La aventura que prometía mucho y la que cumplió todo
Llevo años siendo dos personas al mismo tiempo. La que saluda en el mercado, paga las cuentas y cena con su marido los domingos. Y la otra, la que guarda silencio sobre ciertas noches, ciertos mensajes, ciertos hombres que aparecieron y desaparecieron sin dejar rastro visible. Nunca me ha pesado la contradicción. Si acaso, me ha enseñado que nadie conoce a nadie del todo.
Hoy quiero hablar de dos de esos hombres. Los elijo porque fueron casi opuestos: uno me prometió mucho y me dejó con rabia; el otro llegó sin promesas y me dejó sin palabras. Los llamo Rodrigo y Santiago. Los nombres no importan demasiado, pero la diferencia entre los dos, sí.
***
A Rodrigo lo conocí porque traía a sus hijos a la clínica dental donde trabajo como asistente. Lo vi varias veces en la sala de espera: alto, corpulento, con esa manera de ocupar el espacio sin esfuerzo que tienen ciertos hombres seguros de sí mismos. Ganadero, con tierras, sin problemas de dinero. Casado con una mujer que conocía de vista desde hacía años.
Empezó a escribirme por WhatsApp después de vernos en el mercado. Mensajes inocentes al principio: un saludo, una pregunta sobre el horario de la clínica. Poco a poco el tono fue cambiando. Me decía que le gustaba cómo me vestía, que envidiaba a mi marido, que pensaba en mí más de lo que debería. Yo le seguía la corriente porque, siendo honesta, Rodrigo me gustaba. Era el tipo de hombre que llama la atención sin intentarlo.
Los detalles no tardaron. Un día apareció en la clínica con una bolsa discreta: lencería cara, de esa que una no se compra para sí misma. Sin tarjeta. Le dije que éramos los dos casados. Me dijo que por eso precisamente.
Pasaron semanas de mensajes, de flores que llegaban con algún pretexto, de un abrazo en la puerta que duró más de lo razonable. Me excitaba solo con imaginar lo que podría pasar; eso no lo voy a negar. Pero algo en su actitud me mandaba señales que no supe leer a tiempo.
La oportunidad llegó en diciembre. La clínica organizó una comida de fin de año y Rodrigo apareció hacia el final de la noche porque conocía al dueño del local. Me buscó desde el otro extremo del salón y me encontró sola cerca de la salida. Me dijo que ya era momento, que habíamos esperado suficiente.
Al día siguiente coincidimos en el balneario del pueblo, uno de esos eventos donde aparece medio municipio. Fui a cambiarme al vestidor. Rodrigo apareció antes de que pudiera echar el pestillo.
—Ahora sí —dijo, y cerró el seguro por dentro.
Empezamos a besarnos. Apoyé la espalda en el lavabo y lo dejé recorrer mi cuerpo con las manos. Sabía besar: con presión, con ritmo, con el cuello en el momento justo. Me subió al lavabo y me quitó el traje de baño con urgencia. Metió primero un dedo, luego dos, luego tres, y yo le pedía más en voz baja porque el lugar no nos daba para levantar la voz.
Cuando le pedí sexo oral, paró en seco.
—Eso no —dijo—. No es algo que yo haga. Ni con mi mujer.
Me explicó que había cosas que le daban asco, que él estaba para ser complacido, no para complacer. Lo dijo sin titubear, como si fuera la cosa más natural del mundo. Me quedé un momento procesando lo que acababa de escuchar.
Me arrodillé de todas formas porque ya estaba demasiado encendida para irme con las manos vacías. Se la metí en la boca despacio, con cuidado de no hacer ruido. Oía sus gemidos contenidos. Lo tuve así varios minutos, pasando de la punta a la base, y cuando me disponía a incorporarme para pedirle que me penetrara, se vino. Sin aviso. Directo hacia mi pecho.
Y entonces pasó lo que no esperaba. Cuando quise limpiarme con la mano, me apartó. Se subió el pantalón, me miró y me dijo que yo tenía la culpa. Que no servía como mujer. Con esas palabras exactas, sin vergüenza, como si lo que acababa de pasar hubiera sido culpa mía.
