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Relatos Ardientes

Cuando mi mujer eligió marcharse con su amante

4.4 (10)

Rodrigo llegó a casa cerca de las cuatro de la tarde, todavía con el nudo de la corbata a medio soltar y el bolso de cuero colgando del hombro. El viernes había sido un día de mierda desde las nueve de la mañana. Solo quería tirarse en el sofá con una cerveza bien fría y no pensar en nada.

Pero al abrir la puerta se quedó paralizado.

Natalia estaba de pie en medio del salón, junto a una maleta negra mediana que él no había visto nunca. Vestido rojo ceñido que apenas le tapaba la mitad del muslo, tacones negros de aguja, medias de red y el pelo recogido con un mechón suelto cayéndole sobre la mejilla. Labios carmesí, ojos marcados en negro. Olía a su perfume de los días especiales mezclado con algo más difícil de nombrar: la tensión de una mujer que ya lleva horas esperando que llegue la noche.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Rodrigo, dejando caer el bolso junto a la pared.

Natalia lo miró sin apartar los ojos.

—Me voy este fin de semana, Rodri. Marcos me ha dicho que esté lista a las cuatro y media. Me va a recoger.

Rodrigo sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—¿Marcos? ¿El del club?

—Sí —dijo ella con calma—. Voy a pasar el fin de semana con él. Hasta el domingo por la noche. Me ha dado instrucciones muy claras sobre cómo quiere que llegue, y las he seguido todas.

—¿Qué instrucciones? —la voz de Rodrigo sonó más pequeña de lo que quería.

Natalia bajó la vista un momento antes de responder.

—Sin ropa interior. Perfumada. Depilada. Lista para ser suya desde el primer minuto.

Rodrigo se pasó la mano por la cara. Recordó perfectamente la primera vez que mencionó el club. Había sido él quien lo propuso, quien buscó la dirección en internet, quien la convenció de que sería solo para ver, que lo controlarían, que sería emocionante. Natalia no quería ir. Le dijo que ese tipo de lugares la ponían nerviosa, que sentía que una vez que cruzabas cierta línea no había vuelta atrás. Él se rió y le dijo que exageraba.

—Te dije lo que iba a pasar —dijo Natalia, como si le hubiera leído el pensamiento—. Te advertí que cuando ese hombre me miraba sentía algo que no había sentido nunca. Que me descomponía por dentro. Tú dijiste que podías manejarlo. Que eras lo suficientemente seguro como para disfrutarlo.

Rodrigo tragó saliva. Dentro del pantalón, su cuerpo lo traicionaba sin remedio.

Natalia dio un paso hacia él y le tomó la mano derecha. Sin decir nada más, la metió bajo el dobladillo del vestido. Sus dedos se hundieron en una humedad caliente y densa antes de que él pudiera procesar lo que estaba ocurriendo.

—Tócame —susurró ella, con los ojos cerrados un instante.

Rodrigo obedeció sin pensarlo. Dos dedos. Sin resistencia. Estaba completamente mojada, y la humedad le corrió por la palma nada más curvarlos hacia dentro.

—Así estoy desde esta mañana —dijo Natalia, mirándolo a los ojos—. Solo de pensar en ir. Ni siquiera me he tocado. Es él, Rodri. Ese hombre me hace esto solo con mandarme un mensaje.

Rodrigo retiró los dedos. Brillaban bajo la luz del salón. El olor denso y dulzón que desprendían llenó el espacio entre los dos.

Natalia se acercó más y le habló casi al oído.

—Cuando estoy en casa soy tu mujer. Te hago la cena, vemos películas, nos dormimos juntos. Pero cuando él me llama... soy suya. Completamente. Y no hay nada que puedas hacer para cambiarlo, porque tú mismo abriste esa puerta.

Antes de que Rodrigo pudiera responder, el teléfono de Natalia vibró sobre la mesa del comedor. Ella lo miró y sonrió con una sonrisa que él nunca le había visto antes: sumisa, hambrienta, completamente entregada.

—Ya está aparcando.

