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Relatos Ardientes

Cuando el albañil abrió la puerta equivocada

Llevo siete años casada con Rodrigo y nunca me habría considerado la clase de mujer que hace este tipo de cosas. Soy de las que cumplen, de las que se quedan en casa cuando dicen que se quedan, de las que no miran a los hombres que no son su marido. O eso creía hasta aquella tarde de miércoles en que me quedé sola con el operario.

Todo empezó con unas grietas. Las paredes del dormitorio llevaban meses resquebrajándose por la humedad, y Rodrigo por fin había decidido contratar a alguien para arreglarlas. Lo anunció un domingo como si hubiera resuelto algo importante: «Ya llamé a un operario. Viene el miércoles temprano.» Yo asentí y no le di más vueltas.

El miércoles llegó puntual. Yo estaba en la cocina terminando el café cuando sonó el timbre. Abrí sin pensar demasiado en lo que iba a encontrar al otro lado, y durante un segundo me quedé parada en el umbral sin decir nada.

Era alto. Muy moreno, de esa clase de moreno que viene de trabajar muchas horas bajo el sol. Tenía el cuerpo que no se construye en un gimnasio sino a base de años levantando peso real: hombros anchos, antebrazos marcados, manos grandes con los nudillos encallecidos. Me miró con calma y sonrió apenas, con esa seguridad tranquila de quien sabe perfectamente el efecto que causa.

—Buenos días. Vengo por las grietas —dijo con una voz grave, de esas que se sienten más que se escuchan.

—Claro —respondí, haciéndome a un lado—. Pasa.

Le hice el recorrido por la casa: el dormitorio principal, el cuarto de invitados, las marcas en el yeso, las zonas donde la humedad había dejado sus huellas. Él iba detrás de mí tomando notas en una libreta pequeña, y yo podía notar su mirada cuando me daba la vuelta para señalar algo. No era una mirada grosera. Era directa, sin disculparse, y eso era peor que cualquier otra cosa. Sentía sus ojos clavados en mi culo cada vez que caminaba delante de él, y me di cuenta de que sin quererlo estaba moviendo las caderas de otra manera.

Le expliqué lo que necesitábamos. Me dijo que no había problema, que podía empezar ese mismo día. Le dije que adelante.

Esa mañana solo era el operario, el hombre de las grietas, el que no debía importarme más allá de eso. Me lo repetí mientras volvía a la cocina y me ponía a preparar el almuerzo.

Mientras él empezaba con el trabajo, yo me refugié entre los fogones. Preparé lo que no necesitaba preparar, ordené lo que ya estaba ordenado, limpié la encimera más veces de las necesarias. A eso de las once escuché sus pasos en el pasillo y me puse más derecha sin darme cuenta.

—Perdone. ¿Me podría dar un vaso de agua?

Se había parado en la entrada de la cocina con la camiseta manchada de yeso en el hombro derecho. Le di el vaso. Cuando lo tomó, sus dedos rozaron los míos un instante, lo justo para que lo notara y no lo suficiente para poder quejarme de nada.

—Y no me llames «señora» —le dije—. Me hace sentir demasiado mayor. Puedes llamarme Mariana.

Se quedó en silencio un momento, con el vaso a medio camino entre la encimera y su boca. Luego sonrió: lento, de un lado.

—Mariana —repitió, dejando que la palabra sonara sola.

Bebió el vaso entero sin apartar los ojos de mí. Yo notaba cómo se me endurecían los pezones bajo la camiseta fina, sin sujetador, y sabía que él también lo estaba viendo. Lo dejó en la encimera y se marchó de nuevo al pasillo. Yo esperé a que sus pasos se alejaran y solté el aire que no sabía que había estado aguantando. Tenía el coño húmedo, apretado contra la costura del vaquero, y me odié un poco por eso.

***

A mediodía sonó mi teléfono. Era Rodrigo.

—Mari, surgió un problema en la obra del norte. Me tengo que ir esta tarde. Dos días, quizás tres.

Hubo una pausa en la que esperé a que añadiera algo que suavizara la noticia, pero no añadió nada. Solo silencio al otro lado de la línea.

—Ya sabes que odio quedarme sola —le dije.

—Lo sé, pero no depende de mí. Y quédate pendiente del operario, ¿sí? No lo dejes solo más de la cuenta.

Colgué con el teléfono todavía caliente en la mano y me quedé parada en la cocina sin moverme durante un minuto entero. Luego subí a mi habitación.

No tenía ganas de cocinar ni de bajar a hacer ninguna de las cosas que se suponía que debía hacer. Me tumbé en la cama encima del edredón y encendí el televisor casi sin mirar la pantalla. Una película. Lo que fuera. Algo que ocupara el silencio.