Me quedé paralizada unos segundos. Luego sentí una rabia tan limpia y tan fría que casi me hizo reír. No le contesté nada. Abrí el pestillo, salí y fui a buscar a mis amigas Gabi y Mariana, que me esperaban en la alberca sin saber nada de lo que acababa de ocurrir.
Rodrigo no volvió a escribirme. Yo tampoco lo busqué. Hay hombres que se construyen una imagen enorme con los gestos, las flores, la ropa interior cara, y después resultan ser el mayor fiasco que una puede imaginarse. La decepción no fue solo sexual; fue el insulto lo que tardé semanas en digerir.
***
A Santiago lo conocí en circunstancias completamente distintas. Murió un familiar político lejano de mi marido, uno de esos velorios de dos días a los que va gente que apenas se conoce entre sí. Santiago era amigo de un primo. Me lo presentaron el primer día, me saludó con educación y no volví a cruzar palabra con él durante el resto del evento.
Días después llegó un mensaje de un número que no tenía guardado. Solo decía: Hola. Le pregunté quién era. Me dijo que la prima de mi marido le había pasado mi número. Le expliqué que no solía chatear mucho. Me hice la difícil, sí, pero seguí leyendo cada mensaje que mandaba.
Santiago tenía 46 años y era completamente canoso, de ese pelo que en ciertos hombres queda elegante sin esfuerzo. Trabajaba en un municipio a media hora del mío. Los sábados nos cruzábamos en el mercado con nuestras respectivas parejas, con el saludo afectuoso de conocidos casuales. Su mujer era simpática. Mi marido también charlaba con él. Todo muy ordenado, muy normal.
Los mensajes fueron haciéndose más frecuentes sin cruzar ningún límite hasta que un día me dijo que le excitaba verme en el mercado, que pensaba en mí, que quería vernos a solas. Le dije que no cinco veces distintas. Me lo pidió una sexta.
La propuesta era concreta: un martes que los dos pudiéramos ausentarnos del trabajo, un hotel con spa a una hora del pueblo, todo el día para nosotros. Me advertí a mí misma que era mala idea. Le dije que sí.
Le aclaré que salía de casa a las siete y media y que a las dos tenía que estar de vuelta. Me dijo que con eso tenía más que suficiente.
La mañana acordada revisé el bolso antes de salir: traje de baño, condones, mi vibrador pequeño. Me despedí de mi marido como cualquier día de trabajo. Dejé el auto en un estacionamiento cercano y me subí al de Santiago, que ya esperaba con el motor encendido y una botella de agua en el asiento del copiloto.
Llegamos al hotel a las siete y cuarto. El spa no abría hasta las nueve, así que subimos directamente al cuarto. Santiago dejó las llaves en la mesa y me miró un momento en silencio.
—Llevamos mucho tiempo llegando aquí —dijo.
—Pues no lo perdamos —le contesté.
Me besó despacio, sin apuro, como si tuviera todo el tiempo del mundo, que técnicamente era verdad. Sus manos recorrieron mi ropa por encima primero, luego por dentro. Me quitó la chaqueta, la blusa, el sujetador. Me pegó a su pecho y siguió besándome. Era alto y delgado, con algo de vello canoso también en el pecho. No sé por qué eso me gustó más de lo que esperaba.
Me desabrochó el pantalón con calma. Bajó a desatarme los zapatos y me lo quitó. Me dejó en tanga en medio del cuarto y me observó un momento sin tocarse. Hice lo propio con él: pantalón, bóxer. Su pene era largo y delgado. Lo tomé con la mano y empecé a moverlo despacio mientras él me besaba el cuello y la parte alta del pecho.
Me giró. Apoyé las manos en la mesa. Corrió la tanga a un lado y empezó a rozarme con la cabeza sin entrar, pasando por el clítoris, haciéndome esperar más de lo que yo quería. Cuando ya no pude más, se lo pedí directamente. Se puso el condón, me tomó de la cadera y entró. Nos movimos durante varios minutos, los dos casi en silencio, hasta que se corrió. El condón quedó dentro de mí cuando se separó.
