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Relatos Ardientes

Una aventura secreta que empezó bajo la lluvia

Sofía Villanueva llevaba diez años casada con don Ernesto y tres de ellos aprendiendo a vivir sin esperanza.

La casa era grande, de piedra oscura, con vistas al viñedo que descendía por la ladera hasta el río. Todo olía a orden y a ausencia. Don Ernesto viajaba cada semana a Logroño o hasta Pamplona por negocios que nunca terminaban de explicarse del todo. Cuando estaba en casa lo presidía todo: la mesa, la conversación, el silencio.

Tenía cincuenta y dos años y la voz de quien nunca necesita alzarla porque nadie se atreve a contradecirle. Con Sofía era correcto. Frío y correcto. Los viernes, si no había viajado, cumplía como se cumple un trámite: luz apagada, rápido, sin palabras. Luego se daba la vuelta y dormía.

Sofía tenía treinta y tres años. El cuerpo todavía firme y lleno, los ojos oscuros que se habían acostumbrado a mirar sin que nadie los mirase de vuelta.

Había descubierto algo sobre su marido tres años atrás, una tarde que volvió antes de lo esperado de un recado en el pueblo. La puerta del despacho estaba entreabierta. Don Ernesto tenía a Remedios, la chica que venía a limpiar los jueves, inclinada sobre el escritorio con la falda subida hasta la cintura. Él, sentado en su sillón, la reprendía en voz baja mientras le marcaba el trasero con una regla de madera, con una calma que resultaba más perturbadora que cualquier grito. Remedios lloraba pero no se movía.

Sofía cerró la puerta sin hacer ruido y nunca dijo nada. A él ni a nadie.

Desde entonces entendió por qué con ella era siempre tan breve: don Ernesto buscaba otra cosa. El miedo, la entrega, el llanto. Con una mujer de su posición eso no era posible. Con ella era un mueble. Con Remedios, o con quien fuera, era él mismo.

***

Marcos llegó en abril, contratado como jornalero para los trabajos de primavera en el viñedo.

Tenía veintiséis años, la espalda ancha, las manos grandes y endurecidas de quien trabaja con el cuerpo desde los dieciséis. Era de un pueblo del otro lado de la sierra. Hablaba poco pero miraba mucho, y cuando miraba a Sofía lo hacía de frente, sin la deferencia calculada que usaban los demás empleados ante la señora de la casa.

Al principio fueron saludos al pasar. Luego conversaciones cortas en el patio mientras él guardaba las herramientas al anochecer. Luego risas, a veces, cuando contaba alguna cosa del pueblo con esa manera suya directa y sin adornos.

Sofía notó cuándo empezó a buscarlo con los ojos cada mañana desde la ventana de la cocina. Notó también cuándo él empezó a esperar ese momento sin disimularlo demasiado.

***

La última semana de mayo, don Ernesto se fue a Logroño por cuatro días para una reunión de bodegueros.

La mañana del segundo día amaneció despejada, con ese sol limpio de primavera que calentaba sin quemar todavía. Sofía encontró a Marcos en el patio antes de que llegaran los otros jornaleros.

—¿Has visto el campo hacia el río? —preguntó—. Hacía semanas que quería caminar hasta los olmos.

—Si la señora quiere compañía, puedo llevar la cesta.

—Puedes dejar de llamarme «la señora» cuando no hay nadie delante —dijo ella.

Él sonrió. Fue la primera vez que lo vio sonreír de verdad.

Cargaron la cesta con pan, queso manchego, algunas aceitunas, dos peras y una bota de vino de la cosecha anterior. Sofía se puso un vestido de algodón azul claro con botones hasta el cuello que esa mañana decidió no abrochar todos.

Caminaron por el sendero entre las vides, luego campo abierto hasta los olmos junto al río. Extendieron una manta a la sombra. Comieron despacio, hablando de cosas sin importancia: el pueblo de él, los inviernos en la sierra, el carácter del suelo en distintas partes del viñedo. Sofía cortaba el pan y él servía el vino. Sus manos se rozaban al pasar las cosas y ninguno de los dos hacía nada por evitarlo.

