Descubrí que el novio de mi sobrina era trans
Tú, que me estás leyendo en algún rincón privado buscando algo que te encienda, escúchame un momento. Quiero contarte algo que me pasó hace un par de años, cuando todavía era joven y todavía fingía que la Valentina que salía los viernes por la noche era un juego, un disfraz, algo que podía guardar en el fondo del armario el domingo por la madrugada.
Imagínate con cincuenta y tantos años. No viejo, ojo. Maduro. La diferencia está en que uno se vence y el otro crece. Tienes el cuerpo de un hombre que ha llevado una vida activa, el pelo con algo de plata en las sienes, las manos fuertes. Tienes una esposa, Marcela, elegante a su manera, que te conoce tan bien que ya casi no necesitan hablar. Eso tiene su belleza y también su trampa: hace meses que no te la coges como se debe, hace meses que la polla se te para sola en la ducha y no encuentra dónde ir.
Y tienes a Sofía, tu sobrina. La hija de tu hermano, que murió joven y te dejó esa responsabilidad tan dulce. La viste crecer. La ayudaste con la universidad. Vas a sus exposiciones aunque no entiendes el arte contemporáneo. Es tu adoración.
Su novio se llama Rodrigo. Lo has visto en dos cenas familiares: educado, prolijo, un poco aburrido. Le sonríe a todo el mundo de la misma manera y no dice nada memorable. No entiendes qué le ve Sofía, pero tampoco es asunto tuyo.
***
Un jueves de noviembre sales a tomar unos tragos con viejos amigos del barrio. El bar de siempre, el de las sillas de madera y el televisor con el fútbol sin sonido en la esquina. Nada que no hayas visto cien veces.
Entonces la ves al otro lado de la barra.
Alta, esbelta, con el pelo negro lacio sobre los hombros y una falda entallada color vino que le llega a mitad del muslo. Medias de red, taco de aguja. Un señor de casi setenta años le tiene la mano en la cintura, se la va bajando hacia el culo con la desfachatez del que ya pagó, y ella le dice algo al oído con una sonrisa que es trabajo, no placer.
Tardas dos segundos. Tres. Tu cerebro se niega.
Pero es él. Es Rodrigo. Los pómulos, la mandíbula, esa manera particular de inclinar la cabeza hacia la derecha que reconociste en la primera cena familiar. Es él, sin ninguna duda, vestido de mujer y dejándose manosear por ese hombre en un bar donde claramente viene lo suficiente como para que el barman le levante la barbilla con gesto familiar al verla llegar.
Sientes varias cosas a la vez. Primero indignación: esa indignación que surge por Sofía, por la mentira que está tragando sin saberlo, por los meses que lleva creyendo que tiene un novio que es lo que dice ser. Pero debajo de eso, inmediatamente después, hay algo más caliente. Algo que no quieres analizar demasiado pero que tampoco puedes ignorar. Se te empieza a hinchar la verga dentro del pantalón, despacio, insistente. Te fijas en las piernas de la travesti, en cómo el taco la alarga y la vuelve angular, en la curva de la cadera bajo la falda, en el bulto casi imperceptible que se le adivina entre las piernas cuando cambia de postura. Y quieres. Quieres cogértela ahí mismo, contra la barra, y que el viejo mire.
Esa conclusión te llega sin ceremonia, sin aviso previo. Es un hecho, nada más.
Haces como si no la hubieras visto. Terminas tu trago, escuchas las mismas anécdotas de siempre, te despides afuera con palmadas en el hombro y promesas de repetirlo pronto. Pero ya tienes en mente lo que vas a hacer.
***
Buscas el número de Rodrigo en el teléfono. Lo tienes desde que Sofía te lo pasó por si había alguna emergencia.
Llamas con calma. Él atiende al segundo tono con la voz de siempre, esa voz de persona que no tiene secretos.
—Te acabo de ver en el bar —dices sin rodeos—. No estabas solo, y no estabas siendo tú mismo. Si no quieres que Sofía se entere, encuéntrate conmigo en la esquina de Quinta y Morelos. Ahora mismo.
Cortas antes de que pueda responder.
Mientras esperas en esa esquina con las manos en los bolsillos y el frío de noviembre en la cara, la duda te asalta. Quizás te equivocaste. Quizás era otra persona. La mente a veces ve lo que quiere ver.
Pero entonces dobla la esquina.
Se cambió la ropa, pero sigue con las medias de red bajo los vaqueros. Se ve asustada. Los ojos un poco más grandes de lo habitual, los brazos cruzados sobre el pecho como si eso pudiera protegerla de algo.
—¿Cómo te llamas? —preguntas.
Ella vacila.
—Valentina.
—Mucho gusto, Valentina. El señor del bar, ¿era tu jefe?
—Sí.
—¿Y cogías con él?
Una pausa breve.
—De vez en cuando. Nada más.
