Con mi cuñado en el taxi a medianoche
Marcos llegó a mi departamento sin avisar, lo que significaba que llevaba horas pensando en mí. Apareció en la puerta con ese traje gris que sabía que me volvía loca, la corbata apenas aflojada y una excusa preparada de antemano para mi hermana: cena de trabajo, llegaría tarde, no la esperara. La misma mentira de siempre, la que los dos sabíamos que ella se tragaba sin hacer preguntas.
Yo me había tardado en bajar adrede. No porque dudara, sino para que él esperara. Me puse los jeans más ajustados que tenía, con la pretina baja, y una blusa blanca casi transparente bajo las luces de la calle. Sabía perfectamente el efecto que le producía ese encaje negro del brasier cuando se transparentaba con la luz. Me miré en el espejo del baño una última vez, me solté el pelo y bajé las escaleras.
Cuando llegué al portal y lo vi de pie junto al muro, con las manos en los bolsillos y esa tensión que le marcaba la mandíbula, supe que iba a ser una noche larga. Bajé la vista un segundo y le vi el bulto marcado bajo la tela del pantalón. Ya la tenía dura. Solo de esperarme.
—Pido un taxi —dijo en voz baja, sin moverse.
—Pídelo —respondí.
***
El coche llegó en menos de cuatro minutos. Era un sedán oscuro, de sitio, con el tapizado limpio y el taxista al frente callado y profesional. Nos acomodamos en el asiento de atrás. La puerta no había terminado de cerrarse cuando Marcos me tomó de la nuca y me besó con una urgencia que llevaba días acumulada.
No era un beso de bienvenida. Era el tipo de beso que no pide permiso, que empieza en la boca y termina recorriendo toda la columna. Su lengua buscó la mía sin protocolo, sin rodeos, y yo respondí apretándome más contra él, ignorando el tráfico afuera y la figura silenciosa al volante.
Metió la mano por debajo de mi blusa. La piel fría de sus dedos contra mi pecho caliente me sacó un sonido que intenté ahogar. Me aferró con fuerza, el pulgar rozando el encaje del brasier, buscando el gancho delantero. Lo encontró. Lo soltó.
El aire fresco del coche me llegó a los pezones antes de que su mano los cubriera. Los tenía duros, tirantes, tan sensibles que cuando me pellizcó el izquierdo entre el pulgar y el índice se me escapó un gemido corto que me obligó a morderme el labio. Giré la cara hacia la ventana un instante para controlarme y sentí cómo su otra mano bajaba por mi vientre, buscando el botón del jean.
Fue en ese momento cuando noté que el taxista ajustó el retrovisor. Un movimiento pequeño, casi imperceptible. Pero lo vi.
Nos está mirando.
Ese pensamiento, en lugar de detenerme, encendió algo que no esperaba. Me quedé muy quieta un segundo, procesando lo que acababa de sentir. Sentí cómo se me humedecía el coño de golpe, cómo la bombacha se me pegaba entre los labios de solo saber que ese hombre desconocido, al volante, me estaba viendo las tetas al aire y no podía apartar los ojos. Luego me volteé hacia Marcos, me pegué a su cuello y le hablé al oído en un susurro que apenas ocupaba aire:
—Pregúntale al taxista si me deja mamártela aquí atrás.
Marcos se tensó de golpe. Me miró con los ojos muy abiertos, entre la sorpresa y algo mucho más oscuro que la sorpresa.
—¿Qué? —murmuró.
—Que le preguntes. —Le sostuve la mirada sin parpadear—. Si quiere que pare, para. Pero quiero chupártela ahora. Delante de él.
Tragó saliva. Se incorporó levemente en el asiento, se aclaró la garganta con la discreción de alguien que sabe perfectamente que no hay nada discreto en lo que está a punto de hacer, y habló hacia el retrovisor:
—Disculpe, señor. ¿Le molestaría que mi novia… que me la chupara aquí atrás?
El silencio que siguió duró quizás cinco segundos. Cinco segundos en los que el taxi avanzó dos cuadras, una bocina sonó a lo lejos y yo contuve la respiración. El taxista miró el espejo. Miró la calle. Volvió a mirar el espejo. Tenía unos cincuenta años, el pelo entrecano, cara de quien ha visto suficiente para ya no escandalizarse de nada.
—Haga lo que quiera, joven. Yo manejo.
Los dos sabíamos que no solo iba a manejar.
