Conocí a mi amante en la reunión de padres
Pocas cosas me generaban más ansiedad que las reuniones sociales del colegio de Valentina. Era ese ambiente particular de la clase media acomodada donde todos hablan de viajes, de proyectos y de éxitos profesionales con una sonrisa perfectamente diseñada para disimular la envidia. Mi mujer lo entendía y me daba permiso de aparecer, saludar y desaparecer en cuanto pudiera. Ella se encargaba de las relaciones sociales. Yo me limitaba a sobrevivir la primera hora.
Eso fue lo que hice en la reunión de primavera del colegio. Llegamos juntos, me quedé el tiempo suficiente para que nadie dijera nada y me escabullí hacia el jardín exterior, donde había un banco de madera bajo un gomero enorme que me pareció el mejor lugar del mundo. Me senté, saqué el teléfono y me puse a revisar unos planos que tenía pendientes. Soy arquitecto. Tengo ese defecto de encontrar trabajo en cualquier momento y lugar.
No escuché que alguien se acercaba hasta que la voz me llegó desde muy cerca.
—Perdón, no te quería molestar, pero no había otro lugar para escaparse. ¿Vos también huiste de esa cosa o tenés algún motivo más razonable?
Levanté la vista. Una mujer de unos treinta y cinco años, bien vestida, con el pelo oscuro cayéndole hasta los hombros y unos ojos claros que miraban con una mezcla de humor y cansancio. Había algo en su forma de pararse, una soltura tranquila, que me generó curiosidad de inmediato.
—Huí —admití—. Con total premeditación y alevosía.
Se rio. Una risa corta, genuina, nada forzada.
—¿Puedo sentarme?
Le hice lugar sin pensarlo. Se sentó y preguntó si fumaba. Le dije que no. Dijo que menos mal, que no le molestaba el humo en general pero que habría arruinado el momento.
—Lindo rincón —dijo, mirando el árbol—. Buena compañía, espero. ¿Tenés hijo o hija acá?
—Hija. En segundo año. Todavía sobrevivible, aunque por poco.
—El mío está en tercero y la sobrevivibilidad ya pasó hace rato. Pura actitud, puro desorden, constante mal humor.
Nos reímos los dos esta vez.
La media hora que pasamos en ese banco fue, sin exageraciones, la parte más agradable de la tarde. Se llamaba Camila, era diseñadora gráfica, llevaba dos años separada y vivía sola con su hijo Lucas en un departamento nuevo cerca del río. Me dijo que el nombre de su ex todavía le generaba un nudo en el estómago, pero que ya lo estaba trabajando. Que hacía yoga. Que leía mucho. Que no echaba de menos estar en pareja pero sí echaba de menos algunas cosas de estar en pareja, y dijo eso con una sonrisa torcida que dejó el resto a la imaginación.
Cuando Elena me llamó al celular para avisarme que era momento de irse, me levanté con una sensación extraña. Había catalogado a Camila en algún rincón de mi mente con una etiqueta que no correspondía nombrar, pero que estaba bien clara. Era hermosa. Era interesante. Y no iba a volver a verla.
Eso creí.
***
El colegio organizó un taller de teatro para los chicos de segundo y tercero. La reunión de padres era obligatoria: la dirección quería explicar la dinámica, los límites, los acuerdos básicos. Fui porque Elena tenía un turno médico que no podía cancelar. Entré al salón sin expectativas y la vi sentada en la segunda fila, con una campera azul y el pelo recogido. Me hizo un gesto discreto con la mano, como diciendo «ya ves que el mundo es chico».
Me senté a su lado. La reunión duró cuarenta minutos y hablamos en susurros varias veces, intercambiando comentarios sobre el coordinador del taller, que hablaba con la energía de alguien que lleva tres cafés encima. Cuando terminó, los chicos se quedaron para la primera clase y nos invitaron cortésmente a retirarnos.
Afuera nos encontramos con una lluvia intensa que nadie había previsto.
Camila no tenía paraguas. Llevaba unas sandalias abiertas completamente inapropiadas para ese aguacero y había venido caminando porque le gustaba caminar. Le ofrecí llevarla. Rechazó dos veces antes de aceptar.
Cuando llegamos al edificio donde vivía, un garaje cubierto en la entrada nos dio algo de respiro. Le dije que no era nada, que me quedaba de paso. Ella dudó un segundo.
—Te invito un café. Me lo debés desde que te escapaste del banco sin tiempo de despedirte bien.
No era verdad, claro. Pero me reí y acepté.
