Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La mañana después de intercambiar pareja

La cafetería estaba a tres manzanas del apartamento, en una calle tranquila que olía a pan recién horneado a esa hora de la mañana. Valeria y Marcos llegaron sin haberlo acordado en voz alta: giraron por la misma esquina, vieron el toldo azul y entraron. Pidieron un café solo cada uno y un croissant para compartir. Se sentaron frente a frente, en una mesa pequeña junto al escaparate. Afuera, la gente pasaba con prisa. Adentro, el tiempo iba más despacio.

Durante casi un minuto completo, ninguno de los dos habló.

Valeria removía el café con la cucharita aunque ya lo había revuelto tres veces. Marcos la observaba con una atención distinta a la de la noche anterior, más concentrada, como si intentara leer algo debajo de lo que ella mostraba. Era incómodo y no lo era al mismo tiempo. Eso también era parte de lo raro.

—No están —dijo ella por fin.

Marcos negó con la cabeza.

—No. Y probablemente saben que los estamos buscando.

Valeria levantó la vista.

—¿Crees que Sofía lo haría? ¿Desaparecer así?

Marcos esbozó una leve sonrisa.

—Sofía siempre piensa dos pasos por delante.

Valeria bajó la mirada otra vez hacia la taza.

—Sí.

El camarero dejó el croissant en un plato blanco entre los dos. El olor a mantequilla ocupó el pequeño espacio que había entre ellos. Valeria cogió un pedazo pero no lo probó; lo sostuvo entre los dedos como si le diera algo en qué concentrarse. Tenía la boca seca de recordar lo de anoche: la lengua de Marcos abriéndose paso entre sus labios mientras Sofía y Andrés seguían discutiendo en la otra habitación, la mano de él metida por debajo del vestido, dos dedos hundidos en su coño empapado hasta los nudillos, follándola de pie contra la pared del pasillo mientras ella se mordía el puño para no gemir. Se había corrido así, con la polla dura de Marcos apretándose contra su cadera por encima del pantalón, sin llegar a sacársela, con el miedo y las ganas mezclados en un mismo espasmo que todavía le duraba entre las piernas esa mañana.

—Esto no es algo normal —dijo.

Marcos no respondió de inmediato.

—No —admitió al cabo de unos segundos—. No lo es.

Valeria levantó la vista.

—¿Y entonces qué?

Marcos apoyó los antebrazos sobre la mesa y se inclinó ligeramente hacia delante. Era un gesto que Valeria había visto antes, en otras conversaciones, cuando él iba a decir algo que ya llevaba rato pensando.

—Entonces ha pasado —dijo—. Y no me sirve con dejarlo ahí.

Era casi la misma frase que había usado la noche anterior, pero dicha así, a la luz de las diez de la mañana, con el ruido de los platos y la calle detrás del cristal, pesaba de otra manera. Valeria dejó el trozo de croissant en el plato.

—No puedes quedarte solo con eso, Marcos.

—No me quiero quedar solo con eso.

El silencio se tensó de un modo diferente. Valeria entrecerró los ojos levemente.

—¿Qué estás diciéndome?

Marcos dudó. No mucho. Pero lo suficiente como para que lo que vino después no sonara improvisado. Está buscando las palabras exactas, pensó Valeria. Eso es peor que si lo dijera de golpe.

—Que podríamos... —empezó. Se detuvo. Valeria no apartó la mirada—. Podríamos dejarlo todo.

Valeria no reaccionó de inmediato. Solo lo miró, durante tres segundos largos, como si necesitara ese tiempo para asegurarse de que había entendido bien lo que acababa de oír.

—¿Dejarlo todo —repitió— como en tú y yo?

Marcos asintió.

—Tú y yo. Empezar de cero. Sin Sofía, sin Andrés.

El ruido de la cafetería pareció quedar en suspenso. O quizás eran ellos los que habían pasado a otro plano, uno en el que las conversaciones ajenas no llegaban del todo.

