Mi mujer me pidió traer a los desconocidos a casa
Habían pasado cuatro días desde aquella tarde en la gasolinera abandonada cuando Carla me lo confesó por primera vez. Cuatro días en los que no había podido pensar en otra cosa. Cada noche, mientras la tenía debajo de mí, ella me clavaba las uñas en la espalda y me susurraba al oído con una voz quebrada que no le conocía.
—Marcos… ¿de verdad vas a invitarlo a casa? ¿Vas a dejar que el grandote me use cuando le apetezca? Dime que sí.
Y yo, con el pulso latiéndome en la garganta y la cabeza llena de imágenes, solo podía contestar lo mismo cada vez.
—Sí, mi amor. Quiero verte convertida en lo que sueñas ser para él.
El miércoles le escribí al número que Bruno me había dejado garabateado en un papel arrugado.
Mañana a las siete. Ven a casa. Carla te espera.
El jueves, a las siete y media, sonó el timbre.
Abrí la puerta y allí estaba él. Alto, ancho de hombros, con la barba descuidada y un brillo de sudor seco en el cuello. La camiseta negra le marcaba el pecho y los vaqueros raídos llevaban manchas oscuras a la altura de los muslos. Olía a hombre que llevaba días en la calle: a tabaco rancio, a piel sin agua y a un fondo animal que se metía bajo la nariz y no se iba. A su lado venía otro, más bajo pero más corpulento. Pelo grasiento pegado a la frente, camiseta gris desteñida con cercos amarillos bajo los brazos y una sonrisa torcida que enseñaba un colmillo roto.
—Marcos, este es Damián, mi compañero —dijo Bruno con voz ronca—. Le conté lo de tu mujercita y quiso venir a probarla. ¿Verdad que no te importa, vecino?
Damián me apretó la mano con fuerza y se rió bajito.
—Encantado. Desde aquí ya se huele lo caliente que la tienes.
Entraron sin esperar permiso. Carla bajaba las escaleras en ese mismo instante, con un vestido corto negro de tirantes finos, sin sujetador. Los pezones se le marcaban bajo la tela. Vi cómo respiró hondo al cruzarse con ellos, cómo se le dilataron las pupilas, cómo se le abrió la boca apenas un segundo.
Bruno fue directo. La agarró por la cintura, la pegó contra su cuerpo y la besó como si llevara meses esperando ese momento. Carla gimió contra él y se frotó sin disimulo. Damián se colocó detrás, le subió el vestido hasta la cintura y le metió la mano entre las piernas sin ceremonia.
—Joder, Carla… ya estás chorreando. Llevas días pensando en pollas de mendigo, ¿eh?
Asentí en silencio desde la puerta de la cocina, con la polla dura dentro del pantalón y las manos temblando.
Bruno se separó de ella y me miró por encima del hombro.
—Vamos a poner las cosas claras desde ya, Marcos. Queremos quedarnos a vivir aquí. La habitación de invitados es nuestra a partir de hoy. Vamos a follarnos a tu mujer cuando nos salga de los huevos. Mañana, tarde y noche. Tú vas a mirar, vas a limpiar lo que dejemos dentro de ella y vas a dormir en el sofá casi siempre. ¿Estamos?
Carla, con los dedos de Damián metidos hasta el fondo, giró la cabeza hacia mí. Los ojos le brillaban con una mezcla de vergüenza y excitación que no le había visto nunca.
—Di que sí, Marcos… por favor. Quiero tenerlos aquí. Quiero que me usen cuando quieran. Quiero oler a ellos todo el día.
Tragué saliva. La boca se me había secado por completo.
—Está bien. Podéis quedaros.
Los dos sonrieron como si acabaran de ganar una apuesta vieja.
***
Subieron al dormitorio principal. Carla iba entre ellos, cogida de la mano de cada uno, el vestido ya enrollado en la cintura. Me ordenaron sentarme en la butaca del rincón.
—Desde ahí miras, Marcos. No te toques hasta que te lo digamos.
Bruno se quitó la camiseta sudada. Torso ancho, vello negro pegado por el sudor de días. Damián hizo lo mismo. Se bajaron los vaqueros y las pollas salieron duras, gruesas, brillantes de un sudor espeso que llenó la habitación de un olor fuerte. Carla se arrodilló entre los dos sin que nadie se lo dijera y respiró hondo, como si quisiera memorizar el aire.
