La prueba de zapatos que lo cambió todo
Llegamos los cuatro a Salamanca en el tren de la mañana, con más maletas de las necesarias y el pretexto de una boda el sábado. Mi mujer y su hermano Rodrigo llevaban semanas esperando ese viaje, una excusa para reencontrarse con gente que hacía tiempo no veían. Valeria, la novia de Rodrigo, era la desconocida del grupo: llevábamos apenas dos años cruzándonos en reuniones familiares, lo suficiente para conocerla superficialmente pero no tanto como para saber qué esperar de ella sola.
Nos instalamos en un hotel del casco antiguo, dos habitaciones contiguas en la segunda planta. El plan era simple: sin coche, sin horarios de vuelta, con las noches libres para aprovecharlas. El jueves por la tarde, mi mujer y Rodrigo se fueron a visitar a una amiga del colegio que vivía en el barrio del oeste. Quedé con Valeria para el día siguiente: nos citamos a las doce en el vestíbulo para salir a tapear y dar una vuelta por la ciudad.
Bajé unos minutos antes y pedí un café en la barra de la cafetería del hotel. Llegó tarde, con dos bolsas grandes colgando de cada mano y esa sonrisa que tienen las personas cuando saben perfectamente que han hecho algo que no debían.
—¿Pero de dónde vienes con todo eso? —le pregunté.
—Zapatos —respondió con una naturalidad que no admitía discusión—. Para la boda. Ayer los vi en una zapatería de la plaza y no pude evitarlo. Son perfectos.
—¿Cuántos pares?
—Tres. Quizás cuatro. No me mires así.
—No te estoy mirando de ninguna manera.
Salimos a buscar bares por el centro. Pasamos la mañana moviéndonos despacio entre callejuelas empedradas, eligiendo los pinchos por el olor antes que por la carta. El frío de enero era seco y persistente, y cuando el viento arreciaba buscábamos el primer portal en el que cobijarse. Comimos de pie, de barra en barra, y cuando ya no podíamos más decidimos volver al hotel antes de que refrescara todavía más.
De vuelta, Valeria se detuvo delante del escaparate de la misma zapatería por la que había pasado esa mañana. Apoyó los dedos en el cristal con una expresión de quien hace un inventario silencioso.
—El problema ahora es que no sé cuáles ponerme —dijo—. Me he vuelto un poco loca y todas me gustan.
—¿Quieres que te ayude a elegir?
Se giró hacia mí con una expresión que tardé un segundo en descifrar.
—¿Harías eso?
—Claro. Hazme un pase y lo decidimos entre los dos.
Sonrió de una manera diferente a todas las sonrisas de la mañana. Más lenta, más calculada.
—Trato hecho.
***
Subimos a su habitación. Me senté en el pequeño sofá que había al pie de la cama, dispuesto a tomármelo en serio. Valeria entró al baño con las bolsas y tardó unos minutos. Cuando salió traía puesta la falda y las medias que tenía pensado llevar a la boda: falda negra por encima de la rodilla, medias oscuras con un dibujo casi imperceptible en la tela. Sin zapatos todavía. Solo las medias y la falda, de pie en el umbral, esperando.
El primer par era un salón de tacón alto y fino, con detalles de pedrería dorada en la tira. Se los puso sentada en el borde de la cama, con cuidado, y cuando se levantó y caminó los tres pasos que permitía el espacio entre la cama y la ventana, supe que eran demasiado formales para ella. Demasiado previsibles.
—Bonitos —dije—. Pero sigamos viendo.
—Sí, a mí tampoco me terminan de convencer.
El segundo par era negro, de tacón más alto, con una fina pulsera al tobillo. Los había visto una vez en una cena familiar, colgados bajo la mesa, y me habían llamado la atención entonces. Ahora, con la falda corta y las medias oscuras, la imagen era más intensa. Me obligué a mantener la cara quieta.
