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Relatos Ardientes

Mi marido lo sabía y aun así fui a buscarlo

Mateo lo supo antes de que ninguno de los dos pronunciara una palabra.

No fue un mensaje en el móvil. No fue una factura olvidada en el bolsillo de mi chaqueta. Fue algo más sutil, una vibración en el aire que se instaló entre nosotros cuando crucé la puerta esa tarde de jueves. Lo vi en la forma en que dejó la taza sobre la mesa, despacio, como si midiera cada gesto antes de hacerlo.

—Has hablado con él —dije, y la frase salió antes de que pudiera detenerla.

Mateo no contestó enseguida. Apoyó las manos en la encimera y miró por la ventana, hacia los tejados grises de Bilbao.

—Sí.

Esperé. No me senté. No solté el bolso. Sentía el peso del llavero contra mi muslo a través del cuero del bolsillo.

—¿Y?

—Que ya no es lo mismo, Elena.

Solté el aire que llevaba reteniendo desde el rellano.

—Eso ya lo sabía.

—No. Ahora lo sabes de verdad.

El silencio que siguió no fue como los otros silencios de los últimos meses. No tenía bordes. No había excusas escondidas entre las palabras que no se decían. Era limpio, casi quirúrgico.

Bajé la mirada al suelo de baldosa y conté hasta tres.

—¿Y ahora qué? —pregunté.

—Ahora decides tú.

La frase no sonó como otras veces. Antes había sido una broma compartida, casi una concesión cariñosa. Ahora era una consecuencia, una factura que llegaba con demora pero con todos los recargos sumados.

—Yo siempre decido —contesté, intentando rascar algo de la antigua complicidad.

—Así no.

El golpe fue suave, pero certero. No lo discutí, porque era verdad.

—¿Y tú? —pregunté.

—Yo estoy.

—¿Estás cómo?

Mateo dudó solo un instante. Vi cómo apretaba un nudillo contra la encimera, como si necesitara un punto de apoyo físico para sostener la respuesta.

—Sin fingir que no pasa nada. Es lo único que te puedo prometer ahora.

Asentí. No había más que añadir, y nos lo dijimos sin decírnoslo. Cogí el bolso del taburete, me alisé la falda y le sostuve la mirada un segundo más de lo necesario.

—¿Sabes dónde está? —pregunté.

—Donde siempre.

—Entonces tendré que ir a buscarlo.

Mateo no me detuvo. Tampoco me deseó suerte. Simplemente apartó la mirada hacia los tejados otra vez y dejó que las llaves del coche sonaran entre mis dedos como si fueran de otro.

***

El bar quedaba en una esquina de la calle Bertendona, un local pequeño con paredes de ladrillo visto y una barra de zinc descascarillada. Adrián elegía siempre los mismos sitios, los que no aparecían en las listas de moda, los que olían a vermut y a tabaco viejo aunque ya no se pudiera fumar dentro.

Lo vi en cuanto entré. Estaba al fondo, en el último taburete, con una camisa azul arremangada y un vaso medio vacío entre los dedos. Levantó la vista cuando crucé la puerta y, por primera vez en seis meses, no sonrió.

Caminé hacia él sin desviar la mirada. No saludé al camarero. No miré a la pareja que discutía en voz baja en la mesa de la ventana. Me senté frente a Adrián, en el taburete que parecía haberme estado esperando desde la tarde.

—Tenemos que hablar —dije.

—Ya.

Pidió otro vaso para mí con un gesto del mentón. El camarero entendió y se retiró sin preguntar. Esa era otra de las cosas de Adrián: la gente entendía sus silencios y se apartaba.

—Ha hablado contigo —dije.

—Sí.

—¿Y?

—Que esto ya no es lo mismo.

Las mismas palabras que Mateo, dichas en otra boca, sonaban distintas. Más graves. Más definitivas.

—No, no lo es —concedí.

El silencio entre nosotros fue más corto que el de la cocina. Más directo. Adrián bebió un sorbo y dejó el vaso con cuidado, como si pudiera romperlo con un mal pulso.

—¿Qué quieres? —preguntó.

Antes habría contestado en el acto. Antes habría dicho «a ti», o aquello que decía siempre y que nunca era exactamente verdad. Ahora no. Ahora pensaba, sentía, calibraba.

—Quiero entender hasta dónde llega esto —dije al fin.

Adrián me miró de frente, sin pestañear.

—Eso ya lo estás entendiendo.

