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Relatos Ardientes

La mamá del jardín que me esperó bajo la lluvia

Aquella mañana de junio el viento se metía por todas partes y la llovizna caía fina, esa que no parece gran cosa y en dos minutos te empapa hasta los huesos. Estacioné el auto lo más cerca que pude del jardín de infantes y bajé corriendo con Lucía agarrada de la mano. Mi hija tenía cuatro años y odiaba mojarse, así que cada mañana cumplía el mismo ritual: dejarla en la puerta del aula y esperar a verla desaparecer por el pasillo antes de volver al auto. Ningún clima me apuraba.

Cuando regresé a la vereda, escuché a alguien renegando con un motor que no quería arrancar. Una, dos, tres veces. El rugido se cortaba y volvía a empezar, cada vez con menos esperanza y más rabia. Me agaché para mirar a la conductora a través del parabrisas empañado y reconocí la cara enseguida.

Era la madre de Mía, una de las amiguitas de Lucía. La ubicaba porque éramos las dos madres más jóvenes del jardín y nos cruzábamos todos los días en la puerta. Golpeé el vidrio con los nudillos y le gesticulé un «¿todo bien?» exagerando con los labios. Ella bajó la ventanilla con un suspiro.

—No me arranca —dijo, como si nos conociéramos de toda la vida.

—¿Necesitas ayuda?

—Sí. Bueno, no sé. Me olvidé el teléfono en casa y no tengo cómo llamar al mecánico.

Le pasé el mío sin pensarlo. Llamó, habló cinco minutos y, a medida que avanzaba la conversación, su voz subía de tono. Cuando cortó, me devolvió el celular con una mueca.

—Cuatro horas. Recién pueden venir en cuatro horas. —Hizo una pausa y agregó—: Me llamo Renata, por cierto.

—Camila —dije—. La mamá de…

—Sí, ya sé quién eres. Te veo todos los días.

Le sonreí, medio incómoda. Yo también la veía todos los días. Renata tenía una belleza que no se podía pasar por alto: una melena castaña que le llegaba a la cintura, tops cortos en cualquier estación, pantalones que parecían pintados sobre la piel y un piercing en el ombligo que asomaba cada vez que levantaba los brazos para acomodarse el pelo. La había mirado más veces de las que estaba dispuesta a admitir.

—Ven a casa —solté, antes de poder pensarlo dos veces—. Vivo a diez minutos. Tomamos un café y esperas adentro, no te vas a quedar acá con este frío.

—¿En serio? Eres un amor.

—En serio. Vamos.

Renata sacó un abrigo del asiento del acompañante y se subió a mi auto. Mientras manejaba, el corazón me latía raro. No sabía si era por la novedad de tener a una desconocida en el asiento de al lado o por algo más. Yo siempre fui tímida, me costaba conectar con la gente, y sin embargo a Renata le había abierto la puerta de mi casa después de cinco minutos de conversación. Me concentré en el limpiaparabrisas para no pensar.

Ella habló casi todo el trayecto. Me preguntó si trabajaba, si tenía más hijos, hace cuánto vivíamos en el barrio. En un momento, soltó:

—A tu marido también lo veo seguido, a la salida del jardín. Hacen una pareja muy linda.

No sabía que nos prestaba tanta atención.

Llegamos a casa. Matías, mi marido, no volvía hasta la noche.

—Ponte cómoda —dije, y me fui a la cocina a poner la pava.

Cuando volví al living con dos tazas humeantes, Renata se había sacado la campera y el suéter. Llevaba debajo una remera corta que apenas le cubría el pecho, y otra vez ahí estaba el piercing y la franja pálida de vientre. Estaba mirando los cuadros sobre la chimenea. Se detuvo en la foto de mi casamiento.

—Hermosos los dos —dijo—. Sexys, ¿eh?

Me reí nerviosa. No era celosa, pero algo en el modo en que lo dijo me hizo apretar la taza con las dos manos.

Tomamos el café y hablamos de las nenas, del jardín, de las otras madres. Renata estaba criando sola, sin pareja.

