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Relatos Ardientes

Descubrí su engaño y esa noche me dejé seducir

Me llamo Renata, tengo treinta y nueve años y, hasta hace unos meses, habría jurado que tenía un buen matrimonio. Llevábamos catorce años casados, teníamos un hijo y una casa tranquila en la que casi nunca discutíamos. Esa calma me parecía la prueba de que lo nuestro funcionaba. Tardé en entender que la calma, a veces, es solo lo que queda cuando alguien ya dejó de luchar.

Las primeras señales fueron pequeñas. Mi esposo, Hernán, empezó a llegar tarde con explicaciones demasiado redondas. Algunas noches avisaba que se quedaba en la oficina y dormía allá, algo que en años nunca había hecho. Decía que era un proyecto importante, que pronto pasaría. Yo le creía, porque era más cómodo creerle que hacerme preguntas que me daban miedo.

Una tarde, mientras él se duchaba, su teléfono se iluminó sobre la mesa de noche. No suelo revisar sus cosas. Esa vez algo en mí lo hizo. Abrí la conversación y leí mensajes de ese mismo día dirigidos a una mujer que yo no conocía. Le escribía que la deseaba, que contaba las horas para volver a metérsela hasta el fondo, que no se sacaba de la cabeza el sabor de su coño. Le hablaba con un fuego que yo no recordaba haber sentido de su parte en mucho tiempo.

Le tomé una foto a la pantalla con mi propio celular. Pensé que la usaría para enfrentarlo, para tener pruebas cuando le exigiera la verdad. Nunca lo hice. El agua seguía corriendo en el baño y yo seguía sentada al borde de la cama, con el teléfono temblándome en la mano, incapaz de decidir qué clase de mujer iba a ser a partir de ese momento.

***

Unos días después me quedé sola en casa. Hernán se había llevado a nuestro hijo a un partido, y yo decidí distraerme con las fotos viejas guardadas en la computadora. Quería que esos recuerdos felices me sirvieran de consuelo, aunque fuera por un rato. Navegando entre carpetas encontré una con un nombre raro, una secuencia de letras sin sentido. Al intentar abrirla me pidió una contraseña.

No tengo idea de informática, pero recordé el nombre de aquella mujer de los mensajes. Lo escribí casi sin pensar. La carpeta se abrió de golpe.

Estaba llena de fotos y videos. Tardé un instante en entender lo que veía, y cuando lo entendí ya era tarde para no haberlo visto. Era él. Era la misma mujer del chat. Había una foto de ella arrodillada en un piso de hotel, con la boca abierta y la polla de mi marido apoyada en la mejilla. Había otra en la que él le agarraba el pelo con el puño mientras la penetraba por atrás, y se le veía la cara de placer que yo no le veía hacía años. Puse un video sin querer, y me llegó de golpe el sonido de ella gimiendo mientras Hernán le repetía «así, puta, apretame la verga con ese culito» en un tono que jamás había usado conmigo. No era un desliz de una noche; por las fechas, llevaban meses. Me quedé mirando la pantalla hasta que la imagen se volvió borrosa, y recién entonces me di cuenta de que estaba llorando.

Esa noche Hernán llegó como si nada. Yo tampoco dije nada. Quizás por orgullo, quizás porque sentía que ponerlo en palabras lo haría todavía más real. Los días siguientes me volví otra persona. No tenía ganas de nada. Él no lo notó, porque hacía tiempo que apenas me miraba. Una noche me buscó en la cama, me bajó la bombacha sin decir palabra, se me subió encima y me la metió seca. Se movió tres o cuatro minutos, terminó adentro con un gruñido corto y se dio vuelta a dormir. No lo disfruté, ni me mojé, ni me miró a la cara una sola vez. Eso, de algún modo, dolió más que las fotos.

***

Todo eso se lo conté a Lucía, una amiga de la juventud con la que me reencontré por casualidad en un supermercado. Nos fuimos a tomar un café que terminó durando tres horas, y le vacié encima todo lo que llevaba guardado. Ella me escuchó sin juzgarme. Después me agarró las manos por encima de la mesa y me dijo que esa noche no me iba a dejar sola, que me sacaba a bailar aunque fuera arrastrándome.

