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Relatos Ardientes

Esa tarde en el hotel con el panadero del barrio

Ese día me vestí diferente. Saqué del fondo del placard un short de jean ajustado que llevaba más de un año sin usar, de esos que aprietan las caderas y dejan los muslos al descubierto, y encima un top negro de escote generoso que dejaba asomar el encaje del corpiño. Me miré al espejo antes de salir: el pelo suelto, los labios pintados, la piel todavía bronceada del verano. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo, aunque no me lo dijera en voz alta.

Llegué a la panadería a media tarde, en el horario en que el barrio queda desierto. Marcos estaba atendiendo a una señora mayor, pero en cuanto me vio entrar sus ojos se clavaron en mí. Despachó a la señora rápido —demasiado rápido— y cuando la puerta se cerró detrás de ella, bajó la persiana a la mitad con una calma que me erizó la piel.

—Te pienso todo el tiempo —dijo directo, apoyando los codos sobre el mostrador.

—Ay, qué exagerado sos —me reí, aunque ya sentía el cosquilleo bajar entre las piernas.

—No exagero nada. En serio, me volvés loca —insistió, la voz más oscura que de costumbre.

—Sabés que estoy casada —dije. Sonó débil incluso para mis propios oídos.

—Ya sé. Pero si no lo contás, no tiene por qué enterarse nadie de lo que quiero hacer con vos —respondió, sin pestañear.

—Mejor me voy... porque si no —dejé la frase incompleta. Los dos sabíamos adónde llevaba.

—¿Porque si no, qué? —preguntó, rodeando el mostrador y acercándose despacio.

—No sé. Capaz me arriesgo. Pero imposible.

—Nada es imposible, preciosa —dijo. Y de repente ya lo tenía pegado a mí, sus manos grandes en mis caderas, firmes pero con algo de cautela todavía—. Sé que tu marido no te toca como necesitás. No me digas que me equivoco.

—No sé... puede ser —murmuré, dando un paso atrás, el corazón latiéndome fuerte.

—No me equivoco. Si no, no estarías acá, así de linda, así de provocadora —dijo, y su mano bajó despacio hasta rozarme el culo por encima del short, apretando apenas.

—No, no. Me tengo que ir —dije, y la voz me tembló. Me alejé rápido, tomé la bolsa que ni recuerdo qué contenía y salí casi corriendo.

—Por lo menos pensalo, ¿eh? —gritó desde la puerta, apoyado en el marco con una sonrisa que prometía demasiado.

—No estés molestando, jajaja... chau —contesté, y caminé despacio hasta doblar la esquina, contoneándome más de lo necesario, bien consciente de que me seguía con la mirada.

***

En casa, lo de siempre: mi marido en el sillón con el teléfono en la mano, sin levantar la vista cuando entré. «Hola», murmuró, y siguió mirando la pantalla. Ni un comentario sobre cómo venía, ni una mirada de deseo. Nada.

Me fui directo al baño. Abrí la ducha y me quedé parada bajo el agua caliente un momento antes de quitarme el short. Cuando lo bajé, lo obvio: la tanguita empapada, el hilo pegado a la tela. El cuerpo no miente.

Me apoyé contra la pared de azulejos y bajé la mano. Empecé a acariciarme el clítoris despacio, imaginando al principio a mi marido, las épocas en que todo era distinto entre nosotros, las noches en que me agarraba fuerte y no paraba. Pero esa imagen duró poco. La cara que apareció sola fue la de Marcos: sus manos grandes, su voz grave, la marca que se le hacía en el pantalón cada vez que me miraba.

—Ahhh —gemí bajito, mordiéndome el labio para que nadie oyera.

Me vine en un par de minutos, ahogando el gemido contra el hombro. Pero no alcanzó. Los dedos no eran suficiente. Necesitaba más, algo real, alguien que me cogiera como mujer y no como un mueble.

Me quedé bajo el agua un rato largo, respirando agitada.

***

Esa noche, después de otra cena en silencio con mi marido pegado al teléfono, tomé el mío con los dedos temblando y escribí sin pensarlo dos veces:

«Mañana a las tres de la tarde, hotel de la laguna, piso dos, habitación siete.»

La respuesta llegó en segundos:

«Ahí estoy, reina.»

Apagué la pantalla y me quedé mirando el techo, el corazón latiéndome en la garganta. Sabía que no había vuelta atrás.

Al día siguiente me preparé con cuidado. Me puse el vestido halter rojo —ese que marca la cintura y deja la espalda casi entera al aire, con el escote que resalta todo— con lencería negra nueva debajo: corpiño de encaje que las empujaba bien arriba, tanguita brasileña que apenas cubría nada. Arriba de todo, un abrigo largo para salir sin levantar sospechas. Le dije a mi marido que tenía turno médico y después café con unas amigas. Ni preguntó a qué hora volvía.

