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Relatos Ardientes

Mi infidelidad en Medellín empezó con una apuesta

Llegué a Medellín con apenas veintidós años, mi hijo recién nacido en brazos y la promesa de un mundo mejor que mi marido había dibujado durante meses. La realidad nos golpeó en la primera semana: el alquiler era impagable, los servicios se devoraban lo poco que él traía a casa, y una sensación de ahogo me apretaba el pecho cada vez que abría la nevera vacía.

Fue Marta, una amiga de la pensión donde vivíamos al principio, quien me habló del trabajo.

—Es en un asadero —me dijo bajando la voz—. Turno noche, paga bien. Yo llevo seis meses y nunca me falta nada.

Le creí porque necesitaba creerle. Le dije a mi marido que era una pollería, que serviría almuerzos y atendería mesas, que volvería al amanecer con plata en el bolsillo y un par de presas envueltas para él. Aceptó porque no había de otra: él trabajaba de día en una bodega y podía quedarse con el niño por la noche.

El primer día comprendí que Marta me había mentido a medias. No era una pollería. Era un bar de luces rojas en el barrio Manrique, con barra larga, reservados con cortinas y una clientela de hombres solos que entraban con la corbata floja y salían sin reloj. Vendíamos cerveza, aguardiente y un porcentaje de cada consumo terminaba en nuestro sobre del fin de semana.

Camila era la dueña. Una mujer de cuarenta y tantos, pelo teñido de rubio ceniza, anillos en cada dedo y voz de fumadora. Me midió de arriba abajo el primer minuto y me dijo que tenía cara de cordero, que eso vendía.

Andrés era su hermano menor. Tendría mi edad, quizá un año más. Llegaba cada noche pasadas las once, se sentaba en la punta de la barra y me miraba sin disimulo. Era flaco, con una sonrisa torcida y unas manos largas que jugaban con el vaso mientras me hablaba.

La primera semana solo cruzamos cortesías. La segunda, me robó un beso en el pasillo que llevaba al depósito y yo no aparté la cara. La tercera, ya buscaba excusas para pasar cerca de él, para que me pusiera la mano en la cintura cuando me decía algo al oído. Una noche me metió la mano por debajo de la falda en ese mismo pasillo, me apretó el coño por encima de la tanga y sintió que estaba mojada. Sonrió, se lamió los dedos delante mío y se fue a la barra sin decir nada. Yo me quedé temblando con la espalda pegada al muro, apretando los muslos, tragándome las ganas de correr atrás de él.

***

La apuesta nació una madrugada, después de cerrar.

—Hay clasificatorias el sábado —dijo Andrés mientras Marta y yo contábamos las propinas—. Colombia contra Argentina. ¿Tienes fe?

—Mucha —contesté sin pensar.

—Apostemos. Si gana Colombia, te paso quinientos mil pesos. Si gana Argentina, me la mamas. Aquí. Delante de tu amiga.

Marta soltó una carcajada. Yo me reí también, con la boca, pero con el estómago no. Andrés me miraba serio, esperando.

—Acepto —le dije.

Estaba tan segura. Tan ridículamente segura. Colombia jugaba en casa, llevaba dos victorias seguidas, y yo nunca había perdido una apuesta de fútbol en mi vida.

El sábado en la noche pusimos el partido en el televisor del bar antes de abrir. Argentina nos pasó por encima dos a cero. Marta me miraba de reojo cada vez que el rival se acercaba al arco, y yo sentía el sudor frío bajándome por la espalda.

Cuando el árbitro pitó el final, Andrés apagó el televisor sin decir nada y se sentó en su banco de la barra. Marta terminó de barrer en silencio. Yo me quedé de pie en el medio del salón, con la bandeja en la mano, sin saber qué hacer con mi cuerpo.

—Trato es trato —dijo él al fin.

***

No voy a contarlo con rodeos porque no los hubo. Dejé la bandeja en una mesa, caminé hasta él y me arrodillé entre sus piernas en el suelo pegajoso del bar. Marta se hizo la que ordenaba botellas en una esquina, pero la sentí mirar de reojo, con la respiración corta.