Lo que empezó fue una de esas producciones de suspenso erótico que parecen pensadas para ponerte incómoda en el peor momento posible. Escenas largas, luz tenue, mucho contacto de piel. Una tipa mamando una polla contra un espejo, gimiendo bajito mientras el tipo le tiraba del pelo. A los quince minutos ya no estaba pensando en Rodrigo ni en el viaje ni en las grietas del yeso.

Estaba pensando en otras cosas. En las manos de Ernesto. En cómo se le marcaban los antebrazos cuando levantaba la caja de herramientas. En lo que tendría entre las piernas debajo de esos vaqueros manchados de yeso.

Me quité los vaqueros y los dejé en el suelo. Luego la camiseta. Me quedé en ropa interior —tanga de encaje oscuro, sujetador de tirantes finos— y me acomodé de nuevo entre las almohadas. Desde abajo llegaba el sonido apagado de Ernesto trabajando: el raspar del yeso, algún golpe sordo contra la pared, sus pasos de vez en cuando cruzando el pasillo.

Rodrigo no vuelve hasta el viernes. Nadie va a subir aquí.

Cerré los ojos y dejé que la mano se deslizara despacio por mi vientre, bordeando el elástico de la tanga. La habitación estaba en silencio salvo por el audio de la televisión y mi propia respiración, que se iba volviendo menos regular sin que yo lo decidiera. Metí los dedos por debajo del encaje y me encontré empapada. Estaba tan mojada que el dedo del medio se me resbaló solo hasta adentro, y solté un gemido bajito que me sonó ajeno. Empecé a frotarme el clítoris en círculos lentos, imaginando esa boca ancha bajando por mi vientre, esa lengua abriéndome, esos dedos grandes metiéndose donde ahora tenía los míos.

Lo que pasó después fue completamente normal hasta que dejó de serlo.

***

No escuché la puerta. No escuché pasos en el pasillo. Lo primero que percibí fue ese cambio mínimo en la luz de la habitación —un desplazamiento de sombra— que ocurre cuando alguien se interpone entre tú y la ventana. Abrí los ojos.

Ernesto estaba en el umbral.

No había llamado. No había avisado. Yo había dejado la puerta entreabierta sin darme cuenta, y él había llegado hasta allí con su caja de herramientas y ahora estaba parado, con los ojos fijos en mí, en la mano metida dentro de la tanga, en el movimiento que no había terminado de detener. Sin moverse.

El calor que había estado acumulando durante la última media hora se convirtió en vergüenza de golpe. Saqué la mano, me incorporé, jalé el edredón hacia mí, intenté cubrir lo que se pudiera cubrir. En la pantalla del televisor, los actores seguían con lo suyo con perfecta indiferencia; la tipa ahora estaba a cuatro patas y el tipo se la estaba follando por detrás con gemidos altos que llenaban la habitación.

—Perdona —dijo Ernesto, pero no retrocedió—. Quería avisarte de que se me terminó el material. Estaba la puerta abierta y no quería irme sin decirte nada.

—Puedes irte —le dije. La voz me salió más tensa de lo que quería—. No hay problema con el material.

Él miró hacia el televisor un momento. Luego volvió los ojos hacia mí y esperó, con esa paciencia que resultaba casi más perturbadora que cualquier movimiento brusco. Vi cómo se le marcaba el bulto en el vaquero, gordo, evidente, sin ningún intento de disimularlo.

—¿Quieres que me vaya? —preguntó.

La pregunta era demasiado directa. No era «me voy ya» ni «disculpa la interrupción». Era una pregunta real, que esperaba una respuesta real, y los dos sabíamos que lo que yo dijera en ese momento no era inocente.

—Debería pedirte que te fueras —dije.

—Pero no me lo estás pidiendo.

Dio un paso hacia adentro. Uno solo. Dejó la caja de herramientas en el suelo con mucho cuidado, como si no quisiera hacer ningún ruido innecesario, y siguió mirándome.

Yo me levanté de la cama. Tenía pensado decirle que se marchara, que no podía entrar así sin llamar, que tenía que terminar su trabajo y volverse por donde había venido. Tenía el discurso formado en la cabeza mientras cruzaba los pocos metros que nos separaban con el edredón todavía entre las manos. Pero cuando llegué hasta él, con el corazón golpeándome el pecho y la cara probablemente tan encendida como me sentía, no dije nada de eso.

Fue él quien se movió primero. Me tomó de la barbilla con dos dedos, apenas, y me besó.

No fue un beso urgente ni torpe. Fue despacio, con una seguridad que no me esperaba, con su mano moviéndose desde mi barbilla hasta mi nuca y enredándose en mi pelo. Me mordió el labio de abajo, me metió la lengua sin pedir permiso, me agarró del pelo con fuerza para tirarme la cabeza hacia atrás. Cuando se separó, me miró un segundo a los ojos. Buscando algo. Encontrándolo.

