El juego prohibido con el esposo de mi hermana
Siempre me costó mezclarme. En reuniones familiares buscaba la silla más cercana a la salida; en fiestas me quedaba pegada a la pared hasta que podía irme sin que nadie lo notara. Era de esas personas que pasan desapercibidas aunque su cuerpo diga lo contrario: morena, caderas marcadas, un busto que desde los dieciocho años me ganó más miradas de las que pedí. Tenía veintidós años cuando entendí que mi timidez era completamente selectiva.
Mi hermana Sonia siempre tuvo algo en contra mía. No sé si era celos o simplemente que nunca encontramos una frecuencia común. A ella le había tocado casarse con Rodrigo: tranquilo, atento, el tipo de hombre que recuerda los cumpleaños y se ríe de los chistes malos por cortesía. Me trataba bien. Demasiado bien, en realidad, y yo sabía exactamente cuándo empezó a ser diferente.
Fue una foto de un sábado de calor, yo en el patio de mi departamento con un vestido corto que hacía lo mínimo por cumplir su función. La subí al estado sin pensar demasiado. Rodrigo me respondió con un comentario que se quedó un segundo de más en el borde de lo apropiado. Podría haberlo dejado pasar.
No lo dejé pasar.
Lo que siguió fueron semanas de mensajes que empezaban como conversación normal y terminaban en otra cosa. Él me decía que pensaba en mí cuando se la meneaba en la ducha, que se imaginaba metiéndome la polla hasta el fondo mientras se la agarraba con la mano llena de espuma. Yo le respondía con fotos donde la ropa hacía lo estrictamente necesario: un dedo apartando el borde de la braga para que se viera el vello, un pezón asomando por encima de un top, la boca abierta como si tuviera algo que chupar. Nunca más que eso. Pero las palabras se acumulan, y el peso de lo no dicho empieza a doblar las cosas.
***
La tarde del sábado olía a café y a la lluvia de hacía unas horas. Sonia me había invitado a comer con esa energía que pone en todo: decidida, sin preguntar si el otro tiene ganas. Después del postre propuso el Monopoly y antes de que alguien dijera algo ya estaba desplegando el tablero sobre la mesa del comedor. Terminamos los cuatro sentados: Sonia, Rodrigo, su hija de siete años y yo, con las fichas de colores y esa seriedad absurda que tienen los juegos de mesa.
Rodrigo estaba sentado a mi derecha.
No me lo había propuesto. Fue una coincidencia de sillas que de repente tenía todo el peso del mundo. Su rodilla quedó a escasos centímetros de la mía y yo era perfectamente consciente de cada uno de esos centímetros. El corazón me golpeaba más fuerte de lo normal. El coño ya me palpitaba debajo del vestido, húmedo de solo tenerlo tan cerca. Sonia hablaba; su hija movía la ficha con la lengua apretada entre los dientes; yo tiraba los dados sin ver el tablero.
Él tampoco miraba mucho el tablero.
En un momento nuestras miradas se cruzaron y apartó la vista rápido, como si lo hubiera pillado haciendo algo que no debía. Yo no aparté la mía.
Fue entonces cuando dejé caer la sandalia.
Un movimiento pequeño, calculado para parecer accidental. La sandalia resbaló de mi pie con un golpe suave sobre la madera. Me agaché a medias, como para recogerla, y en cambio extendí el pie lentamente hacia adelante. Lo encontré: la tela de su pantalón, la firmeza de su muslo. Me quedé quieta un momento, calibrando. Él no se movió. No dijo nada. Siguió mirando sus cartas con los nudillos blancos alrededor del fajo de billetes de colores.
Sonia reía de algo que había dicho su hija.
Moví el pie con cuidado, hacia arriba, con una presión que no dejaba lugar a dudas. Le pasé la planta desnuda por encima del bulto y noté cómo la polla se le endurecía debajo del pantalón, cómo se hinchaba y empujaba la tela buscando espacio. Rodrigo contuvo el aliento de una manera tan visible que me sorprendió que nadie más lo notara. Sus ojos —ese verde oscuro que había imaginado demasiadas veces desde que empezamos a escribirnos— se clavaron en los míos por un segundo y luego bajaron al tablero. Tenía la mandíbula apretada.
