El marido de mi mejor amiga me llevó al motel
Tres años cuidando a un marido convaleciente te quitan algo que no se recupera fácil. La operación de columna le robó seis semanas de movilidad, y a mí me robó el sueño profundo, las salidas con amigos, la rutina sexual de los sábados por la noche. Cuando por fin volvió a caminar sin bastón, yo ya era otra mujer, una con una sed acumulada que ni siquiera me atrevía a nombrar.
Éramos amigos de Adrián y Renata desde antes de mi boda. Su marido y el mío jugaban juntos en el equipo de fútbol de la colonia, hacíamos parrilladas los domingos, viajes a la playa con los niños, comuniones, cumpleaños compartidos. Once años de amistad cruzada. Esa clase de cercanía en la que uno sabe los chistes del otro antes de que termine de contarlos.
Adrián era moreno, alto, con la barba cerrada salpicada de canas tempranas y un cuerpo que conservaba la condición del fútbol semanal. Lo conocía desde siempre y nunca había permitido que mi cabeza se quedara más de dos segundos detenida en él. Mientras mi marido se recuperaba, fue de los amigos que más se acercaron. Pasó a dejarnos comida cocinada por su madre, llevó a los niños al entrenamiento, manejó cuando había que ir al hospital. El amigo perfecto. Y, descubrí demasiado tarde, un hombre con paciencia para sus propios deseos.
Empezó por un mensaje un jueves, cuando ya había vuelto a dar clases y mi madre se quedaba con mi marido durante el día. Me preguntó cómo seguía él. Después, cómo seguía yo. Le contesté que me molestaba la cadera de dormir mal en el sillón de la habitación.
—Quizás te falte una acomodadita —escribió.
Le respondí que iba a pedir cita con la quiropráctica del barrio. Y entonces llegó el segundo mensaje, acompañado de un emoji con la lengua afuera.
—No me refería a una quiropráctica.
Me reí. Me reí, borré el mensaje y volví a corregir exámenes. Adrián era el marido de Renata. Renata era mi mejor amiga. Lo único que cabía hacer era reírse.
***
El sábado siguiente fueron padrinos del bautizo de la hija de unos vecinos. Mi marido caminaba ya sin bastón. Renata insistió en que fuéramos. Las tres mujeres del grupo habíamos comprado el mismo vestido blanco semanas atrás para una boda, y terminamos usándolo esa noche, como en una broma privada que nadie más entendía.
Renata sacó a bailar a mi marido. A Adrián nunca le había gustado bailar, todo el mundo lo sabía. Quedamos los dos solos en la mesa mientras la otra pareja del grupo iba y venía del DJ.
Su mano apareció en mi rodilla con la naturalidad de un gesto practicado mil veces en la cabeza antes de atreverse a ejecutarlo.
—¿No te dan celos de verlos juntos?
—No. Hay confianza —contesté.
—Demasiada confianza, dirías.
Su pulgar se movió un centímetro hacia el interior de mi muslo. No mucho, lo justo para que no pudiera fingir que no había pasado nada.
—¿No piensas a veces en lo rico que sería pasarla juntos? —dijo bajito, sin mirarme—. Tú misma lo acabas de decir, hay tanta confianza que nadie sospecharía si fuéramos discretos.
Me levanté con la excusa del baño. Encerrada en el cubículo, me apoyé contra la puerta y respiré despacio. Tenía la ropa interior empapada y la cara ardiendo. Adrián había encontrado, sin proponérselo o sabiéndolo demasiado bien, el resquicio exacto de mí que llevaba tres años sin atender.
Salí, me senté entre mis hijos lo que quedaba de la noche, e hice la difícil hasta que terminó la fiesta.
***
El miércoles siguiente volvió a escribirme. Esta vez no se anduvo con rodeos. Habló de adrenalina, de hacer el amor sabiendo que nadie podía enterarse. Habló de cómo me miraba cada vez que iba a casa. De cómo en la fiesta había querido sacarme los pechos del vestido sobre la mesa.
—Para ser infiel hay dos reglas —escribió—. Discreción y borrar los mensajes. Si aceptas eso, todo lo demás es nuestro.
Le contesté que estaba mal. Le contesté que era el marido de mi mejor amiga. Le contesté que jamás. Y todo eso lo escribía con la otra mano metida dentro del calzón, sentada en la silla del salón de clases, esperando que sonara el timbre del recreo.
Le confesé después, con las defensas cayéndose una a una, que la diferencia con Renata era el trato. Ella era dominante, autoritaria, lo trataba como si fuera un empleado. Adrián era todo lo contrario en privado: atento, suave, caballero. Esa diferencia, le dije, me llamaba la atención hacía tiempo.
—Quiero hacerte de todo —escribió.
Le dije que esa tarde tenía cita con la masajista. Le mandé la dirección como si fuera un dato inocente. Lo hice sabiendo. Lo hice queriendo que apareciera.
***
Su carro estaba estacionado en la acera de enfrente cuando llegué. Bajé del mío con la espalda derecha y caminé hacia la puerta del consultorio como si no lo viera. Antes de tocar el timbre, su voz me llamó por la ventanilla.
—Sube un momento.
—Adrián, vine a que me sobaran la cadera. Vete.
—Sube un momento y después me voy. Te lo juro.
Miré para los dos lados de la calle. Eran las cinco de la tarde y el barrio estaba dormido. Subí.
