Confundí a la vecina con mi novia en el portal
Era jueves, casi las nueve de la noche, y yo volvía del trabajo con la cabeza puesta en una sola cosa: subir a casa de Carolina, abrirle el botón del vaquero y olvidarme del día. Llevábamos saliendo apenas tres semanas, aunque la deseaba desde la facultad. Tres semanas de no dar abasto, de probar todo lo que se nos ocurría, de salir a cenar y volver corriendo a su piso porque ninguno de los dos aguantaba mucho más.
La vi de espaldas en el portal antes de cruzar la calle. Melena negra y ondulada hasta media espalda, falda corta ajustada, una camiseta sin tirantes que dejaba la piel al aire salvo por dos finas líneas horizontales. Ningún sujetador. Me sonreí solo. Carolina sabía perfectamente lo que me provocaba esa camiseta.
Aceleré el paso sin hacer ruido. Quería sorprenderla. Llegué por detrás, le rodeé la cintura con un brazo y con el otro le bajé la mano por debajo de la falda. La tela del culotte estaba caliente. Aparté el borde y le rocé entre los muslos. Con la otra mano le sobé un pecho por encima de la camiseta. Le pegué la entrepierna a la curva del trasero para que sintiera lo que me había provocado verla así desde la esquina.
—Si por mí fuera, no subimos —le susurré al oído—. Te lo hago aquí mismo, contra el buzón.
Y la besé en el cuello.
Algo no encajaba. El perfume era más dulce, más empalagoso. Carolina usaba algo con notas de cedro. Y los pechos. Los pechos eran demasiado grandes. Demasiado pesados.
Mierda.
La mujer giró la cabeza despacio, sin apartarme la mano, y me miró con una sonrisa que no era de susto ni de enfado. Era una sonrisa divertida.
—Vaya manera de saludar, guapo. ¿Haces esto con todas las que te calientan en la calle?
Retrocedí medio paso. Ella se giró del todo. Reconocí la cara enseguida. Era Bárbara, la vecina del segundo. Carolina vivía en el cuarto. La había visto un par de veces en el ascensor, siempre saludando con una sonrisa larga, con los ojos puestos un segundo más de lo necesario. Era parecida a Carolina de espaldas: misma altura, mismo tipo de pelo, misma silueta. De frente no se parecían en nada. Carolina tenía la cara más fina, más joven, con esos rasgos casi de adolescente que me volvían loco. Bárbara era mayor, con la nariz más ancha y los labios más gruesos. No era guapa de cara. El cuerpo era otra historia.
—Perdona, perdona. Pensé que eras…
—Lo sé. Sé perfectamente a quién esperabas —me cortó sin alzar la voz, como si llevara horas ensayando ese momento—. Es una pena. Yo me había vestido para salir y mi cita me acaba de dar plantón hace cinco minutos. Estaba aquí abajo a punto de subir a cambiarme.
Me dio un beso en la boca. No corto. Largo. Con lengua.
Yo me quedé paralizado. Su mano había bajado y me agarraba por encima del pantalón. La tenía dura desde el momento del abrazo y ella lo notó perfectamente.
—Yo una cosa así no la rechazo —dijo, y me guiñó el ojo—. Sube y vemos qué hacemos.
Sacó las llaves, abrió el portal y entró sin volverse a mirar. Caminó hasta el ascensor moviendo las caderas como si supiera que yo estaba contando los segundos que tardaba en seguirla. Y la seguí. Por supuesto que la seguí. Carolina estaba en el cuarto, esperándome con la cena calentándose en el horno. Bárbara vivía dos pisos por debajo. Y yo subí al segundo.
***
El ascensor era estrecho. En cuanto se cerraron las puertas, me volvió a besar. Me agarró la mano y la guió otra vez bajo la falda. Esta vez no había culotte, lo había dejado a un lado. La piel estaba caliente, depilada por completo, ya húmeda.
—Carolina no se deja así, ¿verdad? —dijo entre dientes.
No supe qué contestar. La besé yo a ella para no tener que pensar. Olía a algo dulce, a vainilla y a alcohol del bueno. Carolina nunca habría dejado que un desconocido la tocara en un ascensor. Carolina era cuidadosa, paciente, le gustaba que las cosas pasaran despacio. Esto era lo contrario.
El ascensor se abrió en el segundo. Bárbara abrió la puerta del piso sin encender la luz del pasillo. En cuanto la cerró detrás de mí, me empujó contra la pared y me quitó la camiseta con un tirón que descosió algún hilo. Volvió a besarme. Besaba con violencia, los labios chocando, la lengua entrando hasta el fondo. O estaba muy necesitada o era así de hambrienta siempre.
