El juego prohibido con el esposo de mi hermana
Siempre me costó mezclarme. En reuniones familiares buscaba la silla más cercana a la salida; en fiestas me quedaba pegada a la pared hasta que podía irme sin que nadie lo notara. Era de esas personas que pasan desapercibidas aunque su cuerpo diga lo contrario: morena, caderas marcadas, un busto que desde los dieciséis años me ganó más miradas de las que pedí. Tenía veintidós años cuando entendí que mi timidez era completamente selectiva.
Mi hermana Sonia siempre tuvo algo en contra mía. No sé si era celos o simplemente que nunca encontramos una frecuencia común. A ella le había tocado casarse con Rodrigo: tranquilo, atento, el tipo de hombre que recuerda los cumpleaños y se ríe de los chistes malos por cortesía. Me trataba bien. Demasiado bien, en realidad, y yo sabía exactamente cuándo empezó a ser diferente.
Fue una foto de un sábado de calor, yo en el patio de mi departamento con un vestido corto que hacía lo mínimo por cumplir su función. La subí al estado sin pensar demasiado. Rodrigo me respondió con un comentario que se quedó un segundo de más en el borde de lo apropiado. Podría haberlo dejado pasar.
No lo dejé pasar.
Lo que siguió fueron semanas de mensajes que empezaban como conversación normal y terminaban en otra cosa. Él me decía que pensaba en mí, que no podía sacarse de la cabeza la imagen de esa foto. Yo le respondía con imágenes donde la ropa hacía lo estrictamente necesario. Nunca más que eso. Pero las palabras se acumulan, y el peso de lo no dicho empieza a doblar las cosas.
***
La tarde del sábado olía a café y a la lluvia de hacía unas horas. Sonia me había invitado a comer con esa energía que pone en todo: decidida, sin preguntar si el otro tiene ganas. Después del postre propuso el Monopoly y antes de que alguien dijera algo ya estaba desplegando el tablero sobre la mesa del comedor. Terminamos los cuatro sentados: Sonia, Rodrigo, su hija de siete años y yo, con las fichas de colores y esa seriedad absurda que tienen los juegos de mesa.
Rodrigo estaba sentado a mi derecha.
No me lo había propuesto. Fue una coincidencia de sillas que de repente tenía todo el peso del mundo. Su rodilla quedó a escasos centímetros de la mía y yo era perfectamente consciente de cada uno de esos centímetros. El corazón me golpeaba más fuerte de lo normal. Sonia hablaba; su hija movía la ficha con la lengua apretada entre los dientes; yo tiraba los dados sin ver el tablero.
Él tampoco miraba mucho el tablero.
En un momento nuestras miradas se cruzaron y apartó la vista rápido, como si lo hubiera pillado haciendo algo que no debía. Yo no aparté la mía.
Fue entonces cuando dejé caer la sandalia.
Un movimiento pequeño, calculado para parecer accidental. La sandalia resbaló de mi pie con un golpe suave sobre la madera. Me agaché a medias, como para recogerla, y en cambio extendí el pie lentamente hacia adelante. Lo encontré: la tela de su pantalón, la firmeza de su muslo. Me quedé quieta un momento, calibrando. Él no se movió. No dijo nada. Siguió mirando sus cartas con los nudillos blancos alrededor del fajo de billetes de colores.
Sonia reía de algo que había dicho su hija.
Moví el pie con cuidado, hacia arriba, con una presión que no dejaba lugar a dudas. Rodrigo contuvo el aliento de una manera tan visible que me sorprendió que nadie más lo notara. Sus ojos —ese verde oscuro que había imaginado demasiadas veces desde que empezamos a escribirnos— se clavaron en los míos por un segundo y luego bajaron al tablero. Tenía la mandíbula apretada.
—Te toca, amor —dijo Sonia sin levantar la vista.
Él tiró los dados. Los números eran completamente irrelevantes.
Seguí. Mi pie recorrió el interior de su muslo con lentitud hasta encontrar lo que buscaba: una presión tibia y firme que crecía bajo la tela. Lo rozé apenas, lo suficiente. Rodrigo movió la pierna un milímetro, no para apartarse sino para ajustarse, para facilitar.
Ese movimiento diminuto me dijo todo lo que necesitaba saber.
—Mamá, tengo hambre —anunció la niña.
El juego terminó ahí. Sonia se levantó, Rodrigo se puso de pie antes de que nadie se lo pidiera y desapareció hacia el baño con pasos demasiado rápidos para ser casuales. Yo recogí las fichas con las manos ligeramente temblorosas y pensé en los mensajes que me había mandado semanas atrás, en las cosas que me había dicho que quería hacerme, y en que ninguna de las dos éramos Sonia.
***
Esa noche dormí en el cuarto de invitados. Un colchón blando, una ventana que dejaba pasar el ruido de la calle, y la absoluta certeza de que no iba a poder dormir. Me quedé mirando el techo con el corazón acelerado y la mente volviendo siempre al mismo punto: el momento exacto en que Rodrigo había ajustado la pierna para no apartarse.