Conduje hasta el hotel con las manos sudadas en el volante y la respiración un poco acelerada. El estacionamiento de la entrada trasera estaba casi vacío, discreto, tal como necesitaba. Me miré un segundo en el espejo retrovisor antes de bajar: labios rojos, pelo en ondas, perfume en el cuello y entre los muslos. Lista.

Marcos me esperaba apoyado contra la puerta de la habitación siete, con una camisa blanca arremangada y los jeans oscuros de siempre. Me miró de arriba abajo cuando me acerqué por el pasillo desierto y me quitaba el abrigo. En sus ojos había algo parecido al hambre.

—Por favor... no das más de linda —murmuró, con la voz ronca ya.

Y sin darme tiempo a contestar me agarró fuerte de las caderas y me pegó un beso que me dejó sin aire.

Abrimos la puerta tropezando. Él metiéndome las manos por todos lados, subiéndome el vestido, amasándome el culo; yo tirándole la camisa hacia afuera hasta sacársela de los hombros. No importó que los botones saltaran.

—Tenemos poco tiempo —jadeé entre beso y beso, mientras le arañaba el pecho.

—Mucho más querría —gruñó, bajándome los tirantes del vestido halter de un solo movimiento. Las tetas quedaron al aire, envueltas solo en el encaje negro del corpiño.

Empezó por el cuello: bajó despacio, mordiéndome la piel sensible, hasta llegar al corpiño. Me lo bajó de un tirón y las sacó enteras. Su boca caliente se cerró sobre un pezón, chupando fuerte, la lengua girando en círculos lentos mientras con la otra mano apretaba la otra teta y pellizcaba el pezón justo en el punto que me hacía doblar la espalda.

—Aaah... sí... así —gemí, con la voz que ya no me obedecía del todo.

Chupó una, la lamió entera, pasó la lengua por el canal entre las dos, después atacó la otra con la misma hambre. Sus manos eran firmes, posesivas. Sabía exactamente qué hacer con ellas, como si llevara tiempo pensándolo.

—Qué ricas las tenés —susurró contra mi piel, la barba oscura raspándome los pezones—. Firmes, preciosas... podría quedarme acá toda la tarde.

Yo aproveché para bajarle el cierre del pantalón. La pija saltó caliente y ya dura entre mis dedos. La agarré con las dos manos, la apreté, empecé a moverlas despacio mientras él seguía con la boca en mis tetas. Los dos respirábamos cada vez más agitado.

—Marcos... no aguanto más —supliqué, con la voz rota de deseo—. Cógeme ya.

Levantó la cabeza, los ojos oscuros de lujuria, y me empujó hacia la cama con suavidad. Me tiró boca arriba, me abrió las piernas de un tirón y se arrodilló entre ellas, subiéndome el vestido hasta la cintura.

Me sacó la tanguita de un solo movimiento. Se quedó un segundo mirándome, con una expresión que me hizo sentir deseada de una manera que hacía meses no recordaba. Después hundió la cara entre mis muslos sin más preámbulos.

Su lengua era experta y paciente: primero lamió despacio de abajo arriba, abriéndome los labios con los dedos gruesos, saboreando cada gota. Después se concentró en el clítoris, chupándolo fuerte, la lengua en círculos rápidos mientras metía dos dedos adentro y los curvaba hacia adelante, buscando el punto que me hace perder el control.

Me retorcí en la cama, agarrándole la cabeza con las dos manos, empujándolo más contra mí.

—Marcos... ¡sí! ¡No pares, no pares! —gemí sin control, las caderas moviéndose solas contra su boca.

Me corrí en menos de dos minutos: fuerte, entera, las piernas cerrándose solas alrededor de su cabeza mientras las contracciones me recorrían de punta a punta. Cuando aflojé, él levantó la vista con la barba empapada y me sonrió de costado.

—Ahora sí —dijo, poniéndose de pie.

Se sacó los jeans y los calzoncillos de un tirón. La pija libre era gruesa, venosa, la cabeza ya brillando. Me incorporé rápido, me arrodillé en la cama y me la metí en la boca antes de que pudiera decir nada. La tragué despacio hasta sentirla en la garganta, masajeándole las bolas con una mano, pajeándolo en la base con la otra. Él apoyó los dedos en mi cabeza, acompañando el ritmo sin forzar.

—Así, preciosa... mirá qué bien la tragás —murmuró, con la voz partida.