Le subí la camiseta. Cuando le vi los pechos por primera vez entendí por qué había notado la diferencia. Eran grandes, pesados, con pezones oscuros que ocupaban media areola. No caían. Se mantenían firmes, redondos, como si los sujetara algo invisible. Los toqué y la piel era suave, casi sin temperatura.
—Chúpamelos. Fuerte —dijo, y me agarró la nuca para acercarme.
Lo hice. Le pasé la lengua por uno, le mordí el pezón con cuidado y después con menos cuidado. Ella jadeaba sin disimulo, alto, sin importarle que algún vecino del rellano pudiera oír. De pronto recordé una tarde en la que Carolina me había contado, riéndose, que la del segundo se traía a hombres todas las semanas y que siempre la oían follar desde arriba.
—Tú eras la del segundo —dije, separándome un segundo—. Carolina me ha hablado de ti.
—Espero que bien.
—Dice que haces temblar el edificio.
Soltó una carcajada ronca. Se arrodilló sin contestar. Me bajó el pantalón y el bóxer de un tirón. Cuando me la vio se le abrieron los ojos como si le hubieran regalado algo que no esperaba.
—Vaya regalo le toca a Carolina cada noche. La muy suertuda.
Y se la metió en la boca entera, sin precalentar. La lengua me recorrió el glande con una técnica que me hizo cerrar los ojos para no acabar en treinta segundos. Mientras chupaba me apretaba los testículos con una mano y con la otra me clavaba las uñas en el muslo. Empezó a tragar más y más profundo, hasta que sentí la garganta apretada alrededor de la punta. Yo cogí el ritmo y empecé a empujarle la cabeza con suavidad, marcando el movimiento. Ella gimió alrededor del miembro y la vibración casi me hace acabar.
—Para. Para o no llego —le pedí.
Se separó con un sonido húmedo y se levantó despacio. Se bajó la falda por las caderas, dejándola caer en el suelo. La tanga roja también cayó. Se quedó completamente desnuda en mitad del salón a oscuras, iluminada solo por la luz que entraba por la ventana del balcón.
—Ven aquí —dijo, y se tumbó en el sofá—. Cómeme antes.
***
Carolina nunca me lo había pedido. Llevábamos tres semanas y todavía no le había hecho eso, no se había atrevido a pedírmelo y yo tampoco me había ofrecido. Con Bárbara no hubo negociación. Era una orden.
Me arrodillé entre sus muslos. Tenía las piernas abiertas, las rodillas dobladas hacia los lados, sin pudor. Acerqué la cara y dudé un segundo. Ella me agarró el pelo y me tiró hacia abajo.
—Aquí. Con la lengua. Despacio al principio. Te voy diciendo.
La obedecí. Empecé con un lametazo largo de abajo arriba. Bárbara soltó un gemido que me sorprendió, mucho más alto de lo que esperaba. Me fue guiando con la voz, con la cadera, con la mano en mi pelo. Más arriba. Más a la izquierda. Ahí. Más fuerte. Mete un dedo. Dos.
Hice todo lo que me dijo. En algún momento sentí cómo una pequeña protuberancia se hinchaba contra mi lengua y entendí dónde estaba el centro. Lo presioné con la punta. Bárbara empezó a temblar entera. Sus muslos se cerraron alrededor de mi cabeza y aulló de una manera que me asustó. Pensé que algún vecino iba a llamar al timbre.
Se corrió encima de mi cara. Sentí el líquido caliente bajándome por la barbilla. Me retiró el pelo, jadeando, riéndose.
—Joder, qué bien aprendes, cabrón. Ven.
***
Me subí al sofá entre sus piernas. Le clavé los codos a los lados de la cabeza. Le metí la mía con un solo empujón, sin tantear. Bárbara gritó tan fuerte que me detuve.
—¿Te he hecho daño?
—Sigue. Sigue, cabrón. Quiero que me revientes.
Seguí. Empecé a embestir despacio, marcando el ritmo, viendo cómo sus pechos saltaban contra el mío con cada empujón. Ella no se callaba ni un segundo. Decía cosas que no había oído en mi vida, ni en pornos. Cosas sobre que era una puta, sobre que me la quedara para siempre, sobre que Carolina no me sabía tratar. Yo intentaba no escucharla porque cada palabra me acercaba más al final.
—Voy a acabar —avisé.