En un momento, él arrancó una brizna de hierba larga y la pasó despacio por el dorso de la muñeca de ella. Sofía no retiró el brazo.

—¿Qué haces? —preguntó, sabiendo perfectamente qué hacía.

—Nada —dijo él, y siguió.

Después él tejió un collar torpe con briznas enlazadas y se lo colocó alrededor del cuello a ella. Sus dedos le rozaron la nuca un segundo más de lo necesario. Sofía sintió el calor nacer en el vientre y subir despacio hasta las mejillas.

—No durará ni diez minutos —dijo ella sobre el collar.

—Yo tampoco necesito más —respondió él.

Se miraron. Sofía fue la primera en bajar los ojos.

***

El cielo cambió en veinte minutos. Las nubes vinieron del norte, oscuras y rápidas, y antes de que pudieran recoger la manta ya caía agua con fuerza.

Corrieron campo a través.

—Allí —señaló Marcos—. Esa construcción junto al álamo.

Era un viejo pajar de piedra al borde del bosque, medio abandonado, con el tejado de pizarra aún entero. Entraron empapados, jadeando. La lluvia golpeaba afuera con furia. Dentro olía a tierra húmeda y paja vieja.

El vestido de Sofía se le pegaba al cuerpo, marcando cada curva, los pezones marcados bajo la tela. La camisa de Marcos se transparentaba. Temblaban los dos.

—Con esto vamos a coger una pulmonía —dijo ella, y no era del todo una broma.

La manta estaba mojada por fuera pero el centro estaba seco. Marcos la extendió sobre el suelo de tierra apisonada.

—Hay que quitarse la ropa o no vamos a entrar en calor —dijo él, con la voz ronca.

Se dieron la espalda. Sofía se desabrochó el vestido, los tirantes de las enaguas. Todo cayó al suelo. Quedó desnuda, la piel de gallina, los pezones endurecidos por el frío. Escuchó cómo él se quitaba la camisa, los pantalones.

Cuando se sentaron juntos en la manta y él la cubrió con la parte seca de la tela, el calor de los dos cuerpos empezó a volver.

Sofía notaba el pecho de él contra su espalda. El aliento cálido en la nuca. Notaba también, contra sus nalgas, que Marcos no era indiferente a la situación.

Intentó no moverse. Le duró poco.

Tenía el estómago revuelto de los nervios y del frío que había llegado de golpe. Sintió la presión acumularse en el vientre, apretó como pudo, pero la necesidad volvió con más fuerza. La cara le ardía antes de abrir la boca.

—Marcos —susurró, muerta de vergüenza—. Lo siento mucho, pero no puedo más. Necesito… necesito tirarme un pedo.

Él no se movió. Cuando habló, lo hizo cerca de su oreja, con una calma que ella no esperaba.

—Hazlo. Aquí no hay nadie.

Sofía levantó un poco la manta y lo dejó salir: suave, prolongado, audible. El alivio fue inmediato. El olor se disolvió enseguida en el aire frío del pajar.

Esperaba que él se apartara. Que el momento se rompiera, como siempre se rompen esas cosas.

Pero él la abrazó más fuerte y apoyó los labios un instante en su nuca.

—No pasa nada —murmuró.

Y su cuerpo no mintió: el miembro de Marcos palpitaba con más fuerza contra ella que antes.

Fue ese abrazo lo que lo derrumbó todo.

Sofía se giró hacia él. Lo miró en la penumbra del pajar, la lluvia afuera, el olor a tierra y a cuerpo caliente. Lo besó. Primero con cuidado, como quien comprueba que algo es real. Luego sin cuidado.

Las manos de él le recorrieron los hombros, el costado, el pecho. Ella lo agarró por la nuca y lo acercó más. Le mordió el labio inferior. Él hizo un sonido ronco contra su boca.