Valeria apoyó la espalda en la silla. No había ni enfado ni sorpresa en su gesto. Había algo más difícil de nombrar: una especie de claridad nueva, limpia, que no sabía muy bien dónde colocar. Debajo del vestido notaba las bragas todavía húmedas de la noche anterior, un recordatorio físico de que aquello no era un debate abstracto.

—¿Lo estás diciendo en serio?

—Sí. Lo estoy diciendo en serio.

Valeria negó suavemente con la cabeza, no como quien rechaza, sino como quien necesita un momento para ordenar las piezas antes de responder.

—Marcos... —cogió la taza de café y dio un sorbo pequeño, más por ganar tiempo que por otra cosa—. Lo de anoche fue lo que fue. Pero estás hablando en caliente. Piénsalo cuando se te baje.

—No se me baja, Valeria. Llevo la polla dura desde que te vi entrar por esa puerta esta mañana. Y no es solo eso.

Ella se quedó quieta con la taza a medio camino de la boca. Miró alrededor por instinto. Nadie los estaba oyendo. La mesa de al lado hablaba de una hipoteca. Al fondo, dos ancianos discutían un crucigrama.

—No hables así aquí.

—Hablo así en todas partes, aquí y en tu casa, y me da igual quién escuche. Ayer te corriste conmigo en el pasillo con mi mujer a cinco metros. Y esta mañana estás sentada delante de mí apretando los muslos porque todavía la tienes empapada.

Valeria dejó la taza. Notó cómo el calor le subía por el cuello. No dijo nada porque él tenía razón. Los muslos se le estaban apretando solos debajo de la mesa, y el pulso le latía entre las piernas de un modo que la avergonzaba y la excitaba a partes iguales.

—Para mí no es el calor del momento, Valeria. Esto viene de antes de anoche.

Ella lo miró.

—Lo sé. Pero lo que me estás pidiendo no es poco.

—No te estoy pidiendo que decidas ahora mismo.

—Me estás diciendo que lo dejemos todo.

—Contigo —dijo él.

Valeria sostuvo su mirada. Luego esbozó una sonrisa leve, de esas que no son burla ni ternura sino algo intermedio que solo aparece cuando la situación supera cualquier respuesta sencilla.

—Eso es exactamente lo que lo hace difícil.

Se quedaron en silencio. El café se enfriaba. El croissant seguía en el plato, intacto. Afuera, un autobús pasó rozando el bordillo.

Marcos alargó la mano por debajo de la mesa y le apoyó los dedos en la rodilla. Muy despacio, sin mirarla, empezó a subir. Valeria abrió las piernas un centímetro, medio centímetro, lo justo para que aquellos dedos pudieran seguir. Cuando alcanzaron el borde de las bragas, se detuvo un segundo. Luego apartó la tela con el nudillo y le pasó el dedo entero por el coño, de abajo arriba, muy lento. Valeria se agarró al borde de la mesa con las dos manos.

—Estás chorreando —dijo Marcos en voz baja, sin cambiar la expresión.

—Marcos, para.

—Dime que pare.

Ella no lo dijo. El dedo de Marcos volvió a bajar, dio dos vueltas alrededor del clítoris hinchado y se hundió dentro. Valeria contuvo el aire. La camarera pasó al lado de la mesa recogiendo tazas y ella tuvo que sonreírle asintiendo con la cabeza, mientras el dedo de Marcos entraba y salía de su coño empapado por debajo del mantel. Un segundo dedo se sumó al primero. Los notó abrirse dentro, hacia arriba, buscando ese punto que ya sabía encontrar de la noche anterior.

—No te digo que no —dijo Valeria de pronto, con la voz un poco más grave, cerrando los ojos medio segundo—. No te digo que sí tampoco. Te digo que no se puede decidir algo así esta mañana, con lo que tenemos encima todavía.

