La amiga de mi mujer jugó con fuego esa noche
Conocí a Andrés en el tercer año de la carrera de Ingeniería Civil. Éramos del mismo grupo de trabajos prácticos, y durante cuatro años compartimos más horas de desvelo que de sueño. Cuando cada uno se casó, las familias se juntaron con esa facilidad que tienen los amigos verdaderos: mi mujer Carmen y Sofía, la de Andrés, congeniaron desde la primera cena. Eran ese tipo de amigas que se mandan audios de diez minutos y comparten bromas que sus maridos nunca terminarán de entender del todo.
Andrés se fue a Ciudad de México en febrero. Un proyecto de infraestructura que duraría dos meses, quizás algo más. Sofía se quedó sola en el departamento que compartían, y Carmen insistió en que se sumara a nuestras cenas del jueves. «No puede quedarse encerrada», decía. Yo la conocía desde hacía años. Era una mujer tranquila, de cabello oscuro recortado a la altura de los hombros y un sentido del humor seco que podía confundir a quien no la conociera bien. Siempre me había parecido atractiva, pero era una de esas cosas que uno registra y archiva en un cajón que no se vuelve a abrir.
O eso creía yo.
***
La tercera cena del jueves, Carmen había cocinado durante toda la tarde. Papas al horno con queso fundido, un lomo braseado al vino tinto con especias, y una botella de Malbec reservada para las ocasiones. La iluminación del comedor estaba baja, solo una lámpara de pie con pantalla cálida que proyectaba sombras alargadas sobre la pared. Sofía llegó tarde, con el pelo húmedo de la llovizna y oliendo a un perfume que no le había notado antes. Traía un vestido de punto color burdeos que se ceñía a su cintura de una manera que era difícil no registrar.
—Andrés odia el vino con especias —dijo, aceptando la copa que le ofrecía Carmen—. Dice que tapa los sabores. Pero yo últimamente siento que necesito que algo me despierte el paladar.
Carmen rio y sirvió más para los tres. Cenamos despacio, con esa comodidad que da la confianza de años. El vino aflojó las conversaciones. Sofía contó que Andrés llamaba cada dos días pero que lo notaba distraído, funcional, como si estuviera cumpliendo una obligación. Carmen le dijo que eso era normal en los viajes de trabajo, que no había que leerle demasiado. Yo escuché sin opinar.
Después de cenar, nos trasladamos al salón. Carmen eligió una película francesa, de esas donde la luz es siempre verde y húmeda y el deseo se mueve despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Yo fui al baño un momento. Cuando regresé, Sofía había ocupado el extremo derecho del sofá modular, dejando entre ella y el apoyabrazos el espacio justo para que yo me sentara en el centro. Carmen se acomodó en el extremo izquierdo, envuelta en una manta, ya medio adormecida.
El aire acondicionado estaba alto. Sofía se quejó del frío, pero cuando Carmen le ofreció la manta, la rechazó. Cuando me senté, ella se corrió hacia mí sin pedirle permiso al espacio que yo ocupaba. Su muslo izquierdo presionó contra el mío. Su brazo rozó mi costado al cruzar las piernas.
—Aquí está mejor —dijo, con la voz ligeramente más baja que de costumbre.
En la pantalla, el protagonista le desabrochaba algo a la muchacha. Yo sentía el calor del cuerpo de Sofía contra el mío, y con él una presión que empezaba a instalarse donde no debía. La mano de ella descansó sobre mi muslo con una naturalidad que no tenía nada de natural. Los dedos orientados hacia adentro, rozando la tela sin moverse, pero sin retirarse.
—Qué cosa extraña el deseo —murmuró, casi para ella misma—. Solo aparece con fuerza cuando no debería aparecer.
Carmen la observó desde el otro extremo del sofá. Había algo en la postura de Sofía, los hombros demasiado tensos, la copa apretada entre los dedos, que delataba una rigidez que el vino no había logrado disolver.
—Estás hecha un nudo, Sofi —dijo Carmen—. Te lo noto desde hace semanas. Es la ausencia de Andrés, ¿verdad?
Sofía bajó la mirada. No lo negó. Sus muslos se apretaron ligeramente bajo la tela del vestido, y juraría que sentí un leve temblor en su pierna contra la mía.
—Tengo treinta y dos años y actúo como si fuera la primera vez que me quedo sola —susurró—. Es ridículo.
—No es ridículo —dije yo, y mi voz salió más ronca de lo que pretendía—. El cuerpo tiene su propia memoria.
Carmen me estudió unos segundos. Luego volvió a mirar a su amiga.
