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Relatos Ardientes

La madrugada en que mi cuñado bajó al colchón

Hay cosas que no se planean. Las más intensas nunca lo son.

Lo de Rodrigo y yo llevaba meses gestándose en ese espacio donde todo es posible y nada se nombra. Empezó con una conversación en la terraza de su apartamento, un domingo en que Fernanda estaba al teléfono adentro y nosotros nos quedamos callados y demasiado cercanos hasta que él estiró la mano y rozó la mía sin ninguna excusa. No la retiré. Él tampoco. Después vinieron los mensajes de medianoche, los pretextos para estar a solas cinco minutos, una tarde de octubre en la que terminamos encerrados en el baño de un bar durante exactamente el tiempo necesario para saber que esto no iba a parar solo.

Fernanda no sabía nada. O al menos eso era lo que yo me decía.

El fin de semana de la reunión familiar era la típica cena de mis padres: toda la familia junta, demasiada comida, cerveza que nunca se acababa, música a volumen demasiado alto. Hay una clase de alegría que sólo produce el alcohol en familia y esa noche la habitaba entera la casa. Rodrigo llegó con Fernanda poco después de las siete. La vi llegar con su expresión de siempre, esa mezcla de aburrimiento y juicio que mi hermana reserva para las reuniones que no puede evitar. Él, en cambio, entró y me buscó con la mirada antes de buscar a nadie más.

Encontramos dos momentos solos esa noche. Uno en la cocina mientras los demás bailaban en el salón. Otro en el jardín, cuando salí a buscar hielo y él apareció detrás de mí con la excusa de ayudarme. Tres minutos en la oscuridad, su mano encima de la mía, el calor de su cuerpo a mi espalda. No hacía falta más. Era suficiente para alimentar lo que vendría después.

Entonces mi madre tomó la decisión que lo cambió todo.

—Rodrigo, Fernanda, ustedes se quedan en el cuarto de Camila. Camila —me miró a mí—, tú duermes en el colchón inflable.

Asentí con la mejor sonrisa que pude fabricar. Nadie leyó nada en ella.

***

El cuarto olía al perfume de vela que tengo en el estante, ese que le da al espacio un olor denso y dulce. Fernanda entró y se fue directo al baño. Rodrigo entró después con el colchón inflable bajo el brazo y me miró.

—¿Junto a la ventana? —pregunté, como si no supiera ya la respuesta.

—Donde digas —contestó.

Me siguió. Extendimos el colchón más lentamente de lo necesario. Cuando me agaché para conectar la bomba de aire, supe que él no se había apartado y que tenía una vista directa a lo que el camisón que me había puesto no ocultaba del todo. Era una seda color crema, fina como papel. Me tomé mi tiempo en esa posición.

—Camila —dijo, tan bajo que fue casi sólo aire.

No respondí. Me enderecé despacio, le di la espalda y fingí revisar la presión del colchón.

Fernanda salió del baño, se acomodó en su lado de la cama y apagó su lámpara. Rodrigo se tumbó en el otro extremo. Yo me tendí en el colchón del suelo, con los ojos abiertos en la oscuridad, escuchando cómo la respiración de mi hermana se alargaba y profundizaba hasta convertirse en ese ritmo largo y profundo que nadie que estuviera despierto sabría fingir.

Esperé. El reloj del teléfono marcaba las dos y dieciséis cuando estiré el brazo.

***

Mis dedos encontraron el borde del colchón de la cama, y luego su mano. La apretó de inmediato. No estaba dormido, nunca lo había estado: hay una tensión particular en la respiración de quien espera que es imposible confundir con el sueño.

Se incorporó en la cama sin hacer ruido, con esa clase de lentitud que sólo se aprende cuando el silencio es un requisito. Fernanda estaba al otro extremo, de espaldas a él, sin moverse. Rodrigo llegó hasta el borde y bajó al suelo, arrodillándose en el colchón inflable junto a mí.

La única luz era una franja fina que se filtraba por las persianas desde la calle. Le cortaba la cara a la mitad. Me puso la mano en la mejilla, me giró hacia él, y nos besamos. Fue el tipo de beso que acumula semanas: contenido al principio, después más urgente, con sus manos en mi pelo y su boca apretada contra la mía con una hambre que no tenía paciencia.

Me subió el camisón por las caderas y comprobó que no llevaba nada debajo. Soltó el aire despacio, con los dientes apretados.

Empezó a tocarme. Yo ya llevaba horas preparada para eso, y el contacto me hizo tensarlo todo. Tuve que morderme el labio para no emitir ningún sonido. Sobre nosotros, en la cama, Fernanda no se movió.

