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Relatos Ardientes

La amante de mi marido tuvo que fregar mi baño

Patricia cerró los ojos pero no dormía. Llevaba así desde las diez de la noche: escuchando la quietud de la casa, contando los minutos hasta que Aurelio apagara el televisor del salón y decidiera subir. No tenía ganas de hablar con él. Tampoco tenía ganas de seguir fingiendo que todo estaba bien.

Cuando el colchón se hundió a su lado, mantuvo los ojos cerrados. Sintió su mano en la cadera. Sin preámbulos, sin beso, sin la sola palabra «cariño», solo la presión de sus dedos buscando el borde de sus bragas con la seguridad de alguien que no espera que le digan que no.

Podría haberle rechazado. Llevaba semanas rechazándole. Pero esa noche, por una razón que no supo explicarse, dejó que le bajara las bragas hasta los tobillos y se acomodara sobre ella. Aurelio le separó los muslos con la rodilla y se metió su polla dentro de un solo empujón, sin comprobar siquiera si estaba mojada. No lo estaba. Patricia apretó los dientes cuando la sintió abrirse camino a la fuerza por su coño seco, con esa fricción áspera que raspa por dentro. Él empezó a follarla con embestidas cortas y mecánicas, aplastándole las tetas contra el colchón, la respiración caliente en su cuello, sin decir nada. Ella miraba la pared mientras la verga de su marido le entraba y le salía con un ritmo aburrido, contando cuánto le faltaba. Contó poco. A los dos minutos Aurelio se puso rígido encima de ella, gruñó una vez y se corrió dentro con tres sacudidas apáticas. Patricia notó el chorro caliente de semen llenándole el coño y luego escurriendo entre sus nalgas cuando él se retiró.

Duró poco.

Cuando terminó, Aurelio se tumbó boca arriba y se quedó mirando el techo, con la polla todavía brillante de corrida contra el vientre. Patricia esperó, sintiendo la humedad pegajosa entre los muslos. Sabía que algo vendría después de ese silencio.

—¿Quién era el hombre al que le dejaste tocar el culo en la piscina del club? —dijo él sin girar la cabeza.

Patricia tardó en responder. Pero cuando empezó a hablar no paró. Le contó todo lo que Aurelio necesitaba escuchar, y también algunas cosas que habrían sido mejor callar.

Esa noche ninguno de los dos durmió.

***

Valeria entró a la oficina el lunes con la satisfacción contenida de quien ha ganado una partida larga. Su nombre estaba en la placa del despacho, la ventana daba al patio y tenía silla giratoria con reposabrazos de piel. Nada de esto era lo que más le importaba.

Lo que más le importaba era que Gema estaba sentada al otro lado del cristal, con el perfil de subordinada que lleva meses de trabajo aceptando en silencio.

Tres años de roces y comentarios en reuniones, de sonrisas calculadas y pequeñas traiciones disfrazadas de feedback. Ahora Gema tenía que pedirle a ella los permisos de vacaciones.

Podría haberla despedido el primer día. Lo había pensado. Pero eso habría sido un gesto demasiado visible, demasiado fácil de leer. Era mejor dejarla ahí: útil, controlada, y completamente consciente de lo que había perdido.

—Necesito el informe completo para mañana —le comunicó a las siete de la tarde, desde el umbral de su propia puerta.

Gema abrió la boca. La cerró. Asintió en silencio.

Bien.

Valeria recogía su bolso cuando sonó el teléfono. Era Aurelio Marchena, director general. Su jefe. El mismo que la semana anterior le había firmado la promoción sin hacer demasiadas preguntas.

—Valeria, necesito que pases por mi despacho antes de irte.

El despacho de Aurelio era el doble que el suyo. Ella cerró la puerta y se quedó de pie frente al escritorio, sin sentarse.

—Estoy algo decepcionado con ciertas cosas —empezó él.

Valeria no esperó a que terminara. Nunca esperaba.

—Si tiene que ver con su mujer, entiendo la situación. Uno necesita distraerse. Yo tengo pareja, pero eso no tiene por qué ser un problema. Si me necesita follar, solo tiene que decírmelo y lo arreglamos. Puedo chupársela ahora mismo debajo de este escritorio, si le apetece.

Aurelio la miró durante un buen rato sin responder. Esta mujer era exactamente lo que había sospechado desde hacía meses: inteligente, fría, y absolutamente dispuesta a usar su coño y su boca para conseguir lo que quisiera. No lo habría admitido en voz alta, pero era eso lo que le había resultado imposible ignorar durante todo ese tiempo.

—Espera aquí —dijo—. Llamo a mi mujer un momento.

