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Relatos Ardientes

Una desconocida me deseó como mi novia ya no sabe

Hace tiempo que aprendí a escuchar mi cuerpo.

No de esa forma incómoda en la que uno se mira al espejo buscando defectos, sino con una atención más callada, más íntima. Como quien aprende a habitar la casa en la que va a vivir mucho tiempo. Soy menudita, de piel tibia, con curvas que no se imponen pero que despiertan rápido cuando alguien las roza. Tengo el pelo oscuro hasta los hombros y, según me han dicho, los ojos se me vuelven otros cuando deseo algo.

Tengo novia.

Vivimos juntas desde hace casi un año y la quiero. La quiero como se quieren las cosas seguras, las costumbres buenas, las presencias que uno da por sentadas. Sofía es más alta que yo, más firme, más serena en todo lo que hace. Cuando me abraza de noche, siento el peso de su pecho contra mi espalda y respiro mejor. Me gusta espiarla cuando duerme y ella no sabe que la estoy mirando.

Pero mi cuerpo va a otro ritmo.

El deseo no me visita: vive conmigo. Camina conmigo a la oficina, baja conmigo a comprar el pan, se mete en la ducha conmigo. Hay tardes en las que estoy lavando los platos y de pronto noto que mi respiración cambió sin permiso, porque imaginé sus manos en mi cintura, sus dedos metiéndose entre mis piernas por debajo del vestido, abriéndome despacio mientras me apoya contra la mesada. Hay noches en las que me acuesto a su lado y el simple calor de su muslo contra el mío basta para que se me humedezca el coño, para que empiece a apretar los muslos disimuladamente buscando alivio.

Entonces la busco.

Casi siempre la busco.

Le paso la mano por la espalda con cuidado, sintiendo la firmeza bajo su piel. Mis dedos suben por su cintura, su vientre, llegan despacio hasta el costado de su pecho. Le beso el cuello y siento su pulso latiendo bajo mis labios. Me apoyo contra ella, aprieto una teta suave por encima de la remera, dejo que mi mano baje hasta su pubis esperando que algo en su cuerpo me responda.

A veces responde.

La mayoría de las veces, no.

Sus manos toman las mías. Las detienen. No es un rechazo violento. No hay dureza. Pero hay un límite que no puedo cruzar.

—Ahora no —susurra.

Ahora no.

Siempre ahora no.

Y mi cuerpo se queda atascado en ese instante a medias. La sangre todavía caliente, la respiración todavía pesada, el coño todavía mojado y sin lugar adonde ir.

He aprendido a terminar sola lo que empiezo.

Espero a que se duerma. Espero a que su respiración se vuelva pareja, profunda, ese sonido suave que indica que ya no va a despertarse. Entonces me muevo despacio, con cuidado de no agitar el colchón. Bajo la mano por mi vientre, meto los dedos debajo de la bombacha y encuentro todo empapado, los labios hinchados, el clítoris duro esperándome. Cierro los ojos y aprieto los dientes.

Pienso en manos que no se detienen.

Pienso en labios que no dudan, en una lengua que se me hunde entre las piernas y no sale hasta que me corro.

Pienso en una mirada que no se aparta cuando me ve abierta.

Mis dedos se mueven en círculos sobre el clítoris, lento al principio, después más rápido, mientras con la otra mano me aprieto una teta y me pellizco el pezón hasta que duele apenas. Meto dos dedos adentro y los curvo, buscando ese punto que me hace arquear la espalda. Estoy tan mojada que se escuchan, y me da miedo que Sofía se despierte, pero no puedo parar. Las piernas se tensan, la espalda se levanta apenas del colchón, la respiración se me corta en la garganta. Me muerdo el labio para no gemir y me vengo en silencio, apretándome los dedos con las paredes del coño, sintiendo cómo late, cómo se contrae, cómo escupe todo el calor acumulado durante días.

Y cuando termina, cuando el temblor se disuelve y todo vuelve a la calma, lo que queda no es alivio.

Es hueco.

Porque el deseo no es solo físico. Es ser vista. Es ser elegida. Es sentir el peso real de otro cuerpo contra el mío, otra boca chupándome, otros dedos abriéndome, no una sombra que me invento en la oscuridad mientras la mujer que amo duerme dándome la espalda.

Mi cuerpo lo sabe.

Lo recuerda.

Lo necesita.