—No. Lo estoy empezando a sentir.

Apoyó los codos en la barra. Su brazo izquierdo casi rozaba el mío. Sentí el calor de su piel a través del lino fino de su camisa, y me costó disimular el escalofrío que me bajó directo entre las piernas.

—Eso es peor.

—¿Para quién?

—Para mí.

El silencio cayó otra vez, y yo lo sostuve.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque ya no sé si soy yo. Si estoy aquí por ti, por la situación, o por la rabia de saber que él lo sabe.

—Nunca has sido solo tú —dije con suavidad.

Adrián negó con la cabeza, como si rechazara la frase y a sí mismo a la vez.

—Para mí sí.

Me incliné un poco hacia él. No lo toqué, pero podría haberlo hecho. Mi rodilla quedó a un dedo de la suya, y esa distancia mínima cambió la temperatura de toda la barra.

—¿Y ahora?

Adrián tragó saliva. Vi cómo se movía la nuez bajo la barba de tres días. Su cuerpo respondía antes que su cabeza, y los dos lo notamos al mismo tiempo. Yo también respondía: sentía el coño empapado bajo la falda, apretando contra la costura como si tuviera hambre propia.

Por primera vez en seis meses, no era él quien marcaba el ritmo. Era yo.

Alcé la mano despacio y la apoyé sobre la suya. No fue un gesto de ternura, fue una declaración. Adrián no la retiró. Tampoco respondió. Bajo mis dedos sentí latir su pulso, demasiado rápido para alguien que pretendía estar tranquilo.

—Esto no ha desaparecido —dije.

—No.

—Pero ha cambiado.

—Sí.

—Y yo también.

Cerró los ojos un instante, como quien encaja un golpe antes de devolverlo. Cuando los abrió, tenía esa mirada que yo conocía de las habitaciones de hotel, oscura y muy quieta.

—No sé jugar a esto —dijo.

—No es un juego.

—Entonces es peor.

—¿Por qué?

—Porque no sé si puedo parar.

El aire entre nosotros se cargó. Le sostuve la mano un segundo más. Sentía mi propio corazón en las palmas, en las sienes, entre las piernas, que llevaban todo el día negándose a comportarse.

—Entonces no pares —dije.

Adrián se quedó inmóvil.

—No es tan fácil.

—Nunca lo ha sido.

Me incliné todavía un poco más. Olí su colonia, la misma de siempre, mezclada con whisky y con algo más visceral. Mi voz bajó tanto que tuvo que acercar la cara para entenderme.

—Habitación 304 —dije—. Te espero en diez minutos. Quiero que subas con la polla ya dura, pensando en cómo me la vas a meter.

Vi cómo se le abría la boca medio segundo antes de cerrarla. Dejé un billete sobre la barra, le solté la mano y salí sin mirar atrás.

***

El hotel estaba dos portales más abajo, uno de esos hoteles discretos con recepcionistas de mediana edad que no preguntan y aceptan efectivo. Ya me había registrado por la tarde, antes de volver a casa. Antes incluso de saber que Mateo lo sabía. O quizá lo había hecho precisamente porque, en algún lugar de mí, ya lo sabía yo.

Subí en el ascensor sola. Me miré en el espejo del fondo: tenía las mejillas encendidas, el carmín a medio comer, los ojos demasiado brillantes. Me solté el moño y dejé que el pelo me cayera sobre los hombros antes de meter la tarjeta en la puerta. En el pasillo desierto me metí la mano por debajo de la falda y comprobé lo que ya sabía: las bragas estaban pegadas al coño, la tela pringosa contra los labios. Me las quité de pie, allí mismo, y las guardé en el bolso. Iba a recibirlo sin nada debajo.

Llamaron antes de los diez minutos.

Adrián entró y cerró con el pestillo sin decir nada. Se quedó apoyado contra la madera, mirándome como si me viera por primera vez. Yo estaba descalza junto a la cama, con el vestido azul que él me había regalado en marzo y que no me había puesto nunca delante de Mateo. Bajo la tela fina se me marcaban los pezones ya duros.

—No has venido aquí huyendo —dijo.

No era una pregunta.

—No.

—¿Entonces por qué?

Avancé los dos pasos que nos separaban. Le puse la mano abierta sobre el pecho, bajo la camisa azul, y sentí su corazón golpeando contra mi palma. Con la otra mano bajé, sin prisa, y le apreté por encima del pantalón. Ya estaba dura. Sonreí.

