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Relatos Ardientes

La semana que dos hombres durmieron con mi esposa

Aquel agosto las lluvias no aflojaban. Tormentas que dejaban a media ciudad bajo el agua, calles convertidas en ríos marrones que arrastraban basura y zapatos sueltos. Llevábamos meses hablando con Damián y Esteban, los dos hombres que dormían debajo del puente de la avenida principal, a tres cuadras de nuestra casa. Roberto, el tercero del grupo, prefería el cantero del parque y nunca pedía nada.

Carolina les llevaba café por las mañanas. A veces empanadas que sobraban del almuerzo del día anterior. A veces ropa vieja que ya no usábamos. Lo que ni ella ni yo decíamos en voz alta era que con Damián y Esteban había historia. Una historia que había empezado dos meses atrás, en un callejón cerca de ese puente, cuando Carolina volvió a casa con la respiración cortada y los ojos brillantes y me contó todo sentada en mi regazo, en susurros, como si todavía no se creyera lo que había hecho.

Aquella tarde de tormenta lo discutimos en la cocina, con el ruido del agua golpeando los vidrios.

—Una semana —dijo ella—. Hasta que pare.

—¿Sabés lo que va a pasar?

Carolina no respondió. Solo me sostuvo la mirada hasta que entendí que era una pregunta inútil.

Habíamos hecho una regla años atrás: jamás permitir que nadie de la calle supiera dónde vivíamos. Era una regla sensata. La lluvia no entendía de reglas sensatas. Roberto rechazó la oferta cuando lo cruzamos en la esquina; dijo que su techo era ese puente y que mientras tuviera cartón seco no necesitaba nada más. Damián y Esteban aceptaron sin pensarlo dos veces.

Llegaron a la casa esa misma tarde con la ropa empapada y ese olor que se les pegaba después de semanas de lluvia. Carolina los recibió en el porche y les indicó los baños, uno para cada uno.

—Vayan a ducharse. Hay toallas limpias.

Damián la miró de arriba abajo, como siempre la miraba.

—Preferimos que vos nos limpiés con la boca, como otras veces —dijo, sin sonreír.

Carolina sostuvo la mirada un instante. Después señaló las escaleras con la cabeza.

—Después. Ahora a ducharse.

Salieron de los baños irreconocibles. Nunca los había visto recién bañados; el pelo todavía húmedo, la barba más corta de lo que recordaba, las uñas limpias. Carolina les pasó ropa que habíamos comprado esa misma mañana en el centro, pantalones de algodón y remeras lisas. Después los hizo pasar al comedor. El mismo comedor donde meses atrás un viejo amigo de la familia se había cogido a Carolina sobre la mesa mientras el vecino los miraba por error desde la ventana abierta.

Entre plato y plato, Esteban preguntó:

—Carolina, ¿dormís con nosotros, no?

Ella me miró buscando algo, no sé si aprobación o complicidad. Le hice un gesto con la cabeza. No quería perderme nada de lo que iba a pasar en esa habitación, y se lo dije a Damián directamente.

—Claro, Marcelo —respondió él—. Es lo que a ustedes les gusta, ¿no es cierto?

Hubo que decidir quién pasaba la primera noche. Lo resolvieron con piedra, papel o tijera, sentados los dos a la mesa como dos chicos en un recreo. Ganó Esteban. Damián apretó la mandíbula y no dijo nada, pero supe en ese instante que la noche siguiente iba a ser feroz.

***

Acomodé una silla contra la pared del cuarto de huéspedes. Carolina entró descalza, con un camisón corto que le compraba a las copas y le quedaba dos talles grande. Esteban ya estaba sentado en el borde de la cama, esperando, sin apuro.

Ella se desnudó frente a él, despacio, sin teatralidad. Primero el camisón. Después la bombacha, que dejó caer al piso con un movimiento del pie. Subió a la cama gateando, con los ojos fijos en él, y bajó la cabeza entre sus piernas. Lo lamió sin apuro, mirándolo desde abajo, mientras Esteban le agarraba el pelo con una mano firme pero no violenta.

Cambiaron de posición sin hablarse. Esteban la acostó de espaldas y bajó hasta abrirle las piernas con las palmas. La lamió mientras le metía dos dedos. Carolina apretaba las sábanas y la cara se le iba poniendo roja, no de vergüenza sino de esa tensión que yo le conocía bien y que rara vez aparecía conmigo en años de matrimonio.

Después ella misma se dio vuelta y se puso en cuatro. Llevó la mano a las nalgas y se las separó. No hizo falta más invitación. Esteban se acomodó detrás y entró de una sola vez. Carolina gimió contra la almohada, un gemido que empezó bajo y fue subiendo. Yo sabía que Damián, del otro lado de la pared, estaba escuchando cada uno de esos sonidos y mordiéndose la rabia.

Carolina lo empujó después de unos minutos, lo acostó boca arriba y se montó. Bajó despacio, mirándome a mí, no a él. Cuando lo tuvo entero adentro empezó a moverse hacia adelante y hacia atrás, con esa cadencia que se inventaba ella sola, frotándose contra él. Acabó con un grito corto que se le escapó entre los dientes. Esteban tampoco resistió y acabó dentro pocos segundos después.