—El tercero —dije.
Valeria sacó el último par con algo de ceremonía: zapatos en negro y verde oscuro, abiertos en el talón, con una cinta que se anudaba alrededor del tobillo. Los sostuvo un momento antes de agacharse a ponérselos. En ese gesto, en la curvatura de su espalda y la manera en que apoyó la mano en el suelo para no perder el equilibrio, algo se tensó en el aire de la habitación.
—Esos —dije antes de que pudiera preguntarme.
Se enderezó despacio y me miró con una sonrisa que sabía exactamente lo que significaba mi reacción.
—No sé por qué, pero sabía que estos te iban a gustar.
Hizo un pequeño gesto de dificultad al intentar abrocharse la cinta del tobillo. Sin pensarlo me levanté del sofá y me arrodillé a sus pies. Era el gesto más natural del mundo, o al menos así lo justifiqué en ese momento. Tomé su pie con cuidado y pasé la cinta por los ojales con más lentitud de la estrictamente necesaria.
Valeria se puso en pie y caminó despacio por la habitación. Había algo en su manera de hacerlo, consciente de que yo la miraba desde abajo, que resultaba difícil ignorar. No era solo confianza. Era otra cosa.
—Estos —repetí—. Sin ninguna duda.
—¿Sí?
—Sí.
Se sentó de nuevo frente a mí, que seguía arrodillado en el suelo. Alzó el pie ligeramente y lo extendió hacia mí con una naturalidad que no lo era en absoluto.
Solté la cinta con calma. Mis dedos rodearon su tobillo y no se apartaron de inmediato. Deslicé la palma hacia la planta del pie, sin presión, solo el contacto de la mano abierta, y Valeria no retiró el pie. Se quedó completamente quieta, mirándome.
Levanté la vista hacia su cara.
Seguía con esa sonrisa lenta.
Acerqué su pie a mi boca y le besé los dedos despacio, uno a uno, sin apartar los ojos de los suyos. Ella dejó que lo hiciera. Mis labios recorrieron el arco del pie hasta llegar al tobillo, y en ningún momento intentó apartarlo.
El otro pie, el que todavía llevaba el zapato puesto, se deslizó por la moqueta y se apoyó en el pliegue de mis piernas. La punta del tacón encontró mi entrepierna sin ninguna casualidad. Lo que había allí no podía disimularse.
Valeria movió el pie despacio, con el tacón primero y luego el empeine, deslizando el cuero del zapato por la tela del pantalón con una presión que era completamente deliberada.
Me levanté lo suficiente para desabrocharme. Ella observó sin decir nada. Apoyé su pie descalzo en mi hombro y comencé a besarle la pierna desde el tobillo hacia arriba, mientras con la otra mano sujetaba el pie que seguía calzado. El tacón rozaba mi costado. El cuero del zapato contra mi piel.
Succioné sus dedos uno a uno con la lengua, saboreando cada uno por separado, mientras su pie calzado se apoyaba contra mi erección y lo movía con una lentitud que me volvía loco. La suela del zapato plana contra mi piel, el cuero del empeine deslizándose de arriba abajo.
Cogí ese pie con intención de descalzarla del todo. En el momento en que lo hice, Valeria se recostó hacia atrás sobre la cama y separó las piernas.
***
Me incliné sobre ella y empecé a besarle las piernas desde los tobillos, subiendo muy despacio. La falda estaba por encima de la mitad del muslo. Mis labios siguieron la costura interior de las medias. Cuando llegué lo suficientemente arriba para ver lo que llevaba debajo, me detuve un momento.
Solo los pantis. Completamente empapados.
Tiré de sus caderas para colocarla en el borde de la cama y me arrodillé entre sus piernas. Puse la boca directamente sobre la tela y la lengua siguió cada pliegue que se adivinaba a través del tejido húmedo. Sus caderas buscaban mi boca sin que ella pareciera darse cuenta del todo.