***
Me volteé en el asiento sin pensarlo dos veces. Me acomodé de lado, apoyada sobre los codos, y le bajé el cierre del pantalón a Marcos con los dedos seguros. Le abrí el botón, tiré de la cintura del bóxer y le saqué la verga de un movimiento. Estaba durísima, hinchada, con la punta ya mojada por lo que le había goteado durante la charla con el taxista. La sostuve un segundo con la mano, sintiendo el peso, el grosor, la vena gruesa que le recorría el envés, y me relamí antes de agacharme.
Empecé desde abajo, con la lengua plana, desde la base hasta la punta, lento. Le lamí los huevos primero, uno y después el otro, chupándoselos con cuidado dentro de la boca, y él soltó el aire que tenía contenido entre los dientes y apoyó una mano en mi cabeza, suave primero. Subí por el tronco lamiéndolo como si fuera un helado, deteniéndome en la punta, hundiendo la lengua en el hueco donde ya asomaba el líquido preseminal. Se lo limpié con un beso húmedo. Volví a bajar. Otra vez. El ritmo que me pedía la situación, no la urgencia.
Después me la metí entera.
Él gruñó por lo bajo y cerró los dedos en mi pelo. La sentí golpearme el fondo de la garganta y tragué alrededor de ella, apretándola con la lengua contra el paladar. Empujé el ritmo, subiendo y bajando la cabeza, con los labios bien cerrados alrededor del tronco, dejando un rastro brillante de saliva que se le escurría hasta los huevos. Él me apretaba la nuca, marcándome el compás, y yo me dejaba llevar, escuchando cómo su respiración se fragmentaba encima de mí. El taxi avanzaba por la avenida principal y las luces de los locales atravesaban los vidrios en destellos, iluminando el asiento de atrás a ráfagas: mi culo levantado, mi espalda arqueada, mi boca ensartada en la polla de Marcos. No me importó.
De reojo, a través del pelo que me caía sobre la cara, vi al taxista en el espejo.
No miraba la calle.
Sus manos apretaban el volante con los nudillos blancos y sus ojos iban del espejo al parabrisas y volvían al espejo, con una disciplina que claramente le estaba costando mantener. Noté cómo su postura había cambiado, cómo se había corrido un poco hacia adelante en el asiento y cómo una de sus manos abandonó el volante por un segundo para acomodarse el bulto entre las piernas. Se le marcaba clarísimo bajo el pantalón. La tenía dura, tan dura como Marcos.
También está duro. Los dos lo están. Por mí.
Eso hizo que succionara más fuerte. Ahuequé las mejillas, la apreté con los labios en cada subida y en cada bajada, tragué de nuevo cuando la sentí golpearme atrás. Marcos soltó un sonido que no pudo controlar y me agarró el cabello con ambas manos, presionando con más fuerza. No me resistí. Le abrí más la boca, dejé que él empujara desde abajo, moviéndome la cabeza a su antojo, follándome la garganta al ritmo que quiso. Los ojos me lloraban un poco, la saliva se me caía por la comisura y le empapaba los huevos, pero no aflojé. Al contrario. Me metí una mano dentro del jean, por debajo de la bombacha, y me pasé dos dedos por el clítoris. Estaba empapada. Chorreando. El coño me palpitaba y cada empujón que Marcos daba en mi boca me lo hacía apretar más.
Tres personas en ese coche. Cada una al límite de su propia forma.
Marcos empezó a jadear de manera entrecortada, intentando no hacer demasiado ruido y fracasando a medias. Lo conocía bien: sabía cuándo estaba cerca. Le sostuve las caderas con una mano y no le di tregua. Aceleré. Le apreté los huevos con suavidad, se los masajeé, sentí cómo se le encogían contra el cuerpo. Lo escuché decir algo entre dientes, a medio camino entre mi nombre y una maldición, y luego su cuerpo se tensó entero y me acabó adentro de la boca, de golpe, chorro tras chorro, aferrado a mi cabeza para que no me moviera. Me llenó la garganta de leche caliente y espesa, tanta que me costó tragarla toda de una.
Me la tragué despacio. Sin apuros. Saboreando el sabor salado bajando por mi garganta y la mirada que sentía clavada desde el retrovisor. Cuando terminé, le pasé la lengua por la punta una última vez, limpiándole la última gota, y él soltó un gemido roto que llenó todo el coche.