—Porque quiero saber qué somos cuando ya nadie nos mira sin saber. Y porque llevo todo el día con el coño mojado pensando en tu polla.

Me besó. No como otras veces. No con esa prisa contenida de los amantes furtivos que han robado treinta minutos a la tarde. Me besó con calma, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo y a la vez ninguno. Su mano se deslizó por mi nuca, sus dedos se enredaron en mi pelo, y me incliné hacia atrás hasta que el filo de la cama me tocó la corva. La otra mano le subió por dentro del muslo, encontró que no llevaba nada debajo y se detuvo un segundo, como si necesitara procesar la información.

—Joder, Elena —murmuró contra mi boca.

—Sin bragas. Para ti.

Sus dedos siguieron subiendo. Cuando llegaron al coño y comprobaron cuánto lo mojaba, soltó un gruñido bajo que me subió por la espalda como una corriente. Un dedo se hundió entero, sin resistencia, y yo me abrí para él apoyándome contra el borde del colchón.

—Mírame —le pedí cuando se separó un milímetro.

Lo hizo. Y en sus ojos vi la cosa que llevaba meses fingiendo no ver. Metió un segundo dedo y empezó a follarme con la mano despacio, girando la muñeca cada vez, buscando el punto por dentro que sabía de memoria. Yo le solté los botones de la camisa uno a uno, sin perder el contacto visual, notando cómo cada uno de sus empujes con los dedos me arrancaba un jadeo que no me molesté en esconder.

Cuando le abrí la tela, deslicé las manos por su pecho y le mordí suavemente el cuello, justo donde sabía que perdía la compostura. Adrián exhaló contra mi oreja mientras sus dedos me seguían entrando y saliendo del coño con un sonido húmedo que llenaba la habitación.

—Hoy mando yo —murmuré.

—Hoy mandas tú.

—Sácalos. Chúpalos.

Obedeció. Se llevó los dos dedos a la boca sin quitarme los ojos de encima y los chupó despacio, saboreándome. Yo le miré la lengua trabajando y noté cómo se me contraía todo por dentro.

—Ahora arrodíllate.

Adrián se dejó caer al suelo sin protestar. Le levanté el vestido hasta la cintura, me apoyé contra el borde de la cama y le abrí las piernas delante de la cara. Su respiración me chocó contra el coño antes que su boca, y ya solo eso me hizo temblar.

—Cómemelo bien —dije.

Hundió la lengua entre los labios sin ceremonia. Empezó lento, lamiéndome de abajo hacia arriba, recogiendo cada gota, y cuando llegó al clítoris se quedó allí, chupando con la boca abierta, moviendo la lengua en círculos apretados. Yo le agarré del pelo y le apreté la cara contra mí sin ninguna delicadeza.

—Así. Sigue así, joder. No pares.

Metió dos dedos otra vez mientras me comía. Los curvó hacia arriba, buscándome por dentro, y encontró el punto exacto en el que se me doblaban las rodillas. La combinación de la lengua chupándome el clítoris y los dedos follándome me subió por el vientre como una ola. Me apoyé con una mano en el colchón para no caerme, con la otra le sujetaba la cabeza contra el coño, y empecé a moverme yo, frotándome contra su boca.

—Me voy a correr en tu cara. No te muevas.

Aceleró la lengua. El primer orgasmo me pilló todavía de pie, con las piernas temblando y un gemido largo que no me molesté en tragar. Me corrí contra su boca, contra sus dedos, empujándole la cara con las caderas, y él se quedó allí, chupando todo lo que salía, sin apartarse hasta que se me pasó el último espasmo.

Cuando levantó la cabeza tenía la barbilla brillando. Me lamió los muslos también, limpiándolos, antes de ponerse de pie.

Lo empujé hasta sentarlo al borde de la cama y le bajé la cremallera del pantalón con la calma de quien ya no tiene prisa por nada. Se la saqué. La tenía dura como una piedra, la punta ya húmeda. Me arrodillé entre sus piernas y la agarré por la base.

—Mírame.

Bajó la mirada. La sostuvo. Y solo entonces me la metí entera en la boca, hasta el fondo, hasta que la punta me chocó contra la garganta y se me saltaron las lágrimas. Adrián soltó un jadeo ronco y me agarró del pelo. Yo aguanté un segundo así, con los ojos clavados en los suyos, antes de subir y volver a bajar.