—Dentro no.
Me retiré justo a tiempo. Acabé sobre el vientre, jadeando, con las piernas temblándome. Me dejé caer a un lado, agotado, pensando que ya estaba. Que ya podía vestirme, inventar una excusa, subir al cuarto y comportarme como si nada.
Bárbara tenía otros planes.
Se inclinó sobre mí y empezó a limpiarme con la boca. Lo hizo despacio, sin dejar ni una gota. Cuando terminó, la tenía dura otra vez. Me miró desde abajo con una sonrisa libidinosa que no le había visto a ninguna mujer hasta entonces.
—Siéntate.
Me incorporé. Ella se puso encima, a horcajadas, y se la clavó hasta el fondo sin avisar. Empezó a moverse de arriba abajo, agarrándose al respaldo del sofá para tener apoyo. Yo le chupé los pechos uno detrás de otro, mordí los pezones, le apreté la cintura. Bárbara gritaba cosas cada vez más obscenas. Cada vez que se le acercaba un orgasmo avisaba con un «ya viene, ya viene» entre dientes y después soltaba un alarido sin palabras.
Se corrió dos veces así, una encima de la otra, sin descanso. Yo no entendía cómo aguantaba el ritmo. De pronto paró, se quedó quieta encima de mí, jadeando.
—¿A Carolina se lo has metido por detrás?
—No.
—¿Nunca?
—Nunca.
Se incorporó, se dio la vuelta sin sacármela, y se reacomodó hasta apoyar la punta contra su otro agujero. Estaba dilatado. Se notaba que no era la primera vez ni la décima. Bajó muy despacio, jadeando, conteniendo el aliento en cada pulgada. El capullo fue lo que más le costó. Después, cuando entró, gritó de nuevo, pero el grito ya no era de dolor.
—Joder, joder, qué grande la tienes. Carolina no sabe lo que se pierde.
Empezó a moverse otra vez, con cuidado al principio, después con más rabia. Yo le pasé las manos por delante y le apreté los pechos como me había pedido antes. Le besé el cuello, el hombro, le susurré al oído que era la mujer más sucia que había tocado nunca. Ella se reía y gemía al mismo tiempo.
—Toda dentro. Esta vez quiero toda tu leche dentro de mí. Riégame.
La regué. Acabé con un gruñido contra su espalda, agarrándole las caderas para que no se moviera, dejándome ir entero. Bárbara se corrió por tercera o cuarta vez, ya había perdido la cuenta, y se dejó caer hacia delante sobre el sofá, con la cara hundida en el cojín, riéndose con la boca tapada.
***
Me vestí en silencio. Ella no se movió. Se quedó tumbada bocabajo, desnuda, con las piernas todavía abiertas, recuperando el aire.
—Vuelve cuando quieras —dijo sin mirarme—. La próxima vez que subas a verla, llama al segundo antes. Te invito a un café.
—Carolina…
—Carolina no se va a enterar de nada. Soy mucho más discreta de lo que parezco.
Subí dos pisos. Cuando llegué al cuarto, Carolina me abrió con una sonrisa cansada y un beso suave. Me dijo que la cena estaba fría, que dónde me había metido. Le dije que había habido un atasco. Cené sin hambre. Esa noche le hice el amor lento, con culpa, intentando ser todo lo opuesto a lo que había sido dos plantas más abajo.
***
Lo repetimos. Más veces de las que tendría que confesar. Bárbara tenía veintiocho años, trabajaba en algo de marketing y mantenía una relación estable con un tipo de cuarenta y siete, casado, que la había instalado en aquel piso y le pagaba todo. Cuando él no podía venir, ella llamaba a quien le apeteciese. Yo era uno más en una lista que prefería no imaginar.
Carolina alguna vez me decía, riéndose, que la del segundo se había echado un nuevo amante porque la oía gritar a horas raras. Yo me encogía de hombros y cambiaba de tema. Sabía exactamente a qué hora gritaba y sabía exactamente con quién.
Bárbara se mudó seis meses después, cuando su otro amante le compró un piso más grande en otra zona. Me lo dijo en su último mensaje, sin drama, con un emoji de beso. Nunca volví a verla.
Carolina sigue siendo mi novia. Ahora, en la cama, le pido cosas que antes no me atrevía a pedirle. Le hago cosas que antes no sabía hacer. Ella se sorprende y se ríe y me pregunta de dónde he sacado esas ideas. Le digo que se me ocurren mirándola. No es del todo mentira. Bárbara me enseñó a mirar.