Nos recostamos bajo las sábanas y charlamos un rato. Eran las ocho y veinte. Nos avisaron del spa a las nueve menos cinco.
***
Bajamos con las batas que dieron en recepción. Había dos terapeutas esperando. Santiago me presentó como su pareja sin que yo se lo pidiera, con una naturalidad que me hizo gracia.
El masaje fue lo que no esperaba que fuera: una de las mejores cosas de todo ese día. Las piedras calientes, las ventosas, los nudos que desaparecen bajo manos que saben exactamente dónde trabajar. Salí con los músculos fundidos y la cabeza vaciada de todo. Santiago estaba igual de relajado. Desayunamos en el restaurante del hotel sin prisa, pedimos café, charlamos de cualquier cosa. Pagó todo sin hacer comentario.
***
A las once subimos al cuarto. Entré al baño a lavarme los dientes. Cuando salí, Santiago estaba recostado mirando el techo con las manos detrás de la cabeza. El sueño que me había dado el masaje desapareció en cuanto me miró.
Me quitó el traje de baño sin prisa. Puso la cabeza entre mis piernas y empezó. Lamió con calma y con precisión, sin apurarme, como si supiera exactamente cuánto tiempo tenía que tomarse en cada parte. Le tomé el pelo canoso con las dos manos y lo acerqué más. Le pedí más. Me lo dio.
Lo recosté en la cama. Le quité el traje de baño y le lancé un condón. Me subí encima dándole la espalda, en cuclillas, y empecé a moverme. Controlaba la profundidad y el ritmo. Saqué el vibrador de la bolsa y se lo puse en la mano.
Me corrí hasta su cara. Le puse la boca disponible encima y me recosté sobre su pecho. El vibrador entró y su lengua empezó a trabajar al mismo tiempo. Le quité el condón para mamársela al natural mientras él hacía lo suyo con mi vagina. Ninguno de los dos podía hablar; solo respiración, el sonido del vibrador y las manos de él tomándome de las caderas para no perder el ritmo.
Le pedí que subiera la potencia. Lo hizo. Su lengua se concentró en el clítoris mientras el vibrador entraba y salía más rápido. Sentí el orgasmo venir desde adentro, acumulándose en olas, y cuando llegó me separé de su pene y grité contra su muslo. Me temblaron las piernas. Él no paró hasta que yo le dije que ya.
Me puse en cuatro. Él se levantó a buscar un condón. Le dije que ya no hacía falta, que en el calor del 69 ninguno de los dos habíamos pensado en eso y que así seguíamos. Me miró, sonrió un poco y me dijo que prefería ponérselo de todas formas. Sin drama, sin discurso. Se lo puso y entró despacio.
Lo sentí largo y profundo, sin ningún dolor. Me abrí todo lo que pude. Me tomó del pelo con una mano y de la cadera con la otra, y empezamos a acelerar los dos al mismo tiempo. Se corrió apretándome fuerte, sin avisar, y se quedó así unos segundos antes de separarse.
Nos duchamos juntos. Charlamos debajo del agua sin compromisos ni promesas. A la una menos cuarto bajamos con el equipaje y salimos. Me llevó al estacionamiento, me besó en la mejilla y dijo que había sido mejor de lo que había imaginado durante todos esos meses.
—Para mí también —le dije, y era verdad.
Subí a mi auto. Cuando quise pagar el estacionamiento, ya estaba pagado. Lo busqué entre los autos en la salida pero ya no lo vi.
Son historias así las que me recuerdan por qué sigo eligiendo vivir de esta manera. No todos los encuentros salen bien: Rodrigo me lo demostró de la manera más innecesariamente cruel que alguien puede elegir. Pero Santiago me recordó que cuando alguien sabe lo que hace, siete horas no son muchas. Son exactamente las que una necesita.