***

Rodrigo no bajó a la calle. Se quedó en el umbral del portal y vio cómo Natalia bajaba los escalones con la maleta en una mano y el bolso en la otra, caminando con esa seguridad que tienen las mujeres cuando saben exactamente adónde van y por qué.

El coche era un BMW oscuro que se detuvo con una precisión que irritó a Rodrigo de un modo irracional. Del asiento del conductor bajó un hombre de unos cuarenta años largos: complexión fuerte, camisa gris remangada, mandíbula marcada. Se quitó las gafas de sol con un gesto lento y evaluó a Natalia de arriba abajo antes de levantar la vista hacia el portal.

Lo miró como se mira a algo que no tiene demasiado interés.

—¿Este es el marido? —preguntó Marcos, sin molestarse en bajar la voz.

—Sí —dijo Natalia.

Marcos asintió con una sonrisa lenta y se dirigió a Rodrigo desde la acera.

—Me han hablado de ti. El tipo que llevó a su mujer a uno de esos clubes pensando que podría controlar la situación. —Hizo una pausa—. Espero que el fin de semana solo se te haga llevadero.

Rodrigo apretó la mandíbula. Quería bajar. Quería decirle que se alejara de su mujer, que no tenía ningún derecho. Pero las piernas no le respondían y algo dentro del pantalón lo traicionaba de una manera que le resultaba insoportablemente humillante.

Marcos abrió el maletero, metió la maleta de Natalia y le dio una palmada sonora en el trasero, haciendo que el vestido se le subiera un momento y dejara ver la curva desnuda de sus muslos.

—Sube. Tenemos mucho que hacer antes de que caiga la noche.

—Sí —respondió Natalia, y subió al coche sin mirar a Rodrigo ni una sola vez más.

Antes de cerrar su puerta, Marcos dirigió una última mirada hacia el portal.

—Cuídate, cornudo. Te la devuelvo el domingo.

El BMW se alejó. Rodrigo se quedó en el umbral con los dedos todavía húmedos del coño de su mujer y el ruido del motor perdiéndose calle abajo.

Entró, cerró la puerta y se apoyó contra ella.

La había jodido de verdad.

***

La primera hora la pasó en el sofá, con un vaso de whisky en la mano y la mirada fija en la pared. La rabia venía en oleadas. Contra Marcos, contra Natalia, y sobre todo contra sí mismo, que era el único al que en realidad no podía culpar de nada.

Él había propuesto el club. Él había insistido cuando ella dudaba. Él había fantaseado durante meses con la idea de que otros la miraran, de que la desearan. Pensaba que podría disfrutarlo sin perder el control, que sería un juego del que seguiría llevando las riendas.

Qué equivocado había estado.

A las ocho de la noche abrió la aplicación que usaba a veces cuando quería algo sin complicaciones. Buscó entre los contactos que tenía guardados y le escribió a Elena, una mujer con la que había quedado un par de veces antes de casarse: treinta y cuatro años, pelo oscuro, carácter directo. Le mandó un mensaje sin rodeos.

La respuesta llegó en quince minutos. Estaba libre. Le dio su dirección.

Rodrigo se duchó, se vistió y fue hasta allí con la música del coche a todo volumen, intentando no pensar en nada concreto. Pero en cada semáforo rojo llegaban las imágenes: Natalia de rodillas, Natalia con los ojos en blanco, Natalia diciendo que sí con esa voz suave que nunca usaba con él.

Elena le abrió en bata de seda. Nada más cerrar la puerta se besaron con urgencia y Rodrigo la llevó hasta la pared del pasillo. Folló con rabia. Con golpes bruscos y directos, agarrándola del pelo, diciéndole cosas que no sentía pero necesitaba decir.

Se corrió en menos de diez minutos.

Vacío total.

No fue placer. Fue un desahogo tan hueco que casi resultó más triste que quedarse en casa solo. Elena le ofreció quedarse a cenar, pero Rodrigo se vistió, le dio un beso rápido en la mejilla y se marchó sin decir gran cosa.

Llegó a casa antes de las once. Se sirvió otro whisky y se sentó en la oscuridad.

Entonces llegó el bajón de verdad.