Cuando se tumbaron en la manta y él se colocó entre sus piernas y entró despacio, centímetro a centímetro, Sofía cerró los ojos y dejó escapar un sonido que llevaba años guardado en algún lugar que ya no recordaba.

Se movieron al ritmo de la lluvia que golpeaba el tejado de pizarra. Ella le clavó las uñas en los hombros y él la besó en el cuello, en los pechos, en la boca. El cuerpo de los dos encontrando el ritmo con una urgencia que no dejaba espacio para el miedo ni para la culpa. Llegaron juntos, un estremecimiento largo e intenso que la hizo arquearse y taparse la boca con el dorso de la mano.

Después se quedaron quietos, escuchando cómo la tormenta amainaba.

***

La lluvia paró tan de repente como había empezado. El sol salió tímido, mojado. Se vistieron con la ropa todavía húmeda y caminaron de vuelta por el camino de barro sin hablar mucho, pero tampoco con el silencio tenso de antes.

Al llegar a la casa, Sofía calentó agua en el calentador de la cocina.

—El baño —dijo simplemente, y él la siguió.

Llenaron la bañera grande del cuarto de aseo. Entraron juntos sin el pudor del pajar, ya sin necesidad de él. El agua humeante, el jabón resbalando por la piel. Se lavaron el uno al otro despacio, aprendiendo con las manos lo que todavía no sabían del cuerpo del otro.

Él tenía una cicatriz en la cadera izquierda de una caída de adolescencia. Ella tenía una marca pequeña bajo el omóplato derecho que nunca había visto nadie más que su madre. Él la besó despacio.

El segundo encuentro fue contra los azulejos blancos de la pared. Él la levantó, ella le rodeó la cintura con las piernas, el agua salpicando fuera de la bañera. Más urgente que el primero, más despojado de cualquier duda. Las manos de ella inquietas: en su cabello, en sus hombros, pegando el cuerpo de ella contra el de él buscando más, siempre más.

Cuando terminaron se quedaron abrazados en el agua tibia hasta que el reloj de la cocina dio las seis.

***

Al atardecer, mientras él se ponía la ropa ya casi seca, Sofía lo miraba desde el umbral del cuarto de baño.

—Mi marido vuelve el jueves —dijo.

—Lo sé.

Hubo un silencio largo.

—Esto no puede seguir —murmuró ella.

—Lo sé —repitió él.

Se besaron en la puerta de la casa, un beso despacio y sin prisa, el último del día. Él se fue por el camino del viñedo sin mirar atrás. Sofía lo vio alejarse desde la ventana de la cocina, la misma ventana desde la que lo había buscado cada mañana sin confesárselo a nadie, ni siquiera a sí misma.

Pensó en don Ernesto. En Remedios sobre el escritorio. En la regla de madera y en su propia rabia quieta y acumulada durante años.

Que hubiera llegado ahora, pensó. Que hubiera abierto esa puerta y nos hubiera encontrado juntos. Que me hubiera visto por fin.

Pero don Ernesto estaba en Logroño y no había nadie que la castigara por lo que había hecho.

Solo ella, la casa grande y silenciosa, y el recuerdo de la tormenta que ese día lo cambió todo.

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Comentarios (6)

Jorge_Tucuman

Tremendo relato!!! Justo lo que necesitaba leer esta noche jajaja. Muy bueno.

MatiasLect

Que bien escrito, se nota que le pusiste ganas. Esperando la segunda parte con ansias!

LaViajera_M

Me encantó la ambientación con la lluvia y todo eso. Da esa sensacion de que en cualquier momento todo puede pasar. Excelente.

BrunoSalta

Se hizo corto, quede con ganas de mas...

NachoCba93

Hay algo en los encuentros inesperados que los hace irresistibles jaja. Muy buen relato, felicitaciones.

Cande87

Sigue asi!! Se siente natural y no forzado. Saludos desde la costa

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