Marcos siguió moviendo los dedos, sin apurarse. Se los sacó, se los llevó al borde de la taza y removió el café con ellos, como si fuera azúcar. Valeria se quedó mirando aquel gesto pequeño y sucio, y sintió cómo un espasmo le apretaba el coño vacío.

—Cuando terminemos aquí —dijo él, chupándose el dedo despacio— nos vamos a mi coche. Está en el aparcamiento subterráneo de la esquina. Y me la vas a chupar entera antes de que subas a hablar con nadie.

Valeria tragó saliva. Notaba la boca hecha agua solo de imaginarlo.

—Marcos...

—¿Sí o no?

Ella tardó dos segundos en contestar.

—Sí.

—Porque si lo decidimos ahora estaríamos simplificando algo que no es simple —añadió luego, recuperando el hilo de la conversación de antes como si acabaran de hablar del clima—. Está Andrés. Está Sofía. Estamos los cuatro metidos en esto, queramos o no.

—Lo sé —dijo él en voz baja.

—Entonces necesitamos hablar. Los cuatro juntos, si hace falta. Entender qué significa lo que pasó anoche para cada uno. Sin huir y sin precipitarse.

Marcos dejó salir el aire despacio, como quien suelta algo que llevaba rato aguantando.

—Siempre tienes más cabeza que yo.

—Alguien tiene que tenerla.

Se miraron unos segundos más. Sin ruptura. Sin huida. Con esa honestidad que da miedo porque no tiene adornos.

—Esto no se queda aquí —dijo Marcos.

Valeria negó suavemente.

—No. Pero tampoco se decide aquí.

Pidieron la cuenta. Valeria pagó porque tenía el billete más suelto. Se levantaron. Al salir a la calle, Marcos le pasó la mano por la cintura y bajó hasta ponerle la palma abierta en el culo, apretando una nalga por encima de la falda. Ella no se apartó. Caminaron los cien metros hasta la boca del aparcamiento subterráneo sin cruzar palabra. Bajaron por la rampa, se metieron en el coche de Marcos, uno de los del fondo, entre dos furgonetas que hacían pared.

En cuanto cerraron las puertas, Valeria se abalanzó sobre él. Le desabrochó el cinturón con dedos torpes de impaciencia, le bajó la cremallera y le sacó la polla dura de una vez. Se la quedó mirando un segundo, gruesa, tiesa, con la vena marcada. Se agachó sobre el regazo de él, se recogió el pelo con una mano y se la metió entera hasta el fondo de la garganta. Marcos soltó un gruñido y le puso la mano en la nuca.

—Así, joder, así —jadeó él.

Valeria la chupó despacio primero, lamiendo desde los huevos hasta la punta, escupiéndole encima para mojarla, mamándosela con las dos manos y la boca. Luego aceleró. La cabeza subía y bajaba entre las piernas de él con un ruido húmedo que llenaba el habitáculo. Cada vez que llegaba al fondo se atragantaba un poco y le lloraban los ojos, pero volvía a hundirse. Le mamó los cojones también, uno a uno, sin dejar de masturbarle la polla con la mano, mientras Marcos le agarraba del pelo y le empujaba la cabeza al ritmo que quería.

—Voy a correrme —avisó él, con la voz ronca—. Trágatelo todo.

Ella asintió con la boca llena. Un segundo después notó cómo la polla se le hinchaba entre los labios y empezaba a soltar chorros calientes en el fondo de la garganta. Se tragó el primero, el segundo, el tercero. Marcos le mantenía la cabeza pegada a la ingle, dándole pequeños empujones con las caderas, gimiendo entre dientes. Cuando lo soltó, Valeria se apartó despacio, con un hilo de semen colgándole de la comisura, y se lo limpió con el pulgar antes de metérselo en la boca.

—Esto tampoco se decide aquí —dijo, con la voz áspera, mirándolo desde abajo.

Marcos se rió, todavía sin aliento. Le pasó la mano por la mejilla.