***

El sábado por la mañana me desperté antes que ella. Sofía seguía dormida, perfectamente quieta, ajena al ruido que tenía adentro. Me levanté con cuidado. Cada roce de la tela contra mi piel se notaba más de lo normal, la bombacha me molestaba en la entrepierna todavía sensible, los pezones se marcaban debajo de la remera como si el cuerpo hubiera quedado enchufado desde la noche anterior, la que no fue del todo.

Me senté en el sillón de la sala y traté de distraerme. No pude. Crucé las piernas y sentí la presión leve entre los muslos, el calor concentrado ahí abajo pidiendo atención. Exhalé despacio. Cerré los ojos un instante.

Mi mano descansó sobre la rodilla.

No hice nada al principio. Solo la dejé ahí, sintiendo el calor de mi propio cuerpo, escuchando cómo mi respiración cambiaba apenas. Después los dedos se movieron, sin prisa, recorriendo la piel por encima de la tela, subiendo por el muslo hasta rozar el bulto tibio de mi pubis por encima del pantalón. Y mi cuerpo respondió como si llevara horas esperando ese gesto pequeño. La espalda se hundió en el sillón. Las piernas se abrieron un poco, sin que lo decidiera.

Metí la mano por la cintura del pantalón. Los dedos encontraron la bombacha ya mojada. Bajé más, aparté la tela y me toqué directo, dos dedos deslizándose entre los labios hinchados, sintiendo cómo el coño chorreaba solo con eso. Imaginé una mano más firme que la mía. Una mano más segura. Una mano que no dudara en meterse entera, que me llenara con tres dedos, que me abriera de piernas sin pedir permiso.

Mi respiración se hizo más pesada. Empecé a mover la muñeca despacio, los dedos entrando y saliendo, el pulgar buscando el clítoris. Me mordí el labio.

Y entonces escuché a Sofía moverse en la habitación.

Me detuve en seco. Saqué la mano y me la limpié en el pantalón, sintiendo el olor a mí misma en los dedos. La respiración tardó en bajar; el cuerpo, mucho más. Cuando ella salió de la habitación, me sonrió desde el pasillo y todo volvió a ser normal.

Para ella.

Yo seguía encendida, con el coño palpitando bajo la ropa, con las tetas duras contra la tela, con la boca seca.

No sabía que esa misma noche, alguien más iba a recordarlo por mí.

***

Llegué al bar antes de la hora que había anotado.

No porque quisiera. Porque el cuerpo no aguantaba más.

Era un lugar chico, íntimo, de luces amarillas que suavizaban cada silueta. Olía a perfume, alcohol y piel tibia, esa mezcla que solo aparece en ciertos sábados a la noche. Me senté en la mesa que el mozo me indicó, crucé las piernas despacio y sentí, otra vez, el leve roce de mis muslos bajo el vestido. Sin bombacha. Me la había sacado antes de salir de casa, y ahora la humedad me corría por la cara interna del muslo cada vez que me movía.

Pedí una copa de algo. No vine por la copa.

Vine por algo que todavía no tenía nombre.

Al principio solo miré. Cuerpos que se movían sin apuro. Manos que se rozaban como por accidente. Miradas que duraban más de lo necesario.

Y entonces la vi.

Estaba sentada a dos mesas de la mía. Tenía el cuerpo relajado, pero su sola presencia ocupaba el rincón entero. El pelo oscuro le caía sobre un hombro. Los dedos rodeaban el vaso con una calma que no parecía casual. No fue su cuerpo lo que me atrapó.

Fue la manera de mirar.

Estaba observando. No al lugar. A las personas. Evaluando.

Cuando sus ojos se cruzaron con los míos, no apartó la mirada.

Mi cuerpo reaccionó antes que yo. No fue una decisión, fue un reflejo. Sentí el calor subir desde el vientre hasta el pecho. La respiración cambió. Las piernas se tensaron bajo la mesa, y el coño empezó a latir, a mojarse más, como si supiera antes que mi cabeza lo que iba a pasar.

Ella tampoco apartó la mirada.

No supe cuánto tiempo pasó. Segundos. Minutos. No importaba. En un momento se levantó.

La vi acercarse con pasos tranquilos, seguros, cada movimiento medido. Se detuvo frente a mi mesa, lo bastante cerca para que llegara su perfume.

—¿Está ocupado? —preguntó.

Tenía la voz baja, grave. Mi cuerpo la sintió antes que mi cabeza. Sentí cómo se me apretaron los pezones bajo el vestido.

—No —dije.

Se sentó frente a mí y cruzó las piernas. La rodilla le quedó a centímetros de la mía. Demasiado cerca. Lo suficiente.

