Cómo me vengué del padre de mi mejor amiga
La primera vez que Marcos me tuvo, ni siquiera sabía que era él.
Diego, el hombre del que estaba encaprichada —mayor que yo en casi veinte años, imposible de ignorar—, tenía esa costumbre irritante de hacerme suplicar. Me gustaba y lo odiaba en la misma medida. Aquella noche me presentó a dos socios, como los llamó, y añadió que llevarían antifaces por discreción. Eran hombres casados. Era fácil de entender.
No lo entendí del todo hasta después.
Volví al local a buscar el móvil que había olvidado sobre la barra. Los oí antes de entrar. Uno presumía, con esa vulgaridad de quien necesita audiencia, de haberse acostado con la mejor amiga de su hija. Llevaba años pensando en ello. Lo había organizado todo él.
Reconocí su voz enseguida.
Marcos. El padre de Sofía, mi mejor amiga desde los doce años. El hombre que yo había visto en cenas, cumpleaños y tardes de playa durante una década. El hombre en cuyo pedestal Sofía ponía el sol y la luna.
Salí sin que me vieran. Conduje durante media hora sin saber adónde iba.
***
La rabia no desapareció. Se asentó. Se volvió fría y manejable, como algo que ya no me quemaba sino que podía sostener con las dos manos y examinar sin prisa. Pensé en Sofía, que no podía sufrir por la vileza de su padre. Pensé en Carmen, su madre, que no merecía que su mundo se rompiera. Y pensé en Marcos, tan convencido de que lo que había hecho no iba a tener precio.
Ahí se equivocaba. Todo tiene precio.
Me tomé dos semanas para planear cada movimiento.
***
La primera fase comenzó en la playa, un sábado de verano.
Fui con Sofía y sus padres. El sol pegaba fuerte. Sofía y yo jugamos con las raquetas durante media hora, hasta que ella, agotada y frustrada, tiró la suya contra la arena con un maldito entre dientes y se metió al mar. Recogí la raqueta y me acerqué a donde Marcos y Carmen descansaban bajo la sombrilla.
—Tu hija no dura nada —le dije, tendiéndole la raqueta—. Seguro que tú sí. ¿Te animas?
Carmen, sin levantar la vista de su libro, comentó que algo de ejercicio le vendría bien. Marcos se levantó con esa sonrisa de hombre que acepta cualquier reto.
Llevaba un bikini que apenas cubría lo necesario. No es que jugara mal: es que lo hacía todo de cara a él. Cuando golpeaba fuerte, dejaba que mis pechos rebotaran apenas contenidos por la tela. Cuando fallaba una pelota y me agachaba a recogerla, mantenía las piernas rectas y la postura justa para ofrecerle una vista que no podía ignorar. Lo pillé ajustándose el bañador en dos ocasiones. Fingí no verlo.
Repetí el ritual los dos días siguientes. A veces con las raquetas, otras con pretextos menores: pedirle que me pusiera crema en la espalda, sentarme cerca de él con las rodillas separadas mientras leía. Lo mantenía en tensión sin darle nada concreto a lo que aferrarse.
El jueves tuve la oportunidad que esperaba.
Carmen y Sofía se encontraron con unas amigas y se fueron al chiringuito. Yo rechacé la invitación. En cuanto se alejaron, me senté frente a Marcos en la arena, con las rodillas separadas y los pies cruzados, y lo miré fijo.
—Quería hablar contigo de algo —dije—. Algo que no le cuento ni a Sofía ni a mis padres.
Marcos adoptó el tono de hombre de confianza. Prometió discreción absoluta.
Me ajusté el sujetador del bikini con deliberada lentitud. Sus ojos bajaron solos hasta mis pechos.
—Hace unos meses me lié con un hombre mucho mayor que yo —empecé—. No sé qué me pasó. Sé que no debía, pero caí. Y desde entonces no puedo sacármelo de la cabeza. Lo peor es que ahora miro a los hombres de su edad de una forma diferente.
Hice una pausa. Él esperaba.
—También a ti —añadí, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Lo sé, es una barbaridad. Pero llevas días mirándome de una forma que no me resulta indiferente.
Marcos se quedó un instante en silencio. Luego respondió con ese tono entre paternal y excitado que usan los hombres cuando no saben bien en qué papel están.
—A vuestra edad es normal fijarse en hombres con más experiencia —dijo—. Buscáis algo que los de vuestra generación no tienen todavía.
—Supongo —respondí, bajando la mirada como si me avergonzara. Luego me levanté de golpe—. Olvida lo que he dicho. Ha sido una estupidez.
Y salí corriendo hacia el mar, contoneando las caderas más de lo necesario, dejándolo con la palabra en la boca.