Andrés se abrió el cinturón sin apuro, se bajó el cierre y se sacó la polla ya medio dura. La tenía gruesa, más gruesa de lo que me había imaginado tantas noches, con las venas marcadas y la punta brillante. Se me hizo agua la boca y me odié por eso.

—Mírame —me dijo.

Levanté la cara. Le agarré la verga con la mano derecha, se la sacudí despacio para terminar de ponérsela dura, y le pasé la lengua desde los huevos hasta la punta. La saqué caliente. Le escuché el suspiro, y ese suspiro me prendió más que cualquier caricia que me hubieran hecho antes. Me la metí a la boca de una, tan a fondo como pude, y sentí cómo se me clavaba en la garganta y se me llenaban los ojos de lágrimas.

—Así, mamita —murmuró—. Chúpamela toda.

Empecé a mamársela con las dos manos, subiendo y bajando, ensuciándome la barbilla de saliva, arrastrando la lengua por debajo del glande cada vez que llegaba a la punta. Le lamí los huevos, me los metí a la boca uno por uno mientras le hacía una paja lenta con la mano, y volví a tragármela hasta el fondo. Andrés me agarró la nuca con suavidad, sin forzar, y me marcó el ritmo. Eso me dolió más que si me hubiera empujado: que fuera dulce, que no me tratara como una puta cualquiera, cuando yo lo estaba siendo delante de mi amiga.

—Me voy a correr —avisó con la voz ronca.

No me aparté. Se descargó en mi boca a chorros calientes, espesos, y yo me tragué todo lo que pude porque no había dónde escupir. Un hilo se me escapó por la comisura y me cayó al escote. Cuando terminó, me ayudó a ponerme de pie, me limpió el labio con el pulgar y me besó la frente como si acabáramos de hacer algo tierno.

Corrí al baño a enjuagarme la boca. Me lavé los dientes con jabón porque no había otra cosa. Mientras me miraba al espejo, con los ojos rojos y el semen todavía tibio bajándome por dentro del pecho, Andrés golpeó la puerta y entró sin esperar respuesta.

—Tengo los quinientos igual —dijo sacando los billetes de la billetera—. Vámonos a un hotel. Te los doy ahí.

—No.

—Te los doy ahora si quieres. Pero vente conmigo.

Me los puso en la mano, doblados, calientes. Los conté con los dedos sin mirarlos. Estaban todos.

Salimos juntos a las cinco de la mañana. Caminamos tres cuadras hasta un hotel de paso de la setenta, sin hablar. Yo iba pensando en mi hijo dormido, en mi marido roncando con la boca abierta, en la mentira de la pollería, en los billetes que abultaban en el bolsillo de mi vaquero.

La habitación olía a desinfectante barato. Andrés cerró la puerta y se quedó mirándome desde el otro lado de la cama.

—Si te quieres ir, te vas —dijo—. La plata es tuya igual.

Y eso me terminó de quebrar. Que no me obligara fue lo que me hizo elegirlo.

Me acerqué yo, lo besé yo, y le metí la lengua hasta el fondo con un hambre que no sabía que tenía guardada. Él me sacó el top por la cabeza, me desabrochó el corpiño con una mano y se me quedó mirando las tetas como si nunca hubiera visto unas. Las tenía llenas todavía por la lactancia, pesadas, con los pezones oscuros y grandes. Me las agarró, me las apretó, me las lamió una por una con calma, mordiéndome los pezones hasta hacerme gemir.

—Qué rico coño tienes que estar teniendo —murmuró—. A ver déjame ver.

Me arrancó los vaqueros de un tirón, me sentó en el borde del respaldo de madera y me abrió las piernas de par en par. Se arrodilló en el piso y me clavó la boca en el coño sin advertencia. Me lamió los labios abiertos, me chupó el clítoris hasta hacerme temblar las rodillas, me metió dos dedos y me los movió adentro buscando el punto justo. Yo me agarré del respaldo, arqueé la espalda y me corrí en menos de dos minutos, mordiéndome la mano para no despertar al hotel entero.