Apenas cerré la puerta, arrancó. No me preguntó adónde íbamos. Yo tampoco lo pregunté.
—Tengo que decirte algo —habló mientras manejaba—. Llevo meses imaginando esto. No es una calentura de un día.
Yo miraba por la ventanilla, las casas pasando rápido, los locales bajando las cortinas. Sin decirle nada, bajé el cierre de la sudadera y dejé el escote a la vista. Él lo notó por el rabillo del ojo y sonrió. No volvió a hablar hasta que cruzamos el portón de un motel a la salida de la carretera.
***
Subimos sin cruzar palabra. La habitación olía a desinfectante de pino y a sábanas recién planchadas. Adrián cerró la puerta con llave y se quedó parado frente a mí.
—¿Estás segura?
—¿Ahora me preguntas?
Me dio la vuelta, me apoyó contra la puerta y me besó. Un beso impaciente, de esos que se postergan demasiado. Se quitó la camisa de un tirón. A mí me bajó el cierre del top, me sacó los pechos del sostén y empezó a morder con un hambre que no había visto en otro hombre. Me apretaba los pezones con los dientes y el dolor era una versión nueva del placer.
—Para un segundo —le pedí.
—No.
—Para. Quiero hacer algo.
Pasé la lengua por la línea de su mandíbula, rocé sus labios con los míos sin terminar de besarlo. Cada vez que él intentaba acortar la distancia, yo me apartaba.
—¿Te gusta provocarme?
—Mucho.
Se quitó el pantalón. Su miembro estaba duro contra el abdomen, oscuro como el resto del cuerpo, más largo de lo que había imaginado las pocas veces que me había permitido imaginarlo. Le señalé la cama. Se acostó.
Me quité los tenis y el pantalón de yoga y subí. Empecé despacio, lamiéndolo de la base a la punta, sosteniéndolo con una mano. Mordisqueé los testículos. Después abrí la boca y lo metí entero, hasta sentir el contacto con el fondo de la garganta. Adrián me agarró la cabeza y empezó a moverse él. Yo lo miraba desde abajo y veía sus ojos blanqueándose cada vez que tocaba el fondo.
—Necesito estar dentro de ti.
—Sin condón, no.
—Somos amigos. No hay riesgo.
—Estoy por bajar igual —mentí a medias—. No puedo arriesgarme.
—Mejor. Resbala más.
Tendría que haber insistido. No lo hice. Me trepé encima, me senté sobre su pelvis, lo dirigí dentro de mí con la mano. Sentí cada centímetro empujando hacia arriba. Cuando lo tuve todo, me quedé quieta un instante, escuchando los latidos en la sien.
Después empecé a moverme. No despacio. No con paciencia. Como si necesitara recuperar tres años en una sola tarde. Adrián me tomaba de las caderas, me daba palmadas suaves en una nalga, me besaba los pechos cada vez que me inclinaba hacia adelante.
—Esto nunca lo había hecho —le dije.
—Yo tampoco —contestó él.
Los dos sabíamos que daba igual si era verdad o no.
—Date la vuelta. Quiero por detrás.
Me arrodillé en el centro de la cama, apoyé el pecho contra el colchón, levanté las nalgas. Entró de un golpe. Empezó a moverse con un ritmo nuevo, más profundo, más impaciente. Sus manos me apretaban las caderas y de vez en cuando una palma se levantaba y bajaba sobre la piel. Yo le pedía más. Le pedía esa acomodadita que me había prometido por mensaje el primer día. Él soltó una risa baja entre embestida y embestida.
El orgasmo me agarró sin aviso, como una ola que no había visto venir. Le dije que parara un segundo, que estaba demasiado sensible. No paró.
—Ahora no puedo.
—Adrián, espera.
—Estoy por terminar.
Salió, me dio la vuelta sobre la espalda, me apoyó las piernas sobre sus hombros y volvió a entrar. Me tomó de los tobillos para mantenerme abierta. Cada embestida me corría sobre la cama unos centímetros. Yo me mordía los labios, le decía que estaba mal, que no se podía hacer eso. Él me contestaba que sí, que estaba muy mal, que era riquísimo justamente por eso.
Sentí cuando terminó dentro. Pensé que iba a retirarse. No lo hizo. Siguió moviéndose, mezclando todo, hasta que la erección empezó a ceder.
—Me gusta dejarlo bien batido —murmuró cerca de mi oído.
***
Nos vestimos en silencio. Antes de salir de la habitación, me apoyó contra la pared, me acomodó un mechón detrás de la oreja, me besó con la suavidad que no había tenido tiempo de aparecer durante el resto de la tarde.
—Acuérdate de las reglas.
—Sí.
Me dejó cerca del consultorio de la masajista. Bajé del carro con la cadera tan acomodada que daba risa. Antes de cerrar la puerta, me miró una última vez y dijo, casi en un susurro:
—Voy a querer más.
Caminé las dos cuadras hasta mi camioneta sintiendo cómo todo lo que él me había dejado dentro empezaba a deslizarse por el muslo. Cada paso era un recordatorio físico, una huella secreta que iba a acompañarme las próximas horas como un pacto que no podía deshacerse.
Cuando llegué a casa, mi marido me preguntó cómo había estado la sesión. Le dije que muy bien, que la señora había encontrado el lugar exacto del dolor.
No le mentí del todo.