Acepté sin ganas. Me puse un vestido que ella me prestó, un enterito negro muy ceñido con un escote redondo que dejaba a la vista el canal entre mis pechos. Cuando me miré al espejo no me reconocí, y por primera vez en semanas eso no me pareció algo malo.

Fuimos a un club al que yo no habría entrado nunca por mi cuenta. Bebimos demasiado rápido y bailamos como dos adolescentes, riéndonos de nada. Por un par de horas olvidé las fotos, los mensajes, la cama fría. Olvidé que era la esposa de alguien que ya no me quería.

Estábamos compartiendo unos cócteles en nuestra mesa cuando se acercó un hombre. Se presentó como Adrián. Era alto, de barba bien recortada, con esa seguridad tranquila de quien no necesita esforzarse para que lo miren. Llevaba un traje sin corbata, la camisa con los dos primeros botones abiertos. Tendría unos cuarenta y tantos. Nos invitó una ronda y, después de un rato de charla, me invitó a bailar.

Al principio me negué. Le dije que estaba bien donde estaba. Fue Lucía la que me empujó del brazo, riéndose, hasta que no me quedó más remedio que ponerme de pie.

***

En la pista, el alcohol terminó de soltarme. Bailamos todo lo que el DJ puso: salsa, bachata, algo de cumbia. Adrián bailaba pegado pero sin invadir, con una mano firme en mi cintura que me hacía sentir, por primera vez en mucho tiempo, que alguien me estaba prestando atención de verdad. Cada vez que giraba, su barba me rozaba la sien y yo sentía un cosquilleo bajar por la espalda hasta terminar entre las piernas. En una de esas vueltas me pegó contra su cuerpo y sentí clarito el bulto de su verga tensa contra mi cadera. No la escondió, no se apartó. Yo tampoco.

—Tu marido es un hombre con suerte —me dijo al oído, justo cuando bajaba la música.

Estuve a punto de reírme. Si supieras, pensé.

—No estés tan seguro —contesté, y me sorprendió el tono de mi propia voz.

Volvimos a la mesa. Hablamos largo rato, los tres al principio, después casi solos él y yo, porque Lucía se había puesto a coquetear con el barman. Adrián no dejaba de decirme lo hermosa que me veía con ese vestido, y yo, que llevaba semanas sintiéndome invisible, me dejé envolver por cada palabra como si fuera agua después de una sequía. En algún momento, por debajo de la mesa, su mano se apoyó en mi muslo desnudo y fue subiendo despacio hasta rozar el borde de la bombacha. Yo abrí un poco las piernas sin darme cuenta.

Cuando Lucía insinuó que era hora de irnos, él se ofreció a llevarnos. Ella estaba bastante mareada, así que aceptamos. La dejamos primero en su casa, nos aseguramos de que entrara bien, y entonces me quedé a solas con Adrián en el auto. Él propuso pasar a tomar la última copa en su departamento. Hubo un silencio. Yo sabía perfectamente lo que significaba aceptar. Dije que sí.

***

Su departamento era ordenado, con la luz justa. Me sirvió una copa de vino blanco y nos sentamos en el sofá. Hablamos un rato más, aunque ya ninguno de los dos prestaba demasiada atención a las palabras. Su mano se posó en mi rodilla. La aparté con suavidad.

—No te olvides de que estoy casada —dije, casi como un trámite.

—No me olvido —respondió, y dejó la mano quieta, esperando.

El problema no era él. El problema era todo lo que yo traía adentro: la imagen de Hernán cogiéndose a esa mujer, agarrándola del pelo, corriéndose en su boca; las noches en la oficina; la cama en la que me había dejado terminar sin mirarme. De pronto la culpa que debería haber sentido se transformó en otra cosa, en una rabia caliente que se me subió entre las piernas y necesitaba salir por algún lado.

Cuando él se inclinó para besarme, no me resistí. Lo besé yo primero, con una furia que no sabía que tenía. Me subí a horcajadas sobre él en el sofá y le abrí la camisa de un tirón, haciendo saltar algún botón. Adrián me bajó el cierre del vestido despacio, recorriéndome la espalda con la yema de los dedos, y ese contraste entre mi prisa y su calma me encendió todavía más. Cuando el enterito me cayó a la cintura, no tenía corpiño. Se quedó mirándome las tetas un segundo largo antes de tomarlas con las dos manos, y yo eché la cabeza hacia atrás.