—¿Vienes de estar con él ahora?
—Sí.
—¿Te acaba de coger?
Ella baja la vista un segundo.
—Sí. Me la metió por atrás en el hotel de la esquina. Hace media hora.
—¿Se corrió adentro?
—Con condón. Siempre con condón.
—¿Y vas a tu casa?
—Sí.
Sonríes.
—¿Y si mejor te vienes conmigo a un hotel?
Valentina te mira. En esa mirada hay miedo, sí. Pero hay también algo que reconoces: alivio. El alivio de quien acaba de que le quiten la necesidad de decidir.
—Si usted quiere… —dice en voz baja.
—Quiero. Y no vas a usar condón conmigo. Vamos.
***
El hotel está a dos cuadras. Discreto, sin marquesina, de esos que no preguntan nada. Cuando entran a la recepción, el encargado mira a Valentina con la familiaridad de quien ya la ha visto antes, y tú entiendes, sin que nadie te lo explique, que ella estuvo aquí hace menos de una hora con el otro, con las piernas abiertas y la boca contra la almohada.
En el cuarto, Valentina se queda parada junto a la cama con las manos juntas frente al cuerpo, esperando que tú marques el ritmo. Te acercas despacio. Llevas demasiado tiempo moviéndote por la vida con prisa.
—Tranquila —le dices—. No te voy a hacer nada que no quieras. Pero lo que quieras, te lo voy a hacer bien.
La besas.
Cuánto tiempo sin un beso así. Sin el peso de la costumbre, sin el protocolo silencioso de una pareja que ya sabe qué esperar. Con la boca abierta y las manos en su cara y la sensación de que si te separas algo se pierde para siempre. Valentina tarda un instante en responder. Está evaluando. Pero cuando cede, cuando deja de estar rígida y empieza a inclinarse hacia ti, el cambio es total. Le metes la lengua hasta el fondo de la boca y ella te la chupa como si fuera una polla en miniatura, con hambre, con oficio.
Te ayuda a quitarte la camisa. Tú le bajas el cierre de los vaqueros y se los deslizas hasta los tobillos. Debajo lleva un tanga negro de encaje, y bajo el encaje se le marca la polla dura, apretada de costado. La ves y se te seca la boca. Le pasas la mano por encima de la tela y ella suspira, echa la cabeza hacia atrás, se muerde el labio.
—A ver qué escondes acá —le dices, y le bajas el tanga de un tirón.
La polla le salta contra el vientre, dura, mojada de líquido preseminal en la punta. No es enorme pero está preciosa, rosada, limpia, palpitando de ganas. La tomas en la mano y se la aprietas despacio, de la base a la punta, y ella gime bajo, con la boca abierta.
—Arrodíllate —le dices.
Valentina obedece sin pensarlo. Se hinca en la alfombra frente a ti, te desabrocha el cinturón con dedos rápidos, te baja el pantalón y el bóxer de un solo movimiento. Tu verga sale rebotando, gruesa, la punta ya brillante. Ella se queda un segundo mirándola como si estuviera calculando, y después abre la boca y se la traga entera hasta la garganta.
—Joder —jadeas—. Joder, Valentina.
Sabe mamar. Sabe demasiado. Te la chupa con los ojos cerrados, sacando la lengua por debajo, apretando los labios en la corona, hundiéndola hasta que la nariz se le pega contra el vello del pubis. Se atraganta un poco, se le llenan los ojos de lágrimas, y sigue. Le pones la mano en la nuca, no para forzarla sino para sentirla, para tenerla, y ella empieza a subir y bajar más rápido, salivando, haciendo ese ruido líquido que te pone loco. Le agarras el pelo negro, se lo enredas en el puño, y se la empiezas a coger a la boca a tu ritmo. Ella no se queja. Te mira desde abajo, con la baba escurriéndole por la barbilla, y esa mirada te dice claramente: dame más, no pares, úsame.
—Vas a hacer que me corra ya, puta —le dices entre dientes.
Ella saca la polla de la boca con un pop, la sostiene contra su mejilla, te lame los huevos uno por uno, se los mete en la boca, los chupa.
—Todavía no —susurra—. Todavía no. Córrete adentro mío.
La levantas de un tirón, la tiras sobre la cama boca arriba. Le arrancas la camisa que le queda puesta, le abres las piernas de par en par. Debajo de los huevos, entre los muslos depilados, tiene el culo pequeño y apretado, todavía brillante de lubricante del anterior. Verlo así, marcado, usado hace nada por otro hombre, te enciende de una manera que no sabías que existía.
—Estás preparada —le dices—. Todavía tienes el culo abierto de él.
—Sí —responde ella, sin ningún pudor—. Métemela. Aprovecha.