La mamé despacio al principio, jugando con la lengua alrededor del glande, chupando la punta como si fuera un caramelo, escupiendo saliva sobre el eje para que se deslizara mejor. Después empecé a bombear con la mano mientras seguía chupando, y con la otra mano le acaricié los huevos, apretándolos apenas. Adrián echó la cabeza atrás y soltó una palabrota que no llegué a distinguir.

—Mírame —repetí, con la polla dentro de la boca.

Levantó la cabeza. Le sostuve la mirada mientras se la tragaba entera otra vez, dejando que él viera cómo se le hundía en mi boca. Vi cómo se le tensaba el muslo bajo mi mano libre, cómo intentaba contener el sonido y fracasaba a medias.

—Elena, para —jadeó—. Si sigues así me corro en tu boca.

Cuando pensé que estaba a punto de perder el control, me detuve. Me incorporé. Me quité el vestido por la cabeza y lo dejé caer al suelo con la misma calma con la que esa mañana me había puesto los pendientes. Adrián me observaba sin moverse, con las manos abiertas sobre las rodillas, con la polla brillante de saliva apuntando hacia arriba, esperando una instrucción que sabía que iba a llegar.

Me senté a horcajadas sobre él. Le sujeté la cara con las dos manos y lo besé otra vez, profundo, saboreándome a mí misma en su lengua. Metí la mano entre los dos, agarré su polla y me la coloqué en la entrada del coño. Me hundí despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo se me abría por dentro. Solté un sonido bajo, casi de alivio, cuando la tuve entera.

—Joder, qué llena me pone —jadeé contra su oreja.

Sus dedos se cerraron con fuerza sobre mis caderas.

—Despacio —le ordené.

—Despacio —repitió, casi sin voz.

Marqué yo el ritmo. Subía y bajaba lento, apretándolo por dentro cada vez que llegaba arriba, dejando que la punta casi se me saliera antes de volver a hundirme entera. Le agarré una mano y me la puse en el pecho para que me estrujara las tetas. Con la otra le llevé los dedos a la boca y él los chupó sin que se lo pidiera.

—Muérdemelos —le pedí, guiándome uno de sus pulgares hasta el pezón.

Se inclinó y me atrapó el pezón entre los dientes, tirando apenas. Yo eché la cabeza atrás y aceleré el ritmo. Lento al principio, hasta que vi en su cara que ya no aguantaba más. Entonces lo cabalgué en serio, rebotando sobre él, dejando que las tetas le golpearan la cara, oyendo el ruido de mi coño empapado tragándose su polla una y otra vez.

—¿Te gusta cómo te la monto? —le pregunté con la voz cortada.

—Sí. Joder. Sí.

—Dilo entero.

—Me encanta cómo me la montas. Cómo me la aprietas por dentro.

Me incliné hacia adelante para que sintiera mi pecho contra el suyo, para que oliera el champú de mi pelo, para que entendiera de una vez que lo que pasaba entre nosotros no era una huida ni una traición ni un capricho. Era una decisión. Con cada bajada le apretaba el coño a propósito, apretando los músculos como una boca que no lo quería soltar.

Adrián me agarró por la cintura, me sacó de encima con una fuerza que no le conocía y me tiró de espaldas sobre el colchón. Me abrió las piernas de un tirón, se puso entre ellas y me metió la polla de un solo empuje.

—Ahora yo —gruñó.

—Fóllame. Fóllame como si fuera la última vez.

Quedé bajo él, con el pelo desparramado sobre la sábana blanca, y cuando empujó con todo el peso del cuerpo sentí que el aire se me iba de un golpe. Cada embestida me subía por el estómago y me arrancaba un sonido nuevo, más grave, más hondo, más mío.

—Mírame tú a mí —dijo, y por una vez le obedecí.

Lo miré. Vi su mandíbula tensa, las venas del cuello, la gota de sudor que le bajaba por la sien. Le pasé las uñas por la espalda y enrosqué las piernas alrededor de su cintura, dejando que se hundiera todavía más.

—Más fuerte —le pedí.

Aceleró. El colchón chirriaba, el cabecero golpeaba contra la pared, y a mí ya no me importaba nada de lo que hubiera detrás de esa pared. Le clavé los talones en el culo para que no aflojara.

—Ponme a cuatro patas —dije contra su boca.

Salió, me giró boca abajo y me levantó las caderas. Yo me apoyé en los codos, arqueé la espalda y le ofrecí el culo. Sentí la punta abrirme paso otra vez y luego el empujón entero, hasta el fondo, con un gemido que me salió de la garganta como si me lo hubieran arrancado.