***
El departamento era exactamente como me la había imaginado: ordenado, con plantas, libros en estantes que llegaban al techo y una luz cálida que venía de lámparas bien ubicadas. Me pidió que me sacara los zapatos. Dentro no usaban calzado. Me señaló el sofá y dijo que volvía en un momento.
Volvió con una camisa suelta y una pollera que le llegaba a mitad del muslo. Preparó café con una eficiencia tranquila, sin preguntar cómo lo tomaba, como si ya lo supiera. Lo tomé solo y resultó que así lo hacía bien.
No sé si fue algo en mi forma de escuchar o si simplemente necesitaba decirlo, pero en diez minutos me estaba contando cosas del divorcio que probablemente no le contaba a mucha gente. La dinámica que habían tenido, los años de rutina, la sensación de haberse ido apagando sin darse cuenta. En un momento le brotaron lágrimas y se disculpó varias veces.
—No tenés nada de qué disculparte —le dije—. Descargá lo que necesités.
—Es que no puedo hablarlo con Lucas. Es su padre. Un tipo difícil conmigo, pero su padre al fin.
Quedó en silencio un momento. Después me miró de una forma distinta, más directa, como si hubiera tomado una decisión.
—¿Te incomoda que te cuente estas cosas?
—Para nada. Me pasa seguido. Debe ser la cara, no sé.
Sonrió. Me terminé el café y le dije que me iban a esperar para cenar. La despedida fue un abrazo que duró más de lo esperado y un beso en la mejilla que aterrizó muy cerca de la comisura de mis labios. Volví al auto diciéndome que no era nada, que era gratitud, que era una mujer sola que había tenido una tarde de lluvia y necesitaba compañía. Me lo repetí varias veces durante el camino a casa.
La semana siguiente la había olvidado casi por completo. Por eso me sorprendió su mensaje de WhatsApp preguntando si tenía tiempo para hablar. El jueves siguiente Lucas se quedaba con el padre, escribió. Si podía y quería, le encantaría que pasara por su casa. Le prometía el mejor café que había tomado en su vida. Con un emoji de beso al final.
Le dije a Elena que tenía una reunión con un cliente que solo podía esa tarde. Ella asintió sin preguntar nada. No era la primera vez que tenía reuniones fuera de horario.
***
Toqué el timbre sin saber bien qué esperaba encontrar.
Cuando Camila abrió la puerta entendí que no me había imaginado bien la situación. Llevaba un vestido negro ajustado que le marcaba cada curva con una precisión que no dejaba lugar a dudas. El pelo suelto. Maquillaje en los ojos, más marcado que la vez anterior, con algo oscuro en el borde que le alargaba la mirada. Olía bien.
—Pasá —dijo, haciéndome lugar.
Me saqué los zapatos sin que me lo pidiera esta vez. Nos sentamos a tomar el café. Ella habló de cosas cotidianas durante un rato, preguntó por mi trabajo, escuchó con atención. Después hizo una pausa larga.
—¿Puedo decirte algo sin que te asustes?
—Depende de lo que sea.
—Desde que te vi en ese banco no pude dejar de pensar en vos. No te estoy pidiendo que seas mi novio ni que compliques tu vida. Es solo que me gustás mucho. Físicamente y en la forma en que escuchás, en que hablás. Me generás algo que hace años no sentía.
La miré sin decir nada por un momento.
—No me lo esperaba —dije al fin.
—Lo imagino. ¿Te parezco muy directa?
—No. Me parece honesto.
—¿Te gusto?
—Sí —dije sin dudar—. Mucho.
—Pero estás casado.
—Sí.
—No quiero destruir nada. Pero... ¿sería posible que seas mi amante? Solo eso. Sin dramas, sin exigencias. Que vengas, me cojas bien, y te vayas.
Lo dijo así, sin bajar la voz, mirándome fijo. La palabra cruda me pegó en el pecho como una piedra tibia.
Antes de que pudiera responder, se levantó, se paró frente a mí y bajó los breteles del vestido. Cayó al suelo sin ruido. Quedó con un corpiño pequeño de encaje negro y una bombacha mínima que apenas le tapaba el pubis, mirándome con una calma que contrastaba con todo lo que me estaba generando por dentro. Se le marcaba la humedad en la tela, una mancha oscura que no intentaba disimular.
—Abrazame —dijo en voz baja—. Y tocame donde quieras.