Me levanté y la desvestí despacio: primero la blusa, luego la falda. La dejé con los pantis y las medias. Tomé los bordes de los pantis por las caderas y los bajé muy lentamente, besando cada centímetro de piel que quedaba al descubierto en su carrera descendente. Cuando los tuve en la mano los usé para vendarle los ojos.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó, pero no se los quitó.
No respondí.
Con ella tumbada y sin ver, recorrí su cuerpo con la boca desde la mandíbula hacia abajo. El cuello, la clavícula, el espacio entre los pechos. Con los labios en su piel sentía cómo su respiración se aceleraba y se hacía irregular. Sus pezones estaban completamente erectos cuando llegué a ellos. Los rodeé con la lengua, tiré suavemente con los labios, los dejé escapar y volví a atraparlos, mientras notaba cómo sus manos apretaban las mías con fuerza creciente.
Bajé por el centro del estómago hasta el ombligo y me detuve allí, jugando con la lengua mientras sus caderas empezaban a moverse solas buscando más.
Separé sus piernas con las manos y me tomé unos segundos para mirarla. Pasé los yemas de los dedos por el interior de los muslos sin llegar a tocar donde más lo necesitaba. Ella se arqueó levemente hacia mí.
Cuando por fin acerqué la boca, la reacción fue inmediata: se arqueó entera y tuvo que llevarse el antebrazo a la boca para no gritar. Pasé la lengua arriba y abajo, sin prisa, explorando cada pliegue, y cuando encontré el ritmo que la hacía temblar lo mantuve con toda la constancia que pude hasta que sus dedos se cerraron en mi cabeza y sus caderas empujaron con fuerza.
Después me moví más abajo, con la lengua recorriendo lo que quedaba por descubrir, y noté cómo ella soltaba el aire que había estado conteniendo desde hacía minutos.
***
Me levanté y la penetré de un solo movimiento, despacio y hasta el fondo. Sus piernas subieron solas a mis hombros. Nos quedamos un momento quietos, completamente encajados, sintiendo el peso del otro.
Empecé a moverme con calma, retirándome casi entero y volviendo adentro con la misma lentitud. Ella se quitó los pantis de los ojos y se los llevó a la boca. Sus gemidos pasaban amortiguados a través de la tela.
El ritmo se fue haciendo más intenso sin que ninguno de los dos lo decidiera: simplemente ocurrió. Sus caderas subían para encontrarse con las mías, y yo empujaba más fuerte. La cama golpeaba la pared con un ritmo que ninguno de los dos intentó controlar.
En algún momento ella me tomó de los brazos, me obligó a quedarme quieto y con un movimiento me puso debajo. Se sentó a horcajadas y empezó a moverse sola, con las manos apoyadas en mi pecho y los ojos cerrados. Cada bajada era deliberada, profunda, hasta tropezar con mi pelvis. Se levantaba sobre sus rodillas y volvía a dejarse caer, una y otra vez, marcando el ritmo que quería, con una concentración casi feroz.
Me corrí así, debajo de ella, durante lo que me pareció mucho tiempo.
Valeria se separó y se tumbó a mi lado. Unos segundos después me pidió, sin abrir los ojos y en voz muy baja, que la tocara de nuevo con la boca.
Lo hice. Y entre los pliegues mojados y el sabor de los dos mezclados, llegó a tres orgasmos seguidos que la obligaron a retorcerse contra la almohada con la cara enterrada en la tela.
***
Esa noche cenamos los cuatro juntos en un restaurante del centro. Valeria llegó con los zapatos negro y verde, la cinta del tobillo anudada con la misma precisión de antes. Rodrigo le dijo que estaba preciosa. Mi mujer le preguntó dónde los había comprado.
Yo no dije nada. Me limité a mirar el nudo del tobillo durante un segundo, recordar quién lo había hecho, y volver a mi copa de vino.