Había follado por rabia, por demostración. Pero Natalia en este momento estaba con Marcos, disfrutando de algo que Rodrigo no sabía cómo darle, y esa diferencia —entre lo que él había hecho y lo que ella estaba viviendo— era la distancia más larga que había cruzado nunca.

Abrió el chat con Natalia. Sin mensajes. La pantalla en silencio.

Se bajó los pantalones allí mismo en el sofá y empezó a masturbarse lentamente, con los ojos cerrados y la cabeza llena de imágenes que no quería tener pero no podía dejar de construir.

Solo era viernes por la noche.

***

El sábado al mediodía llegó el primer mensaje. No era de Natalia. Era de Marcos. Un vídeo de veinte segundos.

Rodrigo lo abrió sin pensar, y se quedó sin respiración.

Natalia estaba en el suelo de un salón que él no reconocía, con las piernas abiertas y la cara sudada, mirando a la cámara con una sonrisa que él nunca le había visto. No llevaba nada. En el cuello tenía un collar de cuero oscuro. Alrededor de ella había tres hombres que la usaban sin el menor reparo.

—Rodri… me están usando mucho —decía Natalia en el vídeo, con la voz ronca y los ojos brillantes—. Y me encanta cada segundo.

Rodrigo soltó el teléfono sobre el sofá. Se quedó mirando el techo durante un minuto largo. Luego lo cogió, volvió a ver el vídeo y lo repitió tres veces seguidas.

Se masturbó mirándolo. Se corrió con fuerza. Y después se quedó en silencio, con los ojos secos pero algo apretado dentro del pecho que no era exactamente llanto pero se le parecía mucho.

El resto del sábado lo pasó en un estado extraño, a mitad de camino entre la rabia y la rendición. Durmió una siesta que no descansó. Comió algo de pie junto a la nevera. Salió a dar una vuelta y volvió antes de que oscureciera porque el silencio de la calle le parecía menos soportable que el silencio del piso.

Por la noche llegó una foto.

Natalia, a cuatro patas sobre una alfombra oscura, mirando a la cámara con una expresión que era al mismo tiempo cansancio y satisfacción absoluta. Detrás de ella, Marcos fumaba apoyado en el marco de una puerta y la miraba con la calma de quien ha conseguido exactamente lo que quería.

El mensaje decía solo: «Tu mujer es una mujer muy obediente.»

Rodrigo no respondió. No tenía qué responder.

***

El domingo transcurrió despacio, como transcurren los domingos en que se espera algo sin saber si se quiere que llegue.

Rodrigo salió a caminar por el barrio a media mañana. Las calles estaban tranquilas, con esa quietud de domingo que normalmente le gustaba. Familias tomando el sol en los bancos, niños en los columpios, parejas con el periódico bajo el brazo. Él caminaba entre todo eso como si fuera un decorado que no tuviera nada que ver con él.

En algún momento se sentó en un banco y se quedó mirando sin ver.

Pensó en cómo habían llegado hasta aquí. En los primeros años, cuando Natalia se reía de cualquier cosa y él era capaz de hacerla reír sin esfuerzo. En cómo la rutina había ido cubriendo todo de capas y capas de normalidad hasta que ya no recordaba cuándo había sido la última vez que los dos se habían reído de algo de verdad.

Él había propuesto el club buscando algo. Una chispa. Una sacudida. Pero no había esperado que la sacudida fuera tan brutal ni que se la llevara solo a ella.

Pensó también en lo otro: que Natalia no había mentido en ningún momento. Desde el principio le había dicho que ese hombre le hacía algo que ella no sabía controlar. Rodrigo lo había tomado como una advertencia menor, como esas frases que se dicen para añadir tensión al juego. Ahora entendía que no era una advertencia. Era un diagnóstico.

A las cuatro de la tarde le escribió a Natalia. Solo tres palabras: ¿Estás bien? ¿Cuándo?

El mensaje quedó en entregado durante veinte minutos. Luego llegó la respuesta:

«Bien. Esta noche. No me esperes despierto.»

Sin emojis. Sin ningún nombre. Neutra como un parte de situación.

Rodrigo lo leyó varias veces y lo dejó sobre la mesa.