—Huele tan bien —susurró antes de agarrar la de Bruno con las dos manos.
La chupó despacio, mirándome todo el tiempo. Luego pasó a Damián, que era más grueso y le costaba meterla entera. La saliva le caía por la barbilla. Bruno le agarró el pelo y habló dirigiéndose a mí.
—Mira bien, Marcos. Mira cómo tu mujer se la chupa a dos desconocidos mejor que a ti nunca. ¿Cuántas veces la has hecho gritar de verdad? Porque nosotros vamos a hacerla correrse tres veces antes de cenar.
Damián la levantó del pelo, la puso a cuatro patas en la cama matrimonial y se la metió en el coño de una embestida. Carla gritó algo que ni yo entendí. Bruno se colocó delante y le hundió la polla en la boca. Los dos a la vez. La cama crujía con cada golpe. El olor a sudor de ambos se mezclaba con el de mi mujer, y yo, desde la butaca, sentía que algo dentro de mí se rompía y se rehacía al mismo tiempo.
—Cornudo de mierda —gruñó Damián mientras embestía—. Tu mujer tiene coño para pollas de verdad y tú ahí sentado con esa cosita.
Bruno añadió, sin dejar de empujarle la cabeza contra él.
—Desde mañana Carla duerme entre nosotros. Tú en el sofá. Y si te portas bien, te dejamos que la limpies con la lengua después de corrernos dentro.
Carla se corrió así por primera vez. Temblando entera, gritando alrededor de la polla de Bruno como si quisiera tragársela.
Después la cambiaron. Damián se tumbó boca arriba y Carla se sentó encima, empalándose hasta el fondo. Bruno se puso detrás y, tras escupir en la mano, empezó a metérsela despacio por el culo. Doble penetración completa. Mi mujer temblaba entre los dos cuerpos sudados, los ojos en blanco.
—¡Me están follando los dos a la vez, Marcos! ¡Los dos dentro! ¡Huelen tan fuerte que me vuelven loca!
Yo solo podía mirar, con la polla latiéndome dolorosamente sin atreverme a tocarla.
Cuando se corrieron fue casi al unísono. Damián dentro del coño, en chorros calientes que la hicieron gemir. Bruno dentro del culo, empujando profundo hasta el último segundo. Carla quedó tumbada con las piernas abiertas, el semen goteándole de los dos agujeros y el cuerpo brillante de un sudor que ya no era suyo.
Bruno me señaló el suelo.
—Ven, Marcos. Limpia a tu mujer.
Me arrodillé entre sus piernas. Primero lamí lo que salía del coño, mezclado con su jugo y con el sabor ácido de Damián. Después el del culo, más fuerte, más cargado. Carla me acariciaba el pelo y me susurraba con una ternura que no encajaba con nada de lo que acababa de pasar.
—Buen chico, Marcos… así me gusta. Limpia todo lo que me han dejado mis machos.
Cuando terminé, Damián me miró desde arriba con desprecio divertido.
—Mañana traemos nuestras cosas. Ropa sucia, neceser, colonia barata. Lo normal. Y vamos a empezar a marcar territorio. Tu mujer va a oler a nosotros todo el día.
Los tres se tumbaron en la cama matrimonial, Carla en el medio. Me echaron del cuarto con un gesto de barbilla. Bajé al salón con las piernas flojas y me senté en el sofá a oscuras. Desde el pasillo de arriba bajaban risas bajas y, al rato, gemidos suaves otra vez. Esa noche dormí mal y supe, con una claridad horrible, que aquello no había hecho más que empezar.
***
El viernes el timbre sonó a las diez y media de la mañana. Abrí con el corazón acelerado y allí estaban los dos, cada uno cargando una bolsa de deporte vieja que olía a tela usada durante semanas. Bruno llevaba la misma camiseta del día anterior, ahora con los cercos más oscuros bajo los brazos. Damián vestía una camiseta gris con manchas amarillentas en el pecho y unos vaqueros que parecían no haber visto una lavadora en mucho tiempo. El olor que entró con ellos al recibidor era denso pero soportable: sudor de varios días, tabaco impregnado en la ropa, ese fondo animal que ya me empezaba a resultar familiar.
