La noche que mi marido me compartió con otro
Llegué al estacionamiento con las piernas todavía temblorosas. Lucas me esperaba en el asiento del conductor, el motor apagado, mirando el teléfono. Me detuve un segundo antes de abrir la puerta. Sentía el calor húmedo entre los muslos como una evidencia que no iba a desaparecer sola.
Entré al coche. Me abroché el cinturón con movimientos demasiado controlados.
—¿Cómo te fue? —preguntó él sin levantar la vista del teléfono.
—Bien. La reunión se extendió más de lo esperado —dije.
Lucas asintió. Guardó el teléfono. Y cuando extendió el brazo para apoyar la mano en mi muslo, como hacía siempre antes de arrancar, me quedé sin aire.
Sus dedos se detuvieron.
Lo sentí procesar lo que tocaba: la humedad que empapaba la tela del vestido, esa mezcla tibia que no podía explicarse de ninguna forma inocente. Me miró un instante. Solo un instante. Después giró la cabeza hacia el parabrisas, arrancó el motor y salió del estacionamiento sin decir una sola palabra.
El silencio duró todo el camino a casa. Yo miraba las luces de los otros coches y pensaba en Nicolás. En el momento en que todo había empezado. En la velocidad con que había ocurrido, y también en lo mucho que me había gustado. Y pensaba también en Lucas, que conducía con una mano apoyada en el volante y el perfil sereno como si nada.
Vi con el rabillo del ojo cómo levantaba los dedos hacia su nariz. Discretamente. Casi sin mover el brazo. La respiración se me cortó.
Algo entre el miedo y el deseo se instaló en mi pecho y no se fue en todo el trayecto.
***
En casa, Lucas bajó del coche primero y entró sin esperarme. Cuando crucé la puerta, lo encontré sirviéndose un whisky en la cocina. Me quedé parada en el umbral del salón. Él no se giró.
Quise ir al baño. Necesitaba ducharme, borrar cualquier rastro antes de que la situación se volviera insostenible. Pero antes de dar el primer paso, escuché su voz.
—Quédate.
Una sola palabra. Tranquila. Con ese peso específico que Lucas ponía en las cosas cuando hablaba en serio.
Se giró con el vaso en la mano y me observó durante unos segundos que se hicieron muy largos. Después dejó el vaso sobre la encimera y caminó hacia mí. Esperé que sus ojos se endurecieran. Esperé una pelea. Pero cuando llegó hasta donde yo estaba, su expresión no era de rabia.
Su mano se deslizó despacio por mi cadera, bajó por el lateral del muslo y se coló bajo el dobladillo del vestido. Cerré los ojos. Un gemido me escapó antes de que pudiera retenerlo.
—¿Lo hiciste? —preguntó en voz baja.
No tenía palabras. Tomé su muñeca, saqué su mano de entre mis piernas y la acerqué a mi boca. Lo miré a los ojos mientras le lamía los dedos. Él me devolvió la mirada sin pestañear.
Lo que vino después fue intenso y sin protocolo. Me arrancó el vestido. Me empujó contra la pared del salón. Me besó con una ferocidad que no le había visto en mucho tiempo, y yo respondí con la misma furia acumulada: la culpa, la excitación, el alivio de que lo supiera y no se hubiera roto nada.
Se arrodilló frente a mí. Levantó mis piernas. Me devoró sin ningún reparo, con una atención y una urgencia nuevas que no podían ser ajenas a lo que sabía que estaba probando. Nunca lo había sentido así de hambriento. El morbo de la situación lo amplificaba todo y yo no podía hacer nada por detenerlo. Tuve un orgasmo tan largo y húmedo que tuve que apoyarme en la pared para no caer.
Después me llevó al sofá y me tomó por detrás con una intensidad que dolía de la mejor manera. Me preguntó qué había pasado mientras me embestía, y yo le conté sin mucho detalle pero sin mentiras: que había sentido a otro hombre dentro de mí, que era alguien del trabajo, que me había gustado más de lo que debería. Esas palabras nos encendieron a los dos de una forma que ninguno de los dos esperaba. Terminamos juntos, exhaustos, desordenados, en un silencio completamente distinto al del coche.
***
Los días siguientes en la oficina fueron extraños. El sexo con Lucas había adquirido una urgencia nueva, casi violenta, como si lo que había ocurrido hubiera destapado algo que llevaba tiempo esperando salir. Nicolás había estado de viaje por trabajo esa semana, lo que lo hizo todo más fácil de manejar desde la distancia.