—Marcos tiene unas manos increíbles para los masajes —dijo, y el aire de la habitación se comprimió un poco—. En la facultad me resolvía la espalda entera cuando yo llegaba destrozada de los parciales. ¿Te acuerdas, amor?
Asentí, sintiendo el pulso acelerarse en las sienes.
—Deja que te ayude —insistió Carmen, poniéndose de pie—. Yo preparo un té. Tú quédate aquí, relájate. Marcos te saca esa rigidez de los hombros.
Sofía me miró. Sus ojos, habitualmente serenos, tenían algo diferente: un destello incierto, y debajo de él, algo que no supe leer en ese momento pero que se parecía a una decisión ya tomada.
—No quiero molestar —dijo, pero su mano apretó mi muslo con una presión que era cualquier cosa menos casual.
—No molestas —respondí, y mi tono salió más grave de lo que pretendía.
Carmen desapareció hacia la cocina. El ruido del agua corriendo, el chasquido del encendedor del gas. Quedamos solos en la penumbra del salón.
Sofía se giró y me ofreció la espalda. El vestido de punto tenía una cremallera que bajaba hasta la mitad. Mis dedos temblaron ligeramente al tocarla. La bajé lo suficiente para revelar la línea de su columna y la piel erizándose sobre los omóplatos. No llevaba nada debajo.
Coloqué las manos sobre sus hombros. Estaban rígidos como piedra. Empecé a presionar con los pulgares, trazando círculos lentos desde el cuello hacia afuera. Sofía dejó escapar un sonido que era algo entre suspiro y queja ahogada.
—Dios —murmuró—. Eso está muy bien. Sigue, por favor.
—Apoya la cabeza hacia atrás —sugerí.
Ella obedeció, inclinando la cabeza hasta que su nuca casi rozó mi hombro. Desde ese ángulo podía ver su perfil: ojos cerrados, boca ligeramente abierta. Mis manos bajaron por su espalda, trabajando los músculos tensos. El vestido se había corrido lo suficiente para que mis dedos rozaran piel desnuda por encima de la cintura.
—Más abajo —dijo, casi inaudible—. A la izquierda. Ahí.
Mis manos siguieron sus instrucciones. Rozaron los costados de su pecho. Ella arqueó ligeramente la espalda, empujando contra mis palmas, y sentí sus pezones marcados contra la lana del vestido.
***
El teléfono de Sofía vibró sobre la mesa de centro.
El sonido fue brusco, como una piedra cayendo en agua quieta. Sofía miró la pantalla iluminada: el nombre de Andrés brillaba en el centro. Luego me miró a mí. Y en ese instante algo cambió en su expresión. Desapareció la incertidumbre y en su lugar quedó una frialdad calculada que no le había visto nunca.
—No —susurré, agarrándole la muñeca—. Si contestas ahora, Andrés va a notar algo.
Se inclinó hacia mí hasta que su aliento me quemó el oído.
—Si haces un solo ruido que él pueda escuchar, le cuento a Carmen que fuiste tú quien me acosó —susurró—. Así que quédate quieto y callado.
La sorpresa me inmovilizó. El miedo y la excitación se mezclaron en un segundo de vértigo, seguido por una comprensión muy clara: si yo hablaba, ella me destruía; si ella hablaba, me arrastraba con ella. Me había encerrado en un ángulo sin salida antes de que yo siquiera lo viera venir.
Qué bien lo había planeado.
Deslizó el dedo para contestar. Pero en vez de quedarse de lado, se giró del todo y se sentó a horcajadas sobre mi regazo, de frente a mí, con la misma naturalidad con la que alguien que ya tomó la decisión antes de llegar. El peso de su cuerpo aplastó mi erección contra mi propio vientre.
—Hola —dijo Sofía, con una voz perfectamente serena—. Hola, amor. Sí, estoy bien.
Con la mano libre, sus dedos bajaron a mi bragueta. Desabrochó el botón y bajó la cremallera con un movimiento eficiente. Luego corrió su ropa interior hacia un lado y guió mi miembro hacia ella, encerrándolo entre sus muslos sin llegar todavía a bajar, usando mi cuerpo con la misma indiferencia con que se usa un objeto elegido de un estante.
Fue entonces cuando llegó la rabia.
Llegó limpia y rápida, borrando el miedo de un golpe. Estaba mirando su cara, esa expresión de suficiencia calculada, la boca formando palabras dulces para Andrés mientras me usaba a su antojo. Y algo dentro de mí decidió que no.
—¿Qué película están viendo? —preguntó Andrés al otro lado.
—Una francesa —respondió Sofía, con una calma todavía perfecta—. Muy lenta al principio, pero ahora se pone interesante.
