La envié a Cantabria y conduje hasta Carmen
La mañana empezó con lluvia fina sobre los tejados de Zaragoza. Marcos estaba de pie junto a la ventana de la cocina, mirando cómo el agua dejaba regueros brillantes en el cristal, cuando Silvia apareció con el pelo todavía húmedo de la ducha y una taza de café en la mano.
—He estado pensando —dijo, sentándose frente a él—. Mis padres llevan meses esperando que vayamos a visitarlos. Solo serían un par de días.
Él la miró sin moverse del cristal. Santander en noviembre. El frío del Cantábrico, el silencio pesado de los domingos en casa de sus suegros, las conversaciones que terminaban siempre en los mismos puntos de siempre.
—No es que no quiera ir —respondió, eligiendo las palabras con cuidado—. Es que estoy hasta arriba con el proyecto de Ibercaja y no sé si es el mejor momento.
—Marcos, llevamos tres semanas aplazándolo. —Silvia dejó la taza sobre la mesa con más firmeza de la necesaria—. No te pido que te quedes una semana. Solo un par de días.
Él se acercó, rellenó el café y volvió a apoyarse en la encimera. —Está bien. Lo intentamos. Pero salimos temprano para evitar el atasco en la AP-68.
Silvia sonrió, y en esa sonrisa había algo que él reconocía bien: la satisfacción tranquila de quien consigue lo que quería sin tener que insistir demasiado.
***
Los días siguientes pasaron con el ritmo habitual: el trabajo, las cenas breves, alguna conversación sobre los preparativos del viaje. Silvia buscaba hoteles, mencionaba el restaurante donde habían comido la última vez, recordaba que su madre había pedido que le trajeran conservas de Zaragoza.
Marcos escuchaba. Y mientras escuchaba, esperaba.
La llamada llegó un martes por la tarde, sin aviso. Era su amigo Javier, que hablaba de un partido aplazado y de una cena que había que reorganizar, y que al final, casi de pasada, mencionó que Diego se marchaba a Valencia esa semana para unas jornadas de trabajo. Cuatro días. Carmen se quedaría sola en el piso de Burgos.
Marcos no alteró el tono. Siguió respondiendo con monosílabos hasta que Javier colgó, y luego se quedó en el sofá con el teléfono en la mano, mirando la pantalla apagada.
Cuatro días.
El recuerdo volvió sin avisar: la tarde de verano en la piscina de los suegros, el calor aplastante, Carmen en el bordillo con el bañador mojado pegado a la piel. Su mano rozando la de él bajo el agua. El segundo exacto en que ninguno de los dos la retiró, aunque los dos podían haberlo hecho.
No habían vuelto a hablar de eso. Pero tampoco lo habían olvidado.
***
Aquella noche, mientras Silvia doblaba ropa en el dormitorio, Marcos se acercó a ella con la calma de quien ha tomado una decisión pero todavía no la ha dicho en voz alta.
—He estado pensando —dijo, usando las mismas palabras con las que ella había empezado tres días antes—. Creo que es mejor que vayas tú sola esta vez. Mi madre lleva semanas diciéndome que no la llamo, y si aprovecho el fin de semana para verla, me saco el muerto de encima.
Silvia se detuvo con una camiseta entre las manos. —¿Tu madre? No me habías dicho nada.
—Tampoco es urgente. Pero ya que tú vas a Santander, tiene sentido que yo aproveche.
Ella lo miró un momento. Él sostuvo la mirada sin forzarla.
—Bueno —dijo Silvia al fin, doblando la camiseta con más cuidado del necesario—. Si lo tienes claro. Aunque no me hace mucha gracia llegar sola con la maleta.
—Tu padre te recoge en la estación, ¿no? No vas a estar sola ni diez minutos.
Ella asintió, sin convicción pero sin resistencia. —Está bien. Pero la próxima vez vienes.
—La próxima vez vengo —prometió él.
Era el tipo de mentira que se desliza sola, sin esfuerzo. La más cómoda de todas.
***
La noche anterior al viaje, algo entre ellos se encendió de manera espontánea. Tal vez era la inminencia de la separación, o el silencio que se había instalado desde la conversación sobre el viaje, o simplemente que llevaban demasiados días sin tocarse con intención.
Silvia salió del baño con el pelo suelto y se detuvo en el umbral del dormitorio. Marcos estaba en la cama, leyendo, y levantó la vista.