—Estabas tocándote —me dijo, con la voz mucho más grave que antes—. ¿En qué pensabas?

—En ti —admití, y me odié y no me odié al mismo tiempo—. En tus manos.

—¿Sí? —Bajó la suya por mi cuello, por el nacimiento del pecho, por encima del sujetador—. ¿Y qué me hacían?

—De todo.

Se rió bajito contra mi boca. Yo le envolví los brazos alrededor del cuello y lo besé yo, con hambre esta vez, apretándome contra él para sentirle la polla dura pegada al vientre.

***

El edredón cayó al suelo en algún momento que no supe identificar bien. Sus manos eran exactamente como parecían: grandes, ásperas de trabajo, pero sabían lo que hacían. Me desabrochó el sujetador con una mano sin apartar la boca del cuello, deslizó los tirantes por mis hombros y lo dejó caer. Me agarró las tetas con las dos manos, me pellizcó los pezones entre el pulgar y el índice, y yo eché la cabeza hacia atrás y solté un gemido largo que me salió del fondo.

—Qué tetas más ricas —dijo, y bajó la boca a chupármelas. Me lamía los pezones despacio, dando vueltas con la lengua, mordisqueando apenas, y yo le hundía los dedos en el pelo y le pedía sin palabras que no parara.

Bajó una mano por mi vientre, metió los dedos por debajo del elástico de la tanga y me encontró como me había dejado un minuto antes: empapada, hinchada, palpitando. Deslizó dos dedos adentro sin ceremonia y yo me abrí de piernas contra su mano sin ninguna vergüenza.

—Joder, cómo estás —murmuró contra mi cuello—. Chorreando. Toda para mí.

—No hables —le pedí, y él se rió y siguió metiéndome los dedos, hondo, dando vueltas adentro, sacándolos brillantes de mí para volver a meterlos.

Lo empujé hacia la cama. Se sentó en el borde y me miró desde allí mientras yo terminaba de quitarme la tanga. Había algo en esa mirada —tranquila, sin prisa, completamente segura de sí misma— que hacía que todo fuera más difícil de detener. Me arrodillé entre sus piernas antes de pensarlo mucho, le desabroché el cinturón, le bajé el vaquero y el bóxer de un tirón, y me encontré con la polla saltándole contra el vientre: gruesa, oscura, con una vena marcada por debajo y el glande brillante de líquido.

La agarré con las dos manos. Ni siquiera me cabía entera. Le pasé la lengua por debajo, de la base al glande, despacio, y lo escuché soltar el aire por la nariz. La metí en la boca hasta donde pude, apretando los labios, y empecé a chupársela subiendo y bajando con las mejillas hundidas. Le lamí las bolas mientras se la seguía trabajando con la mano. Me metía tan hondo que se me saltaban las lágrimas y me tenía que separar para respirar, pero volvía enseguida, ensalivándosela toda, escupiendo encima para que se le resbalara mejor entre los dedos.

—Así, así, no pares —gruñó, y me puso una mano en la nuca para marcarme el ritmo. Me la metía él mismo, cogiéndome de la cabeza, follándome la boca despacio pero firme, y yo lo dejaba hacer con los ojos llenos de agua y la baba cayéndome por la barbilla.

Cuando notó que estaba demasiado cerca me apartó de un tirón suave. Me levantó del suelo, me tiró de espaldas en la cama, se quitó la camiseta y el resto de la ropa de un movimiento. Tenía el torso oscuro del sol, los músculos marcados de una manera que no tiene nada que ver con el ejercicio y sí mucho con años de trabajo físico de verdad.

Se metió entre mis piernas y me las abrió con las dos manos, echándomelas contra el pecho. Sin previo aviso me hundió la cara en el coño y empezó a comérmelo como si llevara meses sin comer. Me chupaba los labios, me metía la lengua adentro y la sacaba, me atrapaba el clítoris entre los labios y lo succionaba con fuerza. Yo agarré la sábana con las dos manos y arqueé la espalda contra su boca, gimiendo alto sin poder aguantarme, con las piernas temblándome sobre sus hombros.

—Me voy a correr —logré decir, y él gruñó contra mi coño sin dejar de chuparme.

Me corrí así, con su lengua trabajándome el clítoris y dos dedos metidos hasta el fondo, apretándole la cabeza entre los muslos y mordiéndome el labio para no gritar. Me sacudí entera, con oleadas que me subían del vientre a la garganta, y él siguió lamiéndome más despacio hasta que me dejé caer sobre el colchón sin aire.