El silencio entre nosotras no era incómodo. Su mirada bajó por mi cuerpo despacio. No con prisa. No con vergüenza. Sintiendo cada centímetro que recorría, deteniéndose en las tetas, en la forma en que el vestido se me pegaba al vientre, en el borde del ruedo apoyado en mis muslos. Mi piel reaccionó como si esa mirada fuera contacto físico. Mi respiración se hizo más profunda. Sentí un hilo caliente bajarme por el muslo bajo la tela.

—Soy Mariana —dijo al fin.

—Camila.

Mi nombre sonó distinto al decirlo frente a ella.

Los dedos de Mariana se movieron sobre la mesa, acercándose a los míos sin tocarlos. No todavía. Pero su presencia bastaba para que el coño se me contrajera anticipando el contacto.

—Estás tensa —susurró.

No era una pregunta. Era una observación. Y tenía razón.

Su pie rozó el mío bajo la mesa. Apenas un roce. El efecto fue inmediato: un escalofrío me bajó por la espalda y los muslos se me tensaron sin permiso. Ella no retiró el pie. Lo dejó ahí, presente. Después subió despacio, la punta del zapato deslizándose por mi tobillo, por la pantorrilla, hasta apoyarse en mi rodilla. Y siguió. La rodilla se metió entre mis piernas por debajo de la mesa y me abrió los muslos con una presión suave, como si tuviera todo el derecho.

Su mirada se suavizó cuando notó que no me cerraba.

Al contrario. Me abrí un poco más.

Y entonces movió la mano. Los dedos se posaron sobre los míos. El contacto fue cálido. Firme. No era como tocarme sola. No era imaginación. Era alguien que existía y que estaba ahí, decidiendo tocarme.

Su pulgar se movió despacio sobre mi piel. Un gesto chiquito. El cuerpo me respondió entero: el calor concentrándose entre las piernas, la respiración más pesada, el torso inclinándose un poco hacia ella sin que yo lo decidiera. Debajo de la mesa, su rodilla presionaba justo donde yo la necesitaba, y sin querer empecé a apoyarme apenas contra ella, buscando fricción.

Se dio cuenta. Sonrió de costado.

—Ven conmigo —susurró.

No dije que sí. No hizo falta. Me levanté y la seguí, sintiendo el hilo caliente que me bajaba entre los muslos con cada paso.

***

Salimos del bar sin hablar mucho. No había nada que decir. El aire frío de la noche me golpeó la piel como un contraste inmediato después del calor del interior. Caminé al lado de Mariana, consciente de cada centímetro que nos separaba. Nuestros brazos se rozaban a veces, contactos que parecían accidentales pero que ninguna de las dos esquivaba. Cada roce me bajaba una descarga corta por la espalda hasta instalarse en el coño, que seguía chorreando bajo el vestido.

El edificio quedaba a pocos metros. Elegante, silencioso. Mariana abrió la puerta y me dejó entrar primero. Ese gesto, tan pequeño, me hizo sentir mirada de otra forma, como si cada movimiento mío tuviera peso. Sentí sus ojos clavados en mi culo mientras entraba.

Entramos al ascensor. El espacio era chico, cerrado, íntimo.

Las puertas se cerraron detrás de nosotras con un sonido suave, y el silencio se volvió más denso. Sentía su calor a mi lado. Su respiración tranquila. No me tocaba todavía. Pero estaba lo bastante cerca para que el cuerpo me lo pidiera por ella.

Giré el rostro apenas. Me estaba mirando.

Su mano se movió primero. Los dedos rozaron mi brazo con una lentitud diseñada para darme tiempo de apartarme. No me aparté. Mi piel se estremeció bajo el contacto. Los dedos siguieron el recorrido, subieron despacio hasta mi hombro, bajaron por mi clavícula y después, sin ninguna prisa, la mano entera se apoyó sobre mi teta por encima del vestido. Me apretó suave, sintiendo el peso, sintiendo el pezón duro contra la palma.

Se me escapó un suspiro.

—Sos toda una nena mojada, ¿no? —murmuró cerca de mi oreja, con la voz más baja todavía.

Su otra mano bajó por mi cadera y encontró el ruedo del vestido. Los dedos se metieron por debajo con una calma insoportable. Subieron por la cara interna del muslo, encontraron el hilo húmedo que me corría por la piel y ahí se detuvieron un segundo, apreciándolo.

—Sin bombacha —dijo. Sonrió—. Viniste preparada.