Mis manos, que habían estado quietas sobre los cojines, se movieron con una velocidad que ella no esperaba. La tomé por las caderas y empujé hacia arriba al mismo tiempo que la bajaba sobre mí. La penetración fue completa y directa, sin el ritmo pausado que ella había planeado.
El impacto la sacudió. Sus ojos se abrieron de par en par, perdiéndose esa serenidad calculada con la que me había estado mirando. Un sonido escapó de su garganta, sofocado apenas a tiempo.
—¿Cómo se llama? —preguntó Andrés.
—El amante —dijo Sofía, pero su voz salió cortada. Intentó levantarse, retomar el control, pero yo ya había cambiado las condiciones del juego.
Apreté mis dedos en su carne y empecé a moverla. No era el vaivén que ella había diseñado: eran embestidas firmes y profundas, un ritmo que yo dictaba desde abajo. Cada vez que intentaba enderezarse para recuperar la iniciativa, yo tiraba de ella hacia abajo, hundiéndola hasta el fondo.
—Es muy intensa —tartamudeó, y esta vez el temblor en la voz era completamente genuino.
—¿Estás bien? —preguntó Andrés—. Suenas diferente.
La sujeté con más fuerza, rodeándole el torso con los brazos, inmovilizándola contra mi pecho. Ella apoyó las manos en mis hombros intentando crear distancia, pero no encontró apoyo suficiente. Ya no montaba; era montada. Ya no usaba; era usada.
—Estoy bien —logró decir—. Marcos me está ayudando a estirar los músculos de la espalda. Llevo días con contracturas.
Aceleré el ritmo, convirtiéndolo en una serie de embestidas cortas y duras, diseñadas para hacerle perder lo que le quedaba de control. Sus uñas se clavaron en mis hombros, no de placer, sino de desesperación, intentando frenar lo que ya no podía frenar.
—Hay una escena muy física —dijo, y la frase se quebró a la mitad.
—Pero estoy bien —logró añadir, aunque la voz temblaba sin disimulo—. Marcos es muy cuidadoso.
—Bueno, no te esfuerces —dijo Andrés—. Descansa. Te extraño mucho.
—Yo también… te extraño —respondió, y esta vez su voz llevaba un temblor que ya no podía fingir que era de otra cosa. El orgasmo se acercaba sin que ella pudiera frenarlo, empujado por la fricción, por el riesgo, por la imposición de mi cuerpo sobre el suyo—. Te llamo… mañana.
—Te amo —dijo Andrés.
Sofía no respondió. Tenía la boca contra mi cuello, jadeando, el cuerpo temblando sin control mientras yo seguía sin detenerme, implacable, dueño absoluto del ritmo que ella había intentado dictar.
Cortó la llamada con un dedo torpe. Inmediatamente, un gemido largo y profundo escapó de su garganta, el primero verdadero de toda la noche.
—Para —susurró—. Para, por favor.
Pero sus caderas se movían al compás de las mías, traicionando sus propias palabras. Cuando se rompió, fue aferrada a mis hombros, sin poder elegir otra cosa. Yo terminé segundos después, dentro de ella, sin preguntarle.
***
El silencio que siguió fue denso y largo. Nos miramos durante un momento sin hablar. Sofía tenía la respiración agitada y los ojos brillantes de algo complicado que no era solo excitación. Luego, sin decir nada, se levantó. Ajustó el vestido con movimientos rápidos y torpes, se subió la cremallera como pudo, buscó sus zapatos en la entrada.
Antes de abrir la puerta, giró la cabeza. Sus ojos encontraron los míos por un instante. Había algo en ellos que no supe nombrar con precisión: no era culpa del todo, no era satisfacción, era algo más complicado que cualquiera de las dos cosas. Luego desvió la mirada hacia el suelo, hacia la pared, hacia cualquier lugar menos mi cara.
—Gracias por la cena, Carmen —dijo en voz alta, lo suficiente para que se escuchara desde la cocina.
La puerta se cerró con un clic suave que resonó demasiado fuerte en el salón vacío.
Un segundo después, Carmen apareció en el arco de la cocina con una taza de té humeante en las manos. Se detuvo al verme: solo, el pelo revuelto, la ropa ligeramente desacomodada, sudando más de lo que justificaba la temperatura de la habitación.
—¿Ya se fue? —preguntó—. ¿Tan rápido? ¿Estaba bien?
No encontré las palabras durante un momento. Afuera, el ruido de un coche arrancando se disolvió en la lluvia de la ciudad.
—Sí —dije—. Creo que se fue bastante relajada.
Carmen me miró unos segundos más, evaluando algo que no terminaba de precisar. Luego asintió despacio y se sentó a mi lado con el té entre las manos.
En la pantalla, la película francesa seguía. Nadie la estaba viendo.