—Te toca, amor —dijo Sonia sin levantar la vista.
Él tiró los dados. Los números eran completamente irrelevantes.
Seguí. Mi pie recorrió el interior de su muslo con lentitud hasta encontrar lo que buscaba: una presión tibia y firme que crecía bajo la tela. Le apreté los huevos con el arco del pie, se los amasé despacio, y después subí a la polla y la froté con el empeine de arriba abajo, calibrando el largo. Rodrigo movió la pierna un milímetro, no para apartarse sino para ajustarse, para facilitar. Debajo de la tela latía, tan dura que podía sentirle el bombeo de la sangre contra la planta.
Ese movimiento diminuto me dijo todo lo que necesitaba saber.
—Mamá, tengo hambre —anunció la niña.
El juego terminó ahí. Sonia se levantó, Rodrigo se puso de pie antes de que nadie se lo pidiera y desapareció hacia el baño con pasos demasiado rápidos para ser casuales. Yo recogí las fichas con las manos ligeramente temblorosas y las bragas empapadas pegadas al coño, y pensé en los mensajes que me había mandado semanas atrás, en las cosas que me había dicho que quería hacerme, y en que ninguna de las dos éramos Sonia.
***
Esa noche dormí en el cuarto de invitados. Un colchón blando, una ventana que dejaba pasar el ruido de la calle, y la absoluta certeza de que no iba a poder dormir. Me quedé mirando el techo con el corazón acelerado y la mente volviendo siempre al mismo punto: el momento exacto en que Rodrigo había ajustado la pierna para no apartarse.
La imagen volvía con claridad. Sus nudillos blancos. Sus ojos verdes bajando al tablero. La polla dura vibrando bajo mi pie. Deslicé la mano bajo las sábanas casi sin darme cuenta, me metí dos dedos entre los labios del coño y los encontré chorreando. Empecé a frotarme el clítoris en círculos lentos, imaginando que era la lengua de Rodrigo la que estaba ahí, que era él quien me abría las piernas y me lamía de arriba abajo hasta enterrarme la cara entre los muslos. Me metí los dedos hasta los nudillos y me follé despacio, apretando la palma contra el clítoris, mordiéndome el labio para no jadear. Cinco minutos después seguía igual de despierta, con el calor más instalado que antes y una decisión que se tomaba sola: los dedos no me alcanzaban.
A la una de la mañana me convencí de que estaba siendo una idiota y cerré los ojos. A la una y media los abrí de nuevo. A las dos me senté en la cama.
Nueve metros. Solo nueve metros pasillo arriba.
Fui hasta el cuarto al final del pasillo.
La puerta estaba entornada. Empujé despacio. Sonia respiraba con esa regularidad pesada de quien se duerme en cuanto toca la almohada. Rodrigo estaba boca arriba, con los ojos abiertos, mirando el techo con la misma expresión que yo había tenido durante dos horas.
Susurré su nombre.
—¿Camila? —dijo en voz muy baja, incorporándose sobre los codos.
—No puedo dormir. ¿Me acompañas al baño?
Tardó dos segundos. Se levantó sin hacer ruido, descalzo, con una camiseta y el pantalón de pijama que ya llevaba un bulto marcado, y salimos al pasillo cerrando la puerta con cuidado. Ninguno de los dos dijo nada mientras caminábamos. Llegamos al baño del fondo. Yo entré. Él se detuvo en el umbral.
—Entra —le dije.
Lo hizo. Cerró la puerta con el pestillo. La luz era blanca y directa, de esas que no dejan sombras ni excusas. Nos miramos durante un segundo que pareció más largo de lo que fue.
No hubo prólogo. Me acerqué y lo besé, y él respondió sin vacilar, con las dos manos en mi cara y después en mi cuello y luego bajando, tomándome por la cintura, acercándome como si necesitara convencerse de que era real. Le metí la lengua hasta el fondo de la boca y él me la chupó, mordiéndome el labio inferior, gimiendo bajito contra mi boca. Yo tenía la espalda contra el lavabo y él pegado a mí, y podía sentir claramente que los dos habíamos pasado la noche pensando en lo mismo: la polla dura como una piedra empujándome contra el vientre a través de la tela del pijama.