Apoyé la nuca contra la pared del ascensor. Los dedos siguieron subiendo hasta encontrar el coño, y cuando me tocó directo, cuando dos dedos se deslizaron por los labios abiertos y empapados, gemí bajo. No pude aguantarlo. Un dedo entró apenas, probando, sintiendo cómo me contraía alrededor. Salió. Volvió a entrar. El pulgar buscó el clítoris y empezó a moverse en círculos lentos.

—Todavía no —susurró contra mi cuello, y sacó los dedos justo cuando yo empezaba a mover las caderas contra su mano.

Se los llevó a la boca. Los chupó despacio, mirándome a los ojos.

El ascensor se detuvo.

Cuando las puertas se abrieron, ninguna de las dos se movió enseguida. Mariana salió primero, y al hacerlo, su mano encontró la mía. Entrelazó los dedos con los míos, probando mi respuesta.

No me solté.

***

Su departamento estaba tibio, en penumbra. La luz era apenas la justa para verle la cara, los ojos, la forma en que me observaba. Cerró la puerta y el clic del cerrojo marcó un punto sin retorno.

Se acercó despacio.

Sentí el calor de su cuerpo frente al mío. El pecho me subía y bajaba con más fuerza de la que quería. Su mano subió hasta mi mejilla, y los dedos recorrieron mi piel con suavidad, como si estuvieran aprendiendo el camino.

No había prisa.

Su mirada bajó hasta mis labios. Mi cuerpo se inclinó apenas hacia ella, sin que yo lo decidiera.

La otra mano encontró mi cintura, y esta vez la presión fue más firme. Me atrajo despacio, borrando el espacio que quedaba entre nosotras. Pude sentir su respiración sobre mi boca, cálida, cercana. Mis manos subieron por su cuerpo casi sin que yo lo eligiera. Sentí la tela bajo mis dedos, la firmeza de su espalda, el calor real que no podía imaginar ni replicar sola.

Sus labios rozaron los míos primero.

Mi respuesta fue inmediata. Me acerqué más. El beso se volvió más profundo, más lento, más consciente. Su lengua entró en mi boca sin pedir, buscando la mía, y yo la recibí como si llevara meses esperándola. La mano en mi cintura se afirmó, sosteniéndome. Mi cuerpo se pegó al suyo sin reservas, sintiendo cada punto de contacto, y noté cómo su muslo se metía entre los míos y presionaba justo donde el coño me palpitaba.

El calor entre nosotras crecía con cada segundo.

Sus labios dejaron los míos solo para recorrerme la mandíbula, el cuello, dejando un rastro caliente que me obligó a cerrar los ojos. La respiración se me volvió irregular. Mis manos se aferraron a su espalda, sintiendo cómo su cuerpo respondía al mío.

Sus manos me bajaron el vestido de los hombros. La tela cayó sola hasta la cintura y las tetas quedaron al aire. Se separó un segundo para mirarme. No dijo nada. Su boca bajó despacio y me chupó un pezón, primero suave, apenas el borde de los labios, después con más ganas, mordiéndomelo apenas, tirando con los dientes hasta hacerme gemir. La otra teta la agarró con la mano, la apretó, me pellizcó el pezón con el pulgar y el índice al mismo ritmo con el que chupaba la otra.

Me arqueé contra ella. Le agarré la cabeza y la apreté contra mi pecho.

—Mariana… —se me escapó.

Me llevó de espaldas hasta la pared. La espalda encontró la superficie fría y su cuerpo me aplastó contra ella. Con la rodilla me abrió las piernas de nuevo, y esta vez el muslo se metió entero, apretándome el coño desnudo bajo el vestido levantado. Empecé a mover las caderas contra ella sin poder evitarlo, restregándome, sintiendo cómo la tela de su pantalón se me empapaba.

—Así —susurró en mi oído, con voz ronca—. Andá cabalgándome. Mostrame cómo lo necesitás.

Me subió una mano por el vientre desnudo, me apretó una teta, después me tomó del cuello con firmeza suave y me obligó a mirarla mientras yo seguía frotándome contra su muslo. La cara me ardía. Sabía que estaba dejando una mancha oscura en la tela y no me importaba. Ella me miraba y no apartaba los ojos. Eso era lo que necesitaba. Que me viera.

Bajó la mano hasta el ruedo del vestido y lo levantó del todo. Sus dedos volvieron al coño, esta vez sin barreras, y me abrieron los labios con una calma que me hizo temblar. Dos dedos se hundieron adentro, hasta el fondo, y me arqueé contra la pared con un gemido largo que no pude callar.

