las tangas que habían quedado en el piso, hizo la cama con sábanas nuevas. Cuando se acostó, miró el techo en la oscuridad y se preguntó qué clase de matrimonio empezaba al día siguiente. Qué clase de marido la esperaba en el altar. Qué clase de vida había firmado sin leer la letra chica.

Al día siguiente iba a sonreír para las fotos. Esa noche, en cambio, ya no sonreía nadie.

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