Fui su amante secreta durante más de un año
Tenía veintiséis años cuando lo vi por primera vez en la pantalla de mi celular. Apareció entre las sugerencias de una red social donde yo casi no publicaba, pero empecé a seguirlo en silencio: alto, con barba oscura y unos hombros que prometían cosas que no debería estar pensando sobre alguien con anillo de casado.
Tardé casi tres semanas en atreverme.
Un martes por la noche, sin pensarlo demasiado, le mandé solicitud de amistad. Él la aceptó al día siguiente y me escribió algo corto y sin pretensiones: «Hola, ¿cómo estás?». Dos palabras que no decían nada y, al mismo tiempo, abrían una puerta.
Conversamos de cosas sin importancia durante unos días. Trabajo, música, el clima de su ciudad, que era distinta a la mía. Era amable, inteligente, con un humor seco que me fue gustando. Me acostumbré a esperarlo.
La cosa cambió un viernes por la noche, pasada la una de la madrugada. Yo estaba en cama con el teléfono sobre la almohada, medio adormilada. Él me preguntó qué hacía. Le dije que no podía dormir, que estaba en pijama, un short y una camiseta de tiras finas. Él tardó un momento en responder.
—Qué imagen —escribió.
Y ahí supe que había algo.
Le tiré el anzuelo sin mucho pudor: le dije que a veces me quedaba dormida y amanecía sin ropa, que el calor me hacía eso. Su respuesta llegó en segundos: «Qué suerte tiene el calor». Después me pidió una foto. Solo del pijama, aclaró.
Le saqué una foto en la penumbra del cuarto, inclinando el encuadre justo lo suficiente para que la camiseta revelara más de lo que debía. No era inocente. Él tampoco fingió que lo era.
***Lo que vino después duró casi catorce meses.
Audios a medianoche. Fotos que mandaba desde el baño de su oficina. Videos grabados en silencio, con el teléfono apoyado en la repisa, para que yo pudiera verlo sin que nadie en su casa sospechara nada. Él recibía mis videos sentado en su auto, en el estacionamiento, y me decía que tenía que morderse el puño para no hacer ruido.
Había algo adictivo en saber que lo volvía loco desde tan lejos. Que borraba los mensajes cada noche antes de entrar a casa. Que me buscaba de todos modos al día siguiente.
Intentamos vernos tres veces antes de que algo funcionara. Siempre había algún obstáculo: su mujer cambiaba de planes, yo tenía un compromiso, los horarios no cerraban. Cada cancelación me dejaba frustrada de una manera que ya no era solo curiosidad.
Cuando por fin cuadramos una fecha, yo no dormí la noche anterior.
***Lo vi salir del auto en el estacionamiento del hotel y me quedé quieta un segundo. En las fotos ya me parecía alto, pero en persona era otra cosa: medía fácil un metro ochenta y cinco, y cuando se acercó a saludarme, tuve que levantar la vista. Yo llego al hombro de la mayoría de los hombres. Con él me quedé cerca del pecho.
—Eres más chica de lo que pensaba —dijo, y sonrió.
—Y tú eres más grande —respondí.
Nos reímos. Los dos nerviosos, los dos fingiendo que no lo estábamos.
Subimos al cuarto casi sin hablar. Era la primera vez que él tocaba a otra mujer que no fuera su esposa, me lo había dicho varias veces durante esos meses, y ese dato me provocaba algo que no sé si es orgullo o algo más oscuro. Me gustaba ser esa primera vez.
Yo llevaba una falda corta y nada debajo. Lo había planeado desde la mañana.
En cuanto se cerró la puerta, nos miramos y ya no hubo más palabras.
***Empezamos despacio, casi con cuidado. Sus manos en mi cintura, mi cara levantada hacia él, la diferencia de altura haciendo todo ligeramente torpe al principio. Nos besamos y la torpeza desapareció. Tenía una forma de besarme que me vaciaba la cabeza: sin apuro, con las manos sujetándome la cara, como si quisiera asegurarse de que yo no me fuera a ningún lado.
Sus labios bajaron por mi cuello y yo cerré los ojos. Sentí sus manos buscar el borde de la camiseta y levantarla despacio. Cuando me sacó los senos por encima de la tela, se quedó un momento mirándolos.
—Dios —dijo en voz baja.
Bajó la cabeza y empezó a besarlos sin prisa, con la lengua rodeando primero uno y después el otro, aprendiendo el ritmo de mis reacciones antes de succionar con más fuerza. Cuando atrapó el pezón entre los labios y tiró con suavidad, se me escapó un sonido que no había planeado hacer.
Pasó un buen rato así. Él no tenía apuro y yo no quería que lo tuviera. Jugaba hábilmente con la lengua, alternando presión y delicadeza, hasta que mis pezones quedaron duros e hipersensibles y yo empecé a empujarlo hacia mí sin darme cuenta.
Cuando por fin me sacó la ropa del todo, yo ya temblaba un poco. Le quité la camiseta con las manos. Tenía el torso que había visto en fotos pero de otra manera: el calor de la piel, el peso de sus manos cuando me apretó hacia él, el olor que no hay forma de capturar en una pantalla.
Le bajé el pantalón y el bóxer de un movimiento.
Lo que vi me hizo dudar un segundo. Grueso, más de lo que esperaba, con una cabeza pronunciada que prometía exactamente la sensación que yo había estado imaginando durante meses.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—Muy bien —dije, y bajé al suelo.
***Le tomé el tiempo que quise. Empecé despacio, con la lengua recorriendo el largo de su erección de arriba abajo, sintiendo cómo él contenía la respiración. Después tomé la punta entre mis labios y succioné con suavidad, observando su cara. Vi sus ojos entornarse.
