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Relatos Ardientes

Lo que Rodrigo me regaló para usar en la oficina

Llevo seis años trabajando en el estudio de arquitectura de Rodrigo. Lo conocí en la universidad, éramos del mismo año, aunque en aquel entonces nunca imaginé que terminaría sentada frente a su despacho pidiendo trabajo. Me contrató sin dudar, y desde esa primera entrevista entendí que entre nosotros no iba a ser solo una relación profesional.

Los dos somos casados. Los dos lo sabemos. Y precisamente por eso, sin hablarlo demasiado, establecimos las reglas que nos permiten seguir siendo lo que somos sin que nada se derrumbe: nunca en nuestras casas, nunca con el teléfono encendido cerca, nunca donde alguien pueda conectar los puntos. Dentro del estudio, en el baño del piso de arriba, en su auto estacionado a tres cuadras cuando ya todos se han ido, ahí las reglas son otras. Ahí me coge como quiere, y yo lo dejo.

Rodrigo tiene esa cosa que tienen ciertos hombres que saben exactamente lo que quieren: no lo dicen todo, pero lo que dicen lo dicen en serio. Desde el primer mes me indicó cómo vestirme. Lo planteó como una cuestión de imagen del estudio, pero los dos sabíamos que no era eso. Faldas por encima de la rodilla, siempre. Tacones. Blusas estructuradas, entalladas. Medias cuando hacía frío. Él me mira de una manera particular cuando entro por la puerta por las mañanas: una mirada que empieza en los zapatos y termina en los ojos, lenta, evaluadora, la mirada de alguien que ya sabe cómo se me ponen los pezones cuando me chupa el cuello.

Me gusta que me mire así. Me gusta más de lo que debería.

Nuestra dinámica tiene su propio ritmo. Hay días en que todo es perfectamente profesional, reuniones y planos y café en el escritorio, y hay días en que la mañana empieza de otra manera. Los dos sabemos distinguir cuándo es uno y cuándo es el otro. Una mirada sostenida un segundo de más. La mano que roza el hombro al pasar. La puerta que se cierra con demasiada calma.

***

En marzo llegó con un regalo.

Era un martes. Tenía una reunión a las diez y estaba revisando los materiales cuando él entró al estudio. Traía el café de siempre en la mano izquierda y algo más en la derecha: una bolsita dorada, pequeña, del tipo que dan en ciertas tiendas cuando comprás algo que no querés que sepan que compraste. La puso sobre mi escritorio sin decir nada. Solo me rozó el hombro con los dedos al pasar y siguió hacia su despacho.

—Valeria, cuando puedas.

«Cuando puedas» en el idioma de Rodrigo siempre significa ahora.

Me levanté, arreglé la falda, y entré cerrando la puerta detrás de mí. Él estaba mirando algo en la pantalla con los brazos cruzados, pero cuando me oyó entrar se giró y señaló la bolsita con la cabeza.

—Abrilo.

Adentro, envuelto en papel celofán color ciruela, había un paquete rectangular. Lo desenvolví despacio. Cuando lo vi, no supe qué decir.

Era un plug anal. De silicona negra, sólido, considerablemente grande. En la base había un receptor y un transmisor, y separado en otra bolsita, un control remoto compacto con varios botones. Me quedé mirándolo un momento sin hablar, sintiendo el peso en la mano.

—¿Para qué es esto? —pregunté, aunque la pregunta era redundante.

Rodrigo se apoyó en el borde de la mesa con los brazos cruzados. Tenía esa expresión tranquila que pone cuando ya tomó una decisión y solo está esperando que la otra persona se ponga al día.

—Es para vos —dijo—. Para meterte en el culo, acá. Solo acá. Si lo llevás a tu casa y Germán lo encuentra, tenés que inventar algo y no vas a poder. Acá nadie sabe que existe.

—¿Y el control?

—El control lo tengo yo. Vos decidís cuándo metértelo. Yo decido cuánto te hago vibrar el coño mientras lo tenés puesto.

Hubo un silencio. No incómodo, sino del tipo en que el cuerpo empieza a procesar algo antes de que la cabeza termine de pensarlo. Sentí calor en el cuello. En el abdomen, algo que no era exactamente nervios. Sentí las bragas mojarse solas, sin permiso.

—¿Y si estoy en una reunión con clientes? —dije.