Cuando volvió, lo esquivé. Cambiaba de pasillo cuando lo veía venir. Buscaba excusas para no coincidir en la sala de reuniones ni en el ascensor. Pero una tarde, mientras esperaba junto a la fotocopiadora con una carpeta bajo el brazo, escuché sus pasos acercarse.
—¿Por qué me evitas? —preguntó.
Intenté rodearlo. Su brazo bloqueó el paso.
—Nicolás. —Lo miré directamente—. Lo que pasó no puede repetirse. Estoy casada y quiero a mi marido. Nada ha cambiado para mí. Por favor, trata eso como un error que no debió ocurrir y no insistas más.
Salí antes de que pudiera responder. Esa misma noche le conté todo a Lucas: que Nicolás había vuelto, que había intentado hablar conmigo, que la situación en el trabajo se estaba complicando y yo no sabía cómo manejarlo.
Lucas me escuchó sin interrumpir. Cuando terminé, me dijo que me diera un baño largo, que se encargaría él.
—¿Qué vas a hacer? —pregunté.
—Confía en mí.
***
Me metí en la bañera sin sospechar nada. El agua estaba caliente y el baño duró casi dos horas. Cuando salí, Lucas entró al dormitorio y me miró con una sonrisa tranquila que no terminé de interpretar.
—Necesito que te pongas el vestido negro. El corto, sin mangas, el que te queda justo. Sin sujetador. Con la tanga más pequeña que tengas. Y baja al salón.
Pensé que buscaba continuar con lo que habíamos estado haciendo esas noches. Me vestí sin preguntar: el vestido negro que me llegaba a mitad del muslo, una tanga diminuta de encaje, unos tacones que me estilizaban las piernas. Me miré en el espejo y me gusté lo que vi.
Bajé las escaleras escuchando el eco de mis tacones en el suelo de madera. Mis piernas empezaban a asomarse al salón antes de que yo llegara abajo del todo.
Y entonces lo vi.
Nicolás estaba sentado en mi sillón, frente a Lucas, con una copa en la mano y una expresión que oscilaba entre la sorpresa y algo que era claramente esperanza.
El susto fue físico. Me detuve en el último escalón. Lucas extendió la mano hacia mí con total calma.
—Ven —dijo.
Bajé el último peldaño y me acerqué despacio. Lucas me tomó de la mano y me sentó en su regazo. Me alcanzó su vaso de whisky. Lo bebí de un trago largo.
—Nicolás —dijo Lucas con una voz que no admitía interrupciones—. Valeria es mi mujer y no estoy dispuesto a compartirla en ningún sentido romántico. Eso tiene que quedar claro desde ahora mismo. Lo que pasó entre ustedes ocurrió dentro de una fantasía compartida, pero eso no les da ningún derecho a repetirlo por iniciativa propia. Si vuelves a intentar acercarte a ella en el trabajo o fuera de él, tendremos un problema serio.
Nicolás asentía con incomodidad. Era evidente que había imaginado una reunión muy distinta cuando Lucas lo invitó usando mi teléfono, haciéndose pasar por mí.
—Lo que pasó —continuó Lucas— fue impulsado por circunstancias que los dos dejamos crecer. Lo voy a dejar pasar. Pero esta noche hay reglas. Y se respetan.
Sirvió tres shots de tequila sobre la mesa de centro. Los tomamos en silencio. Después Lucas se levantó, fue al equipo de música y puso algo lento. Se giró hacia nosotros con los brazos cruzados.
—Quiero verlos bailar.
***
El baile empezó torpe y raro. Nicolás me tomó la mano con cuidado, como si temiera romper algo. Su otra mano reposaba con cautela en mi cintura. Yo miraba por encima de su hombro hacia Lucas, que observaba desde el sillón con el vaso en la mano y una expresión imposible de descifrar.
—¿Así bailas con mi mujer? —dijo Lucas en tono casi divertido—. Relájate.
Sentí la mano de Nicolás tensarse. Me atrajo hacia él con más decisión. Nuestros cuerpos se pegaron. Noté el calor de su pecho contra mis pezones, que respondieron solos a la proximidad y al calor acumulado de los últimos shots. La situación tenía algo de absurda y de excitante al mismo tiempo: bailar con el hombre con quien me había acostado, frente a mi marido, que nos miraba como si estuviera presenciando algo que llevaba tiempo esperando.
Lucas sirvió más shots. Los tomamos sin separarnos. La música cambió a algo más rápido, con más ritmo.
—Perreo —dijo Lucas simplemente, desde el sillón.