—No. Pero se hace igual.

Afuera, la mañana seguía avanzando, indiferente. Y dentro de aquel coche, habían dejado abierta una puerta que ninguno de los dos estaba listo para cerrar todavía.

***

El museo de arte moderno quedaba en el otro extremo de la ciudad, a veinte minutos en metro. Sofía lo había propuesto la tarde anterior, casi sin pensar, cuando todavía era todo más fácil de nombrar. «Mañana vamos al museo», había dicho, y Andrés había respondido que sí sin preguntar por qué ni para qué. Los dos sabían que no era solo por el arte.

La fachada del edificio era discreta, de ladrillo oscuro y vidrio, sin pretensiones desde la calle. Compraron las entradas en la taquilla casi sin hablarlo. Un gesto automático, como tantos otros de ese día en el que ninguno de los dos sabía muy bien cómo empezar.

Dentro, la temperatura bajaba un grado y la luz cambiaba. No era la luz artificial fría de los museos antiguos. Era luz natural que entraba desde el techo a través de paneles translúcidos y dibujaba sombras suaves sobre el suelo de cemento pulido. Daba la sensación de que el tiempo iba diferente ahí adentro.

Avanzaron despacio por las salas. Instalaciones grandes, pinturas de formato enorme, vídeos en loop sobre paredes blancas. Sofía se detenía en los detalles: las texturas, las proporciones, el modo en que una pieza ocupaba el espacio sin pedirle permiso a nada. Andrés la miraba más a ella que a las obras, porque le resultaba más interesante verla mirar que ver él mismo lo que miraba. Siempre le había pasado eso.

Había algo en ese lugar que obligaba a estar presente. No una calma forzada sino una calma real, de esas que no hay que esforzarse en mantener. Sofía lo notaba. Andrés también. Y los dos agradecían en silencio no tener que fingir que todo estaba igual que antes de anoche.

En la última sala del recorrido había una instalación de vídeo. Una pantalla enorme proyectaba imágenes lentas de agua en movimiento: olas pequeñas, superficies tranquilas, reflejos que se deshacían solos. El sonido era muy bajo, casi imperceptible, pero llenaba el espacio de una manera que hacía que todo lo demás pareciera más lejos. Las paredes eran oscuras. Solo había un banco en el centro de la sala.

Se sentaron.

No fue una decisión. Fue simplemente lo que hicieron cuando llegaron ahí. La sala estaba vacía. Los siguientes visitantes tardarían unos minutos en llegar.

Sofía miraba la pantalla. Andrés la miraba a ella.

—Me gusta esto —dijo Sofía en voz baja.

Andrés tardó un momento en responder.

—¿El vídeo?

—El silencio. —Hizo una pausa—. Que no haga falta decir nada para que algo esté pasando.

Andrés asintió despacio. No añadió nada. Sofía giró la cabeza hacia él, no del todo, solo lo suficiente para que sus miradas se cruzaran de lado.

—Lo de anoche... —empezó ella.

—Sí —dijo Andrés, antes de que terminara.

Sofía esbozó una sonrisa pequeña.

—Ni siquiera sé lo que iba a decir.

—Yo sí —respondió él—. Y también sé la respuesta.

La distancia entre ellos en ese banco se había reducido sin que ninguno de los dos pudiera señalar exactamente cuándo. Era esa clase de movimiento que no ocurre, simplemente aparece. Sofía dejó de mirar la pantalla.

—Esto no es solo de anoche —dijo.

Andrés negó suavemente.

—No. Ni de este fin de semana.

—Lleva tiempo —dijo Sofía.

—Sí.

La palabra quedó suspendida entre los dos. Corta, sin adornos, pero con todo el peso que una sola sílaba puede acumular cuando lo que hay detrás es demasiado para caber en una frase larga.

Andrés levantó la mano y la apoyó con cuidado sobre la de ella. Sin apretar. Sin urgencia. Solo dejarla ahí, como una pregunta que ya tenía respuesta pero que aún así necesitaba hacerse.