Después de unos minutos me levantó de los hombros y me tiró boca arriba otra vez. Apoyó la cabeza en la entrada y me la metió de una embestida lenta pero completa. Sentí cómo me abría desde adentro, cómo me llenaba hasta un lugar que mi marido hacía meses que no rozaba.

—Aaah... Marcos... qué llena estoy —gemí, clavándole las uñas en la espalda.

Empezó a bombear: profundo, con ritmo, cada golpe llegando hasta el fondo, el ruido de los cuerpos chocando llenando toda la habitación. Me agarraba las tetas con las dos manos, las apretaba, pellizcaba los pezones mientras seguía sin parar. Cambiamos de posición: me puso en cuatro, me agarró de las caderas y empezó a darme desde atrás, mirando cómo el culo rebotaba contra él con cada embestida.

—Mirá cómo se mueve este culo —gruñó, dándome una palmada que me ardió rico.

Me corrí ahí mismo, apretando todo adentro, mordiendo la almohada para no gritar demasiado fuerte. Él siguió unos segundos más, el sudor cayéndole sobre mi espalda, el ritmo acelerándose hasta el límite.

—Valentina... ya no aguanto más. ¿Dónde querés? —jadeó.

—En las tetas —supliqué, girándome rápido y arrodillándome frente a él.

Me apuntó al pecho y empezó a correrse: chorros espesos, calientes, que me cubrieron las tetas y el cuello. Eran muchos. Yo me toqué el clítoris una vez más y me vine por tercera vez solo de verlo.

***

Los dos agitados, sin hablar por un momento. Él buscó una toalla del baño y me limpió con cuidado, riéndose bajito.

—Valentina... sos una diosa —dijo, sentándose al borde de la cama—. Esto no puede quedarse en una sola vez, ¿eh?

Empecé a vestirme despacio. Las piernas todavía me temblaban un poco. Me acomodé el corpiño, subí el vestido por las caderas, ajusté los tirantes.

—Fue increíble, Marcos. De verdad —dije, y lo decía completamente en serio—. Pero es una locura. Tengo mi vida, mi marido... no puedo perder todo por esto.

No discutió. Me miraba mientras yo terminaba de vestirme. Cuando me puse el abrigo, se levantó, se puso los jeans sin apuro, y se acercó a darme un beso suave en los labios, cargado de algo que no era solo sexo.

—Decís eso ahora —murmuró—. Pero cuando estés en tu casa y él te ignore otra noche, vas a recordar cómo te dejé. Y vas a volver.

Me aparté despacio. Tomé el bolso y abrí la puerta.

—Chau, Marcos.

***

Conduje de vuelta con la ventanilla abierta, el viento en la cara, dejando que el aire me despeinara y me borrara algo de lo que tenía pegado en la piel. El semen seco entre las tetas rozaba con cada movimiento y no podía pensar en otra cosa. Llegué a casa con tiempo, me duché rápido, frotándome fuerte, y me cambié de ropa antes de que llegara mi marido.

Cuando entró, me dio el beso de todos los días en la mejilla —distraído, casi automático— y preguntó qué había para cenar. Yo sonreí como siempre y respondí como siempre.

Pero algo ya no era igual.

***

Los días que siguieron fueron raros. Volví a la panadería —claro que volví, aunque me hubiera prometido que no— y cada vez que iba, el intercambio era el mismo: los ojos de Marcos recorriendo mi cuerpo despacio, los míos bajándose enseguida hacia la vitrina. Un roce al darme el vuelto. Un «cuídate, reina» dicho apenas más bajo que el tono de una conversación normal. Nada más, pero tampoco hacía falta.

Por las noches me tocaba sola pensando en él: en sus manos, en cómo me había llenado, en el calor de su corrida sobre mi piel. Pero no le mandé ningún mensaje. Me repetía que había sido una sola vez, que estaba claro, que podía manejarlo.

¿Podía manejarlo?

Sé lo que cuesta parar cuando el cuerpo pide más. Sé que fui yo la que tomé la decisión de ir ese día al hotel, la que escribí el mensaje, la que entré a la habitación. No me arrepiento de haberlo hecho. Lo que sí sé es que me mentí sobre cuánto iba a durar la parte en que me decía que había sido una sola vez.

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Comentarios (4)

Meli95

Ay dios, me enganché desde la primera línea jajaja. Qué inicio!!

Clarita_mdq

Se hizo cortísimo, queremos la segunda parte ya!! Como termino la tarde?

RosarioLectora

Me recordó a una situación parecida que viví, ese momento en que ya sabés a donde vas y te hacés la inocente igual jajaj. Muy bien contado.

toto_lector

excelente!! sigue publicando por favor

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