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Relatos Ardientes

Descubrí los mensajes secretos de mi marido

Lo encontré sin querer. Esa es la verdad más incómoda, la que me repito una y otra vez para no sentirme tan ridícula. La pantalla del portátil de Andrés se quedó abierta cuando salió a comprar pan, y al pasar reconocí mi propia espalda. Mi cintura. Las marcas que me deja el sostén cuando me lo aprieto demasiado. Estaban en un hilo de mensajes con un tal Mateo.

Me senté frente a la pantalla con las sienes latiéndome. Subí desde el último mensaje hasta el primero, como quien lee un diario ajeno con prisa. Decenas de fotos mías. Algunas con la cara recortada, otras tomadas mientras yo dormía boca abajo. Cada vez que Andrés enviaba una, Mateo respondía con un emoji o con una frase corta. «Qué cuerpo.» «¿Te gustaría?» «Yo te la cuidaría bien.»

Lo primero fue rabia. Lo segundo, vergüenza. Lo tercero fue algo que no supe nombrar hasta varias horas más tarde, y que todavía hoy me cuesta decir en voz alta.

Cuando volví a sentir las manos, abrí el chat y escribí desde la cuenta de mi marido.

—Hola, Mateo. Soy Renata. La de las fotos.

Tardó casi un cuarto de hora en responder. Me imagino su cara al ver mi nombre en lugar del de él.

—Lo siento mucho, Renata. ¿Te puedo tutear? Solo quiero que sepas que son fantasías. Que hay discreción. Que ninguna de tus fotos ha salido de aquí. Al menos no donde se te vea la cara.

—La cara no. El culo, las tetas y todo lo demás sí. Qué alivio, de verdad. ¿Tienes nombre, supongo, para saber con quién estoy hablando?

—Mateo. Y te repito que es solo un juego. Hay respeto. Deberías hablarlo con Andrés.

—Un juego. Vaya juego. Entre ustedes dos, porque yo no participaba.

—Indirectamente sí. Para él, sin ti esto no tiene sentido. Tú eres el morbo.

—Claro. Yo soy el morbo. Pero siendo follada por otros. No lo entiendo.

Y ese «no lo entiendo» —escrito sin pensar, casi un suspiro— lo cambió todo.

—No lo entiendes, pero te causa curiosidad. O te excita. Quizá ya te mojaste leyendo el hilo. Quizá te tocaste mirando las fotos.

—Oye. Respétame. No confundas las cosas.

—No confundo nada. Si te molestara más de lo que te calienta, no estarías hablando conmigo. Le habrías contado todo a Andrés y ya estaría. Pero a lo mejor lo que quieres es que te follen como a las chicas de los videos.

Me quedé mirando la pantalla. Tenía las piernas cruzadas sobre el sillón. Sin darme cuenta las estaba descruzando despacio, como si alguien me las estuviera abriendo desde dentro.

El desgraciado tenía razón.

—Sigues ahí, puta. Te estarás dando dedo. Y está bien. No te sientas culpable. Deja salir a la puta que llevas dentro. Tu marido estaría feliz, créeme.

Mi mano ya estaba por encima del pantalón, apretando con la palma sin mover los dedos. Me detuve. Tenía que detenerme.

—Solo te voy a pedir una cosa. Que no le digas nada a Andrés. Yo veré cómo manejo esto.

—Alguien se va a convertir en hotwife. Tranquila, chula, no diré nada. Pero aquí me tienes por si te puedo ayudar en algo. Conseguirte un primero discreto y respetuoso, por ejemplo.

—No te confundas. No he dicho que vaya a ser eso.

—Ok, ok. No diré nada más. Pero aquí me tienes.

Cerré la conversación justo a tiempo, porque la puerta se abrió y entró Andrés con la bolsa del pan al hombro.

—Hola, amor. ¿Qué tal el día? ¿Resolviste lo del banco?

—Sí. Todo bien.

—Voy a ducharme y preparo la cena. ¿Vino?

—Vino.

Lo vi subir las escaleras con la espalda inocente de quien no sabe que ha sido descubierto. Me serví una copa larga y me senté en la sala con la luz apagada. Pensaba demasiado. Era un torbellino y no sabía por dónde empezar a desenredarlo. Lo único claro era el calor entre las piernas. Esa necesidad sucia y específica que no había sentido en años.