Ninguno dijo nada. Ella avanzó hacia él.
Lo que vino después fue directo y sin ceremonias. Silvia se deshizo de la ropa con esa rapidez que tenía cuando no quería pensar demasiado, y se recostó mirándolo. Él la tomó por la cintura y la acercó. Ella tenía la piel fría todavía del baño, pero se calentó rápido bajo sus manos.
Marcos le dedicó una atención lenta a sus pechos, tomándolos con las manos, sintiendo el peso tibio y firme de las tetas contra sus palmas, apretándolas con una confianza vieja, casi animal. Silvia arqueó la espalda y dejó escapar un gemido bajo cuando él bajó la boca y le chupó un pezón con hambre, lamiéndolo despacio antes de morderlo apenas. Ella se abrió más, empujando el pecho contra su cara, y le metió los dedos en el pelo para mantenerlo ahí.
—Así, joder… —murmuró, con la respiración rota—. No pares.
Él no paró.
Le bajó la mano por el vientre, el pubis ya húmedo y caliente, y encontró el coño resbaloso con dos dedos. Silvia se estremeció en cuanto la tocó, separando las piernas sin darse cuenta, ofreciéndose sin ninguna vergüenza. Marcos le apartó la humedad con la punta de los dedos, la abrió más, explorando los labios hinchados y el clítoris sensible, frotando justo donde ella temblaba más. Silvia soltó un gemido más fuerte, una mano en la sábana, la otra aferrada a su hombro.
—Mírame —ordenó él, con la voz baja, áspera.
Ella abrió los ojos y lo miró mientras él bajaba la cabeza entre sus piernas.
Le pasó la lengua por el coño desde abajo, lenta, notando el sabor salado y cálido, y Silvia soltó una sacudida que le tensó los muslos. Marcos la comió con paciencia, metiendo la lengua en la hendidura húmeda, chupando el clítoris, alternando presión y alivio hasta hacerla retorcerse sobre la cama. Ella le presionaba la nuca con las dos manos, moviendo las caderas para buscar más, para no quedarse corta. Él respondió mejorando el ángulo, abriéndola con los dedos y lamiendo más profundo, escuchando cómo cambiaba su respiración, cómo se hacía cada vez más cortada y desesperada.
—Te gusta que te coma así, ¿eh? —dijo entre lametones, sin dejar de lamerla.
—Sí… sí, Marcos… joder, sí.
La lengua siguió pegada a ella, insistente, mientras un dedo se deslizaba adentro, lento al principio y luego más firme. Silvia se arqueó con un quejido largo, las uñas clavadas en la sábana, y empezó a menear las caderas con un ritmo salvaje, pidiéndole más. Marcos añadió otro dedo, abriéndola más, follando con la mano mientras la boca seguía ocupada en su clítoris. El cuerpo de Silvia se endureció de golpe y después cedió en una ola profunda, temblando entero bajo él, con un espasmo largo que la dejó sin aire.
No se apartó enseguida. La sostuvo con una mano en la cadera y siguió lamiéndola despacio hasta que dejó de temblar.
Después subió y la besó. Silvia le devolvió el beso con la boca húmeda, el sabor de sí misma en la lengua de ambos, agarrándolo por los hombros como si quisiera arrastrarlo encima del colchón.
Marcos se quitó la ropa con movimientos bruscos y ella lo miró entrecerrando los ojos, disfrutando de verlo desnudo, duro, con la polla ya tensa y apuntándole al vientre. Silvia la agarró con la mano y la recorrió de arriba abajo, sintiendo la piel caliente, el peso firme, la punta húmeda. Él soltó un gruñido bajo.
—Te la voy a meter ya —dijo ella, con una sonrisa cansada y sucia.
—Hazlo.
Silvia se colocó debajo, abriéndose las piernas con una naturalidad obscena. Marcos pasó la punta de la polla por su coño, empapándola en su humedad, y empujó despacio, apenas un poco, hasta sentir cómo cedía la entrada. Ella gimió al primer tramo, apretándolo con la boca y los muslos, y él se quedó ahí un segundo, sintiendo el calor cerrado a su alrededor, antes de hundirse del todo con un empuje lento que les arrancó un suspiro a los dos.
—Eso es… —jadeó Silvia, arqueando la espalda—. Más.