Me levanté. La abracé y le bajé las manos por la espalda hasta hundirle los dedos en el culo, apretándoselo por encima de la bombacha. Ella soltó un suspiro corto y se pegó a mí, y sentí perfectamente cómo se me endurecía la pija contra su vientre. Enterró la cara en mi cuello y se quedó quieta un segundo, respirándome. Después levantó la cara y me besó despacio, con la lengua entrando en mi boca sin apuro, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
—Llevame a la cama —murmuró contra mi boca—. Cogeme como hace años nadie me coge.
***
La habitación tenía poca luz. Ella abrió la cama mientras yo me desvestía. Cuando quedé desnudo, con la pija dura apuntándole, me miró de arriba abajo sin disimulo y se mordió el labio.
—Qué linda tenés la verga —dijo bajo, casi para sí—. Vení.
Me acosté sobre ella. Empecé despacio. Le besé el cuello, los hombros, le desabroché el corpiño y le liberé los pechos. Los tenía firmes, bien proporcionados, con los pezones oscuros y grandes que se pusieron duros apenas les pasé la lengua. Me dediqué a ellos con tiempo, chupándoselos uno a uno, mordiéndoselos suave, tirándoselos con los dientes, mientras le recorría el resto del cuerpo con la palma abierta. Ella arqueaba la espalda contra mi boca y suspiraba cada vez más fuerte. No hablaba mucho, pero cada gemido era una respuesta clara.
—¿Te gusta? —le pregunté, con la lengua todavía en un pezón.
—Muchísimo —jadeó—. Hacía mucho que nadie me tocaba las tetas así. Chupámelas más fuerte.
Le hice caso. Le chupé fuerte, con succión, y ella gimió más alto y me clavó las uñas en la nuca.
—¿Tu ex no lo hacía?
—Casi nada. Unos roces y a otra cosa. Me metía la pija sin preliminares y en tres minutos ya estaba acabando adentro mío. No sabía lo que era que alguien te tomara el tiempo. Que te lamiera. Que te calentara.
—Yo te voy a calentar hasta que no puedas más.
—Por favor.
Bajé despacio, pasando los labios por su vientre, mordiéndole la piel suave del abdomen, hasta llegar a la bombacha. Se la enganché con los dientes y se la fui bajando por los muslos mientras ella levantaba la cadera para ayudarme. La encontré depilada, con los labios del coño hinchados y brillantes, ya empapada. Le separé los muslos con las manos, abriéndoselos bien, y me quedé un segundo mirando.
—Estás toda mojada —le dije.
—Estoy así desde que abriste la puerta. Comémelo, por favor.
No la hice esperar. Le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, desde la entrada del coño hasta el clítoris, y ella pegó un grito ahogado y me apretó la cabeza con las dos manos. Me tomé mi tiempo. Le lamí el clítoris despacio, con la lengua plana primero, después con la punta, haciéndole círculos y flicks alternados, mientras le deslizaba un dedo adentro. La sentía apretadísima, caliente, contrayéndose alrededor del dedo cada vez que le tocaba el punto justo. Le metí un segundo dedo y curvé la yema hacia arriba, buscándole ese punto esponjoso del techo del coño.
Lo encontré rápido. Ella empezó a mover las caderas contra mi cara, empujándose contra mi boca, jadeando cada vez más fuerte.
—Ay, ay, ahí, no pares, no pares...
Le chupé el clítoris entero, lo tomé entre los labios y le hice una succión firme mientras seguía trabajándole el punto G con los dedos. Aguantó unos minutos así, aferrada a mi cabeza con las dos manos, apretando fuerte, hasta que se le tensó todo el cuerpo. Se le arquearon los muslos, me apretó la cabeza entre ellos y un gemido largo y contenido le salió desde el pecho. Sentí cómo se le contraía el coño con espasmos alrededor de mis dedos, cómo le corría un chorro tibio por la muñeca.
—Dios —dijo cuando soltó, con la voz ronca, respirando entrecortado—. No acabé así desde... no sé cuándo. Nunca. No sé si nunca.
Subí a besarla. Le pasé la lengua todavía con su sabor y ella me la chupó como si le gustara probarse a sí misma. Me tomó de la mano y me la llevó otra vez entre las piernas, pidiéndome más sin decirlo. Después bajó ella también, se acomodó entre mis piernas, me tomó la pija con las dos manos y se la quedó mirando un segundo antes de metérsela en la boca.
