Mi paciente me pidió grabar a su mujer con el vecino
Llevaba doce años escuchando a hombres rotos en mi consulta, pero ninguno como Marcos. Llegó por primera vez una tarde de febrero, con un termo de café que no abrió y una historia que tampoco terminó de contar. Hablamos durante meses de su padre, de su ascenso truncado, de la primera vez que pensó en dejar el trabajo. Nunca mencionó a su mujer hasta la decimoctava sesión.
—No quiero hablar de Carolina —dijo aquella tarde—. Solo quiero que la grabe.
Le pedí que se explicara. Lo hizo despacio, eligiendo cada palabra como quien camina sobre cristales. Su vecino, un hombre de unos sesenta años llamado Octavio, había empezado a visitar la casa cada miércoles. Marcos sabía exactamente lo que ocurría tras la puerta cerrada del salón. Lo sabía porque Octavio se lo dejaba claro: lo encerraba en el cuarto del fondo o lo ataba a una silla del comedor, le tapaba los ojos y le obligaba a quedarse quieto mientras se ocupaba de Carolina.
—Necesito que alguien lo vea —me dijo Marcos—. Yo no aguanto más sin verlo. Pero tampoco puedo desobedecerle.
Le hablé de límites profesionales, de protocolos, del riesgo de cruzar una línea que ningún colegio me iba a perdonar. Marcos me miró con la fatiga de quien ya ha cruzado todas sus líneas.
Cedí. No por morbo, eso me dije durante semanas. Cedí porque entendí que mi paciente no tenía a quién más recurrir y porque, dentro de mí, algo se había encendido al imaginar al tal Octavio en acción.
***
El miércoles siguiente entré en la casa de Marcos con unas gafas con cámara oculta integradas en la patilla, regalo de un primo aficionado a los aparatos. Me dejó pasar antes de que Octavio llegara y me indicó un rincón del salón, detrás de una cortina pesada, donde podría sentarme sin ser visto. Carolina no aparecería hasta media hora más tarde. Estaba en la peluquería, ajena a la cita que su marido había orquestado años atrás sin atreverse a contárselo nunca.
Cuando Octavio entró por la puerta principal con su propia llave, comprendí en un instante por qué Marcos no podía dejarlo. El hombre no levantaba la voz. No necesitaba hacerlo. Caminaba como si la casa ya fuera suya, dejaba el abrigo en el respaldo de una silla y se servía un whisky del mueble bar con la naturalidad de quien repite un ritual.
—Posición —dijo solamente.
Marcos se arrodilló en mitad del salón. Octavio le pasó una mano por la nuca, casi paternal, y le susurró algo al oído que no alcancé a captar. Mi paciente asintió. Sacó una cuerda fina de debajo del sofá y se la entregó. Octavio le ató las muñecas a la espalda, después los tobillos, y finalmente lo dejó tumbado bocabajo sobre uno de los reposabrazos, con la cara contra el cuero.
—Tu sitio —dijo Octavio, anudando un pañuelo de seda alrededor de sus ojos—. Y ahora callado.
***
Carolina llegó cuarenta minutos después. La vi atravesar el recibidor con la chaqueta colgada del brazo, oliendo a laca y a perfume caro. Era una mujer alta, con la melena teñida de un castaño cálido y un cuerpo de cincuenta y tantos años que había sabido conservar sin obsesionarse. Sonrió al ver a Octavio sentado en el sofá. No miró ni una vez hacia el comedor, donde su marido seguía tumbado bocabajo sin emitir ningún sonido.
—Llegas justa —dijo él—. Quítate eso.
Carolina obedeció con una mezcla de prisa y veneración que solo se aprende después de muchos meses. Se quitó la blusa, la falda, y se quedó en lencería negra en mitad del salón. Octavio la observaba con la copa de whisky en una mano y un cigarrillo apagado en la otra.
—Hoy quiero ver hasta dónde aguantas.
Antes de que ella respondiera, él se levantó y caminó hasta una argolla disimulada en el techo, junto a la lámpara, una argolla que yo no había advertido al entrar. Le pasó otra cuerda por las muñecas y la fue elevando despacio hasta dejarla con los brazos en alto y los pies apenas tocando el suelo. Las puntas del pie izquierdo se sostenían a duras penas en la alfombra.
—¿Estás cómoda?
—Sí, mi señor —respondió ella.
Marcos, desde su reposabrazos, soltó un suspiro contenido. Octavio lo miró sin moverse, sin decirle nada, pero el suspiro no volvió a repetirse.
***
Octavio se acercó a Carolina y empezó por los pechos. No le quitó el sujetador. Lo bajó hasta dejarlos al aire por encima del aro de encaje, como si fueran una ofrenda servida en bandeja. Los lamió despacio, los mordió con más fuerza de la que esperaba, y ella ahogó un gemido que se le escapó entre los dientes.
—Más fuerte —le ordenó él—. Aquí no se silencia nada.
Sacó unas tijeras pequeñas del bolsillo interior de la chaqueta. Cortó las copas del sujetador con dos tajos secos y dejó la lencería caer al suelo. Después hizo lo mismo con las bragas, primero la cinta del lado derecho, después la del izquierdo. Cogió la prenda con dos dedos y caminó con ella hasta el comedor.