—Entonces vas a tener que aguantarte las ganas de correrte con la cara muy bien puesta.

No sonreí. Pero quise.

Rodrigo se despegó de la mesa y se acercó despacio. Se detuvo justo frente a mí, lo bastante cerca como para que pudiera oler su perfume. Me miró sin prisa, de ese modo suyo que siempre parece un segundo más de lo permitido.

—Si no querés, no lo usás —dijo—. Pero lo vas a querer usar. Sos una puta, Valeria. Mi puta.

Me besó antes de que pudiera contestar. Fue uno de esos besos de los que no hay salida fácil: pausados, insistentes, con las manos en mi cintura que no me empujaban pero tampoco me dejaban moverme. Me metió la lengua hasta el fondo de la boca y yo se la chupé despacio, como llevaba media hora queriendo hacerle otra cosa. Le puse las palmas en el pecho. No lo empujé.

Sus manos bajaron por los costados de mis muslos, recorriendo la falda hacia arriba. Cuando llegaron al borde de las medias se detuvieron un momento. Metió los dedos por dentro de las bragas y me tocó directo. Estaba empapada.

—Mirá cómo estás —murmuró contra mi boca—. Toda mojada de leer «plug anal».

—Callate.

—Siempre —dijo, ignorándome, mientras me pasaba un dedo entre los labios—. Siempre con medias. Y siempre así, chorreando.

Me metió dos dedos de golpe. Se me escapó un gemido corto que ahogué contra su hombro. Los movió adentro con esa rotación suya, tocando el punto que sabía tocar, mientras con el pulgar me buscaba el clítoris por encima de la tela empapada.

—Sacala —dijo, refiriéndose a la ropa interior—. Sacátela vos.

Me bajé las bragas por debajo de la falda y las dejé caer al piso. Él las levantó con dos dedos, se las llevó a la nariz, cerró los ojos un segundo, y las tiró sobre el escritorio como si acabara de firmar un contrato.

Me apoyé en su escritorio. Él se arrodilló frente a mí despacio, me subió la falda de un tirón hasta la cintura y me abrió los muslos con las manos. Hundió la cara entre mis piernas por encima del nailon primero, respirando fuerte contra la tela, dejando que el aliento caliente me atravesara las medias. Cerré los ojos. Puse una mano sobre su cabeza sin pensar.

Después bajó las medias hasta la mitad del muslo, ni un centímetro más, y me abrió el coño con los pulgares. Me lamió de abajo hacia arriba, largo, apretando la lengua plana contra los labios, chupando cada pliegue como si tuviera hambre. Cuando llegó al clítoris se detuvo ahí y empezó a chuparlo despacio, con succiones cortas, mientras dos dedos me entraban y salían al mismo ritmo.

—Rodrigo…

—Callada.

Chupó más fuerte. Metió la lengua adentro, la sacó, la volvió a meter, mientras el pulgar me apretaba el clítoris hinchado. Yo tenía las dos manos en el escritorio, las piernas empezando a temblar, mordiéndome el labio para no gemir alto. Conoce mi cuerpo con esa precisión que dan los años: sabe exactamente qué hace que me corra rápido y qué hace que le suplique. Estaba haciendo lo segundo.

Cuando estaba por acabar, se detuvo.

Se puso de pie, me giró suavemente. Me hizo apoyarme en el escritorio con las manos abiertas sobre la madera, la falda subida hasta la cintura, el culo al aire. Sentí su boca descender por la columna, detenerse en la parte baja de la espalda, continuar hacia abajo. Me abrió las nalgas con las dos manos y me pasó la lengua por el culo, despacio, mojándolo entero. Cerré los ojos con más fuerza. Se me escapó un sonido que no supe reconocer.

Escuché el sonido del envoltorio del plug, el clic del lubricante. Giré la cabeza apenas para mirarlo por encima del hombro. Estaba concentrado, echándose lubricante en la mano, embadurnando el plug negro que brillaba contra la luz. Después me metió un dedo lubricado en el culo, hasta el fondo, lo movió en círculos.

—Relajá —dijo.

Metió el segundo dedo. Los abrió adentro, tijereteando despacio, mientras con la otra mano me acariciaba el coño para que no se me cerrara nada. Después apoyó la punta del plug contra el esfínter.

