Lo que vi por la persiana de aquel apartamento
Me llamo Marina, y todavía hoy me cuesta entender qué clase de mujer soy. Por fuera parezco una más: treinta y pocos, rubia natural, caderas anchas, pechos pequeños pero firmes, una sonrisa que la gente describe como dulce. Por dentro, en cambio, hay algo que ni yo misma sé nombrar. Algo que se enciende con lo que no debería encenderse.
Escribo esto para sacármelo del cuerpo. Llevo demasiados meses dándole vueltas en silencio, y necesito contarlo aunque sea a alguien que no me conozca. Quizá así deje de mirarme al espejo con esa rareza con la que me miro últimamente.
No es que el sexo me fuera ajeno antes de aquella tarde. Con mi marido lo habíamos hecho cientos de veces, en todas las posturas que dos personas civilizadas pueden imaginar. Y antes de él, cuando vivía sola, me masturbaba casi cada noche. Era una rutina, como cepillarme los dientes.
Lo curioso es que sola me corría de un modo distinto. Más intenso, más largo. Como si mi cuerpo solo se soltara del todo cuando no había nadie mirándome. Me metía un dedo, después dos, y empezaba a moverme como si me hubieran soltado de una jaula. Cuando terminaba, me daba vergüenza de mí misma y me ponía colorada en la oscuridad.
Lo que me ponía cachonda de verdad no era el sexo en sí. Era la idea de hacer algo que no se debe. De estar en un sitio donde no me tocaba estar. De ver lo que no me tocaba ver. Lo prohibido tenía un sabor que el permiso nunca tuvo.
Y aquel verano, en un apartamento alquilado en Sitges, descubrí hasta dónde podía llegar esa parte de mí.
***
Andrés y yo llevábamos casi cuatro años casados. Habíamos cogido un piso de dos habitaciones en primera línea de playa por dos semanas, y mi hermana Lorena vino a pasar unos días con nosotros porque acababa de cortar con su novio y necesitaba aire. Le habíamos preparado el cuarto pequeño. A mí me pareció bien. Lorena siempre fue la más libre de las dos, la que se reía fuerte, la que se ponía bikinis que mi madre llamaba imposibles y la que volvía sola del bar a las cinco de la mañana sin dar explicaciones.
Aquella tarde había bajado a la playa después de comer, como casi todos los días, pero el sol me dio dolor de cabeza y volví al apartamento antes de tiempo. Eran las cinco y media. Andrés estaba dormido en nuestra habitación. Lorena no estaba por ningún lado. Me metí en la ducha, me quité la sal del cuerpo y me tumbé desnuda en la cama, esperando a que él se despertara y me hiciera algo. Llevaba dos días sin tocarme y ya empezaba a notarlo.
Me quedé dormida sin darme cuenta. Cuando abrí los ojos eran casi las siete. La habitación estaba en penumbra y Andrés ya no estaba a mi lado. Me incorporé en la cama. El piso estaba en silencio, ese silencio raro de los apartamentos de vacaciones cuando deberías oír alguna voz y no oyes ninguna.
Me envolví en una toalla y salí descalza al pasillo. Iba a llamarlo cuando lo oí. Una risa baja, contenida, que venía de la habitación pequeña, la de Lorena. Y después una voz de hombre. La voz de Andrés.
Me quedé clavada en el pasillo. El corazón me empezó a latir tan fuerte que estaba segura de que se oía desde dentro. Pensé en abrir la puerta de golpe, en gritar, en montar el escándalo del siglo. Pero no me moví. Algo más fuerte que la rabia me sujetó los pies al suelo.
Quería ver.
***
El apartamento tenía una particularidad: la habitación pequeña daba a un balcón corrido al que también se accedía desde el salón. Si salía al balcón y caminaba dos metros, podía mirar por la rendija de la persiana sin que me vieran desde dentro. Lo había descubierto el primer día, sin pensar nada raro.
Salí al balcón con la toalla aún sujeta a la altura del pecho. El aire de la tarde olía a sal y a aceite de bronceador. Me acerqué a la ventana de Lorena con pasos tan lentos que no me oía ni yo. Pegué el ojo a la rendija.
Tardé un segundo en entender lo que estaba viendo.
Era mi hermana. Era mi hermana de rodillas en el borde de la cama, con la mejilla apoyada en el colchón y las caderas en alto. Y detrás de ella, agarrándola con las dos manos, estaba mi marido. Andrés. Mi Andrés. Embistiéndola con una cadencia lenta y profunda, como si llevaran horas y supieran perfectamente lo que estaban haciendo.
Apreté el puño contra el marco de la ventana. Me mordí el labio para no hacer ruido. Quería bajar al salón, agarrar el primer cuchillo que encontrara y entrar gritando como una loca. No me moví. Me quedé mirando.
Lorena tenía la espalda arqueada y la melena negra desparramada sobre la sábana blanca. De vez en cuando giraba la cara y le decía algo a Andrés que yo no podía oír, y se reía con esa risa suya, baja y ronca, la misma que llevaba escuchando desde que éramos niñas. Solo que esta vez la risa tenía un punto que no le conocía.
Y entonces vi una cosa que me terminó de descolocar.
