La amante de mi marido tuvo que fregar mi baño
Patricia cerró los ojos pero no dormía. Llevaba así desde las diez de la noche: escuchando la quietud de la casa, contando los minutos hasta que Aurelio apagara el televisor del salón y decidiera subir. No tenía ganas de hablar con él. Tampoco tenía ganas de seguir fingiendo que todo estaba bien.
Cuando el colchón se hundió a su lado, mantuvo los ojos cerrados. Sintió su mano en la cadera. Sin preámbulos, sin beso, sin la sola palabra «cariño», solo la presión de sus dedos buscando el borde de su ropa interior con la seguridad de alguien que no espera que le digan que no.
Podría haberle rechazado. Llevaba semanas rechazándole. Pero esa noche, por una razón que no supo explicarse, dejó que le bajara la ropa interior y se acomodara sobre ella. El movimiento fue mecánico, como siempre había sido en los últimos años. Sin prisa ni impaciencia, sin nada que no fuera el puro hábito del cuerpo.
Duró poco.
Cuando terminó, Aurelio se tumbó boca arriba y se quedó mirando el techo. Patricia esperó. Sabía que algo vendría después de ese silencio.
—¿Quién era el hombre al que le dejaste tocar el culo en la piscina del club? —dijo él sin girar la cabeza.
Patricia tardó en responder. Pero cuando empezó a hablar no paró. Le contó todo lo que Aurelio necesitaba escuchar, y también algunas cosas que habrían sido mejor callar.
Esa noche ninguno de los dos durmió.
***
Valeria entró a la oficina el lunes con la satisfacción contenida de quien ha ganado una partida larga. Su nombre estaba en la placa del despacho, la ventana daba al patio y tenía silla giratoria con reposabrazos de piel. Nada de esto era lo que más le importaba.
Lo que más le importaba era que Gema estaba sentada al otro lado del cristal, con el perfil de subordinada que lleva meses de trabajo aceptando en silencio.
Tres años de roces y comentarios en reuniones, de sonrisas calculadas y pequeñas traiciones disfrazadas de feedback. Ahora Gema tenía que pedirle a ella los permisos de vacaciones.
Podría haberla despedido el primer día. Lo había pensado. Pero eso habría sido un gesto demasiado visible, demasiado fácil de leer. Era mejor dejarla ahí: útil, controlada, y completamente consciente de lo que había perdido.
—Necesito el informe completo para mañana —le comunicó a las siete de la tarde, desde el umbral de su propia puerta.
Gema abrió la boca. La cerró. Asintió en silencio.
Bien.
Valeria recogía su bolso cuando sonó el teléfono. Era Aurelio Marchena, director general. Su jefe. El mismo que la semana anterior le había firmado la promoción sin hacer demasiadas preguntas.
—Valeria, necesito que pases por mi despacho antes de irte.
El despacho de Aurelio era el doble que el suyo. Ella cerró la puerta y se quedó de pie frente al escritorio, sin sentarse.
—Estoy algo decepcionado con ciertas cosas —empezó él.
Valeria no esperó a que terminara. Nunca esperaba.
—Si tiene que ver con su mujer, entiendo la situación. Uno necesita distraerse. Yo tengo pareja, pero eso no tiene por qué ser un problema. Si me necesita, solo tiene que decírmelo y lo arreglamos.
Aurelio la miró durante un buen rato sin responder. Esta mujer era exactamente lo que había sospechado desde hacía meses: inteligente, fría, y absolutamente dispuesta a usar lo que tuviera para conseguir lo que quisiera. No lo habría admitido en voz alta, pero era eso lo que le había resultado imposible ignorar durante todo ese tiempo.
—Espera aquí —dijo—. Llamo a mi mujer un momento.
Valeria sintió algo cerrarse en el pecho cuando él salió del despacho. No era culpa. Era el instinto de quien comprende que acaba de perder el control de algo que creía tener firmemente sujeto.
Cuando Aurelio volvió, habló sin rodeos.
—Mi mujer quiere que vengas a casa el viernes. A limpiar, a cocinar y a fregar. Si tienes algo que decir al respecto, puedes irte ahora mismo y buscar otro trabajo.
Valeria no dijo nada.
***
La casa de los Marchena olía a madera barnizada y a ese silencio específico de los matrimonios que han dejado de discutir porque ya no se hablan lo suficiente para eso. Patricia la recibió en la entrada con una bata de seda color crema y una expresión que no era hostil, sino algo peor: completamente indiferente, como si Valeria fuera el fontanero.
—Los guantes están bajo el fregadero. El baño de arriba primero. —Señaló la escalera con la barbilla y se fue al salón sin añadir nada más.
Valeria limpió el inodoro de rodillas. Restregó la bañera, los azulejos, los bordes donde nadie mira pero donde se acumula todo. Fregó el suelo con lejía hasta que le picaron los ojos. Lo hizo bien, no por orgullo sino porque hacerlo mal habría sido darles algo más.
Pensó en Marcos mientras trabajaba. En lo que le había pedido: que se acercara a la mujer del jefe, que la entretuviera, que la hiciera sentirse deseada para que Aurelio se sintiera en deuda y no pusiera obstáculos. El plan había funcionado. El puesto era real. Pero Marcos, evidentemente, no había sabido dónde pararse.
O sí lo había sabido, y había cruzado el límite de todas formas.
Puso la cena en la mesa sin que nadie se lo pidiera dos veces. Patricia y Aurelio comieron en silencio sin mirarla. A ella le dejaron un poco de queso y pan en la encimera de la cocina, de pie, de espaldas al comedor, mirando el jardín oscuro por la ventana.