—Qué tetas hermosas tenés —me dijo con la voz ronca, y se metió un pezón en la boca.

Me lo chupó despacio, mordiéndolo apenas, tirando con los dientes hasta hacerme gemir. Pasó al otro y le hizo lo mismo, mientras yo me refregaba contra el bulto duro que sentía debajo. Le busqué el cinturón, se lo desabroché con torpeza, le bajé el pantalón y el bóxer hasta la mitad del muslo. Cuando le saqué la verga afuera me quedé quieta un instante: era gruesa, más gruesa que la de Hernán, con la punta ya brillante. La agarré con la mano y empecé a masturbársela sin apurarme, marcándole el ritmo con el puño.

—Bajate y mamámela —le dije al oído, y no reconocí mi propia voz.

Me deslicé al piso, entre sus rodillas, y me la metí en la boca sin ceremonia. Empecé por la punta, chupando y sacando la lengua por la ranura hasta que sentí el gusto salado del líquido preseminal. Después fui bajando todo lo que pude, tragándola hasta el fondo de la garganta. Adrián me agarró el pelo con las dos manos y empezó a marcarme el vaivén, sin ser brusco, pero firme. Yo lo miraba desde abajo mientras se la chupaba entera, con saliva chorreándome por el mentón, y él soltaba unos gruñidos que me hacían apretar los muslos. Le solté la verga, se la lamí de arriba abajo como un helado, le chupé los huevos uno por uno, y volví a metérmela hasta arcada.

—Así, así, mamámela toda —jadeaba él, tirándome del pelo.

No había nada de delicado en lo que yo sentía, pero cuando me levantó del piso y me tumbó de espaldas en la alfombra, él se tomó su tiempo. Me terminó de sacar el vestido y la bombacha, me abrió las piernas y se quedó mirándome el coño como si nunca hubiera visto uno. Después bajó la cabeza y me pasó la lengua entera, desde el culo hasta el clítoris, en una sola pasada larguísima que me hizo arquearme.

—Estás empapada —murmuró contra mi carne.

Me chupó el clítoris con los labios, dibujando círculos con la punta de la lengua, y me metió dos dedos adentro al mismo tiempo. Los curvó buscando ese punto que Hernán nunca había encontrado, y lo encontró a la primera. Empezó a sacudir la mano mientras me devoraba, y yo le agarré la cabeza y le empujé la cara contra mí, sin vergüenza, moviendo la cadera contra su boca. En pocos minutos exploté por primera vez, con un grito que me salió del fondo, apretándole los dedos con el coño como si no lo quisiera soltar.

No me dio tiempo a bajar. Me levantó en brazos y me llevó a su cama, todavía temblando, y me tiró boca abajo. Me puso una almohada bajo la cadera, me abrió las piernas con la rodilla y me penetró de una sola estocada larga. Grité contra las sábanas. Se sintió gruesa, llena, pegando adonde tenía que pegar. Se quedó un segundo hundido hasta el fondo, respirándome en el cuello, y después empezó a moverse despacio, sacándola casi entera antes de volver a metérmela hasta el hueso.

—Qué apretado lo tenés, carajo —me susurró.

—Cogeme más fuerte —le pedí, y me sorprendió cuánto necesitaba decirlo.

Me obedeció. Me agarró de las caderas y empezó a embestirme sin control, con el ruido húmedo de nuestros cuerpos chocando llenando la habitación. Yo mordía la almohada, arqueaba la espalda, le levantaba el culo para que llegara más profundo. Me dio unas palmadas en las nalgas que me pusieron la piel colorada y yo, en lugar de quejarme, le pedí más. Después me dio vuelta, me puso las piernas sobre sus hombros y me volvió a meter la verga hasta el fondo, mirándome a los ojos. Desde ese ángulo la sentía todavía más grande. Se agachó a chuparme las tetas mientras me cogía, y yo le clavé las uñas en la espalda hasta hacerlo gruñir.

Nos cambiamos varias veces. Me monté encima y le cabalgué la verga rebotando sobre él, con las tetas saltándome, mientras él me apretaba las caderas y me miraba desde abajo con los ojos entrecerrados. Me puso de costado, cucharita, y me la metió por atrás mientras me pellizcaba los pezones y me susurraba al oído todo lo que iba a hacerme. Cada vez que sentía que iba a acabar, él bajaba el ritmo, me daba respiro y me volvía a llevar al borde. Perdí la cuenta de mis propios sonidos. Grité de un modo que jamás me había permitido gritar con mi marido.