Le bajé la mano por el pecho hasta el elástico del pantalón. Metí los dedos por debajo. Cuando le agarré la polla directamente, sin tela de por medio, se le escapó un jadeo que tuvo que ahogar mordiéndome el hombro. La tenía gruesa, caliente, con la piel tirante y una gota de líquido pre-seminal ya asomando en la punta. Se la apreté por la base y se la meneé despacio, subiendo y bajando con toda la mano, sintiendo cómo latía contra mi palma.
—Joder, Camila —susurró contra mi cuello—. Llevo semanas pensando en esto. Semanas.
Me arrodillé en las baldosas frías sin dejar de meneársela. Le bajé el pantalón hasta los muslos y la polla saltó libre, apuntándome a la cara, roja en el glande, con la vena gruesa marcada en el dorso. Se la agarré por la base y le pasé la lengua desde los huevos hasta la punta, lento, saboreando el salado. Después me la metí en la boca. Toda la que pude. Sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo, cómo se aferraba al borde del lavabo con una mano para no perder el equilibrio y con la otra me apretaba el pelo sin llegar a tirar.
Se la mamé con hambre. Con la boca abierta, con la lengua envolviéndola, ahogándome un poco cada vez que se la tragaba hasta el fondo. La saqué chorreando de saliva y le lamí los huevos uno por uno mientras se la seguía meneando con la mano. Él me miraba desde arriba con la boca entreabierta y los ojos entornados, y yo veía en el espejo lateral la imagen de mi propia boca haciéndole eso a mi cuñado, y estaba tan mojada que se me escurría por dentro del muslo.
—Para —jadeó al cabo—. Para, para, que si sigues no llego.
Me levantó agarrándome por los brazos. Sus manos encontraron el borde del camisón y me lo subieron de un tirón, sin preguntar. Me quedé desnuda de cintura para abajo contra el lavabo, y cuando sus dedos tocaron el calor entre mis piernas y comprobaron en cuánto lo había pensado esa noche, hizo un sonido bajo en la garganta, casi inaudible, que me afectó más que cualquier cosa que hubiera podido decirme.
—Estás empapada —dijo, hundiéndome dos dedos en el coño de golpe.
Se me escapó un gemido y él me tapó la boca con la otra mano. Empezó a follarme con los dedos despacio, sacándolos brillantes y volviendo a meterlos, mientras con el pulgar me frotaba el clítoris en círculos. Me chupó los pezones por encima del camisón, después me lo subió del todo y me los mordió sin la tela, uno y otro, alternando, hasta dejármelos hinchados y duros.
—Rodrigo —susurré, sin saber exactamente qué pedirle.
—Ya sé —respondió.
Me giró. Apoyé las palmas sobre el borde del lavabo y vi mi propio reflejo en el espejo: el pelo revuelto, la boca entreabierta, la expresión de alguien que ha dejado de calcular las consecuencias. Sus dedos me prepararon con una paciencia que no esperaba: me abrió los labios del coño con dos dedos y se agachó detrás de mí, y de pronto sentí la lengua caliente pasándome de abajo arriba, lamiéndome entera, metiéndoseme dentro. Se me doblaron las rodillas. Me comió el coño desde atrás con la cara enterrada entre mis nalgas, chupándome, sorbiéndome, mientras yo mordía una toalla para no gritar. Cuando se incorporó tenía la boca brillante y una sonrisa que no le había visto nunca.
Escuché el roce de la tela de su pijama cayendo del todo. Sentí el glande caliente restregándose entre los labios del coño, buscando la entrada, empapándose de mis jugos antes de empujar.
La primera vez que lo sentí —la presión buscando la entrada, avanzando despacio, abriéndose paso con cuidado, la polla gruesa separándome centímetro a centímetro— tuve que morderme el nudillo para no hacer ruido. No era miedo. Era el impacto de algo que llevaba semanas imaginando y que resultaba ser más de lo que había calculado: más calor, más peso, más presencia que cualquier versión de esa fantasía. Me la metió hasta el fondo de una embestida lenta y contenida, y me llenó de una manera que hizo que se me nublara la vista.
Empezó con movimientos lentos y profundos, del tipo que no deja margen para pensar en otra cosa. Entraba entero, se retiraba hasta la punta, y volvía a empujar hasta el fondo, hasta que sentía sus huevos golpearme contra el clítoris.