Lo hizo con una torpeza que tenía algo muy sensual, como si estuviera aprendiendo mientras lo hacía. La guié un poco, le pedí que fuera más despacio, que la lamiera desde la base, que no la chupara toda de golpe sino de a poco. Aprendió rápido. Empezó a hacerme una mamada más pausada, lamiéndomela primero de arriba abajo, deteniéndose en el frenillo, después metiéndose la cabeza en la boca y bajando de a poco hasta donde le llegaba. Me miraba mientras lo hacía, con esa expresión de quien quiere hacer bien las cosas, con los ojos clavados en los míos y los labios estirados alrededor de mi pija.
—Así —le dije, agarrándole el pelo y apartándoselo de la cara—. Exactamente así. Chupámela toda.
Bajó más, se atragantó un poco y subió tosiendo suave, con hilos de saliva colgándole de los labios. Se rio.
—Estoy oxidada.
—Estás perfecta.
Volvió a lo suyo, esta vez con más ganas. Me tomó las pelotas con una mano y me las masajeó despacio mientras se la seguía chupando, subiendo y bajando la cabeza con un ritmo constante. Cuando sentí que se me iba a escapar demasiado rápido le tiré del pelo.
—Vení. Quiero cogerte.
Levantó la cara y sonrió con la punta de mi pija todavía entre los labios.
—Vení vos —dijo, tirándose de espaldas y abriendo las piernas—. Estoy hirviendo.
Me acomodé encima. Le froté la cabeza de la pija por el coño empapado, restregándosela por el clítoris, mojándomela bien en su humedad. Ella se retorcía debajo mío, buscándome, tratando de metérsela con la cadera.
—Metémela ya, por favor. No aguanto más.
Empujé despacio, entrando de a poco, sintiendo cómo se abría alrededor mío. Estaba estrecha, mucho más de lo que había esperado. Le entré hasta el fondo en una sola embestida larga y ella pegó un grito y me clavó las uñas en los hombros.
—Ay, la puta madre, qué grande la tenés...
Me quedé quieto adentro un segundo, dejándola acomodarse. Después empecé a moverme, primero despacio, saliendo casi entera y volviendo a entrar hasta el fondo, mirándola a la cara. Ella tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta, respirando por la boca en bocanadas cortas.
—¿Así? —le pregunté.
—Más fuerte. Cogeme más fuerte.
Aceleré. Empecé a metérsela con más impulso, haciendo chocar mis caderas contra las suyas, y ella se puso a gemir sin filtro, gemidos altos que salían del fondo de la garganta.
—Sí, sí, así, ay Dios, no pares...
La agarré de una pierna y se la levanté, poniéndosela sobre mi hombro para entrarle más profundo. Con ese ángulo la sentía apretándome distinto, envolviéndome. Le miré la cara de placer y le hablé al oído.
—Mirá cómo se te mete toda.
—La siento adentro, la siento hasta arriba...
La cogí así unos minutos, con embestidas firmes y sostenidas. La cama crujía. Los muslos nos hacían un ruido húmedo cada vez que chocaban. Ella empezó a temblar debajo mío, a apretarme el coño con espasmos, y supe que estaba por acabar otra vez.
—Voy de nuevo, voy de nuevo, no pares, no pares...
Le clavé la pija a fondo y me quedé ahí, moviendo la cadera en círculo, apretándole el clítoris con mi hueso pubiano. Ella acabó con un grito, arqueándose entera, temblándome debajo como un cable pelado.
Cuando la sentí aflojar la saqué despacio. Le brillaba el coño hinchado, todo abierto.
—Poneme arriba —le pedí.
La ayudé a subirse. Me la senté encima con la pija otra vez adentro y ella se estremeció al sentirla entrar desde ese ángulo. Se movió primero con inseguridad, apoyando las manos en mi pecho para darse impulso, después con más confianza, encontrando el ritmo. Le agarré las tetas y se las apreté, tirándole de los pezones mientras ella cabalgaba encima mío.
—¿Cómo estás? —le pregunté, sin dejar de embestirla desde abajo.
—Llena —dijo, mordiéndose el labio—. Reventada. Feliz.
Se dejó caer sobre mí, pegándome las tetas al pecho, y siguió moviéndose así, restregándose. Le agarré el culo con las dos manos y le marqué el ritmo, subiéndosela y bajándosela, cogiéndola desde abajo con embestidas cortas y rápidas. Ella me mordía el cuello, me gemía en el oído cosas que no le salían enteras.
—Qué rica pija... qué rica pija tenés... me estás matando...
La hice girar. La puse en cuatro patas frente a mí, con el culo levantado y la cara contra la almohada. Le pasé la mano por la espalda arqueada, le apreté una nalga y se la separé para mirarle bien el coño abierto, todo brillante, esperándome. Le entré desde atrás de una sola vez, hundiéndomela entera, y ella soltó un gemido ronco contra la almohada.