Valeria sintió algo cerrarse en el pecho cuando él salió del despacho. No era culpa. Era el instinto de quien comprende que acaba de perder el control de algo que creía tener firmemente sujeto.

Cuando Aurelio volvió, habló sin rodeos.

—Mi mujer quiere que vengas a casa el viernes. A limpiar, a cocinar y a fregar. Si tienes algo que decir al respecto, puedes irte ahora mismo y buscar otro trabajo.

Valeria no dijo nada.

***

La casa de los Marchena olía a madera barnizada y a ese silencio específico de los matrimonios que han dejado de discutir porque ya no se hablan lo suficiente para eso. Patricia la recibió en la entrada con una bata de seda color crema y una expresión que no era hostil, sino algo peor: completamente indiferente, como si Valeria fuera el fontanero.

—Los guantes están bajo el fregadero. El baño de arriba primero. —Señaló la escalera con la barbilla y se fue al salón sin añadir nada más.

Valeria limpió el inodoro de rodillas. Restregó la bañera, los azulejos, los bordes donde nadie mira pero donde se acumula todo. Fregó el suelo con lejía hasta que le picaron los ojos. Lo hizo bien, no por orgullo sino porque hacerlo mal habría sido darles algo más.

Pensó en Marcos mientras trabajaba. En lo que le había pedido: que se acercara a la mujer del jefe, que la entretuviera, que la hiciera sentirse deseada para que Aurelio se sintiera en deuda y no pusiera obstáculos. El plan había funcionado. El puesto era real. Pero Marcos, evidentemente, no había sabido dónde pararse.

O sí lo había sabido, y había cruzado el límite de todas formas.

Puso la cena en la mesa sin que nadie se lo pidiera dos veces. Patricia y Aurelio comieron en silencio sin mirarla. A ella le dejaron un poco de queso y pan en la encimera de la cocina, de pie, de espaldas al comedor, mirando el jardín oscuro por la ventana.

Más tarde, con los guantes de goma rosa puestos y las manos en el agua caliente del fregadero, terminaba de lavar los últimos platos cuando sintió a Patricia llegar por detrás sin hacer ruido.

—Tu marido folla muy bien —le dijo, casi al oído—. Me la metió hasta el fondo. Me hizo correrme dos veces con esa polla que tiene.

Valeria apretó el estropajo y no respondió.

—¿Qué pasa, no tienes nada que decir? Qué expresión tan bonita pones cuando te cabreas.

—Mi marido no se ha acostado contigo. —Valeria se escuchó decirlo antes de decidir decirlo—. A lo mejor te ha visto y te ha tocado ese culo grande que llevas ahí detrás. Poco más.

—Ah. —Patricia se desplazó despacio hasta quedar a su espalda—. Así que te gustan los culos.

Y antes de que Valeria pudiera añadir nada, la mujer presionó su cadera contra su trasero y comenzó a moverse con lentitud, frotando su pubis contra sus nalgas por encima de la tela del pantalón.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Valeria sin soltar los platos.

—Lo que ves. Tú sigue fregando, que ya me encargo yo.

Patricia le bajó los pantalones y las bragas en un solo movimiento hasta las rodillas. El culo de Valeria era firme y terso, más pequeño que el suyo, con una línea estrecha que Patricia acarició con los pulgares antes de abrirle las nalgas y mirarle sin pudor el ano rosado y el coño depilado que brillaba entre los muslos. Se agachó y le pasó la lengua entera desde el clítoris hasta el ojete, un lametazo largo y sucio que hizo que Valeria se agarrara al borde del fregadero. Repitió el movimiento, esta vez metiéndole la punta de la lengua en el culo, y con dos dedos le abrió el coño y empezó a hurgar dentro, buscando.

—Ya estás mojada, guarrilla —murmuró Patricia contra su culo—. Se te nota que te gusta.

Luego se incorporó y se bajó su propia bata. Quedaron ambas medio desnudas bajo la luz amarilla de la cocina, la mujer mayor con las tetas grandes y pesadas colgando libres, el coño oscuro y peludo apretado contra el culo joven de Valeria. Con una mano le arrancó el jersey por encima de la cabeza y le desabrochó el sujetador; con la otra, buscó entre sus piernas y encontró lo que esperaba: el coño empapado, chorreando, los labios hinchados. Le metió tres dedos de golpe y empezó a follarla con la mano mientras le mordía el hombro y le apretaba una teta hasta hacerle daño.