—Mejor así —me dijo—. Hago lo que quiero, vivo como quiero. Hasta duermo desnuda sin que nadie me moleste.

—Yo nunca… digo, mi marido fue mi primer novio. Yo duermo con pijama —contesté, y apenas terminé de decirlo quise meterme debajo del sillón. Renata se largó a reír.

—Prueba. Se duerme buenísimo. Total, mírate, no tienes nada que esconder. Eres preciosa.

Lo dijo con la naturalidad de quien comenta el clima, pero me recorrió un calor que no venía del café. Bajé la mirada.

—Gracias —dije, casi sin voz.

—No me tengas miedo —agregó, riéndose otra vez.

Sonreí apretando los labios. Renata se levantó y empezó a juntar las tazas y el plato de las masitas, supongo que para sacarme del paso incómodo. Yo me quedé sentada mirando un punto fijo del mantel. Ese punto fijo era, casualmente, el reflejo de la foto de mi boda en el vidrio de la mesa.

¿Qué me estaba pasando? Yo era tímida, no era de poner caras, no era de sonrojarme delante de nadie. Y sin embargo el corazón me golpeaba contra las costillas con un ritmo que no tenía nada que ver con la timidez. La palabra me llegó de golpe, como un cachetazo.

Deseo. Era deseo.

No podía ser. Nunca me había gustado una mujer. Siempre me habían gustado los hombres; disfrutaba el sexo con Matías, me encantaba sentir su peso encima, el sabor de su boca, todo. Me ruboricé sola, en silencio, por el solo hecho de haber comparado.

—Ya lavé todo… ¿estás bien? ¿Quieres que me vaya? —La voz de Renata me sacó del trance.

—No, no. Estoy bien. Voy un segundo al baño.

Me encerré, abrí la canilla y me miré al espejo. Tenía las mejillas color granate. Me mojé la cara, respiré profundo y salí.

Renata estaba apoyada en el marco de la puerta del baño, esperándome.

—¿Segura que estás bien?

—Segura. ¿Vemos algo en Netflix? Tenemos un rato largo.

Asintió. Nos sentamos en el sillón, dejé puesta una serie médica que ninguna de las dos miraba. Yo estaba dura como una tabla; ella se movía todo el tiempo, cruzaba una pierna, descruzaba la otra, suspiraba, se acomodaba el pelo. Empezó a tirar comentarios graciosos sobre la trama y, aunque la serie era pésima, yo terminé riéndome con ganas. Para cuando llevábamos veinte minutos en el sillón, ya estaba relajada.

—Podríamos ser grandes amigas —le dije, en un momento.

—Yo no quiero ser tu amiga, Cami.

—Ah. —La ilusión se me pinchó como un globo.

—No puedo ser amiga de la gente que me gusta —dijo, mirándome con una sonrisa lenta.

No contesté. Adentro del pecho, el corazón me hizo un salto que me delató.

Renata se corrió en el sillón hasta que su rodilla quedó pegada a la mía. Tenía los ojos clavados en los míos.

—Te miro todas las mañanas en la puerta del jardín —dijo—. Tienes un culo precioso, Camila.

Esta vez no me ruboricé. Estaba petrificada, y al mismo tiempo me gustó oírlo, me gustó que ella se animara a decirlo en voz alta.

Apoyó la mano en mi rodilla. Subió un dedo despacio, dibujando una línea hacia el muslo, y volvió a bajar. Después volvió a subir, un poco más arriba. La miré a los ojos y, sin abrir la boca, le di permiso para todo. Yo ya no era Camila la madre dedicada, la esposa cumplidora. Quería que esa mujer me besara, quería sentir sus labios en el cuello, sus manos en cualquier parte del cuerpo.

Renata se acercó. Cuando ya estaba a milímetros de mi boca, se detuvo un segundo, como dándome la última chance de echarme atrás. Tragué saliva y asentí.