Andrés bajó con ropa limpia y fue a la cocina. Lo oí abrir un cajón, encender el fuego, picar cebolla. Yo no aguanté más. Dejé la copa sobre la mesa baja, fui hasta él y me arrodillé. Le bajé el pantalón corto sin avisar y le saqué la verga. Olía a jabón y a algo que conocía de memoria. Me la pasé por la mejilla antes de metérmela en la boca.

Él soltó el cuchillo. Apoyó las dos manos en la encimera y se le escapó un gemido largo, como de derrota. Yo seguí, con devoción, con una hambre que no recordaba haber sentido nunca. Cuando me levanté para besarlo, le mordí el labio inferior y le dije al oído:

—Hoy quiero que me cojas como a una perra. Como a una puta cualquiera.

No tuvo que pensarlo. Se enjuagó las manos a las apuradas, me dio la vuelta contra la encimera, me bajó el legging hasta los tobillos y me hizo subir una pierna sobre el cajón. Entró duro. Sin avisar.

—Así, mi amor. Cógeme duro. Dame más.

Se volvió loco. Me agarró del pelo y tiró hacia atrás hasta que se me arqueó la espalda. Después me puso en cuatro patas sobre las baldosas frías y empezó a clavarme con un ritmo que no era el habitual. El golpe seco de su cuerpo contra el mío me hacía perder el hilo de mis propios pensamientos.

—Así, ¿quieres guebo duro, perra? ¿Te gusta que te metan duro?

—Sí, papi. Me gustan los guebos grandes. Me gusta duro en la cuca y en el culo.

—¿En la boca también?

—También, papi.

—¿Los dos al mismo tiempo?

Las piernas me temblaban. Me quedé en blanco. Me pasaron por la cabeza, en ráfaga, todas las fotos que había visto esa tarde. No supe qué responder.

Me dio una nalgada que sonó en toda la cocina.

—Responde, perra.

—Sí, papi. Podría con los dos al mismo tiempo. Tú sabes que soy bien puta.

Se vino apenas se lo dije. Me llenó por dentro con una fuerza que me arrancó un quejido y cayó encima de mi espalda, respirándome el pelo. Yo me quedé temblando, con la mejilla aplastada contra el suelo y los ojos cerrados.

—Uffs, mi amor. Qué polvo. Estabas hecha una zorra.

—Estaba fuera de mí —le respondí con una vergüenza que no era del todo sincera—. No sabía lo que decía.

—Voy a limpiarme y termino la cena.

Me quedé sentada en el suelo de la cocina sintiendo cómo me escurría por el muslo. Me incorporé despacio y subí a ducharme. Dentro del agua caliente, repasé cada palabra de los últimos veinte minutos. La pregunta de los dos al mismo tiempo. Lo rápido que se había corrido cuando dije que sí. Andrés sabía. Andrés llevaba meses, quizá años, sabiendo.

Me puse un vestido negro de los de estar en casa y un hilo del mismo color debajo. Bajé a cenar.

—Es ceviche de pollo —dijo él—. Con arroz y ensalada. Hay limonada.

Comíamos sin hablar. Nos mirábamos como dos personas que comparten una broma privada. En un momento dejé el tenedor.

—Andrés, lo de los dos al mismo tiempo. Fueron palabras del momento.

—Shhh. Tranquila. Ya lo sé. Es solo un juego de palabras.

—No quiero que pienses mal de mí.

—¿Por qué iba a pensar mal? Lo pregunté yo. Es morbo. Y entre nosotros hay confianza.

Asentí despacio. Quise preguntarle si alguna vez había tenido alguna fantasía concreta con esto. Pero habría sido demasiado obvio. Habría sospechado en el segundo. Terminamos la cena casi en silencio y subimos a dormir.

Andrés leyó un capítulo de su libro y se durmió de costado. Yo estuve horas con los ojos abiertos, mirando el ventilador del techo. Las palabras de Mateo se me repetían en la cabeza como un anuncio molesto. «Aquí me tienes para conseguirte un primero discreto.» Y al lado, las palabras de mi marido. «Entre nosotros hay confianza.» Las dos frases se sostenían entre sí, como una contradicción que en realidad no lo era.