—Ay, así, así, cogeme como una perra...
La agarré de las caderas con firmeza y empujé fuerte, marcándole un ritmo profundo y sostenido. Se le movían las tetas debajo, colgándole, meciéndose con cada envión. Le di una palmada en el culo y ella pegó un grito y apretó más el coño.
—Otra —jadeó—. Pegámela otra vez.
Le di otra palmada, más fuerte, y le quedó la marca roja de la mano. Ella se puso a mover la cadera hacia atrás para encontrarme, empujándose contra mi pija con desesperación. Le tiré del pelo, agarrándoselo en un puño y arqueándole la cabeza hacia atrás, y le hablé cerca del oído mientras la seguía cogiendo.
—Mirá cómo se te mete. Mirá cómo te gusta.
—Me encanta, me encanta, no pares por favor...
Acabó otra vez, así, en cuatro, con la cara contra la almohada mordiéndola para no gritar tan fuerte. Sentí cómo el coño se le cerraba alrededor de mi pija en espasmos, exprimiéndomela. Cada vez con menos pudor, dejando salir lo que antes había estado conteniendo.
Al final la di vuelta otra vez, la puse de espaldas y le pedí que me dijera cómo quería terminar. Ella me miró con los ojos vidriosos y las mejillas rojas.
—Como quieras vos. Adonde quieras. Es tuya.
—Quiero que me la masturbes. Y me mires a la cara cuando me venga.
Se acomodó entre mis piernas, arrodillada, me tomó la pija con las dos manos y empezó a moverse despacio, alternando con la boca, sin apurarse. Se la lamía desde la base hasta la punta, se metía el glande en la boca y lo chupaba mientras seguía masturbándome con la mano. Me miraba todo el tiempo, con la boca entreabierta y los labios brillantes de saliva.
—Vení para mí —susurraba entre lamidas—. Dame toda tu leche, todo lo que tengas.
Aceleró el ritmo. Me estrujaba con la mano subiendo y bajando rápido, con la muñeca justa, y me chupaba la punta con succión. Cuando sentí que ya no podía más, cuando se me tensó todo el cuerpo, le avisé.
—Ya, ya me vengo.
Ella abrió la boca y cerró los ojos, sacando la lengua. La primera descarga le cayó adentro de la boca, la segunda le pintó los labios y la mejilla, la tercera y las que siguieron le fueron mojando el mentón y las tetas. Ella no soltaba la mano, seguía moviéndola despacio, sacándome hasta la última gota, mientras se relamía y se pasaba la lengua por los labios para juntar la corrida.
Cuando terminé se limpió la comisura con el dedo, se lo metió en la boca y sonrió.
—¿Bien?
—Muy bien.
—Me encanta tu semen —dijo, todavía con la mejilla marcada—. Me encanta cómo se te pone la cara cuando te venís.
Se acostó a mi lado y me apoyó la cabeza en el pecho. Le quedaban restos por el cuello y no se los limpió. Le pasé la mano por el pelo despacio, sintiéndome vacío en el mejor sentido de la palabra.
***
Mientras me vestía, ella preparó café. Cuando salí de la habitación estaba apoyada en la mesada de la cocina, descalza, con la camisa suelta y el pelo todavía despeinado. Había algo en esa imagen, en esa mezcla de calma y desorden, que era difícil de ignorar. Se me notaba en la cara, seguro.
—¿Podés volver el próximo jueves? —preguntó.
—Voy a ver.
—No te pido más que eso. —Hizo una pausa y después agregó, bajando un poco la voz—: Pero si volvés, te prometo que va a ser mejor cada vez. Tengo ganas de que me hagas cosas que hace años no me hacen.
La besé antes de irme, con la mano abierta en la nuca. Ella me acompañó hasta la puerta y se quedó apoyada en el marco mientras yo esperaba el ascensor, con una sonrisa tranquila que no tenía ninguna urgencia ni ningún reclamo.
En el auto, de camino a casa, no me dije nada. No intenté convencerme de nada ni construir ningún argumento para justificar lo que había pasado. Solo supe, con una claridad que no admitía discusión, que iba a volver el jueves siguiente. Y el que viniera después. Que Camila había dejado de ser una desconocida interesante para convertirse en algo mucho más complicado, y que yo había cruzado una línea que no iba a poder descruzar.
Tampoco quería hacerlo.