Vi cómo le pasaba la tela húmeda por la nariz a Marcos. Mi paciente respiró hondo, casi con devoción. Octavio le murmuró algo al oído sobre cómo huele una mujer excitada por un hombre que sí sabe lo que hace. Marcos se tensó tanto que la cuerda crujió contra el cuero del reposabrazos.
***
Cuando Octavio volvió hacia Carolina, ya se había soltado el cinturón. Le acarició la entrepierna con la palma abierta, sin prisa, hasta que ella empezó a temblar.
—Pídelo.
—Por favor…
—Pide qué.
—Por favor, fólleme, mi señor.
Octavio sonrió sin abrir la boca. La penetró despacio, con una calma que hacía más violento el gesto. Carolina gimió sin contención, ya sin pedirle permiso a nadie. Las piernas se le tensaban en el aire y los pies buscaban el suelo cada vez que él empujaba con fuerza. La habitación se llenó de un sonido húmedo y rítmico, y de la respiración entrecortada de Marcos, que escuchaba sin poder mirar.
—¿Te gusta, guarra?
—Sí, mi señor…
Después de varios minutos, Octavio salió de ella, la descolgó de la argolla y la condujo al sofá. La puso a cuatro patas sobre los cojines, con el culo apuntando hacia la pared opuesta del salón, justo donde su marido seguía atado al reposabrazos. Volvió a entrar en ella desde atrás, con embestidas tan fuertes que la madera del sofá empezó a quejarse.
—Esto es una mujer bien follada —dijo en voz alta, sin mirar a Marcos—. Para que lo aprendas de una vez.
***
Lo siguiente me cuesta ordenarlo cada vez que lo recuerdo. Octavio se acercó al reposabrazos, le soltó las cuerdas a Marcos, le bajó los pantalones hasta los tobillos y lo levantó como si pesara la mitad. Lo sentó en el lado del sofá, con la venda todavía puesta, y le puso la mano sobre la propia erección. Marcos entendió. Empezó a tocarse despacio, sin mirar nada porque no podía.
Después Octavio cambió la postura de Carolina. La giró ciento ochenta grados y le colocó la cara sobre el regazo de su marido. Ella se detuvo en seco al notar a otra persona allí, otro cuerpo, otro olor.
—¿Quién…?
—Calla. Y empieza.
Carolina no preguntó dos veces. Bajó la cabeza, abrió la boca y se metió la verga de Marcos hasta el fondo. Era la primera vez en años, supongo, que mi paciente la sentía. Tenía la venda puesta y no sabía que era ella. Ella tenía los ojos abiertos pero no terminaba de mirar.
Octavio volvió a entrar en Carolina desde atrás. La embestía con tal violencia que ella apenas podía sostener la felación, pero seguía, obediente, sumisa, casi mecánica. Después de cinco o seis minutos, Marcos empezó a tensarse de esa forma que delata a un hombre a punto de correrse.
—Está a punto —dijo Octavio—. Te lo tragas todo, hasta la última gota.
Carolina obedeció. Marcos terminó en su boca entre espasmos. Cuando ella levantó la cabeza, Octavio la giró otra vez, le apoyó la barbilla contra la verga ya floja de su marido y la dejó descansar ahí, como un trofeo doméstico.
—Ahora elijo a quién regalárselo —dijo, mirando alrededor.
***
Salió de Carolina con un sonido húmedo que llenó la habitación. Caminó hasta donde estaba Marcos, le quitó la venda con un gesto brusco y le abrió la boca con dos dedos. Mi paciente no protestó. Sacó la lengua y empezó a lamer el glande de Octavio con una entrega que yo, desde mi rincón, no me esperaba. Lo chupó como quien agradece. Octavio se corrió dentro de su boca en silencio, sin un gemido, sin un gesto. Marcos tragó despacio, sin perder el contacto visual con su vecino.
Octavio se apartó, volvió a Carolina, que seguía a cuatro patas, y comenzó a masturbarla con la mano abierta. Era rápido, brusco, eficaz. Cuando ella estaba a punto, le metió el dedo índice en el ano sin avisar. Carolina chilló y se corrió al mismo tiempo, en una mezcla de dolor y placer que la dejó temblando sobre los cojines, derramada sobre el regazo de su marido.
Octavio se separó. Fue a la cocina sin preguntar permiso, sacó una cerveza del frigorífico y la abrió contra el filo de la encimera. Volvió al sofá individual, encendió por fin el cigarrillo y se quedó mirando a la pareja desde su sillón con una sonrisa torcida, la sonrisa de un hombre que sabe que la casa, las llaves, las personas y los miércoles son suyos.
Apagué la cámara de las gafas con un dedo y me retiré del rincón sin que nadie lo notara. Salí por la puerta de servicio. La calle olía a lluvia y yo necesitaba respirar.
Por el camino a mi consulta, repasé mentalmente todo lo que había visto. Tenía material para una tesis entera. Tenía material para denunciar. Tenía material para escribir un libro que ningún colegio profesional me dejaría firmar.
Pero, mientras subía las escaleras de mi despacho con el portátil bajo el brazo, supe que ninguna de esas tres opciones era la que iba a elegir.
Octavio tiene que ser mío.
Y todavía no sé exactamente cómo. Solo sé que la próxima sesión, aquella en la que Marcos venga a contarme lo que ha sentido sin poder ver, será el primer movimiento de algo mucho más largo.