Valeria dejó caer un plato dentro del fregadero. Se agarró al grifo. Patricia le follaba el coño con los dedos con un ritmo brutal, chac chac chac, mientras con el pulgar le presionaba el clítoris en círculos. La joven sintió cómo el placer le subía por el vientre a pesar suyo, cómo su propio cuerpo la traicionaba con la mujer del jefe metiéndole medio puño en el coño.

—Córrete —le ordenó Patricia al oído—. Córrete en mi mano, zorra.

—¿Qué hacéis vosotras dos? —preguntó Aurelio desde el umbral de la cocina.

No había hecho ruido al llegar. Llevaba ahí el tiempo suficiente para verlo todo: el culo generoso de su mujer apretado contra las nalgas de su empleada, la mano de Patricia enterrada entre los muslos de la joven, los cuerpos moviéndose con un ritmo que no necesitaba explicación. Una mano dentro del bolsillo del pantalón, agarrándose la polla ya dura, sin haberse dado cuenta del momento exacto en que había llegado ahí.

Las dos mujeres se giraron al mismo tiempo. Frente a él, el contraste era nítido: el pubis oscuro y abundante de Patricia, el de Valeria completamente afeitado, los muslos brillantes de sus propios flujos. Dos cuerpos distintos, la misma situación sin salida. Patricia se llevó los dedos empapados a la boca y los chupó despacio, sin dejar de mirar a su marido.

Las dos miraron hacia su pantalón. El tejido se tensaba de una forma que no admitía interpretación.

—Al dormitorio —dijo Patricia—. Los tres.

***

En el dormitorio, con la lamparita encendida al mínimo y las ventanas oscuras del todo, Aurelio se dejó desnudar de pie junto a la cama. Patricia se arrodilló primero y le sacó la polla del pantalón con dos tirones. Ya la tenía dura, gruesa, con la vena marcada. Se la metió entera en la boca hasta que sintió la punta chocarle contra la garganta, con la familiaridad de veinte años. Empezó a mamársela despacio, subiendo y bajando la cabeza, sacándose la verga entera para escupirle un hilo espeso encima y luego volver a tragársela hasta el fondo. Le lamió los huevos uno a uno, se los metió en la boca, chupó como si tuviera hambre. Valeria se colocó detrás de él, se puso de rodillas, le separó las nalgas peludas con ambas manos y le hundió la lengua en el ano sin previo aviso. Aurelio soltó un gruñido y apoyó la mano en el hombro de su mujer para no perder el equilibrio. La joven le comió el culo con ganas, metiéndole y sacándole la lengua, ensalivándoselo bien, mientras Patricia le seguía mamando la polla con ruidos húmedos que llenaban la habitación.

Después de un rato, Aurelio les indicó que se pusieran a cuatro sobre la cama, culo con culo, las dos caderas pegadas y las cabezas hacia extremos opuestos.

Penetró a Patricia primero. Le agarró las caderas anchas y le metió la polla de un empujón hasta los huevos. Ella soltó el aire y apretó las sábanas entre los dedos. Aurelio empezó a follarla con embestidas duras que le hacían temblar el culo, le agarró el pelo y tiró hacia atrás para arquearle la espalda, y siguió metiéndosela con fuerza mientras ella gemía contra el colchón. La folló así durante minutos largos, viendo cómo su coño rosado se abría alrededor de su polla, cómo los labios se estiraban con cada estocada, cómo el flujo de su mujer le empapaba la base y le corría por los huevos. Luego se retiró de golpe, la polla brillante y goteando, y se desplazó dos palmos hasta la otra cadera.

Entró en Valeria con cuidado, sin prisa, apoyando la punta contra el coño depilado y empujando poco a poco. La joven era más estrecha; la sintió cerrarse en torno a él, cálida, apretada. Empujó hasta el fondo y esperó un segundo con la polla enterrada entera dentro. Luego empezó a follarla, primero despacio y después con el mismo ritmo brutal con el que había follado a su mujer. Valeria apoyó la frente en el colchón y mordió la sábana para no hacer ningún sonido, pero el culo se le sacudía con cada empujón, y sus propios muslos temblaban. Aurelio iba y venía de un coño al otro, sacando la verga chorreando de una para hundírsela hasta el fondo a la otra, mezclando los flujos de las dos mujeres en su propia polla.

—Valeria. —La voz de Patricia llegó desde el borde de la cama—. Ven aquí.

La mujer se había sentado con las piernas abiertas y las manos sobre los muslos, el coño peludo y abierto en el borde del colchón. Dio una palmada sobre su propio regazo.

—¿Qué hacemos en esta casa con las chicas que no saben comportarse? —le preguntó a Aurelio.

—Que aprendan a estarse quietas —respondió él, y no sonrió.