Me besó con cuidado, casi pidiendo permiso. La piel le olía a algo cítrico, suave. Abrí la boca y nuestras lenguas se reconocieron despacio. Mi respiración se entrecortó casi de inmediato. Ella me mordió el labio inferior, me apretó la nuca con una mano y yo sentí que el sillón empezaba a desaparecer debajo de nosotras.

***

Empecé a acariciarla mientras nos besábamos. Le toqué el brazo, el cuello, el contorno de la cintura. No me reconocía, pero estaba bien. Estaba bien desear esto, estaba bien haberlo querido sin saberlo durante meses.

Las caricias de Renata eran más decididas que las mías. En un momento, su mano se metió debajo de mi remera y me acarició los pechos por encima del corpiño. Me pellizcó un pezón a través de la tela y me arqueé contra ella sin pedirle permiso al cuerpo.

Mi sexo ya estaba mojado. Nunca antes me había sentido así de encendida tan rápido. La imité, le pasé la mano por debajo del top y le acaricié los pechos: firmes, tibios, perfectos contra la palma.

Renata se separó un segundo, se sacó la remera de un tirón y después me ayudó a sacarme la mía. Quedé en corpiño blanco, sencillo. Ella se sentó encima de mí, una pierna a cada lado, y de pronto la tenía a centímetros de la cara, con el pelo cayéndole en cascada sobre los hombros. Empezó a recorrerme: el borde de la mandíbula, el cuello, la clavícula, y bajó hasta los pechos. Yo la sostenía por la cintura y no podía creer que esto estuviera pasando en mi propio living.

Me sacó el corpiño y me acarició los pezones con la yema de los dedos, deteniéndose a veces para pellizcarlos con la justa fuerza. Volvió a besarme mientras se contoneaba sobre mí.

—Cómo me pones —me susurró al oído.

Mi sexo pedía atención a gritos. Renata pareció leerme la mente. Me desabrochó el pantalón y deslizó la mano por debajo de la ropa interior. Yo siempre me depilaba, no soportaba el vello.

Se llevó dos dedos a mi boca y me los hizo chupar. Lo hice. Cuando los tuvo bien mojados, los volvió a bajar y empezó a tocarme el clítoris en círculos lentos. Esa mujer sabía lo que hacía. Cerré los ojos y me dejé jadear sin pudor.

—Sácame, sácame toda la ropa —le pedí.

Renata sonrió, se bajó del sillón y me sacó el pantalón y la bombacha con la misma calma con la que había empezado todo. Quedé completamente desnuda y entregada en el sillón a esa mujer a la que hasta hacía tres horas ni siquiera había saludado de cerca.

—Eres tú la que sigue vestida —murmuré, tirándole de la mano.

Me arrodillé en el sillón y le besé el vientre, justo debajo del piercing. Jugueteé con la lengua sobre el arito, aspiré su perfume, dejé que mi mejilla descansara sobre su piel un instante. Después me incorporé, la tomé de la nuca y la besé de nuevo. Le solté el broche del corpiño con manos torpes.

Empecé a chuparle los pechos, primero uno y después el otro. Renata gemía bajito y me acariciaba el pelo, guiándome sin imponerse.

—No sabía que sabías hacerle esto a una mujer —dijo, sonriendo.

—No sé —admití—. Eres la primera.

Le bajé el pantalón y la ropa interior de un tirón. Frente a mí apareció su sexo, con un triángulo de vello recortado y prolijo. Por un segundo me quedé en blanco, sin saber por dónde empezar. Renata se dio cuenta, me empujó suavemente hacia atrás contra los almohadones y se arrodilló entre mis piernas.

—Yo te enseño cómo es estar con una mujer —dijo.

Me besó la parte interna de los muslos, subiendo despacio. Cuando llegó al sexo, se quedó un segundo respirando sobre él. Después pasó la lengua entera, de abajo hacia arriba, y yo solté un gemido que no me pertenecía. Adoraba el sexo oral, pero nunca lo había recibido de una mujer.