Más tarde, con los guantes de goma rosa puestos y las manos en el agua caliente del fregadero, terminaba de lavar los últimos platos cuando sintió a Patricia llegar por detrás sin hacer ruido.
—Tu marido folla muy bien —le dijo, casi al oído.
Valeria apretó el estropajo y no respondió.
—¿Qué pasa, no tienes nada que decir? Qué expresión tan bonita pones cuando te cabreas.
—Mi marido no se ha acostado contigo. —Valeria se escuchó decirlo antes de decidir decirlo—. A lo mejor te ha visto y te ha tocado ese culo grande que llevas ahí detrás. Poco más.
—Ah. —Patricia se desplazó despacio hasta quedar a su espalda—. Así que te gustan los culos.
Y antes de que Valeria pudiera añadir nada, la mujer presionó su cadera contra su trasero y comenzó a moverse con lentitud.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Valeria sin soltar los platos.
—Lo que ves. Tú sigue fregando, que ya me encargo yo.
Patricia le bajó los pantalones y las bragas en un solo movimiento. El trasero de Valeria era firme y terso, más pequeño que el suyo, con una línea estrecha que Patricia acarició con los pulgares antes de presionar su sexo desnudo contra él.
Luego se bajó su propia ropa. Con una mano alcanzó el pecho de la joven por encima del jersey. Con la otra, buscó entre sus piernas y encontró lo que esperaba: húmedo a pesar de todo, o quizás precisamente por todo.
—¿Qué hacéis vosotras dos? —preguntó Aurelio desde el umbral de la cocina.
No había hecho ruido al llegar. Llevaba ahí el tiempo suficiente para verlo todo: el trasero generoso de su mujer apretado contra las nalgas de su empleada, los cuerpos moviéndose con un ritmo que no necesitaba explicación. Una mano dentro del bolsillo del pantalón, sin haberse dado cuenta del momento exacto en que había llegado ahí.
Las dos mujeres se giraron al mismo tiempo. Frente a él, el contraste era nítido: el pubis oscuro y abundante de Patricia, el de Valeria completamente afeitado. Dos cuerpos distintos, la misma situación sin salida.
Las dos miraron hacia su pantalón. El tejido se tensaba de una forma que no admitía interpretación.
—Al dormitorio —dijo Patricia—. Los tres.
***
En el dormitorio, con la lamparita encendida al mínimo y las ventanas oscuras del todo, Aurelio se dejó desnudar de pie junto a la cama. Patricia se arrodilló primero y tomó su pene en la boca con la familiaridad de veinte años. Valeria se colocó detrás de él, separó sus nalgas con ambas manos y pasó la lengua despacio por el ano, lo suficientemente despacio para que él apoyara una mano en el hombro de su mujer para no perder el equilibrio.
Después de un rato, les indicó que se pusieran a cuatro sobre la cama.
Penetró a Patricia primero. Ella no dijo nada, pero cerró los ojos y apretó las sábanas entre los dedos. Luego Aurelio se desplazó hacia Valeria y entró en ella con cuidado, sin prisa, dejando que el cuerpo de la joven se adaptara poco a poco. Valeria apoyó la frente en el colchón y no hizo ningún sonido.
—Valeria. —La voz de Patricia llegó desde el borde de la cama—. Ven aquí.
La mujer se había sentado con las piernas abiertas y las manos sobre los muslos. Dio una palmada sobre su propio regazo.
—¿Qué hacemos en esta casa con las chicas que no saben comportarse? —le preguntó a Aurelio.
—Que aprendan a estarse quietas —respondió él, y no sonrió.
Valeria miró a Patricia. Patricia repitió el gesto, más despacio, con la expresión de alguien que no está acostumbrada a pedirlo dos veces.
La joven se recostó boca abajo sobre el regazo de la mujer. Las piernas separadas. Las palmas abiertas sobre el suelo.
Aurelio se colocó frente a Valeria, muy cerca, el pene a la altura de su boca.
El primer azote de Patricia fue seco y directo. Valeria contuvo el aliento. El segundo llegó cuando la joven ya tenía el pene de su jefe en la boca y los dedos de Patricia se hundían en su sexo desde atrás, húmedo y tenso, mientras ella arqueaba la espalda hacia arriba con un sonido que no era del todo dolor.
Lo que siguió fue rápido y sin ceremonias: una sucesión de golpes que dejaron las nalgas de Valeria encendidas, y la descarga final de Aurelio en su boca, grave y contenida.
Patricia retiró los dedos con calma. Se puso la bata.
—El taxi te lo pides tú —dijo, y salió del dormitorio sin mirar atrás.
***
Valeria se quedó sentada un momento en el borde de la cama. El trasero le ardía. La boca todavía tenía el sabor de su jefe.
Se vistió despacio. Aurelio la miraba desde el sillón del rincón, con los ojos entrecerrados, sin decir nada.
En el taxi de vuelta, con las luces de la ciudad pasando por la ventana como escenografía de una vida que ya no le pertenecía del todo, pensó en Marcos. En qué le diría cuando llegara. En qué no le diría jamás.
El teléfono vibró antes de que llegara a casa. Mensaje de Patricia. Una sola línea, sin saludo:
«El baño del pasillo necesitaba más lejía. La próxima vez hazlo bien.»
Valeria lo leyó dos veces. Apagó la pantalla y miró por la ventana el resto del trayecto.