—Esa boca no cierra hoy —dijo, todavía arrodillado, con la barbilla mojada de mí—. Ponte en cuatro.

Me di la vuelta y me apoyé en la cabecera. Le sentí la punta de la polla frotándome de arriba abajo, mojándose en mi coño, buscando entrada. Me la metió despacio la primera vez, hasta el fondo, y me arrancó un quejido largo. Después me la sacó entera y me la volvió a meter de una embestida seca que me hizo cerrar los ojos.

Lo que pasó después no fue tierno ni cuidado. Me cogió con una furia silenciosa, como si llevara semanas guardándola. Me agarró de las caderas y me embistió tan fuerte que la cama empezó a golpear contra la pared. Me metía la polla hasta las bolas, me la sacaba casi entera y me la volvía a clavar con un ruido húmedo que llenaba la habitación. Me apretó la nuca, me hundió la cara contra la almohada y me dijo cosas al oído que nunca le había permitido a mi marido.

—Eres una puta rica, ¿lo sabías? Mira cómo te chorrea. Mira cómo me la aprietas. Dilo. Di que eres mi puta.

—Soy tu puta —le contesté con la boca contra la sábana—. Métemela toda. No pares.

Me dio la vuelta otra vez, me puso las piernas sobre sus hombros y me embistió mirándome a los ojos. Me chupaba los pezones sin dejar de follar, me mordía el cuello, me pasaba el pulgar por el clítoris hasta hacerme temblar. Me corrí dos veces más así, con la voz rota y los ojos apretados, mojando la sábana debajo de mí.

Cuando iba a terminar me apretó las caderas contra las suyas y se corrió dentro de mí sin preguntarme, en tres embestidas largas que sentí cada una. No sentí pánico. Tomaba pastillas desde que nació el niño. Me quedé quieta debajo de él, sintiendo cómo se le escapaba lo último y cómo se le vaciaba en el vientre bajo.

No me dejó descansar. Se acostó de espaldas, me pidió que me subiera encima, y yo me monté con la polla todavía dura y resbalosa de nosotros dos. Me la clavé yo misma esta vez, despacio, aprendiéndome cada centímetro, y empecé a moverme sobre él como no me había movido nunca. Le agarré las manos, me las puse en las tetas, me incliné hacia adelante para que me las mordiera y galopé hasta que sentí que se me venía otra vez.

—Ahora el culo —me dijo cuando terminé de temblar—. Dámelo también.

Me bajó de encima, me hizo arrodillar contra el respaldo y me untó la saliva del coño en el ojo del culo con dos dedos. Me metió uno primero, después dos, dilatándome despacio mientras me tragaba en la boca los quejidos. Cuando me clavó la polla, me dolió como si me partiera. Mordí la sábana, apreté los puños, y aun así le pedí que no parara.

—Sigue, sigue, no la saques.

Me la fue metiendo por partes, dejándome respirar entre embestida y embestida, y a los pocos minutos el dolor se me mezcló con algo denso y sucio que no había sentido antes. Me metió una mano por delante, me pellizcó el clítoris y me empezó a coger el culo con embestidas cortas y hondas mientras me susurraba lo apretada que estaba, lo bien que le apretaba la verga, lo puta que era. Me volvió a correr así, con la polla en el culo y los dedos en el coño, temblando entera contra la cabecera. Él se descargó por segunda vez adentro, y esta vez lo sentí caliente en un lugar donde nunca antes había sentido nada.

Cuando salí de aquella habitación, con las piernas flojas y la ropa interior empapada, supe que algo se había roto y que no iba a poder pegarlo.

***

Llegué a casa con la tanga llena de semen escurriéndoseme por dentro de los muslos y la mente embotada. Me metí a la ducha antes de saludar a mi marido. Lavé la ropa a mano en el lavadero, frotando con detergente, mientras él me preparaba el desayuno tarareando una canción.