Renata lamió cada centímetro, abrió mis labios con dos dedos y empezó a jugar con el clítoris haciendo círculos con la punta de la lengua. Después chupaba, succionaba con suavidad, volvía a hacer círculos. Yo apretaba los puños contra el sillón y gemía cada vez más fuerte.

Metió un dedo, después dos, después tres. Entraban y salían a un ritmo paciente, mientras la lengua seguía trabajando arriba. Llegó un punto en el que ya no podía controlar nada. Estiré la mano y le apreté la nuca contra mí.

—Sí, sí, no pares —le rogué—. Por favor, no pares.

Renata me miró desde abajo con los ojos brillantes. Sin sacar la lengua de mi sexo, aumentó el ritmo. El orgasmo me llegó de golpe, como una descarga eléctrica que me partió en dos. Me arqueé entera, le mordí el labio al aire, grité algo que ni yo supe qué era. Después me dejé caer sobre el respaldo, con la respiración rota y la piel pegajosa.

Renata se incorporó sonriendo, se limpió la cara con el dorso de la mano y yo le hice una seña para que viniera. La besé y sentí el sabor de mi propio sexo en su boca. Lejos de molestarme, me encendió todavía más.

—Ven —murmuré—. Quiero devolverte algo.

Renata tenía otra idea. Se trepó por el sillón y, sin pedir permiso, se sentó arriba de mi cara. Yo la dejé. Ya no me importaba nada.

Por primera vez en mi vida, lamí a una mujer. Estaba empapada, era increíble. Intenté repetir lo que ella me había hecho: recorrer los labios con la lengua, abrirme paso, encontrar el clítoris y quedarme ahí. Renata gimió desde arriba y se acariciaba los pechos sola, con los ojos cerrados.

Le dediqué cada gota de pasión que tenía adentro. La lengua iba en cruz, arriba, abajo, a los costados. Renata empezó a balancearse encima de mi cara, marcando ella misma el ritmo. Me tenía agarrada del pelo con las dos manos.

Me estaba encendiendo otra vez. Bajé una mano y empecé a tocarme mientras le comía el sexo. Después subí los dedos mojados y, despacio, le pasé uno por el ano. Renata pegó un grito ahogado y aceleró el balanceo. Estaba prácticamente cogiéndose mi boca.

—Ay, no pares, no pares —gemía.

Mi lengua iba del clítoris a la entrada de su sexo, una y otra vez. Cuando sentí cómo se tensaba entera, supe que iba a venirse. Lo hizo entre temblores, con un quejido largo, y se desplomó a un costado sobre los almohadones, respirando como si hubiera corrido una maratón.

Nos quedamos en silencio un rato largo, acariciándonos. Me hacía un círculo en el pezón con el dedo, me besaba la sien, me pasaba la mano por el pelo. Yo no podía dejar de mirarla.

***

Cuando miré el reloj, me di cuenta de que el mecánico estaba a punto de llegar al jardín. Nos vestimos despacio, sin apuro, lanzándonos miradas. Manejé hasta su auto hablando tonterías y riéndonos de cualquier cosa, como si todo entre nosotras fuera natural.

Antes de bajarse, me dio un abrazo y, escondiendo la mano entre los cuerpos, un pellizcón pícaro en el pecho. Le sonreí y arranqué.

A la cuadra, miré la guantera. Había dejado un papel doblado. Lo abrí en el semáforo: su número de teléfono, sin nombre, sin firma, solo los diez dígitos.

Lo guardé en el bolsillo del abrigo y arranqué cuando se puso verde, con la sensación clara de que esa tarde de lluvia no había sido el final de nada, sino el principio.

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Comentarios (4)

MarisolViajera

Que hermoso relato, me dejó con el corazón acelerado. Muy bien escrito!

valentina_lp

No puede terminar ahi! Necesito una segunda parte, me quedé con ganas de mas...

Florencia_Sur

madre mia que calor hace leyendo esto jaja

lector_secreto

¿Es autobiografico? Porque se siente demasiado real para ser inventado. Pregunta genuina.

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