Me giré. Le di la espalda a Nicolás. Sentí cómo su cadera encontraba la mía, cómo su erección presionaba contra mis nalgas mientras el vestido apenas me cubría. Empecé a moverme. Él me siguió con naturalidad. Sus manos se apoyaron en mis caderas y me pegó más a él, y yo dejé que lo hiciera.
Lucas nos miraba desde el sillón, inclinado hacia adelante, los codos sobre las rodillas. No apartaba los ojos de nosotros.
Me incliné hacia adelante y separé un poco más las piernas. El vestido se levantó lo justo. Nicolás entendió la invitación y comenzó a frotarse contra mí con más insistencia. El tacto de ese cuerpo conocido pero ajeno, y los ojos de Lucas capturando cada detalle, me encendían de una forma que no tenía nombre preciso.
—Mientras solo sea así, no hay problema —dijo Lucas desde el sillón.
Me giré hacia él con una sonrisa lenta. Después aparté la tanga con los dedos y empujé hacia atrás.
Nicolás tardó apenas un segundo en entender. Lo sentí deslizarse dentro de mí. Los tres nos quedamos inmóviles un instante. Después empecé a moverme, y los sonidos de la habitación cambiaron.
***
Lucas se puso de pie. No con prisa, no con rabia. Caminó hacia mí con esa calma suya que últimamente me resultaba más excitante que cualquier otra cosa. Me tomó de la mano y tiró suavemente.
Sentí a Nicolás salir de mí cuando di el primer paso. Lucas nos miró a los dos.
—¿Subimos? Arriba hay más espacio para esto.
Subimos los tres. Nicolás nos seguía algunos pasos atrás, como si todavía no terminara de creer lo que estaba ocurriendo.
En el dormitorio, Lucas me abrazó por la cintura y me besó despacio. Me dijo al oído que nunca había imaginado que verme así fuera a excitarlo tanto. Se quitó los pantalones. Yo lo miré y lo tomé entre las manos.
—Pasa —le dijo Lucas a Nicolás, señalando con la cabeza hacia mí. Y se hizo a un lado.
Nicolás se acercó con titubeo. Fui yo quien lo tomó de la camisa y lo atraje hacia mí para besarlo. Había algo completamente diferente en ese segundo encuentro: sin urgencia compulsiva, sin culpa que todo lo enturbiara, con Lucas presente y consciente de cada movimiento. Me permití disfrutarlo sin reservas.
Le quité la ropa. Él me quitó el vestido. Me quedé solo en la tanga negra, que tardó poco en desaparecer también. Nicolás era más delgado que Lucas, más joven, con el cuerpo de alguien que todavía tiene cosas que demostrar. Lo guié hasta la cama.
Me puse a cuatro patas y lo dejé entrar desde atrás. Después cambié de posición y me senté sobre él, marcando el ritmo con las caderas. Desde esa postura podía ver a Lucas, que se había instalado en el sillón del rincón y nos miraba sin disimulo, con la mano moviéndose despacio entre sus piernas.
—Me encanta ver cómo desaparece dentro de ti —dijo con voz ronca.
La frase me golpeó directo en el vientre. Sentí la mano abierta de Lucas en mis nalgas, una nalgada seca que me sacudió hacia adelante. Después su peso sobre el colchón, su calor pegado a mi espalda.
Entró por detrás despacio, calibrando, sin prisa. La presión fue intensa. Me quedé quieta un momento con los ojos cerrados, respirando, hasta que los dos encontraron un ritmo compartido. Era una sensación sin parangón: llena de una forma que nunca había experimentado, con la mezcla de dolor y placer amplificados por lo absolutamente prohibido de la situación. Mi cama. Mi dormitorio. Mi marido. Y ese otro hombre que no debería estar aquí y que sin embargo estaba.
Duró poco tiempo. La saturación sensorial era demasiada para los tres. Lucas llegó primero, con un gemido contenido que sentí vibrar dentro de mí. Eso fue suficiente para llevar a Nicolás al límite, que se tensó y eyaculó segundos después. Y yo me vine con los dos todavía dentro, un orgasmo tan largo y profundo que me dejó sin fuerzas, derrumbada sobre el pecho de Nicolás mientras Lucas se recostaba a mi lado.
***
Nicolás se marchó poco después. Lucas y yo nos quedamos en la cama, en silencio, su mano abierta sobre mi cadera.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —dije. Y era completamente verdad.
Esa noche empezó algo que ninguno de los dos sabía todavía cómo llamar. Pero los dos teníamos claro que no había terminado aquí.