Andrés se retiró, se apoyó un poco más arriba y empezó a empujar despacio, con cuidado, en su culo. Lorena dejó escapar un quejido largo, agudo, que no era de dolor. Y se la metió entera.
***
Yo nunca había dejado a Andrés meterme la polla por ahí. Lo habíamos hablado dos o tres veces y siempre le había dicho que no, que me daba miedo, que no me apetecía. Él lo había aceptado sin protestar. Verlo ahora, hundiéndose en mi hermana con esa naturalidad de quien repite algo que ya conoce de memoria, fue como recibir un golpe seco en el pecho.
Y al mismo tiempo, lo juro por mi madre, fue como si alguien me hubiera encendido una mecha entre las piernas.
Sentí el calor subiendo desde los muslos hasta el vientre. Un calor sucio, vergonzoso, que no tenía ningún derecho a sentir en ese momento. Cerré los ojos un segundo y respiré por la boca para que no se me notara desde dentro. Cuando los abrí, ellos seguían en lo suyo, ajenos al mundo.
Lorena tenía una mano entre las piernas. Se acariciaba mientras Andrés la embestía. Vi cómo movía los dedos, deprisa, en círculos pequeños, igual que hacía yo cuando estaba sola. Igualito que yo. Cosa de familia, pensé, y casi me río en voz alta.
Estoy enferma, me dije. Estoy completamente enferma y no me importa.
Sin pensar lo que hacía, dejé caer la toalla al suelo del balcón. El aire fresco de la tarde me recorrió la piel y me erizó hasta el último vello. Me apoyé contra la pared con un hombro, separé las piernas y me llevé la mano derecha al sexo. Estaba empapada. Más que empapada: era como si me hubiera mojado encima sin enterarme.
Me metí dos dedos con la facilidad con la que se entra en una casa propia. La otra mano subió hasta el clítoris. Empecé a moverme despacio, marcando el ritmo de las caderas de mi marido al otro lado del cristal.
***
Era la cosa más sucia que había hecho nunca. Y era la cosa que más me había puesto nunca.
No pensaba en venganzas. No pensaba en abogados. No pensaba en mi madre llorando ni en los domingos arruinados para siempre. Solo pensaba en lo que estaba viendo, y en el hormigueo eléctrico que me subía desde los pies. Cada vez que Andrés empujaba, yo apretaba un poco más los dedos contra el clítoris. Cada vez que Lorena gemía, yo aguantaba la respiración para no acompañarla.
Me imaginé entrando en la habitación. Sin gritos, sin escenas, sin reproches. Me imaginé acercándome a la cama y tumbándome al lado de mi hermana, y dejando que Andrés eligiera. Me imaginé que nos elegía a las dos. Me imaginé a Lorena girándose y comiéndome el coño mientras él seguía metiéndosela por detrás. Era una imagen que no debía caber en mi cabeza, y sin embargo me corrió por dentro como agua hirviendo.
Me corrí ahí mismo, contra la pared del balcón, mordiéndome el dorso de la mano para no gritar. Las piernas me fallaron y resbalé hasta quedar sentada en el suelo, con la espalda contra los ladrillos calientes y los dedos aún clavados dentro de mí. El orgasmo no se iba. Me venía en oleadas, una detrás de otra, como si mi cuerpo llevara años esperando aquel momento sin saberlo.
Cuando por fin pude respirar normal, ellos seguían dentro. Oí el ruido seco de la cama golpeando la pared y la respiración entrecortada de Andrés acercándose al final. No me asomé otra vez. Recogí la toalla del suelo, me la lié al cuerpo y volví a nuestro dormitorio caminando como si tuviera cien años.
***
Me metí en la cama y me tapé hasta el cuello. Cerré los ojos. Cuando Andrés entró en la habitación, media hora más tarde, oliendo a ducha reciente, fingí que acababa de despertarme.
—¿Mucho rato dormida? —me preguntó, sentándose en el borde del colchón.
—No sé, perdí la noción —contesté—. Tenía la cabeza fatal.
Me besó la frente. Me dijo que iba a empezar a hacer la cena. Le sonreí como si nada en el mundo estuviera mal.
Lorena apareció a los diez minutos, recién duchada también, en pantalón corto y camiseta vieja. Me dio dos besos en la mejilla. Me preguntó qué tal la playa. Le contesté que muy bien.
Esa noche cenamos los tres en la terraza. Bebimos vino blanco y nos reímos de las manías de mi madre. Cuando me acosté, Andrés me hizo el amor lento y dulce, como siempre, y yo me corrí mirando el techo y pensando en otra cosa.
Nunca les he contado lo que vi. Llevamos dos años más casados, mi hermana sigue viniendo a comer los domingos, y yo sigo bajando la persiana del baño con cuidado cada vez que me toco pensando en ellos dos. A veces me pregunto si Andrés sospecha algo. A veces me pregunto si Lorena lo intuye en cómo la miro. Y a veces, cuando me corro yo sola en la oscuridad, me pregunto si aquella tarde en el balcón no me cambió de un modo que todavía no soy capaz de entender.
Esta es mi historia. No me la creo del todo ni yo.