Sofía no la retiró.

Durante unos segundos ninguno habló. El agua seguía en la pantalla. La sala seguía vacía. Y lo que había entre ellos en ese banco dejó de ser una insinuación para convertirse en otra cosa.

Fue Sofía quien se giró del todo hacia él.

El beso no fue precipitado. Fue de los que empiezan con calma, casi con cautela, como si ninguno quisiera romper algo que les había costado demasiado construir. Pero tampoco duró así, porque había demasiado acumulado. Demasiados silencios cortados a tiempo. Demasiadas veces que uno de los dos había mirado al otro un segundo de más y había decidido apartar los ojos antes de que fuera tarde. Cuando se separaron, no lo hicieron del todo. Quedaron cerca, con la frente de Sofía casi apoyada en la sien de Andrés.

—Esto no fue una casualidad —dijo ella.

Andrés negó.

—No. Y tampoco es solo de hoy.

Sofía respiró hondo. Miró un instante la sala, la pantalla, el espacio contenido. Luego volvió a él y le pasó la mano por encima del vaquero, directamente sobre la polla. La notó dura ya. Apretó despacio, sin dejar de mirarlo a los ojos.

—Ven —susurró.

Se levantaron sin soltarse. Al fondo de la sala, detrás de la pantalla, había un pasillo estrecho que daba al baño de discapacitados. Sofía había reparado en él al entrar, casi sin darse cuenta de que estaba reparando. Empujó la puerta, entraron los dos y echó el pestillo.

El baño era grande, limpio, con un espejo enorme sobre el lavabo y luz cálida. En cuanto oyó el clic del cerrojo, Andrés la agarró de la nuca y la besó con toda la fuerza que había estado conteniendo durante semanas. Sofía le respondió mordiéndole el labio inferior. Le arrancó el cinturón, le bajó los vaqueros junto con el calzoncillo y le sacó la polla, ya empapada de líquido preseminal en la punta.

—Joder, Andrés —dijo mirándola. La agarró con los dos manos y se la masturbó despacio—. Llevo meses pensando en esto.

—Yo también.

Se arrodilló en el suelo, se acomodó frente a él y se la metió en la boca sin rodeos. Sofía chupaba con hambre, con esa clase de hambre atrasada que solo se acumula cuando llevas mucho tiempo mirando algo que no puedes tocar. Le lamió toda la longitud, le mamó la punta con la boca cerrada como si le sorbiera un caramelo, se la tragó hasta la garganta. Andrés le agarraba la cabeza con las dos manos, sin marcarle el ritmo, dejando que ella hiciera. Se veían los dos en el espejo lateral. Sofía se veía a sí misma con la polla del amigo de su marido metida hasta el fondo y notó cómo se le apretaba el coño de puro morbo.

—Ponte de pie —dijo él con la voz áspera—. Date la vuelta.

Ella obedeció. Se levantó, se apoyó con las manos en el borde del lavabo y lo miró por el espejo. Andrés le subió el vestido hasta la cintura, le bajó las bragas por los muslos y las dejó caer. Le abrió las nalgas con las dos manos.

—Estás empapada.

—Fóllame ya.

Andrés se colocó detrás. Le pasó la polla por la raja del coño, de arriba abajo, mojándose con los flujos de ella, jugando con el clítoris con la punta. Sofía apretó los dientes.

—Andrés, por favor.

Él se hundió de un empujón. Entera. Hasta el fondo. Sofía soltó un gemido corto que se tragó apretando la boca contra el antebrazo, para que no se oyera desde la sala del vídeo. La polla de Andrés le llenaba el coño de un modo distinto al de Marcos, más largo, con otra curva. Lo notó apoyarse contra un punto interior que la hizo cerrar los ojos.

—Mírame —dijo él, buscando su reflejo en el espejo.