Cuando volví, Carmen y Sofía ya habían regresado. Lo que había pasado entre Marcos y yo quedó suspendido en el aire entre los dos. Lo vi esquivarme la mirada el resto de la tarde con el esfuerzo visible de quien intenta no mirar algo que le resulta imposible de ignorar.
***
La segunda fase llegó el viernes siguiente.
Sabía que Carmen y Sofía irían al teatro esa noche: Sofía me lo había comentado esa mañana sin darle importancia. Que a Marcos le aburría el teatro y nunca las acompañaba, también lo sabía. A las ocho y cuarto me planté frente al portal de su edificio. Respiré hondo antes de pulsar el interfono.
—Marcos, soy Rebeca. ¿Está Sofía?
—Sofía salió hace un rato con su madre —respondió su voz por el altavoz—. ¿No te avisó?
—Tendrá el móvil sin batería, ya la conoces. Perdona la molestia, pero pasaba por aquí y estoy en un pequeño apuro.
—¿Qué clase de apuro? Sube y me cuentas.
La puerta se abrió. En el portal, saqué del bolso el botecito de pintura acrílica para niños —lavable, inocua— y me salpiqué generosamente la camiseta y los vaqueros. Subí en el ascensor hasta el sexto. Marcos me esperaba en el rellano con cara de preocupación que cambió a sorpresa cuando me vio las manchas.
—No te asustes, no es sangre —dije antes de que preguntara—. Pintura. Un gamberro desde un balcón, creo. Solo necesito lavarla antes de que se seque. Y me caí del susto: me duele la cadera.
Me dejó pasar. Colgué el bolso en el perchero de la entrada y me fui directa al baño del fondo, dejando la puerta entornada a propósito. Me quité la camiseta, el sujetador y los vaqueros, los puse en el lavabo con el grifo abierto. Mientras frotaba la tela, coloqué con cuidado el espejito de mano de Sofía —sabía exactamente dónde lo guardaba— en un ángulo que reflejaba el pasillo. Allí estaba Marcos, apoyado en el marco del salón, mirando.
El pez había picado.
Cuando terminé de lavar las manchas, colgué la ropa mojada en la mampara y me envolví en la toalla de baño desde el pecho hasta medio muslo. Al salir, Marcos había vuelto al salón. Lo encontré sentado en el sillón con el mando de la televisión en la mano y una expresión de hombre que finge haber estado allí todo el rato.
Me senté de lado en el sofá de enfrente.
—La ropa está empapada. Espero que se seque antes de que vuelvan Sofía y tu mujer.
—La sesión termina a las once —dijo—. No estarán aquí antes de la una.
Desapareció a la cocina y regresó con agua, una pastilla y una pomada para contusiones. Me preguntó dónde me dolía.
—En la cadera —respondí—. Si me la pones tú sería mejor: si suelto la toalla para hacerlo yo, se me cae al suelo.
Se arrodilló. Levanté la toalla lo justo para dejar al descubierto la cadera derecha. Sus manos empezaron con cuidado y fueron ganando confianza: primero la crema, después el masaje, después las manos moviéndose solas más allá de donde hacía falta. Cuando estrujó la otra nalga sin que nadie se lo pidiera, lo frené con suavidad.
—Solo era una —protesté.
Se incorporó de golpe y me miró con una mezcla de deseo y algo parecido a la indignación.
—Dijiste que te dolía la cadera —dijo con voz ronca—. Y encima parece que no te duele demasiado.
Retrocedí un paso y lo miré con calma.
—Tienes razón. Ha sido un pretexto. Quería estar a solas contigo y no se me ocurrió nada mejor. ¿Recuerdas lo que te dije en la playa?
Asintió sin hablar.
—Pues va en serio. Anoche no dormí pensando en ti. Pero si quieres que me vaya, me voy.
Me giré hacia el pasillo. Él me detuvo por el codo.
—¿Es todo cierto lo que dices?
—Puedes creerme o no —respondí—. Pero es cierto.
Solté la toalla. Cayó a mis pies. Me quedé de pie con solo la braguita de encaje blanco, los brazos a los lados, dejándolo mirar: los pechos desnudos, los pezones duros, la respiración agitada que no tenía que fingir del todo.
—¿Te parece que no voy en serio?
***
Lo que siguió fue en su cama conyugal, tal como yo había planeado.
Le dije que quería algo sucio, sin romanticismos, solo aquella vez. Él no estaba para discutir. Me empujó suavemente hasta que caí de espaldas sobre el colchón, me abrió las piernas y entró de un solo empujón que me arrancó un grito ahogado. Folló con esa urgencia de quien lleva demasiado tiempo guardando algo: rápido, sin miramientos, animándose con mis gemidos, cada vez más profundo.