La presión fue gradual, lenta, sin apuros. Mi cuerpo lo fue recibiendo. La silicona fría empujaba hacia adentro, ancho, más ancho, hasta que la parte más gruesa quedó justo en el umbral. Me quejé bajo. Él aguantó ahí, sin forzar.

—Respirá.

Respiré. Empujó. Cuando la parte más ancha pasó, el esfínter se cerró alrededor del cuello del plug con un tirón seco y solté el aire que había estado reteniendo sin darme cuenta. Me sentí llena de una manera nueva, plantada, tapada.

—¿Bien? —preguntó.

—Sí —dije, y la palabra me salió más ronca de lo que quería.

Encendió el control. La vibración empezó suave, casi imperceptible, y de golpe se intensificó. Abrí los ojos.

—¿Cómo está?

No respondí de inmediato. La vibración se expandía hacia afuera, atravesaba la pared que separa el culo del coño, me llegaba al clítoris, recorría los músculos del abdomen en ondas que no tenían nombre preciso. Era incómodo y extraordinario al mismo tiempo, esa clase de sensación que el cuerpo no sabe bien si resistir o rendirse a ella. Sentí un hilo de mi propia humedad bajarme por el muslo.

—Dios —dije por fin.

Rodrigo se rio en voz baja. Cambió el ritmo: pulsaciones cortas, luego continua, luego una alternancia que me dejó sin posibilidad de anticipar qué venía después. Me quedé apoyada en el escritorio con los brazos extendidos, dejando que la vibración hiciera lo que quería. El coño me palpitaba vacío. Necesitaba algo adentro. Necesitaba a él.

Lo miré por encima del hombro. Se había desabrochado el pantalón. Tenía la verga afuera, gruesa, dura, brillándole en la punta, y en la otra mano el control.

—Venite —pedí.

—¿Cómo me dijiste?

—Por favor —agregué, sin ninguna ironía—. Por favor, Rodrigo, cogeme.

Se acercó. Me rozó la espalda con las manos antes de aferrarlas a mis caderas. Se pasó la punta de la polla por los labios del coño, arriba y abajo, empapándose en mi humedad, rozando el clítoris con la cabeza hinchada. Yo apretaba el escritorio con los dedos blancos, aguantándome las ganas de retroceder para tragármelo entero.

Lo sentí colocarse detrás de mí, y en un solo movimiento, profundo y directo, entró. Hasta el fondo. El plug hacía que todo fuera más estrecho, más lleno; sentí la silicona vibrando contra la verga a través de la pared interna, y él debió sentir lo mismo porque se quedó quieto un segundo con un gruñido bajo.

—Puta madre —murmuró—. Sos una hijaputa apretada.

—Quieta —repitió después, con las manos firmes sobre mis caderas.

Me quedé sin moverme. Él tampoco, por unos segundos, solo dejando que el cuerpo se acomodara a lo que tenía adentro: la vibración del plug, la verga plantada hasta el fondo, el coño estirado alrededor. Luego empezó a moverse: despacio al principio, con esa rotación suya que encuentra los ángulos que no esperaba, sacándola casi entera y volviéndola a meter con una precisión que ya no me sorprende pero tampoco deja de afectarme.

Las medias a mitad de los muslos no me dejaban abrirme demasiado. No pedí que me las bajara del todo. Esa pequeña restricción me gustaba: sentir que el espacio era limitado, que no había mucho adónde ir, que él me tenía sujeta ahí sin necesidad de atarme.

Aumentó el ritmo. Empezó a golpearme, seco, las caderas chocando contra mis nalgas, mi culo con el plug encajado bailando con cada empuje. Yo seguía apoyada en el escritorio, concentrada en respirar sin hacer ruido, en mantener los brazos firmes, en no perder el equilibrio con los tacones puestos. Me clavó una mano entre los omóplatos y me empujó contra la madera, aplastándome las tetas por encima de la blusa contra el escritorio.

—Así te gusta —dijo, casi entre dientes—. Que te coja como puta en la oficina.

—Sí —jadeé—. Sí, así.

—Decilo.

—Cogeme como puta.

Rodrigo no parecía tener ninguna duda sobre lo que hacía: trabajaba con la misma concentración que aplica a todo, metódico y sin prisa, como si supiera exactamente cuánto tiempo tenía antes de que alguien llamara a la puerta. Cada embestida iba hasta el fondo. Cada salida raspaba las paredes de adentro y me hacía apretar el plug involuntariamente.