Fui aumentando el ritmo de a poco, alternando la presión, aprendiendo qué lo hacía apretar la mandíbula y qué lo hacía soltar el aire. Le envolví la base con los dedos mientras trabajaba con la boca, y en algún momento él puso una mano en mi cabeza, sin empujar, solo para sentir.
—Para —dijo con voz ronca—. Para un momento.
Me detuve y lo miré desde abajo.
—Si no paras, termino así —explicó, con los ojos todavía cerrados.
Sonreí. Me puse de pie, apoyé los senos a cada lado de su erección y los uní con las manos, envolviéndolo. A él se le cortó el aliento. Empecé a moverme lenta y después más rápido, y cada vez que la punta asomaba entre mis pechos yo la recibía con la lengua.
No aguantó mucho más. Se corrió con un sonido grave, casi furioso, y yo no me aparté. Me quedé ahí hasta que terminó por completo.
Después descansamos tumbados en la cama, hablando en voz baja, tocándonos sin apuro. Como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, aunque los dos sabíamos que no era así.
***La segunda vez empezó con calma.
Él pasaba los dedos por mi espalda, mi cintura, la curva de la cadera. Me besaba el cuello. Yo empecé a acariciarlo y lo sentí responder casi de inmediato, como si el cuerpo ya supiera el camino.
Cuando volvió a estar duro, me lo llevé a la boca de nuevo. Esta vez fue más intenso desde el principio: lo tenía al límite mucho antes, y cuando lo noté cerca, él me detuvo él mismo y me acomodó boca arriba sobre la cama.
Empezó a bajar besándome. Cuello, pecho, costillas, el centro del vientre. Cuando llegó entre mis piernas, yo ya no fingía calma.
Sabía lo que hacía. No era la primera vez que yo había estado con alguien con experiencia, pero él tenía algo diferente: atención. Prestaba atención a cada reacción mía, ajustaba la presión, el ángulo, el ritmo. Cuando algo funcionaba lo sostenía. Cuando yo me movía, él se adaptaba.
—¿Así? —preguntó en algún momento, sin detenerse.
—Sí —conseguí decir—. Exactamente así.
Me hizo llegar al orgasmo antes de que yo estuviera lista para admitirlo. Un orgasmo directo y limpio que me dejó con las piernas apretadas alrededor de su cabeza y las manos enredadas en su cabello.
Cuando levantó la vista, tenía una expresión que no supe leer del todo.
—Sube —le dije—. Quiero estar arriba.
***Me senté sobre él despacio, dejando que la presión fuera gradual. El primer momento me dio exactamente lo que anticipaba: una resistencia que dolía un poco y que hizo que me detuviera a respirar.
—¿Bien? —preguntó él con la voz tensa.
—Bien —dije, y seguí bajando hasta el fondo.
Me quedé quieta un momento, acostumbrándome. Él tenía las manos en mis caderas pero no empujaba, solo esperaba. Eso me gustó.
Empecé a moverme.
Al principio fue lento, encontrando el ángulo que funcionaba para los dos, aprendiendo el peso de su cuerpo debajo del mío. Después encontré el ritmo y ya no pensé en nada más. Él acompañaba el movimiento de mis caderas sin intentar controlarlo. Me dejaba llevar.
Me incliné hacia adelante y cambié el movimiento: más largo, más profundo. Él gruñó en voz baja.
—Eres una locura —dijo.
No respondí. Estaba demasiado ocupada.
El segundo orgasmo llegó a mitad del camino, cuando menos lo esperaba. El tercero vino poco después, encadenado al anterior, y tuve que apoyar las manos en su pecho para no perder el equilibrio. Él me miraba desde abajo con algo parecido al asombro.
—Sigue —dijo.
Seguí.
En algún momento él me giró y me puso en cuatro. Tomó el control y yo se lo dejé con gusto, aferrada a la almohada, concentrada en el choque rítmico de su cuerpo contra el mío. El cuarto con olor a aire acondicionado y el sonido sordo de la cabecera contra la pared. Los dos en silencio porque el silencio era más intenso que cualquier otra cosa que pudiéramos decir.
—Quiero volver arriba —le dije—. Quiero sentirte hasta el fondo otra vez.
Me volvió a acomodar sobre él sin preguntar. Yo retomé el ritmo donde lo había dejado.
El cuarto orgasmo llegó sin aviso. El quinto, poco antes de que él terminara. Cuando lo sentí correrse dentro de mí, yo todavía estaba temblando.
Me quedé tumbada boca abajo, con la cara en la almohada, incapaz de moverme por un buen rato. Él se recostó a mi lado y durante un rato ninguno habló.
***Nos duchamos juntos sin que nadie lo hubiera propuesto. Bajo el agua él me lavó el cabello con una calma que contrastaba con todo lo anterior, y por un momento pensé en todo lo que no íbamos a tener.
Nos vestimos. Nos besamos en la puerta antes de bajar.
En el estacionamiento nos despedimos como si fuéramos a vernos al día siguiente, aunque los dos sabíamos que eso no iba a pasar. Él tenía que volver a su ciudad. Yo tenía que volver a mi vida.
Lo vi alejarse en el auto y me quedé parada un momento en el asfalto caliente, sin saber bien qué sentía.
***Desde ese encuentro, solo nos hemos escrito. Fotos, audios, el mismo juego de siempre pero con más historia detrás. Él dice que piensa en esa tarde con más frecuencia de la que debería. Yo no le digo que yo también.
Su mujer no sabe nada. No tiene por qué.
Hay algo en eso que no sé si me genera culpa o simplemente me recuerda que el deseo no siempre pide permiso para existir.