Él se la folló con ritmo firme, profundo, golpeando al fondo cada vez más seguro mientras la cama crujía debajo. Silvia se agarraba a él, primero a los hombros y luego a la espalda, marcándole la piel con las uñas. Cada embestida le sacaba un gemido distinto, entre placer y necesidad, y ella acompañaba el movimiento levantando las caderas, buscándole el ángulo, ofreciéndole el coño abierto y mojado para que la siguiera rompiendo a base de pollazo limpio.
Marcos cambió la postura, le levantó una pierna sobre su hombro y la abrió más todavía. Desde ahí entró más hondo, el falo entrando y saliendo con una fricción perfecta que la hacía temblar desde los muslos hasta la garganta. Silvia gritó su nombre una vez, luego otra, con la voz cada vez más deshecha. Él le sujetó la cadera con una mano y con la otra volvió a tocarle el clítoris, masajeando en círculos pequeños mientras la embestía sin pausa.
—Te estás poniendo más estrecha —murmuró él, notando cómo lo apretaba al borde de la corrida—. Te gusta que te deje así de jodida.
—Sí… sí… dame más.
La respuesta de ella lo empujó a seguir más fuerte. La cama golpeaba la pared, la respiración de Silvia se había vuelto un jadeo continuo y roto, y el coño le latía alrededor de la polla con una avidez que lo tenía al límite. Él la mantuvo así hasta que el cuerpo de ella se tensó de nuevo, una contracción profunda que la hizo correrse con un gemido ahogado y una sacudida de caderas. Sentirla apretarlo así le arrancó a él un gruñido bajo, casi un aviso, y siguió moviéndose, cada vez más pesado, más urgente, hasta hundirse unas últimas veces con violencia contenida.
Cuando llegó el final, Marcos la empujó contra la sábana, apretando los dientes, y se corrió dentro con un temblor largo del abdomen. El semen salió caliente y espeso, llenándola por dentro mientras él seguía clavado en ella, inmóvil, respirando como si acabara de correr una carrera. Silvia le rodeó la espalda con las piernas y lo mantuvo ahí, sintiendo todavía las últimas pulsaciones dentro del coño.
Después quedaron tumbados en silencio. La maleta seguía a medio hacer sobre la silla del rincón.
—¿Me vas a echar de menos? —preguntó ella, con la voz todavía alterada.
—Más de lo que crees —respondió Marcos.
No era mentira del todo. Solo era una respuesta incompleta.
***
A la mañana siguiente, Marcos cargó la maleta en el maletero de la Triumph y esperó en la calle mientras Silvia cerraba el piso. El frío de noviembre era seco y directo, de esos que no avisan.
—Vamos justos —dijo ella, revisando la hora en el teléfono mientras bajaba los escalones.
—Llegamos de sobra. Sube.
El trayecto hasta Delicias fue rápido. Silvia iba detrás, con los brazos alrededor de su cintura y la barbilla apoyada en su espalda. No hablaban. Marcos conocía ese silencio: era el de cuando ella estaba contenta pero no lo decía para no estropearlo.
En la estación, él bajó la maleta del maletero y la ayudó a ajustarse la mochila sobre los hombros.
—Andén tres —dijo Silvia, mirando el billete en el móvil—. Tengo doce minutos.
—Tiempo más que suficiente.
La besó con calma. Ella le devolvió el beso con una ternura que a él le pesó de un modo que prefirió no examinar demasiado.
—Llama cuando llegues —dijo él.
—Siempre lo hago. —Ella cogió el asa de la maleta—. Cuida de tu madre.
—Lo haré.
La vio alejarse entre la gente con la maleta rodando por el suelo de la terminal, sin girarse. Marcos esperó hasta que la perdió de vista entre los torniquetes. Luego volvió a la moto.
***
Arrancó el motor sin prisa. El GPS marcaba la ruta: dos horas y veinte minutos hasta Burgos por la N-232.
Antes de salir de la ciudad, se detuvo en un semáforo en rojo y sacó el teléfono. Escribió el mensaje despacio, eligiendo cada palabra:
«Parece que tienes unos días tranquilos. Podría pasarme a hacerte compañía.»
Lo leyó dos veces. Lo envió.