—Te demoraste —me dijo cuando salí.

—La jefa pagó al final. Quinientos. Los guardé bien.

Me creyó. Llevé un sancocho del bar al mediodía siguiente para sostener la mentira de la pollería, y se lo comió agradecido.

A partir de esa noche, ya no hubo vuelta atrás. Andrés y yo nos veíamos cada madrugada al cerrar el bar. A veces en el hotel, a veces en su apartaestudio, una vez en la trastienda con Marta cuidando la puerta. Esa vez me lo cogí de pie contra un cajón de cervezas, con la falda subida a la cintura y la tanga corrida a un lado, mordiéndome el puño para que no me oyeran los últimos clientes. Me llenó el coño de leche caliente en menos de diez minutos y salí a servir mesas con las piernas mojadas y el olor a él pegado al pelo.

Dejé las pastillas porque me convencí de que lo amaba, de que un hijo suyo nos uniría para siempre, de que él me sacaría de la vida prestada con la que cargaba. Le pedí que me acabara siempre adentro, en el coño, en la boca, en el culo, y él me complació sin preguntar. Aprendí a mamarla como no había mamado nunca, a tragar sin arcadas, a pedirle que me la clavara en cualquier hueco a cualquier hora. Me volví una perra en celo con él, y él lo sabía y lo aprovechaba.

A los dos meses me hice la prueba en una droguería. Dos rayas. Lloré de felicidad en el baño del bar y se lo dije a Andrés esa misma noche. Él me abrazó, me dijo que nos iríamos al eje cafetero, a Pereira, donde tenía un primo con un local. Que vendiera lo que pudiera, que me llevara al niño, que él se encargaba del resto.

Empecé a planear la fuga. Hablé con Marta, escondí ropa en el bar, fui guardando los billetes del fin de semana en un sobre dentro de la maleta del niño. Borraba las fotos y los videos del celular cada noche al llegar a casa, segura de que con eso bastaba.

No sabía que mi marido me había regalado un celular nuevo dos semanas antes con la copia de seguridad configurada en la nube. Todo lo que yo borraba se subía automáticamente a su correo. Llevaba meses leyéndome.

***

Una madrugada llegué del bar y la casa estaba demasiado quieta. Mi marido me esperaba sentado en el borde de la cama, vestido, con el celular en la mano.

—Quítate la ropa —me dijo.

Lo hice porque no me salió la voz para discutir. Me revisó entera, con los ojos rojos pero secos, y cuando me abrió las piernas y vio el rastro de semen que Andrés había dejado en mi coño hace apenas dos horas —espeso, pegajoso, todavía escurriéndoseme por dentro— se le cayó el celular al suelo.

—Lo sé todo —dijo—. Llevo meses sabiéndolo.

Me mostró los videos. Las fotos. Los mensajes que yo creía borrados. Vi mi propia cara con la polla de Andrés en la boca, mi culo levantado en el hotel de la setenta, mi voz gimiéndole que la metiera toda. Me dijo que estaba embarazada de Andrés, y entonces fui yo la que se quedó sin palabras, porque ni siquiera había alcanzado a decírselo a él en voz alta a mí misma.

—Me voy —dijo levantándose—. No me imaginaba que serías capaz de esto.

Yo, con la rabia y la culpa mezcladas, le solté lo peor que se me ocurrió.

—Mejor. Yo nunca te quise. Me casé contigo porque mis papás me obligaron.

Le vi la cara cambiar. La boca floja, los ojos quietos. No me contestó. Empezó a meter ropa en una bolsa mientras yo me metía a la ducha gritándole desde adentro que cuando saliera no quería verle la cara nunca más.

Cuando salí, la casa estaba en silencio. No estaba él. Ni la bolsa. Ni mi hijo. Ni la cuna del bebé que aún no caminaba.

Salí descalza a la calle, a las seis de la mañana, gritando el nombre del niño. Una vecina me devolvió a la casa porque temió que me pasara algo. Llamé a mi mamá llorando que me habían robado a los hijos.