Cuando me incorporé, me pasé el dorso de la mano por los labios y me relamí los dedos con los que me había estado tocando el coño, uno por uno, mirando el retrovisor. Le sostuve la mirada al taxista un segundo entero. Vi cómo se le movía la nuez de Adán al tragar saliva. Vi cómo su mano volvía a apretarse el bulto por encima del pantalón. Luego le guardé la verga a Marcos con cuidado y le subí el cierre. Él tenía la cabeza apoyada en el respaldo y los ojos entornados, con esa expresión de quien acaba de aterrizar desde muy lejos.
—Hotel Reina —le dije al taxista, con la voz tranquila y todavía ronca—. Sobre la avenida principal.
—Sí, señorita —respondió él. La voz le salió un tono más ronca que antes.
***
Llegamos en ocho minutos. Marcos abrió la cartera para pagar. El taxista levantó una mano desde el asiento delantero, sin voltearse.
—No hace falta, joven. El viaje ya está cubierto.
Bajamos a la acera. El taxi se perdió en la avenida y nosotros entramos al hotel.
***
La habitación tenía las persianas bajas y olía a limpio. Marcos me desabrochó la blusa desde atrás, despacio, con más paciencia de la que yo esperaba después de lo que acababa de pasar. Me dejó caer el brasier por los hombros y se quedó mirándome un momento antes de inclinarse. Me chupó los pezones uno por uno, tomándose su tiempo, mordisqueándolos apenas hasta que yo empecé a arquearme contra él. Después me bajó el jean por las piernas, arrodillado en la alfombra, y me sacó la bombacha empapada oliéndola sin disimulo antes de tirarla a un costado.
Me sentó en el borde de la cama, me abrió las piernas y me hundió la cara entre los muslos. Me lamió el coño de abajo hacia arriba, largo, plano, saboreándome, y cuando llegó al clítoris se quedó ahí, chupándolo suave, después más fuerte, metiéndome dos dedos adentro y buscándome el punto exacto que sabía volverme loca. Me corrí en su boca a los pocos minutos, agarrándole el pelo con las dos manos, apretándole la cara contra mí mientras las piernas me temblaban sobre sus hombros.
No me dio tregua. Se levantó, se sacó la ropa dejándola caer al piso y me dio vuelta boca abajo sobre la cama. Me levantó el culo con las dos manos, me abrió las nalgas y me metió la verga hasta el fondo de una sola estocada. Grité contra la almohada. Estaba tan mojada que entró de corrido, hasta los huevos, y empezó a follarme duro desde el primer segundo. Cada embestida me clavaba contra el colchón y me hacía chocar las tetas contra la sábana. Me agarró del pelo, tirando de mi cabeza hacia atrás, y me siguió metiendo la polla entera, saliendo casi del todo y volviendo a hundírmela de una.
—Así, puta —me susurró contra la nuca—, así te gusta, ¿no?
—Sí, así, dame más, más fuerte.
Me la dio más fuerte. Me la dio hasta que me corrí dos veces seguidas, apretando el coño alrededor de su verga, mordiendo la almohada para no gritar. Después me dio vuelta boca arriba, me abrió las piernas y volvió a metérmela mirándome a los ojos. Me la clavó despacio primero, hasta el fondo, aguantándose ahí, moviendo apenas las caderas, y después empezó a embestir otra vez, con las manos apoyadas a los costados de mi cabeza y el pecho contra mis tetas.
Se corrió dentro mío mucho después, con un gemido largo pegado a mi cuello, mientras yo lo apretaba con las piernas alrededor de la cintura. Sentí cómo se vaciaba adentro, chorro caliente contra el fondo del coño, y me apreté contra él para retenerlo hasta la última gota.
Pasamos el resto de la noche en esa habitación. El calor que habíamos acumulado en el coche salió de otra forma: más lento, más fondo, más nuestro. Me la volvió a meter dos veces más antes del amanecer, en posiciones distintas, sin apuro. Me destrozó de la mejor manera posible, sin apuro, como si tuviera toda la noche para hacerlo bien. Y la tenía.
En algún punto de la madrugada, ya sin aliento y con el techo blanco encima, me volteé hacia él y le hablé al oído igual que en el taxi, en ese mismo susurro que sabía que no podía ignorar.
Le confesé la fantasía que llevaba semanas guardando para mí sola. Él y yo, y mi hermana.
No dijo nada durante un momento muy largo.
Después, en la oscuridad, escuché cómo su respiración cambiaba. Y sentí, contra mi muslo, cómo se le ponía dura otra vez.
Y eso fue suficiente respuesta.