Ella abrió los ojos y sostuvo la mirada. Andrés empezó a follársela. Al principio despacio, entrando y saliendo entera, con las manos apretándole las caderas. Luego más fuerte. El sonido de las caderas de él chocando contra el culo de ella llenó el baño. Sofía se agarró al lavabo con las dos manos y empujó el culo hacia atrás para recibir cada embestida. Se miraban en el espejo, jadeando, sin apartar la vista ni un segundo.

—Dime que llevas tiempo queriéndome follar —jadeó ella.

—Meses.

—¿Cuántas veces te la has hecho pensando en mí?

—Todas. Todas las putas veces.

Sofía se rió y gimió a la vez. Andrés le pasó una mano por delante, le encontró el clítoris con dos dedos y empezó a frotárselo mientras la seguía embistiendo desde atrás. Ella notó cómo el orgasmo empezaba a subirle desde los pies, en oleadas, hasta que la sacudió entera. Se corrió con la boca abierta contra el espejo, dejando una mancha de vaho, apretando el coño alrededor de la polla de él con espasmos que no podía controlar.

—Dentro no —jadeó, cuando notó que él aceleraba—. En la boca.

Andrés se salió de golpe, ella se giró y se arrodilló otra vez frente a él, con el vestido subido y las tetas al aire porque en algún momento se había bajado también el escote. Le abrió la boca. Andrés se la masturbó dos veces sobre la lengua y se corrió a chorros dentro. Sofía se lo tragó todo, sin dejar caer una gota, con los ojos cerrados. Cuando terminó, le lamió la punta despacio, limpiándosela, y luego lo miró desde abajo con una sonrisa cansada.

Se lavaron rápido en el lavabo. Se acomodaron la ropa. Sofía se pasó los dedos por el pelo, se pintó los labios, se colocó el vestido. Andrés se abrochó el cinturón. Se miraron en el espejo uno al lado del otro, y por un segundo pareció que se veían por primera vez.

Sofía dio un pequeño paso atrás, no para alejarse sino para situarse.

—Pero tampoco vamos a fingir que esto es solo un momento.

Andrés la miró.

—No es solo un momento.

Se miraron unos segundos más. Con más claridad que antes. Con menos miedo también.

—Seguimos —dijo ella.

No era una pregunta.

—Seguimos —repitió Andrés.

Salieron del baño uno detrás del otro, sin cruzarse con nadie. La sala del vídeo seguía vacía. El agua seguía en la pantalla, indiferente. Caminaron por el resto del recorrido sin hablar mucho más. No hacía falta. Lo importante ya lo habían dicho, y lo que quedaba por decidir no cabía en ese museo ni en esa mañana.

Cuando salieron a la calle y el sol les dio de lleno, Sofía buscó la mano de Andrés. Y Andrés la dejó, sin dudar.

En algún punto de la ciudad, Valeria se limpiaba la comisura de los labios en el espejo retrovisor de un coche aparcado bajo tierra. Y Marcos, a su lado, sabía que aquello que habían dejado abierto en esa mesa pequeña iba a seguir ahí, esperando, cuando llegara el momento de volver.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios(8)

daybear

Excelente!!! Me dejo con ganas de mas

SilvinaLectura

Por favor que haya segunda parte, no puede quedar ahi la historia. Quede muy enganchada.

PabloDelSur

Buenisimo, muy bien escrito. De los mejores que lei en esta categoria

Celeste_MZA

Me recordo bastante a algo que vivimos con mi pareja hace unos años. Se siente muy real, los detalles emocionales estan muy bien logrados.

Agus_BA

tremendo!!! no lo vi venir

Mati_ok

La tension emocional esta muy bien manejada. No es un relato mas del monton, se nota que hay algo genuino detras.

ValentinaGBA

Enganche desde el primer parrafo. Sigue asi!!

RobertoR

Me quedo la duda de como termino todo para la otra pareja. Hay continuacion?

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.