Ella se quedó un momento sobre él, las dos respiraciones agitadas, sin moverse. Después se acostó al lado y cerró los ojos. La besé en la frente y salí del cuarto sin decir nada.

Damián estaba en el pasillo, sentado en el suelo con la espalda contra la pared. Los ojos le brillaban de un modo que no me gustaba del todo. Lo llevé hasta el cuarto que le había preparado al final del corredor y le palmeé el hombro.

—Mañana —le dije.

No me contestó.

***

Me levanté tarde. El hambre me sacó de la cama y bajé corriendo, recordando de golpe que había dos hombres en mi casa. Carolina estaba en la cocina, preparando huevos con una bombacha negra y una remera de tirantes que no le tapaba casi nada. Damián y Esteban estaban sentados a la mesa, esperando el desayuno como si fuera lo más natural del mundo.

—Pensé que iban a estar en otra cosa más temprano —dije, sirviéndome café.

—No me jodás, que ayer no me tocó —respondió Damián, malhumorado.

Esteban se rió. Se levantó, fue hasta Carolina y le dio una nalgada que retumbó en los azulejos. Ella se sobresaltó pero no se dio vuelta.

—Una lástima que no pudiste pasar la noche con esta puta, Dami —dijo Esteban, todavía riendo.

Carolina siguió revolviendo los huevos como si no hubiera escuchado nada. A mí me bajó una corriente desde la nuca hasta la espalda. Saber que le hablaban así, en mi cocina, mientras hacía el desayuno con casi nada puesto, me ponía más caliente de lo que estaba dispuesto a admitir esa mañana. Sigue siendo mi mujer, pensé, y al mismo tiempo no lo es.

Damián no dijo más durante el desayuno. Solo comió y miró a Carolina cada vez que ella le pasaba al lado para acercarle el azúcar o el pan. Sabía que la noche iba a ser larga.

***

Damián no esperó a la oscuridad completa. Apenas se hizo de noche, le pidió a Carolina desde la sala que subiera al cuarto y lo esperara en cuatro sobre la cama, sin ropa. Le habló como si estuviera dándole una instrucción cualquiera, y Carolina obedeció sin discutir. Subió las escaleras y la oí abrir la puerta y cerrarla detrás de ella.

Cuando entré yo a la habitación, Damián ya estaba arrodillado detrás de ella sobre la cama, con la cara enterrada entre sus nalgas. No estaba en lo de siempre. Estaba en otra parte, más arriba, y por los suspiros agudos de Carolina supe que era una sensación nueva para ella. No incómoda, pero sí nueva. La incomodidad fue derivando en una respiración pesada, los nudillos blancos sobre las sábanas, la cabeza hundida en la almohada.

Damián tenía planes. Se incorporó y se acomodó detrás de ella. Yo sabía qué venía y Carolina también. Lo habíamos hablado esa tarde mientras él dormía la siesta; ella se había preparado, se había duchado a fondo, había usado lo necesario.

—Despacio —le dijo Carolina, sin darse vuelta.

—Despacio —repitió él, y empezó.

Los primeros segundos fueron de tensión pura. Carolina respiró por la nariz, una vez, otra. Damián se quedó quieto, esperando a que ella se acostumbrara. Cuando empezó a moverse fue casi imperceptible, un balanceo mínimo de las caderas. Carolina dejó escapar el primer suspiro que ya no era de dolor.

De a poco él fue aumentando el ritmo. Carolina pasó del silencio al gemido, del gemido a las palabras cortas. Le pedía más. Le pedía más fuerte. Damián le contestaba con palmadas en las nalgas y con frases que no se las habría dicho ningún hombre del que ella esperara cariño. Frases que en otro contexto la habrían ofendido y que ahora, ahí, sobre nuestras sábanas blancas, la enloquecían.

Ella terminó cambiando de posición. Lo empujó hasta acostarlo boca arriba y se montó encima, calzándose despacio. La escena era brutal y precisa al mismo tiempo. Carolina bajaba y subía con los ojos cerrados, los dientes apretados, y a Damián se le iba acabando la resistencia.

Cuando estaba por terminar, ella se levantó. Se bajó de un movimiento, se arrodilló al costado de la cama y se lo metió entero en la boca. Damián acabó al instante. Ella tragó sin sacarlo y después le pasó la lengua hasta dejarlo limpio, con una calma que no era del todo de ella.

No era algo que hubiera hecho antes en ese orden, no conmigo al menos. Lo supe por la forma en que después me buscó los ojos, casi pidiendo permiso por algo que ya había hecho.

Yo no podía hablar.

***

Esas fueron las dos primeras noches.

Quedaban ocho más, y la lluvia, afuera, no daba ninguna señal de parar.

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Comentarios (5)

SantiagoNK

tremendo relato!!! no pude parar de leer hasta el final

Lector_GBA

Por favor que haya segunda parte, quedo picando y quiero saber como sigue todo entre ellos...

NocheBlanca

El morbo que transmite desde el principio es impresionante. De los mejores que lei en la pagina

HugodelSur

me recordo a una situacion parecida que vivi hace tiempo... muy bien narrado, se siente autentico

PabloEnrique

pocas veces un relato me genera tantas emociones encontradas a la vez jaja buenisimo

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