La imagen volvía con claridad. Sus nudillos blancos. Sus ojos verdes bajando al tablero. Deslicé la mano bajo las sábanas casi sin darme cuenta, y cinco minutos después seguía igual de despierta, con el calor más instalado que antes y una decisión que se tomaba sola.
A la una de la mañana me convencí de que estaba siendo una idiota y cerré los ojos. A la una y media los abrí de nuevo. A las dos me senté en la cama.
Nueve metros. Solo nueve metros pasillo arriba.
Fui hasta el cuarto al final del pasillo.
La puerta estaba entornada. Empujé despacio. Sonia respiraba con esa regularidad pesada de quien se duerme en cuanto toca la almohada. Rodrigo estaba boca arriba, con los ojos abiertos, mirando el techo con la misma expresión que yo había tenido durante dos horas.
Susurré su nombre.
—¿Camila? —dijo en voz muy baja, incorporándose sobre los codos.
—No puedo dormir. ¿Me acompañas al baño?
Tardó dos segundos. Se levantó sin hacer ruido, descalzo, con una camiseta y el pantalón de pijama, y salimos al pasillo cerrando la puerta con cuidado. Ninguno de los dos dijo nada mientras caminábamos. Llegamos al baño del fondo. Yo entré. Él se detuvo en el umbral.
—Entra —le dije.
Lo hizo. Cerró la puerta con el pestillo. La luz era blanca y directa, de esas que no dejan sombras ni excusas. Nos miramos durante un segundo que pareció más largo de lo que fue.
No hubo prólogo. Me acerqué y lo besé, y él respondió sin vacilar, con las dos manos en mi cara y después en mi cuello y luego bajando, tomándome por la cintura, acercándome como si necesitara convencerse de que era real. Yo tenía la espalda contra el lavabo y él pegado a mí, y podía sentir claramente que los dos habíamos pasado la noche pensando en lo mismo.
Sus manos encontraron el borde de mi camisón. Lo subieron despacio, sin preguntar.
Cuando sus dedos tocaron el calor entre mis piernas y comprobaron en cuánto lo había pensado esa noche, hizo un sonido bajo en la garganta, casi inaudible, que me afectó más que cualquier cosa que hubiera podido decirme.
—Rodrigo —susurré, sin saber exactamente qué pedirle.
—Ya sé —respondió.
Me giró. Apoyé las palmas sobre el borde del lavabo y vi mi propio reflejo en el espejo: el pelo revuelto, la boca entreabierta, la expresión de alguien que ha dejado de calcular las consecuencias. Sus dedos me prepararon con una paciencia que no esperaba. Escuché el roce de la tela de su pijama cayendo.
La primera vez que lo sentí —la presión buscando la entrada, avanzando despacio, abriéndose paso con cuidado— tuve que morderme el nudillo para no hacer ruido. No era miedo. Era el impacto de algo que llevaba semanas imaginando y que resultaba ser más de lo que había calculado: más calor, más peso, más presencia que cualquier versión de esa fantasía.
Empezó con movimientos lentos y profundos, del tipo que no deja margen para pensar en otra cosa.
—Quieta —me dijo al oído cuando moví las caderas—. Que nos escuchan.
Lo intenté. Fue difícil. Su ritmo era de los que obligan a concentrarse en cada detalle: la presión exacta, el ángulo, el momento en que el aire se corta en la garganta y tienes que decidir rápido si sigues callada o no. Tenía los dedos aferrados al lavabo. Él me miraba en el espejo con los ojos entornados.
—Siempre pensé en esto —dijo casi sin voz—. Mucho antes de los mensajes. Desde la primera vez que te vi en casa de tu hermana.
No le respondí porque no podía. El ritmo se había vuelto más intenso, más urgente, y todo lo que había estado guardando durante horas buscaba salida. Cuando llegué fue en silencio absoluto, con la frente apoyada en el espejo y los dientes apretados. Lo sentí terminar detrás de mí unos segundos después, con las manos cerrando sobre mis caderas con una fuerza que sabía que iba a dejar marca hasta el lunes.
***
Nos separamos sin decir nada. Nos arreglamos la ropa en silencio, en ese mismo espejo que lo había visto todo. Cuando por fin nos miramos, ninguno de los dos supo exactamente qué expresión poner.
—Vuelve a tu cuarto —dijo al final, en voz baja.
Volví.
Me quedé tumbada en el colchón de invitados escuchando la casa dormida, con la cabeza llena de imágenes y algo que no era exactamente culpa pero que se le parecía bastante en la forma. No dormí mucho esa noche.
Me enteré después, por sus propios mensajes, de lo que pasó cuando volvió a la cama. Sonia se había despertado a medias y quería algo de él. Rodrigo le dijo que estaba cansado. Ella insistió. Él cerró los ojos, dejó que su mente se fuera a otro lugar completamente distinto, y así fue como mi hermana, sin sospechar nada, creyó que lo que recibía era para ella.
Cuando me lo contó, días después, no supe qué decirle. Me callé.
El Monopoly quedó guardado en su caja, en el estante del salón de mi hermana. Pero lo que habíamos empezado debajo de esa mesa no tenía ninguna intención de quedarse guardado.