Me acomodé encima de él a horcajadas cuando se tumbó, con las manos apoyadas en sus hombros, y sentí la polla dura y caliente rozándome entre las nalgas. La agarré con una mano, me la pasé por los labios del coño empapados, y me la fui metiendo despacio, bajando con las caderas hasta sentarme entera sobre él. La sentí llenarme hasta el fondo, tocándome donde nadie me tocaba en mucho tiempo, y me tuve que quedar quieta un segundo para acostumbrarme al tamaño.

—Tranquila —me dijo al oído, con las manos firmemente en mis caderas—. Móntame como quieras.

Tranquila. Como si eso fuera posible con esa polla adentro.

Empecé a moverme despacio, bajando y subiendo, sintiendo cómo salía casi entera y volvía a entrar hasta el tope. Él me miraba desde abajo con los ojos oscurecidos, con las manos ayudándome a marcar el ritmo, viéndome las tetas rebotar cada vez que bajaba. Aceleré. Empecé a montarlo en serio, apoyándome con las manos en su pecho, con las nalgas golpeándole los muslos en cada bajada, con el ruido húmedo del coño tragándole la polla llenando la habitación.

—Así, puta, así —gruñó, y me dio una palmada en el culo que me hizo apretarme entera sobre él—. Cómo montas.

Se incorporó de golpe sin sacármela, me abrazó la espalda, se metió una teta en la boca mientras yo seguía moviéndome encima. Luego se giró conmigo hasta dejarme debajo de él, sin sacar la polla ni un momento, y me abrió las piernas de par en par.

Empezó a follarme en serio. Me embestía hondo, con las caderas golpeando las mías, con la cama chirriándonos debajo. Le hundí los dedos en la espalda, las uñas se le clavaban sin querer, y él ni siquiera se quejaba. Se estiraba sobre mí y me la metía cada vez más adentro, respirándome pesado en el cuello.

—Date la vuelta —me ordenó.

La sacó, me giró boca abajo, me levantó las caderas y me puso a cuatro patas. Volvió a metérmela de un empujón que me arrancó un grito ahogado contra la almohada. Desde atrás era otra cosa: más honda, más bruta, tocándome sitios que no sabía que tenía. Me agarró del pelo con una mano y de la cadera con la otra, y empezó a follarme como si quisiera romperme.

—Dime que te gusta —me exigió entre embestida y embestida.

—Me gusta, joder, me encanta —jadeé contra la almohada—. No pares.

—Puta rica. Toda mojada. Mira cómo me la tragas.

Sentí cómo se iba tensando encima de mí, cómo el ritmo se le volvía más errático, cómo apretaba los dedos en mi cadera. Yo también estaba llegando otra vez; me metí la mano por debajo, me froté el clítoris con dos dedos, y me corrí por segunda vez con la cara aplastada contra la almohada y el coño apretándome la polla en espasmos.

—Me voy a correr —gruñó él, y aceleró todavía más.

—Adentro —le dije sin pensar—. Córrete adentro.

Un par de embestidas más y lo sentí soltarse, gruñendo hondo, hundido hasta el fondo, con la corrida caliente llenándome entera. Se quedó apretado contra mí unos segundos, jadeando, con las manos aún clavadas en mis caderas.

Cuando salió, se dejó caer al lado y me quedé boca abajo, con el semen escurriéndoseme por los muslos, sin fuerzas para moverme. Su peso encima de mí un minuto antes no había sido desagradable. La habitación estaba en silencio salvo por nuestra respiración recuperándose.

Fue él quien se levantó primero. Se vistió en silencio, sin prisa, sin la incomodidad que yo habría esperado en su lugar. Recogió la caja de herramientas del suelo. Antes de salir se volvió un momento desde el umbral y me miró tumbada, todavía desnuda, todavía marcada por él.

—Voy a buscar el material —dijo—. Hay que terminar esas grietas.

Y se fue.

Escuché sus pasos bajar las escaleras. Luego el sonido de la puerta de entrada cerrándose con suavidad, sin portazos. Me quedé tumbada en la cama mirando el techo, con la luz de la tarde entrando por los listones de la persiana y la película terminando sola en la pantalla.

Rodrigo vuelve el viernes.

Cerré los ojos. Y por primera vez en todo el día, no sentí ningún tipo de inquietud.

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Comentarios(7)

MiriamSol

Excelente!!!

DiegoRba

Jajaja me mato el detalle de la puerta, increible como fluye la historia. Muy bien contado.

Valentina_G

Por favor una segunda parte!! quede con muchisimas ganas de mas

nocturno88

Me recordo a una situacion algo parecida que vivi hace unos años. Uno nunca sabe como terminan estas cosas jaja. Buenisimo el relato.

TaxiLector

de los mejores que lei ultimamente, muy bien narrado todo

CarlaDeNoche

El suspenso del comienzo es adictivo, te engancha desde la primera linea. Siguiendo de cerca tus proximos relatos.

LucasPba

La tension inicial esta muy lograda. Felicitaciones y saludos desde La Plata.

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