***
En Burgos, Carmen estaba en el salón con el ordenador abierto y una lista de tareas que no había conseguido empezar. Diego le había dejado el apartamento ordenado, el frigorífico bien lleno y una nota con los recados pendientes que ella había doblado sin terminar de leer.
Cuando llegó la notificación, Carmen dejó el ordenador sobre la mesita y tomó el móvil.
Leyó el mensaje. Lo leyó otra vez.
La tarde de la piscina volvió como siempre volvía: de golpe y sin aviso. El calor del agua, la mano de Marcos rozando la suya, el segundo exacto en que ambos supieron que algo había cambiado aunque ninguno hubiera dicho nada. Había pasado el verano entero construyendo razones para convencerse de que no había sido nada. Razones que, en ese momento, con el mensaje en la pantalla, no valían absolutamente para nada.
Canceló la comida con sus padres con un mensaje breve. Pospuso la llamada a su amiga. Cerró la lista de Diego.
Y respondió:
«Estaré aquí. Sin planes.»
***
Marcos vio las tres palabras aparecer en la pantalla, apoyado en el sillín de la Triumph en el arcén de la N-232. Las leyó una vez.
Guardó el teléfono en el bolsillo interior de la chaqueta, se puso el casco y retomó la carretera. Los chopos a los lados perdían las últimas hojas del otoño. El cielo era gris pero sin lluvia.
***
A mitad de camino encontró una gasolinera con bar. El frío de noviembre en carretera no perdona aunque uno lleve ropa de moto, y Marcos necesitaba parar tanto como necesitaba el café.
El local olía a café recién hecho y a fritura de cocina de carretera. Detrás de la barra había una mujer de unos treinta y tantos años, con el pelo oscuro recogido sin mucho cuidado y una manera de moverse que no buscaba que la miraran pero que hacía que uno mirara de todas formas.
—¿Qué le pongo? —preguntó, con el tono directo de quien lleva horas en el turno y no tiene energía para protocolos.
—Cortado y tostada con aceite —dijo Marcos, sentándose en el taburete más cercano a la barra.
Ella asintió y empezó a prepararlo. Marcos la observó moverse con la calma de alguien que conoce bien su espacio. Tenía una cicatriz fina sobre la ceja izquierda y los dedos manchados de café, y llevaba una pulsera de cuero que tintineaba cada vez que movía la muñeca. No era el tipo de mujer que uno encuentra dos veces en el mismo lugar.
—¿Viaje largo? —preguntó ella, dejando el café frente a él.
—Burgos. Vengo de Zaragoza.
—Más de dos horas —dijo ella, como si estuviera haciendo un cálculo rápido—. Con este frío, encima.
—El frío se aguanta. El tráfico de la AP-68 ya menos.
Ella sonrió. Era una sonrisa pequeña, de esquina, que no abarcaba toda la cara pero decía más que si lo hubiera hecho.
—Me llamo Rebeca.
—Marcos.
Hablaron un rato, sin que ninguno de los dos lo planeara. De la carretera, del invierno que tardaba en asentarse ese año, de que los bares de gasolinera tienen mala fama pero que el café suele ser mejor de lo que la gente se imagina. Era una de esas conversaciones que solo existen en los lugares de paso: sin contexto, sin continuación, perfectamente contenidas en sí mismas.
Cuando Marcos pagó y se levantó para irse, Rebeca le devolvió el cambio con esa misma sonrisa de esquina.
—Buen viaje.
—Gracias. —Hizo una pausa en la puerta—. Si pasara por aquí el domingo, ¿seguiría usted de turno?
Ella lo miró un momento antes de responder. —Eso depende de cómo le vaya el fin de semana.
—Claro —dijo él—. Como todo.
Salió al frío con el sabor del café en la boca y esa sensación ligera que dejan los encuentros cortos cuando están bien medidos.
***
Volvió a la moto, se puso los guantes y retomó la carretera.
Le quedaba menos de una hora. Carmen estaba en Burgos, con tres días por delante y la puerta de su apartamento sin cerrar con llave, esperándolo.
Marcos aceleró. Los chopos pasaban a los lados como un metrónomo. Pensaba en la tarde de la piscina, en la mano bajo el agua, en los meses de distancia calculada que ambos habían mantenido desde entonces sin que ninguno de los dos lo dijera en voz alta.
Hoy iba a pasar lo que aquella tarde no pudo pasar.
Y él llevaba horas conduciendo hacia eso.
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