—Estás hecha un desastre, Camila —dijo, con la boca pegada a la mía—. Toda mojada. Toda mía.

Los dedos empezaron a moverse. Adentro, afuera, curvándose, buscando. Encontraron ese punto que me hacía apretar el culo contra la pared y ahí se quedaron, presionando, mientras el pulgar me trabajaba el clítoris en círculos. Yo le clavaba las uñas en los hombros, le mordía el labio, jadeaba contra su boca.

—Miráme —me ordenó.

La miré. Los ojos oscuros, fijos, absorbiendo cada gesto mío. Cada temblor. Cada gemido.

—Me voy a venir —le dije, casi sin voz.

—Ya sé —contestó, sin apurar el ritmo—. Vení. Vení para mí.

Metió un tercer dedo. Sentí cómo me abría, cómo me llenaba, cómo el coño se le pegaba a los dedos y no los dejaba salir. El pulgar aceleró sobre el clítoris. Las piernas me temblaban. La espalda me raspaba contra la pared. Y entonces me vine, fuerte, con un gemido que no pude morder, apretando sus dedos con las paredes internas, sintiendo cómo cada contracción me sacaba más calor de adentro. Ella no paró. Siguió moviendo la mano hasta el final, hasta que yo me quedé caída contra ella, jadeando en su hombro.

Los dedos salieron despacio. Sentí el vacío, el hilo caliente resbalándome por el muslo. Ella los levantó, brillantes, y me los pasó por los labios.

—Chupá —dijo.

Abrí la boca. Los tomé enteros, chupándolos, sintiéndome en la lengua. Sus ojos me quemaban.

—Todavía no terminé con vos —murmuró.

Me tomó de la mano y me llevó al dormitorio. Me sentó al borde de la cama, se arrodilló entre mis piernas y me las abrió. El vestido se me arrugaba en la cintura. Ella me miró desde abajo, con los labios rozándome la cara interna del muslo, subiendo despacio, dejando besos que se transformaban en pequeñas mordidas hasta llegar al coño.

La primera lamida me sacudió entera. La lengua se paseó de abajo hacia arriba, larga y firme, recogiéndome sin apuro. Después se concentró en el clítoris, dando vueltas alrededor con la punta, presionando, chupándolo entre los labios. Yo me caí de espaldas en la cama, agarrándome del cubrecama, moviendo las caderas contra su boca.

—No te muevas —me dijo, agarrándome de los muslos, hundiendo los dedos en la carne para mantenerme quieta.

Me lamió más despacio, torturándome. Su lengua entraba y salía, se detenía sobre el clítoris, chupaba con fuerza, se alejaba. Yo levantaba la cabeza y la veía entre mis piernas, con la boca brillante, con los ojos clavados en los míos. Nunca me había mirado nadie así mientras me comía. Nunca.

Metió un dedo mientras seguía chupando. Después otro. Los curvó adentro, apretando ese punto, mientras la lengua se movía cada vez más rápido sobre el clítoris. Yo empecé a gemir más fuerte, a decir cosas que no reconocía como mías.

—Así, seguí así, no pares, por favor no pares…

No paró. La segunda venida me golpeó más fuerte que la primera. Sentí cómo el cuerpo se me tensaba entero, cómo el coño le apretaba los dedos, cómo un chorro caliente me salía sin que pudiera controlarlo, empapándole la cara y la mano. Ella no se apartó. Al contrario. Chupó más fuerte, tragó lo que pudo, se quedó ahí hasta que dejé de temblar.

Cuando levantó la cabeza, tenía la boca y el mentón brillantes. Sonrió.

—Nunca te habían hecho venir así, ¿no? —preguntó, subiendo por mi cuerpo, apoyando el codo al lado de mi cabeza.

Negué con la cabeza, sin fuerzas para hablar. Me besó, y me sentí en su boca, salada y espesa. La abracé. La apreté contra mí.

Después me giró sobre la cama, boca abajo. Me levantó las caderas hasta ponerme en cuatro. Sentí su cuerpo detrás del mío, sus manos abriéndome las nalgas, su lengua bajando por la columna, entre los cachetes, encontrando de nuevo el coño desde atrás y hundiéndose otra vez. Me estremecí. Le empujé el culo contra la cara. Le pedí más.

Alguna vez alguien me había preguntado qué era estar viva. No supe contestar. Ahora sabía.