—Así, joder, así —jadeé mordiendo la almohada.

Adrián me agarró del pelo y tiró hacia atrás. Con la otra mano me clavó los dedos en la cadera y empezó a follarme sin piedad, rápido, profundo, haciendo un ruido húmedo con cada embestida. Su piel chocaba contra mi culo con un golpe seco que se sumaba al ritmo. Yo me pasé una mano por debajo y me froté el clítoris con dos dedos, en círculos, siguiendo el compás que él marcaba.

—Me voy a correr otra vez —avisé entre jadeos.

—Córrete. Aprétamela cuando te corras.

El segundo orgasmo me pilló así, doblada sobre las rodillas, con su polla dentro y sus dedos en el pelo. Le apreté el coño alrededor con todo lo que tenía. Grité contra la almohada, mordiéndola para no gritar más fuerte, y noté cómo se me contraía todo por dentro alrededor de él.

Adrián aguantó un poco más. Cuando ya no pudo, me sacó, me giró de espaldas otra vez y se agarró la polla con la mano encima de mí.

—Dónde —jadeó.

—En las tetas. En la cara. Donde quieras. Córrete.

Se corrió con dos tirones más. Los chorros me cayeron sobre el pecho, uno me alcanzó la barbilla, otro se derramó espeso por el cuello. Cuando terminó, se dejó caer a mi lado, respirando como si hubiera corrido kilómetros. Yo me pasé un dedo por la piel, recogí una gota y me la metí en la boca sin dejar de mirarlo.

—Joder —murmuró, pasándose la mano por la cara.

—Ya lo dijiste.

***

Nos quedamos un rato en silencio, escuchando los coches en la calle Bertendona y el rumor del aire acondicionado. Tenía su mano sobre mi cadera, los dedos extendidos como midiendo una propiedad que ya no era exactamente suya. Yo seguía con el semen secándose sobre el pecho y no hacía nada por limpiarlo.

—Mateo lo sabe —dijo al fin, contra mi pelo.

—Lo sé.

—¿Vas a volver?

Tardé en contestar. Miré el techo, la mancha de humedad en la esquina, la lámpara de pantalla amarilla. Pensé en mi cocina, en la taza que Mateo había dejado sobre la encimera, en la forma en que había mirado por la ventana mientras me decía «ahora decides tú».

—Sí. Esta noche sí.

Adrián no se molestó. Tampoco se alegró. Solo asintió, como si fuera la respuesta que había venido a buscar.

—¿Y mañana? —preguntó.

—Mañana ya veremos. Mañana a lo mejor te llamo para que me folles otra vez antes de comer.

Se le escapó una media sonrisa cansada.

Me incorporé sobre el codo y le aparté un mechón de la frente. Por primera vez en seis meses no le pregunté qué quería de mí. No le prometí nada. No me disculpé por ninguna de las dos vidas que ahora se sostenían sobre la misma decisión.

Me levanté, entré en el baño y me limpié el semen del pecho con una toalla húmeda, sin prisa. Cuando salí, Adrián seguía tumbado boca arriba, mirando el techo con la polla todavía brillante contra el muslo. Me vestí despacio frente al espejo, sin bragas —las bragas seguían dentro del bolso, y ahí se iban a quedar—, y entendí algo que ya no podía ignorar: que no era cuestión de con quién me quedara. Era cuestión de cuánto estaba dispuesta a sentir, y de hasta dónde estaba dispuesta a llegar sabiendo que ahora los tres también lo sabíamos.

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Comentarios(8)

NatySV

Tremendo relato!!! me dejo sin palabras

lektor22

La parte del vestido azul me engancho desde el primer párrafo. Muy bien escrito, se siente verdadero.

Rosita_LF

Me recordo a una situacion que vivi hace años... demasiado parecido jaja. Muy bueno!

SilvinaK

Por favor continuación!!! quede enganchada, necesito saber que pasa despues

DanteRios77

Muy bueno. Una pregunta, esto esta basado en algo real o es ficcion? Se siente muy autentico, casi demasiado.

NachoCba88

excelente, sigan publicando este tipo de relatos!!

marta_rd

Lo que mas me gusto es que no hay drama innecesario, la protagonista sabe lo que quiere y punto. Refrescante leer algo asi.

ViajeraDeNoche

Me engancho desde la primera linea. Tiene un ritmo muy bueno, se lee rapido y deja con ganas de mas :)

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