***

A las diez y cuarto de la noche el BMW oscuro se detuvo frente al portal. Rodrigo llevaba más de media hora sentado junto a la ventana del salón, con la persiana a medio bajar y la luz apagada, mirando la calle.

La puerta del copiloto se abrió y Natalia bajó despacio. El mismo vestido rojo del viernes, arrugado ahora y con manchas que Rodrigo prefirió no identificar. El pelo suelto y revuelto. El maquillaje borrado casi por completo, salvo por unos rastros oscuros bajo los ojos. Caminaba con cuidado, como si tuviera los músculos de las piernas entumecidos. En el cuello llevaba todavía el collar de cuero.

Marcos bajó, sacó la maleta del maletero y se la puso en la mano a Natalia. Le dijo algo al oído que Rodrigo no pudo oír, y ella asintió con una sonrisa cansada. Él le dio una última palmada en el trasero antes de subir al coche y marcharse sin mirar hacia el portal.

Natalia subió los escalones despacio. Rodrigo le abrió antes de que llamara.

Cuando la vio de cerca, bajo la luz del pasillo, se le hizo un nudo en el estómago. Tenía el labio inferior ligeramente hinchado. Marcas rojizas en el cuello, justo por encima del collar. Los ojos brillantes de un modo que no era del todo alegría ni del todo tristeza, sino algo más difícil de nombrar.

—Hola —dijo ella con voz ronca.

—Hola —respondió Rodrigo.

Natalia dejó la maleta en el suelo y se apoyó contra la pared del pasillo. Lo miró un momento largo sin decir nada. Luego cogió su mano y la llevó directamente entre sus muslos.

El calor era intenso. La humedad, densa e irregular, no era solo de ella. Rodrigo notó la viscosidad espesa que le cubría los dedos nada más abrirla, y cuando los movió salió un sonido húmedo y obsceno que llenó el silencio del pasillo.

—Durante todo el fin de semana me usaron como quisieron —dijo Natalia, con voz suave pero sin apartar los ojos de los suyos—. El coño, la boca, todo. Me corrí más veces de las que puedo contar. Y cada vez que lo hacía pensaba en ti.

Rodrigo sacó la mano. La tenía brillante.

—¿Con culpa? —preguntó.

Natalia tardó un momento.

—No —dijo—. Con algo parecido a la gratitud. Fuiste tú quien abrió esta puerta. Y aunque no lo planeaste así, me diste algo que yo no sabía cómo pedirte.

Se quitó el collar lentamente y se lo puso en la palma de la mano abierta de Rodrigo.

—Guárdalo. La próxima vez que él me llame, me lo pondré antes de salir.

Le dio un beso corto en los labios. Un beso que sabía a cosas que Rodrigo no quería identificar. Luego se fue al baño sin decir nada más. Rodrigo oyó el ruido del agua.

Se quedó de pie en el pasillo, con el collar en una mano y la otra todavía húmeda, la polla palpitando y el corazón latiéndole en la garganta.

Sabía que nada iba a volver a ser como antes.

Y lo que más le costaba admitir, en el silencio del pasillo mientras el agua corría al fondo del piso, era que una parte de él ya estaba contando los días hasta que Marcos volviera a llamar.

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4.4 (10)

Comentarios (10)

Jorvamo86

tremendo final!!! no me lo esperaba para nada

vanesa

por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber si Natalia volvio el domingo

MarisolR

Que tristeza tan bien contada. Se me puso la piel de gallina con eso del vestido rojo y la maleta en la puerta. Muy bueno

chakal

Increible, de los mejores que lei en este sitio. Sigue asi!!!

ArgenSex

el "si el queria" al final... brutal. pocas frases me impactaron tanto en un relato

rosameler

me recordo a algo que vivi, no igual pero esa sensacion de ver a alguien que ya tomo su decision... te parte el alma

Hugo_C

muy bien escrito, se nota que le pusiste sentimiento. esperando mas

Liberal45

sigo pensando en ese vestido rojo jaja, tremenda imagen para arrancar un relato

Pato77

se hizo corto! quiero saber que paso despues del domingo

Alexei

pocas veces un relato de infieles logra ser tan emocional sin caer en el drama barato. 10 puntos

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