Cambió la vibración del plug exactamente cuando profundizó el movimiento. La combinación fue demasiado: la verga golpeándome por delante, el plug vibrando por detrás, la fricción de la ropa contra las tetas, el olor a sexo mezclado con el café frío. Me mordí el labio hasta que sentí sabor a metal.

—Así —dijo él en voz baja, casi para sí—. Así me gusta. Correte. Correte en mi verga.

Me metió una mano por delante y me buscó el clítoris con dos dedos. Lo apretó, lo hizo rodar entre las yemas mientras seguía cogiéndome desde atrás y la vibración me atravesaba entera.

Llegué primero. Un orgasmo que empezó en el abdomen y se expandió hacia afuera en oleadas, apretando todo lo que tenía adentro: la verga, el plug, los dedos de él en el clítoris. Me quedé quieta con los dedos clavados en el filo del escritorio, respirando en silencio, sintiendo cómo el coño se me cerraba y abría en espasmos alrededor de él, exprimiéndolo.

—Puta madre —dijo bajo, sintiéndome.

Él aguantó unos segundos más antes de tensarse también. Me clavó las manos en las caderas, se hundió hasta el fondo, y lo sentí acabarse adentro con un sonido grave y contenido contra mi nuca, la verga latiéndome entre las paredes contraídas, llenándome de semen caliente en oleadas cortas.

Nos quedamos así un momento. Sin movernos. Él adentro, el plug adentro, yo aplastada contra el escritorio con la falda arriba y las medias bajas.

Cuando salió, lo hizo despacio. Sentí un chorro tibio bajarme por la cara interna del muslo hasta el borde de la media. Él lo miró. No dijo nada. Solo me pasó dos dedos por ahí, recogió lo que se me escapaba, y me lo metió en la boca. Le chupé los dedos limpios sin apartar la vista.

—Buena chica.

***

Fui al baño a acomodarme. Me subí las medias despacio, ordené la falda, me retoqué el labial frente al espejo. Sin bragas — se las había quedado él, sobre el escritorio. El plug seguía en su lugar, apretado, tibio, un peso constante contra el que me tenía que sentar con cuidado. Rodrigo no me había dicho que me lo sacara, y yo no se lo pregunté.

Cuando volví al despacho, él estaba de pie junto a la ventana con el café ya frío en la mano.

—El control me lo quedo yo —dijo sin girarse—. Vos decidís cuándo ponértelo. Yo decido qué pasa cuando lo tenés puesto. ¿Vale?

—¿Y si lo llevo en la reunión de las diez?

Se giró. Me miró con esa expresión.

—Entonces vas a tener que estar muy concentrada en los planos.

Me besó una vez, rápido, y abrió la puerta del despacho.

Volví a mi escritorio. Eran las nueve y veinticinco. Tenía los materiales de la reunión a medio revisar y dos correos sin responder. Sentía el plug plantado en el culo con cada movimiento, y entre las piernas todavía chorreaba lo que él me había dejado adentro. El plug siguió quieto toda la mañana, hasta que a las diez y cuarenta, mientras tomaba notas con un cliente sentado al otro lado de la mesa, la vibración arrancó sin aviso.

No levanté la vista de los papeles. Seguí escribiendo. Apreté los muslos por debajo de la mesa y sentí la humedad entre las piernas ensuciarme aún más las medias.

Pero Rodrigo, desde el otro extremo de la mesa, no pudo evitar una sonrisa.

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Comentarios(7)

Romi_GBA

Que relato... me dejó sin palabras. uff

SebasH_Cba

Por favor seguí con esto, quedé con ganas de saber como terminó todo. Segunda parte!!!

andres_leyendo

Me encantó como lo contaste, se nota que sabés escribir. El detalle de la bolsa dorada me atrapó desde el principio

Karla_noche

Como se te ocurren estas situaciones?? Tremendo. Sigue publicando

NachoRosario

Leí esto en el trabajo y casi me late el corazón a mil jajaja, muy bueno

DiegoMorales_77

La oficina nunca mas va a ser lo mismo despues de leer esto jajaja. Buenisimo

SofiaBaires

Increible relato, muy bien escrito. Espero el proximo!

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