—Me voy a correr adentro —me avisó, con la mandíbula tensa.

—Sí, corrámonos juntos —le contesté, agarrándole el culo para que no saliera.

Me embistió cuatro, cinco veces más, fuerte, hasta el hueso, y sentí el chorro caliente llenándome mientras yo explotaba otra vez, apretándolo con el coño en cada espasmo. Se derrumbó encima mío, jadeando, y nos quedamos así un rato largo, pegados por el sudor, con su verga todavía dentro, latiendo. Cuando por fin nos quedamos quietos, agotados, con la respiración entrecortada, me di cuenta de que hacía años no me sentía tan despierta, tan presente dentro de mi propio cuerpo.

***

Ya casi amanecía cuando me vestí. Adrián, como buen caballero, se ofreció a llevarme. Me dejó a la vuelta de la esquina, sin que yo se lo pidiera, para que nadie me viera bajar de su auto. Entré en silencio, me puse el pijama y me metí en la cama con la intención de dormir un par de horas antes de que sonara el despertador. Todavía tenía el semen de Adrián dentro; podía sentirlo cada vez que apretaba los muslos.

Hernán se removió al sentirme y, medio dormido, empezó a acariciarme. Yo todavía venía sensible, con la piel encendida por la noche anterior. La habitación estaba a oscuras. Me dejé tocar. Me subió el pijama, me bajó la bombacha, y cuando me metió la mano entre las piernas se encontró con el coño empapado, hinchado, todavía resbaloso por adentro. Soltó un ronquido de sorpresa que interpretó como deseo mío. Me montó, me la metió, y por una de esas ironías que solo la vida sabe inventar, esa madrugada tuve sexo con mi esposo y lo disfruté como hacía mucho no lo disfrutaba. Solo que no era a él a quien yo le entregaba el cuerpo. En mi mente estaba Adrián: su barba raspándome la cara interna de los muslos, su verga gruesa abriéndome, sus manos apretándome el culo, la corrida ajena que Hernán ahora empujaba más adentro sin saberlo. Era a Adrián a quien me entregaba con cada movimiento, y me corrí en silencio, mordiéndome el labio, mientras mi marido se descargaba encima de la corrida de otro.

Después de esa primera vez, Adrián y yo seguimos viéndonos en secreto. Nunca prometimos nada, ni falta que hacía. Nos buscamos en hoteles, en su departamento, una vez incluso en mi propia casa una tarde en que Hernán estaba en el trabajo, o quizás con su amante; a esta altura ya no me importa demasiado dónde esté. Adrián me cogió en mi propia cama matrimonial, me hizo acabar tres veces sobre las sábanas donde duermo con mi marido, y me lamió el coño hasta dejarme sin fuerzas antes de irse.

No sé si lo que hago está bien o está mal. Hubo un tiempo en que esa pregunta me habría quitado el sueño. Hoy duermo perfectamente. Descubrí que llevaba años apagada por sostener un matrimonio que el otro ya había soltado mucho antes, y que volver a sentirme deseada, follada, mojada, no me convirtió en una mala mujer, sino en una mujer viva.

Esta es mi confesión. Gracias por leerme.

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Comentarios(8)

Cata_cba

tremendo!!! me engancho desde el primer parrafo, no pude parar de leerlo

MiriamSol

Que forma tan hermosa de contar algo tan doloroso. Se siente real, no inventado. Muy buen relato

LaRebelde_33

Hay segunda parte? quedé con muchisimas ganas de saber como sigue todo esto jaja

PabloNqn

me recordo a una situacion que viví hace unos años, esas cosas te cambian la cabeza. muy buen relato

Curiosa_87

Como te animaste a contarlo? se nota que es genuino, muy bien narrado la verdad

NocheEnVela

buenisimo, se me hizo corto queria que siguiera mas

DarkSur77

Las confesiones reales tienen algo que los relatos inventados no pueden igualar. Saludos

SilviaRoca

ese momento donde algo dentro tuyo cambia y decidís dejarte llevar... lo entende cualquiera que haya pasado algo parecido. gracias por compartirlo

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