***

Mi mamá me encerró en su cuarto a las dos horas y me sacó la verdad a correazos. Le conté todo: a Andrés, el embarazo, el plan de fugarme a Pereira. Cuando terminé, llamó a papá y a mi hermano mayor y los tres me dieron una golpiza que todavía recuerdo cuando me agacho.

Después me llevaron al consultorio de un médico amigo de la familia. No me preguntaron. Me hicieron firmar un papel y me sacaron al bebé de Andrés del vientre esa misma tarde. Me sangró tres semanas. Lloré sin parar durante una.

A Andrés lo citaron con mi celular, simulando que era yo. Mi hermano lo esperó en un parque con dos amigos y casi lo matan. Llegó la policía antes de que terminaran. Andrés se fue al sur a esconderse en serio, ya no por mí.

Mientras tanto, mis papás contactaron a mi marido. Él aceptó recibirme con una condición: que nos fuéramos lejos. Compró tres pasajes para Quibdó y de allí cinco horas en lancha por el río Atrato, hasta una vereda perdida en el Chocó, con casa de tablas y un calor que no dejaba dormir.

Allí pasé el peor año de mi vida. Mi marido tomaba aguardiente todas las noches y cuando se acordaba del asunto me pegaba sin levantar la voz, con una rabia metódica que me dejaba moretones en las costillas y en los muslos donde nadie los viera. Mis hijos crecían viéndome callar.

Cuando mi hermano fue a visitarnos, mi marido me amenazó la noche anterior con que si abría la boca me hundía la cabeza en el río. Sonreí todo el día como una idiota, le hice arepas a mi hermano, le mentí en la cara. Cuando se fue, lloré tres horas seguidas en el patio.

Entendí que llorar no servía. Empecé a hacerle todos los gustos a mi marido, a cocinarle lo que le gustaba, a recibirlo con la pierna abierta cuando llegaba borracho. Le mamaba la polla arrodillada en la cocina mientras se tomaba el aguardiente, le dejaba que me cogiera por el culo en la hamaca del patio, me tragaba lo que fuera con tal de tenerlo contento. Le susurraba al oído que él era el único, que nadie me había cogido como él, que lo de Medellín había sido una locura de adolescente tardía. Me hice su esposa modelo y su puta de casa con un único objetivo: volver.

Le pedí a mi mamá que lo convenciera, que jurara por mí que ya no iba a fallar. Mi hermano también ayudó, a regañadientes. Le ofrecieron techo en la casa familiar mientras armaba algo en la ciudad.

Mi marido vendió la casucha de tablas, las gallinas y el bote, y nos volvimos los cuatro a Medellín en un bus de dos días por la carretera del Pacífico. Llegamos un domingo en la tarde, polvorientos y callados.

Esa misma noche, mientras él dormía en el cuarto de huéspedes de mis padres, salí al patio a fumar el primer cigarrillo en años. Pensé en Andrés. Pensé en el bebé que me sacaron. Pensé que no iba a perdonar a nadie, ni siquiera a mí misma, y que con eso bastaba para seguir adelante.

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Comentarios(8)

SandroNights

Tremendo relato, uno de los mejores que lei en esta categoria. Medellin de fondo le da un sabor distinto, se nota que lo viviste de verdad.

Caro_Gdl

Por favor que haya segunda parte, no puede quedar asi!!

NicoFromBsAs

jajaja la apuesta mas cara de su vida y la mas memorable tambien

AndresMZA

Me engancho desde el primer renglon, muy bien narrado. Seguiii!!

LectoraNocturna

Me recordo a una apuesta tonta que hice yo en un cumple... aunque la mia no tuvo este final jaja. Muy bueno

NocheVieja77

Y la amiga que cara puso?? eso lo quiero saber

Mauro_baires

Relato sencillo pero muy efectivo, sin vueltas. Bien ahi.

RubiaMDP

excelente!! me quede queriendo mas

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