Valeria miró a Patricia. Patricia repitió el gesto, más despacio, con la expresión de alguien que no está acostumbrada a pedirlo dos veces.

La joven se recostó boca abajo sobre el regazo de la mujer, con el culo desnudo en alto y la cara colgando del otro lado. Las piernas separadas. Las palmas abiertas sobre el suelo. El coño depilado quedó abierto y visible, y Patricia le pasó la mano entera por las nalgas antes de empezar.

Aurelio se colocó frente a Valeria, muy cerca, la polla dura y mojada a la altura de su boca. La joven abrió los labios y él le metió la verga entera de una sola vez, hasta que la punta le tocó la garganta y ella se ahogó un segundo. La agarró del pelo y empezó a follarle la boca con el mismo ritmo con el que le había follado el coño hacía un momento.

El primer azote de Patricia fue seco y directo. Un latigazo abierto con la palma en la nalga derecha que sonó como un disparo en la habitación. Valeria contuvo el aliento y su boca se cerró un instante alrededor de la polla de Aurelio. El segundo azote llegó en la otra nalga, más fuerte, y luego un tercero y un cuarto, alternando lados, dejando marcas rojas con la forma exacta de la mano de Patricia. Entre azote y azote, la mujer le metía dos dedos en el coño hasta el fondo, los sacaba, se los pasaba por el clítoris hinchado, le hundía el pulgar en el culo hasta el nudillo. Valeria arqueaba la espalda con cada bofetada y con cada hurgada, mientras Aurelio la agarraba de la nuca y le follaba la garganta a fondo, obligándola a tragar toda la polla, dejándole hilos de saliva colgando de la barbilla.

—Así aprenden las guarras —murmuró Patricia, y le dio otro azote, y le hundió los dedos otra vez, curvándolos para tocarle el punto exacto por dentro.

Valeria se corrió sobre el regazo de la mujer del jefe con la polla del marido metida hasta la campanilla. Todo el cuerpo se le sacudió, gimió alrededor de la verga sin poder evitarlo, y notó cómo sus jugos le corrían por los muslos y le mojaban la falda de Patricia. La mujer no aflojó. Siguió golpeándole el culo, ahora encendido y ardiente, mientras Aurelio embestía cada vez más rápido.

—Trágatelo —ordenó él, con la voz grave y contenida.

Se corrió en la boca de Valeria con tres sacudidas largas, chorros gruesos de semen caliente que le llenaron la lengua y la garganta. Ella tragó lo que pudo. El resto le escurrió por la comisura y le goteó en el pecho de Patricia.

Patricia retiró los dedos con calma. Se limpió la mano en la nalga enrojecida de la joven. Se puso la bata.

—El taxi te lo pides tú —dijo, y salió del dormitorio sin mirar atrás.

***

Valeria se quedó sentada un momento en el borde de la cama. El culo le ardía. La boca todavía tenía el sabor espeso y salado de su jefe, y los muslos le brillaban con su propio flujo mezclado con la corrida que se le había escapado.

Se vistió despacio. Aurelio la miraba desde el sillón del rincón, con los ojos entrecerrados, la polla todavía a medio bajar entre las piernas abiertas, sin decir nada.

En el taxi de vuelta, con las luces de la ciudad pasando por la ventana como escenografía de una vida que ya no le pertenecía del todo, pensó en Marcos. En qué le diría cuando llegara. En qué no le diría jamás.

El teléfono vibró antes de que llegara a casa. Mensaje de Patricia. Una sola línea, sin saludo:

«El baño del pasillo necesitaba más lejía. La próxima vez hazlo bien.»

Valeria lo leyó dos veces. Apagó la pantalla y miró por la ventana el resto del trayecto.

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Comentarios(9)

nocturno_lector

Que revancha tan elegante jaja. Sin gritos, sin escandalo. Me encantó.

Valentina_C

el titulo ya me vendio y el relato no decepciono para nada. Siga asi!!!

LucasBaires

excelente, una de las mejores que leí en mucho tiempo en esta categoría

RevancharaBA

La parte del baño me mató jaja, no me lo esperaba para nada. Tremendo giro

Romina_Sur

Me encantó como está narrado. Se siente real, sin exageraciones. Muy bueno el relato

ClaraBA

Por favor continuá, quedé con ganas de saber como termina todo esto

Gabo_lector

¿Y despues que pasó? uno no puede quedar asi con el relato cortado jaja, necesito saber el final

mochilera_k

Me recordó algo que viví hace años y prefiero no comentar jajaja. Muy bueno

AlejandroMq

Que manera tan original de plantear la situacion. Felicitaciones, muy buen trabajo

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