Carla bajaba las escaleras justo en ese momento con una bata corta de seda negra. Se detuvo un segundo en el último escalón y respiró hondo, como había hecho la noche anterior.
—Buenos días, Marcos —dijo Bruno con esa voz ronca y segura, entrando como si la casa ya fuera suya—. Vamos instalándonos. La habitación de invitados es nuestro territorio a partir de ahora.
Damián me dio una palmada en el hombro que casi me tira al suelo.
—Y tu mujercita va a ser nuestra puta las veinticuatro horas. ¿Verdad, guapa? Diles a tus machos lo que quieres.
Carla bajó los últimos escalones despacio. La bata entreabierta dejaba ver el inicio de los pechos y el ombligo. Se paró frente a ellos, se mordió el labio inferior y respondió con voz suave pero cargada de algo nuevo.
—Quiero que os quedéis. Quiero que me uséis cuando os apetezca. Quiero despertarme con vuestras pollas dentro de mí. Quiero oler a vosotros todo el día… y que Marcos mire y limpie después.
Subieron los tres al piso de arriba. Yo los seguí en silencio, como un espectador invisible en mi propia casa. En la habitación de invitados tiraron las bolsas sobre la cama. Sacaron camisetas sudadas, calzoncillos usados, calcetines, vaqueros con manchas en la entrepierna. Colgaron todo sin orden, dejando la puerta del armario abierta para que el olor se extendiera por el pasillo. Carla se arrodilló para ayudarles, y mientras lo hacía, Bruno le abrió la bata del todo y le dejó los pechos al aire. Damián se acercó por detrás, le levantó la tela y le metió dos dedos directamente sin avisar.
—Joder, Carla. Ya estás empapada solo de vernos llegar.
—No he parado de mojarme desde anoche. Quiero que me folléis ahora. Aquí mismo.
Bruno negó con la cabeza.
—No tan rápido. Primero comemos. Luego te follamos. Y después te enseñamos algo que encontré ayer en tu baño.
***
Bajamos a la cocina. Carla se quitó la bata y se quedó solo con un delantalito blanco que apenas le cubría por delante y dejaba el culo al descubierto por detrás. Preparó pasta, ensalada y pan temblando de anticipación. Cada vez que se inclinaba sobre la encimera, el delantal se subía y se le veía la raja brillante. Sirvió los platos arrodillada entre los dos: primero a Bruno, dejándole la comida delante y dándole un beso lento sobre el bulto del pantalón; luego a Damián, lamiendo la tela donde se marcaba la cabeza gruesa.
Yo estaba sentado a la cabecera, intentando comer, pero apenas podía tragar. Durante toda la comida no pararon de humillarme.
—Mira bien, Marcos —dijo Bruno cortando la pasta—. Tu mujer está arrodillada sirviéndonos con las tetas fuera porque yo se lo ordené. ¿Cuántas veces le has pedido tú algo así? Ninguna. Porque tú ya no mandas aquí.
Damián metió la mano bajo el delantal y empezó a frotarle el clítoris despacio mientras ella gemía bajito.
—Esta tía está chorreando tanto que gotea en el suelo. Lleva días fantaseando con que dos desconocidos la dejen embarazada en su propia casa. ¿Te lo imaginas, Marcos? Verte criando a un hijo nuestro mientras ella sigue gimiendo nuestros nombres.
Carla habló con la voz entrecortada.
—Es verdad, Marcos. Quiero que me dejen embarazada. Quiero sentir cómo me llenan sin protección. Quiero que mi vientre crezca sabiendo que es de ellos.
Cuando terminaron de comer, Carla se quedó bajo la mesa. Bruno y Damián se bajaron los pantalones al mismo tiempo. Las pollas salieron duras y brillantes. Ella empezó por Bruno, lamiendo desde abajo hasta la punta, respirando hondo para llenarse de su aroma. Después pasó a Damián.
—Chúpala bien —ordenó Bruno—. Y tú, Marcos, quédate ahí sentado mirando. No te toques. Solo mira cómo tu esposa se la mama a dos pollas mejores que la tuya en tu propia mesa.
Después la follaron allí mismo. Damián la puso boca abajo sobre la madera, le levantó el delantal y se la metió en el coño de una embestida profunda. Carla gritó de placer, los pechos aplastados contra la mesa. Bruno se colocó delante y le hundió la polla en la boca hasta la garganta. La mesa crujía con cada golpe doble. Mi propio plato se movía con cada empujón.