Me corrí en menos de cinco minutos, apretando las sábanas de su mujer con los dos puños, y él siguió sin parar, con más rabia si cabe, hasta que me obligó a ponerme de rodillas en el borde de la cama y me abrió las nalgas con las manos.
—Aquí también —gruñó.
Entró despacio, sin pedir permiso, hasta el fondo. Empezó a moverse dentro de mí con un ritmo constante que fue ganando velocidad. Me agarró las muñecas y tiró hacia atrás como si fueran riendas, arqueándome la espalda, dominándome por completo. No cedí hasta que no pude más: un orgasmo largo y profundo que me sacudió entera mientras él se tensaba y se corría dentro de mí.
Luego me ordenó que se la chupara.
Me aparté sin contemplaciones.
—Eso ni lo sueñes.
Me levanté, tomé algo del tocador con disimulo mientras fingía apoyarme para no caer, y me encerré en el baño. Cuando salí, vestida con la ropa todavía húmeda, él intentó hablar.
—Ya hemos follado —le corté—. No pretendas que esto sea una aventura. Lo último que quiero es tenerte como amante.
Salí dando un portazo que retumbó en el rellano.
***
El lunes siguiente me autoinvité a cenar en su casa. Cuando entré del brazo de Sofía, Marcos palideció. Lo saludé con la misma familiaridad de siempre, como si nada hubiera pasado. Él entendió el mensaje.
Después de la cena llegó la tercera fase.
—Sofía, ve con tu madre a preparar el café —dije—. Quiero que tu padre me muestre la colección de vinos de la que me habló el otro día.
A Sofía los vinos le aburrían. A Carmen también. Ninguna protestó. En cuanto Marcos cerró la puerta del despacho y se giró hacia mí, me planté frente a él.
—Me debes cuatrocientos euros.
Creyó que bromeaba. Le expliqué sin prisa: doscientos por el viernes en su cama, doscientos por aquella noche en el local de Diego, cuando creyó que nadie lo reconocería con antifaz.
Su cara fue un espectáculo.
—No sé de qué me hablas —balbuceó.
—Los escuché al salir —dije—. Fuiste el más explícito de los tres. Describiste hasta el último detalle.
Abrí el móvil y le envié el vídeo por WhatsApp. Aparecíamos los dos en su cama: imagen limpia, ángulo fijo, sin perder ningún detalle. Había comprado el bolígrafo con cámara integrada semanas antes. Lo había colocado en el dormitorio durante los dos minutos que pasé en el baño, la noche del viernes.
—Por eso insistí tanto en hacerlo en tu cuarto —aclaré—. Por si no lo habías entendido.
Intentó hablar. Lo interrumpí.
—Tienes una posición respetable. No creo que a tu empresa le haga gracia este vídeo. Tampoco a tu familia. Así que escúchame bien.
Me subí la falda, bajé la braguita hasta medio muslo y me incliné sobre su escritorio, apoyada en las manos.
—Siempre que yo lo diga. Doscientos euros por sesión. Solo anal: lo del coño aquella noche no vuelve a pasar. Tu mujer y tu hija no sabrán nada de mi parte. Pero tú no sabes hasta dónde llego si me haces enfadar.
Intentó subirme la braguita. Amenacé con levantar la voz. Vaciló unos segundos que se hicieron eternos, y cedió. Me sodomizó allí mismo, con la mano sobre mi boca para ahogar cualquier sonido, hasta correrse dentro de mí por segunda vez.
—Ahora el Bizum —dije al levantarme—. Seiscientos. Lo de hoy también cuenta.
Tomamos el café todos juntos como si nada. Sus miradas furiosas solo consiguieron hacerme sonreír.
***
Unos días después me presenté en su oficina.
Le dije a la recepcionista que era amiga de su hija y que era urgente. Me dejó pasar sin anunciarme. Cuando Marcos me vio entrar y cerrar la puerta a mi espalda, descolgó el teléfono al instante y ordenó que nadie lo interrumpiera: estaba en una reunión confidencial de máxima importancia.
Rodeé su mesa, me subí la falda, me incliné sobre el escritorio.
—Doscientos más.
Y me los dio. Vaya si lo hizo.
***
La moraleja no es complicada.
Marcos me trató como si su deseo no tuviera consecuencias. Como si mi cuerpo fuera algo que se podía tomar con un antifaz y un poco de planificación, y luego olvidar. Así que le di exactamente lo que esperaba: una transacción. Él paga, yo fijo las condiciones, y ninguno de los dos tiene que explicarle nada a nadie.
No pienso mantenerlo indefinidamente. Solo el tiempo suficiente para cobrarme lo que me deben.
Y Sofía, que sigue sin saber nada de todo esto, seguirá siendo mi mejor amiga. Por eso lo hago así. No por él. Por ella.