***

A la mañana siguiente, en cuanto la puerta del garaje se cerró, abrí el chat.

—Hola. ¿Estás ahí?

Tardó una hora en responder.

—Hola, chula. ¿Alguna novedad?

—Lo voy a decir sin vueltas. Quiero hacerlo.

El corazón me iba a mil. Pasaron dos minutos. Tres. Cinco. Yo miraba la pantalla como si fuese a explotar en cualquier momento.

—¿Qué quieres hacer? No entiendo.

—No te hagas. Tú sabes.

Estaba jugando conmigo. Quería oírlo escrito con todas las letras, como castigo por haberme hecho la digna el día anterior cuando los dos sabíamos perfectamente cómo había terminado yo después de cerrar la conversación.

—Pues no lo sé. Vas a tener que ser bastante explícita, mamasita. Bien puta.

—¿No te da vergüenza hacerle esto a Andrés, que es tu amigo?

—Somos buenos conocidos. Y no, no me da vergüenza. Le estoy haciendo un favor. Me lo va a agradecer. Además, eres tú la que vienes a buscarme. Dime qué quieres hacer o no te respondo más.

Me tenía donde quería. Estaba molesta. Estaba mojada. Las dos cosas a la vez.

—Bien. Quiero entrar en su juego.

—Así no, mamasita. Dime qué quieres ser.

—Quiero ser una puta. Una hotwife. Quiero hacer cornudo a mi marido.

—Eso es. Nos vamos entendiendo. ¿Ves que no era tan difícil? Eres una buena putita.

Esa palabra me incomodaba. «Putita.» Me hervía y me calentaba a partes iguales. Y necesitaba recuperar algo de control. A fin de cuentas, este hombre también era un cornudo.

—Solo con una condición.

—Ya lo sé. Que no le diga nada a Andrés.

—No. Eso vendrá después. Mi condición es otra. El primero que me consigas tiene que tener una verga más grande que la de mi marido.

Escribirlo me mojó otra vez. Metí la mano por debajo del pijama y empecé a apretarme un pezón despacio, con el otro brazo todavía sobre el teclado.

—Uffs. Bien puta me saliste.

—Claro. Si lo voy a hacer, lo hago bien. Y mira que mi marido tiene buen tamaño. Supongo que eso a ustedes los excita más.

—Yo qué sé. Pero está bien. Lo tendré en cuenta.

Sus respuestas se habían vuelto cortas. O estaba ocupado, o estaba ocupado de otra forma. Decidí presionar.

—Imagino que sabrás de qué tamaño son los que se follan a tu mujer. Te estarás tocando ahora mismo, cornudito.

—Oye. Eso no es conmigo. Es con Andrés. Pero está bien que vengas tan puta de entrada. O al menos que lo intentes.

—No te ofendas. Entonces, ¿cómo entramos al juego?

—No es ningún juego peligroso. Ya verás que lo vas a disfrutar. Voy a buscar un primero en tu ciudad. Alguien discreto, alguien en quien se pueda confiar. Hablamos por aquí, ajustamos detalles, y luego le paso tu perfil para que te escriba directo. ¿Te parece?

—Me parece. Pero discreción, como tú dices.

—Te dejo, puta. Y bienvenida al juego.

Cerré la conversación. Me bajé el pijama hasta los muslos y me subí la blusa hasta el cuello. Saqué el celular. Me tomé una foto frente al espejo, sin cara, solo el pecho desnudo y la mano abierta sobre el vientre. Volví a abrir el chat.

—Gracias por la bienvenida, cornudito.

Le adjunté la foto y bloqueé la pantalla. La dejé boca abajo sobre la cama. El corazón me seguía latiendo demasiado rápido. Pero por primera vez en mucho tiempo no era un corazón nervioso. Era un corazón despierto.

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Comentarios (4)

SantiLector

tremendo!!! uno de los mejores de la categoria sin dudas

PaulaM_rosario

Dios mio me quede sin palabras al llegar al final. Por favor que haya una segunda parte!!

Terri_24

Lo lei dos veces porque la primera no lo podia creer. Me gusta que la narradora sea tan honesta con sus propias emociones, eso es dificil de escribir y se nota mucho. Muy buen relato.

CarlosGDL

excelente, de los mejores que lei en mucho tiempo en este sitio

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