Estar viva era esto. Que otra mujer me abriera de piernas, me chupara desde atrás, me metiera los dedos hasta el fondo mientras yo mordía la almohada para no gritar. Estar viva era el sudor pegándome el pelo a la nuca, la voz de Mariana diciéndome cosas sucias al oído cuando se acostaba encima de mí, su cuerpo aplastándome contra el colchón mientras sus dedos seguían adentro, mientras me susurraba que era una nena calentona, una golosa, que le encantaba cómo me apretaba, cómo la mojaba.

Me hizo venir por tercera vez así, boca abajo, con la mano metida y la boca pegada a mi oído. Y después me giró otra vez, me abrió las piernas, se sentó sobre mi pierna con las suyas abiertas y empezó a frotarse contra mi muslo. Yo la miraba desde abajo, con el coño todavía latiendo, y le agarré una teta por debajo de la camisa. Me la desprendió sola. Su cuerpo era firme, más lleno arriba, con los pezones oscuros y erguidos.

—Ahora vos —le dije.

Me incorporé apenas y me la comí. Le chupé las tetas una por una, primero suave, después mordiéndole los pezones como ella me los había mordido a mí. Ella se movía contra mi pierna, jadeando, aferrándose a mi pelo. Bajé la mano y la encontré empapada bajo el pantalón, que se había abierto sola. Le metí dos dedos. Estaba caliente, apretada, temblando ya.

La empujé sobre la cama y me arrodillé entre sus piernas. Le bajé el pantalón entero. Nunca había estado con otra mujer que no fuera Sofía, y sin embargo mi boca fue directo al coño de Mariana como si supiera de memoria el camino. La lamí desde abajo hasta el clítoris, larga y despacio, como me lo había hecho ella. La escuché gemir mi nombre y sentí que algo se me acomodaba adentro.

Le chupé el clítoris, le metí la lengua adentro, le pasé los dedos por los labios hinchados. Ella me agarraba el pelo, me apretaba la cabeza contra su coño, me pedía más. Le metí dos dedos y los curvé como ella había hecho conmigo. Se arqueó. Me apretó los dedos con fuerza. Y se vino en mi boca, con un gemido ronco, largo, empujando las caderas contra mi cara mientras yo la seguía chupando hasta el final.

Después me arrastró hasta ella, me acomodó encima, y quedamos con las piernas cruzadas, cada una con el muslo apretado contra el coño de la otra. Empezamos a movernos al mismo tiempo, frotándonos, mirándonos, jadeando cerca. Ella me agarraba las caderas y me guiaba, marcando el ritmo. Yo apoyaba las manos en su pecho. Los coños chocaban, se mojaban entre sí, se restregaban con un sonido húmedo que llenaba el cuarto.

—Miráme, Camila —me dijo—. Miráme mientras te venís conmigo.

La miré. No aparté los ojos ni un segundo. Nos movimos cada vez más rápido, cada vez más fuerte, hasta que sentí cómo el orgasmo me subía otra vez desde adentro, cómo el cuerpo entero se me apretaba, cómo el suyo también se tensaba debajo del mío. Nos vinimos juntas, mirándonos, con las bocas entreabiertas, con los cuerpos temblando y empapados.

Me dejé caer sobre ella. Su pecho subía y bajaba bajo el mío. Sus manos me recorrían la espalda despacio, sin apuro, como si no quisieran soltarme todavía.

Ninguna de las dos habló.

Porque mi cuerpo, por primera vez en muchísimo tiempo, ya no estaba esperando.

Estaba siendo visto.

Estaba siendo tocado.

Estaba siendo deseado.

Estaba siendo cogido, como siempre había querido, hasta el fondo, hasta el hueso, hasta olvidar cómo se decía «ahora no».

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Comentarios(7)

Camila_cba

me encantó!! que relato tan lindo, seguí escribiendo por favor

Luna_V

Que bien narrado todo. Esa tension del inicio te atrapa y no te suelta hasta el final. De lo mejor que lei en mucho tiempo, sin exagerar. Seguí asi!!

NocheViajera

Me recordó algo que viví hace tiempo... de esas situaciones que se te quedan grabadas. Muy bien escrito.

Florcita_ba

Esperando la segunda parte con ansias. Quedé con muchas ganas de saber como sigue :)

Gabi_ros

buenisimo!! mas por favor

SilviaNoc

Tiene continuacion? Porque así no se puede dejar, jaja. Saludos

Leo_deLaPlata

Fluye muy bien, se lee de un tiron. Buen relato.

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