—Quieta —me dijo al oído cuando moví las caderas—. Que nos escuchan.
Lo intenté. Fue difícil. Su ritmo era de los que obligan a concentrarse en cada detalle: la presión exacta, el ángulo, el momento en que el aire se corta en la garganta y tienes que decidir rápido si sigues callada o no. Tenía los dedos aferrados al lavabo. Él me miraba en el espejo con los ojos entornados mientras me agarraba por las caderas y me empalaba en su polla una y otra vez, marcando un compás sordo, el sonido húmedo del coño chorreando ahogado por el zumbido del ventilador del baño.
Me pasó una mano por delante y me buscó el clítoris. Empezó a frotármelo mientras me la seguía metiendo, y todo se aceleró. Se inclinó sobre mi espalda, me apartó el pelo del cuello y me mordió justo debajo de la oreja.
—Siempre pensé en esto —dijo casi sin voz—. Mucho antes de los mensajes. Desde la primera vez que te vi en casa de tu hermana. Pensaba en meterte la polla así, en abrirte de piernas encima de la mesa, en verte la cara mientras te corres en mi verga.
—Cállate —jadeé—. Cállate y fóllame más fuerte.
Lo hizo. Aumentó el ritmo, empujando con más peso, cada embestida arrancándome un jadeo que él ahogaba tapándome la boca con la palma. Yo se la chupé mientras me la seguía metiendo, con la lengua alrededor de sus dedos, mordiéndoselos suave. En el espejo veía cómo mis tetas se sacudían al ritmo de sus caderas, cómo la boca se me abría y cerraba sin sonido, cómo tenía la cara enrojecida y el pelo pegado a la frente.
No le respondí porque no podía. El ritmo se había vuelto más intenso, más urgente, y todo lo que había estado guardando durante horas buscaba salida. El clítoris me palpitaba bajo su dedo y sentí que el coño empezaba a apretarse solo alrededor de su polla, contrayéndose en oleadas, chupándoselo hacia dentro. Cuando llegué fue en silencio absoluto, con la frente apoyada en el espejo, los dientes apretados sobre su mano y el cuerpo sacudiéndose entero, con espasmos largos que le exprimieron la verga por dentro.
—Joder —gimió contra mi nuca—. Joder, me voy a correr.
—Dentro no —susurré—. Dentro no, sácala.
La sacó a último segundo. Me giró de nuevo, se agarró la polla con la mano y se meneó los últimos tirones apuntándome al vientre. Lo sentí terminar delante de mí unos segundos después, con las manos cerrando sobre mis caderas con una fuerza que sabía que iba a dejar marca hasta el lunes, con chorros calientes y espesos que me cayeron sobre el abdomen y los muslos, uno tras otro, hasta que le quedó la última gota temblando en la punta. Se la limpió pasándola por mis labios y yo abrí la boca y se la chupé.
***
Nos separamos sin decir nada. Me limpié con papel del rollo, él se subió el pantalón, nos arreglamos la ropa en silencio, en ese mismo espejo que lo había visto todo. Cuando por fin nos miramos, ninguno de los dos supo exactamente qué expresión poner.
—Vuelve a tu cuarto —dijo al final, en voz baja.
Volví.
Me quedé tumbada en el colchón de invitados escuchando la casa dormida, con el coño todavía palpitando y algo que no era exactamente culpa pero que se le parecía bastante en la forma. No dormí mucho esa noche.
Me enteré después, por sus propios mensajes, de lo que pasó cuando volvió a la cama. Sonia se había despertado a medias y quería algo de él. Rodrigo le dijo que estaba cansado. Ella insistió, le metió la mano en el pantalón, se lo puso duro otra vez a base de meneársela. Él cerró los ojos, dejó que su mente se fuera a otro lugar completamente distinto —a mí, a mi coño chorreando en el lavabo del baño, a mi boca chupándole la punta— y así fue como mi hermana, sin sospechar nada, creyó que lo que recibía era para ella.
Cuando me lo contó, días después, no supe qué decirle. Me callé.
El Monopoly quedó guardado en su caja, en el estante del salón de mi hermana. Pero lo que habíamos empezado debajo de esa mesa no tenía ninguna intención de quedarse guardado.