Le escupes en el agujero, te escupes en la verga, y se la empiezas a meter despacio, empujando con la cadera, mirándole la cara mientras la penetras. Valentina abre la boca sin emitir sonido, los ojos se le van hacia arriba, las manos se le agarran a las sábanas. Entra fácil. Entra hasta el fondo. Le has metido la polla entera y ella todavía está pidiendo más con la cadera, subiéndola contra ti.
—Qué culo tienes, puta —le dices—. Qué culo de mierda.
—Es tuyo —jadea ella—. Es todo tuyo. Rómpemelo.
Empiezas a moverte. Primero despacio, sacándola casi entera y volviendo a hundirla, para escuchar el ruido húmedo que hace cada vez que le tocas el fondo. Después más rápido. Valentina se pone las piernas ella misma en tus hombros, se dobla en dos para recibirte mejor, y tú te apoyas en sus rodillas y la coges como llevabas años sin coger a nadie. La polla suya rebota entre los dos vientres con cada embestida, dura, dejándote una mancha pegajosa en la piel.
—Así —dice ella—. Así, papi, así. Dámela toda.
La levantas por las caderas, la volteas boca abajo, le levantas el culo hasta que queda arrodillada con la cara contra la almohada. Le abres las nalgas con los pulgares y le vuelves a meter la verga de un solo empujón. Valentina grita contra la almohada, un grito ahogado, y empieza a echar la cadera hacia atrás, a follarse ella misma contra ti.
—Cógeme más fuerte —te suplica—. Más fuerte, por favor. Que no pueda caminar mañana.
Le agarras la cintura con las dos manos y le entras a fondo, con violencia calculada, sin piedad. El sonido de tus caderas chocando contra el culo de ella llena el cuarto. Le das una nalgada, se le pone la marca roja de tu mano, y le das otra. Ella gime cada vez más alto, mete la mano entre las piernas y se empieza a masturbar la polla mientras la coges.
—No te corras todavía —le ordenas—. No te corras hasta que yo te diga.
—No, no, no —jadea ella—, no me corro, cógeme, cógeme.
La sacas, la volteas otra vez, la pones boca arriba. Necesitas verle la cara. Necesitas mirarla a los ojos cuando termines. Le enganchas las corvas en el hueco del codo, le abres las piernas hasta casi partirla, y le vuelves a hundir la verga hasta las bolas.
—¿Estás cerca? —pregunta ella sin dejar de mirarte, con la voz ya destrozada.
—Sí.
—Entonces dame. Dame todo adentro. Sin sacarla. Quiero sentírtela.
Y tú le das. Te vienes con un gruñido largo, hundido hasta el fondo, sintiendo cómo tu leche se le va vaciando dentro chorro a chorro mientras ella se aprieta contra ti y se agarra sola la polla y se corre también, blanco espeso sobre su propio vientre y su pecho. Te quedas quieto adentro, temblando, sintiendo los últimos espasmos de los dos. Cuando por fin te sacas, la sale un hilo blanco que se le escurre por la raya del culo hasta las sábanas. Ella lo siente, se lleva la mano ahí, se moja los dedos y se los mete en la boca.
—Rico —dice, sonriendo por primera vez con los dientes.
Quedan tendidos en silencio. El ventilador del techo gira despacio. Valentina tiene los ojos abiertos mirando al techo, y tú también. Ninguno de los dos dice nada durante un rato largo. No hace falta.
—Rodrigo tiene que dejar a Sofía —dices al final. No como amenaza. Como constatación.
Ella asiente, muy despacio.
—Sí. Ya sé que tiene que dejar de mentirle.
***
Nos vimos cuatro veces más después de esa noche. Siempre en el mismo hotel, siempre de noche, siempre con esa mezcla de urgencia y tranquilidad que todavía no sé cómo nombrar de otra manera. Cada vez la cogía como si fuera la última, y cada vez ella me lo pedía como si nunca hubiera tenido a otro. Aprendí a metérsela en todas las posiciones, a hacerla acabar sin tocarle la polla, a que me la mamara mientras yo le comía el culo, a correrme en su boca y ver cómo tragaba sin perder una gota.
Rodrigo terminó con Sofía dos semanas después. Le dijo que necesitaba tiempo para él mismo, que no estaba listo para nada serio. Ella lloró unos días y luego siguió adelante, como hacen los jóvenes cuando todavía tienen esa capacidad de recuperarse.
Tú y yo nunca hablamos de eso directamente. Pero los dos sabíamos que era lo correcto.
Lo que había entre nosotros tampoco duró para siempre. Estas cosas generalmente no duran. Pero fue real, y fue honesto a su manera, y eso no es poca cosa en un mundo donde casi todo viene envuelto en alguna mentira.
A veces el deseo aparece al otro lado de una barra, con falda entallada y medias de red, mirando hacia otro lado mientras sonríe por obligación. Y ya no puedes deshacerlo.
Valentina me enseñó eso. Y todavía lo pienso, de vez en cuando, cuando el frío de noviembre llega a la ciudad y la noche se alarga sin avisar.