Rodrigo encontraba y repetía. Lo que hacía que yo contuviera la respiración, lo hacía dos veces más. Cuando introdujo los dedos y curvó la mano hacia arriba, tuve que sujetarle la muñeca con las dos manos para no levantarme del colchón.

—Para —le susurré.

Se detuvo. La cama crujió arriba. Uno, dos, tres segundos de silencio absoluto. Fernanda soltó un suspiro en sueños y volvió a su ritmo.

Esperamos un minuto entero sin movernos.

Después lo atraje hacia mí y le bajé el pantalón del pijama.

Me puse de rodillas en el colchón, inclinada sobre él. Lo tomé con la mano primero, después con la boca. Lo hice despacio, rodeando con la lengua, sintiendo cómo intentaba controlar su respiración y no podía del todo. Ahogaba los sonidos entre los dientes apretados. Le puse una mano sobre el vientre para pedirle que no se moviera.

—Así —murmuró él, con la voz rota—. Despacio.

Cambié de posición. Me invertí sobre él de modo que mis rodillas quedaran a los lados de su cabeza y mi boca siguiera donde estaba. Él entendió sin necesidad de palabras. Sus manos me rodearon las caderas y sentí su aliento en mi piel antes de sentir su boca.

Fue el esfuerzo más grande de la noche: seguir con lo que hacía mientras él me deshacía por dentro. La concentración era casi imposible. Cada vez que yo avanzaba, él respondía. Cada vez que él intensificaba, yo tenía que morder el colchón para no soltarme del todo.

El placer se fue acumulando hasta un punto en que tuve que apartarme un segundo para respirar.

—No pares —le dije contra su piel, con apenas voz—. Por favor.

No paró. Cuando llegué, fue en silencio absoluto, con la cara hundida en el colchón y los puños apretados en la tela. Terminé entera y él no se retiró hasta que el último espasmo pasó.

Encima de nosotros, en la cama, Fernanda seguía durmiendo.

***

Lo atraje de nuevo hacia mí cuando recuperé el aliento. Me puse boca abajo, apoyando los antebrazos en el colchón, con la cara de lado. Rodrigo se colocó detrás de mí. Entró despacio, con una lentitud que pedía toda mi concentración para no reaccionar. Era un silencio activo, construido a propósito.

Encontramos un ritmo que no hacía ruido. Lento, preciso. Controlado hasta donde algo así puede controlarse.

En algún momento le tomé la mano y la guié. Le susurré lo que quería. Dudó un instante; después hizo lo que le pedía, con cuidado, con toda la atención del mundo. Fue una sensación nueva y distinta que me obligó a hundir la cara en el colchón y concentrarme en respirar sin hacer ruido.

—¿Estás bien? —preguntó contra mi pelo, con un susurro que apenas era voz.

Asentí sin hablar.

No duró mucho más, porque ninguno de los dos podíamos seguir sosteniendo el control que la situación exigía. Cuando terminó, apoyó la frente en mi espalda y se quedó quieto unos segundos, recuperando la respiración en silencio.

Arriba, en la cama, Fernanda no se había movido en toda la noche.

***

Rodrigo volvió a la cama con la misma cautela con que había bajado. Yo me quedé en el colchón, mirando el techo, con el corazón todavía acelerado y el silencio de la habitación instalándose de nuevo a mi alrededor. El teléfono marcaba las tres y cuarenta y ocho.

No dormí, o dormí muy poco hacia el amanecer. No importaba.

A las ocho de la mañana, mi madre llamó a los cuartos. Me puse una bata encima del camisón y bajé a la cocina. Fernanda ya estaba sentada con su café con leche, revisando el teléfono con esa concentración que pone cuando quiere ignorar el mundo. Rodrigo entró dos minutos después, recién peinado, con esa capacidad suya para parecer descansado que siempre me había parecido un talento aparte.

Nos sentamos los tres alrededor de la mesa pequeña. Hablamos del tiempo que haría esa tarde. De si los sobrinos querrían quedarse a comer. De un programa que Fernanda había visto la noche anterior sin terminar.

En algún momento, mi hermana me preguntó si había dormido bien en el colchón inflable.

—Perfectamente —le dije.

Rodrigo no levantó la vista de su taza. Pero debajo de la mesa, su pie rozó el mío una vez, despacio, y lo retiró.

Fue suficiente.

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Comentarios (5)

CarmenVR_76

Que relato tan morboso!!! me encanto, de los mejores que lei en mucho tiempo

PabloRosario

Por favor necesito la segunda parte, me dejaste justo en lo mejor

Gustavo_R

La situacion inicial es perfecta. Se nota que lo viviste de verdad, muy bueno.

ElTaita77

excelente!!!

NachoCorrientes

Me recordo a un viaje familiar que tuve hace años con mis cunados... aunque lo mio no llego tan lejos jaja. Muy bueno el relato

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