—¡Más fuerte, Damián! ¡Bruno, fóllame la boca hasta que me ahogue! ¡Marcos, mira cómo me destrozan tus invitados!
Se corrieron casi al mismo tiempo. Damián llenándole el coño en chorros que la hicieron gemir. Bruno en la garganta, obligándola a tragar todo. Carla temblaba entera, corriéndose sin que nadie le tocara el clítoris.
Cuando terminaron, Damián fue al baño del pasillo. Tardó menos de un minuto. Salió con una sonrisa enorme y con la caja de pastillas anticonceptivas de Carla en la mano.
—Mirad lo que encontré ayer en el armarito. Tu mujercita tomaba esto para no quedarse preñada. Se acabó hoy.
Bruno se levantó de golpe, le quitó la caja y miró a Carla con los ojos encendidos.
—Tíralas ahora mismo. Se acabaron las pastillas. Desde este momento follamos sin nada. Te vamos a follar todos los días, varias veces, hasta que te quedes embarazada. Uno de los dos va a preñarte.
Carla se quedó de rodillas, mirando la caja con los ojos vidriosos. No había miedo en su cara. Solo deseo puro. Los pezones se le pusieron duros como piedras y un hilillo de semen mezclado con su jugo le bajó por el muslo.
Damián se acercó a mí y me puso la mano pesada en el hombro. Habló muy cerca de mi cara.
—Escucha bien, Marcos. Los próximos meses vamos a follarnos a tu mujer sin condón ni pastillas. La vamos a preñar. Verás cómo le crece la barriga, cómo se le hinchan las tetas, cómo se pone más cachonda que nunca. Y cuando esté embarazada de uno de los dos… nos iremos. Desapareceremos de tu casa para siempre. Te dejaremos solo con ella y con el crío. Te quedarás criando al hijo de un desconocido. Ese es nuestro plan.
Bruno añadió, sin soltar la nuca de Carla.
—Así que prepárate. Vas a ver cómo follamos a tu mujer cada día hasta que ocurra. Vas a limpiar nuestro semen cada vez. Vas a dormir en el sofá mientras ella duerme entre nosotros, con la barriga creciendo. Y cuando llegue el día, nos iremos sin mirar atrás.
Carla se arrodilló entre los dos, con la voz temblorosa pero decidida.
—Hacedlo. Por favor. Dejadme embarazada. Marcos… di que sí. Di que aceptas.
Yo, con la garganta seca y la polla latiéndome dolorosamente, solo pude asentir. No salió ni una palabra. Solo un movimiento de cabeza.
Esa misma tarde volvieron a follársela en la habitación de invitados. Esta vez sin ninguna barrera. Primero Bruno la puso a cuatro patas y se la metió hasta el fondo, empujando profundo y lento para que sintiera cada centímetro. Damián se colocó delante y le folló la boca. Luego cambiaron, doble penetración otra vez, coño y culo al mismo tiempo. Carla gritaba más fuerte que en toda mi vida.
—¡Llenadme! ¡Quiero quedarme embarazada de vosotros! ¡Quiero sentir vuestros hijos creciendo dentro!
Se corrieron dentro de ella una y otra vez. Bruno primero en el coño. Damián en el culo. Luego volvieron a empezar. Durante horas.
Por la noche los tres se tumbaron en la cama grande. Carla en medio, desnuda, con semen goteándole entre las piernas y una sonrisa que jamás le había visto antes. Bruno y Damián la abrazaban por ambos lados, una mano cada uno sobre sus pechos y sobre su sexo, como marcando territorio.
Yo me quedé en el sofá del salón, escuchando los gemidos suaves y las risas bajas que aún salían de la habitación.
Sabía que los próximos meses iban a ser una vorágine de sexo crudo y humillación constante. Día tras día, embestida tras embestida, hasta que una prueba diera positivo.
Y cuando eso pasara, cuando Carla estuviera embarazada de uno de ellos, Bruno y Damián se irían para siempre.
Dejándonos solos a mí, a mi mujer y al hijo de un desconocido.
Un hijo que llevaría dentro el recuerdo de aquellos meses en los que mi casa dejó de ser solo mía… y mi matrimonio cambió para siempre.