Pagué el motel para que otro cumpliera su fantasía
Aquella fantasía empezó meses antes, una madrugada de invierno, cuando Camila se quedó con la cabeza apoyada en mi pecho y soltó la frase que nunca terminaba de pronunciar entera: «Si él hubiera podido aquel día…». No hizo falta que aclarara nada. Yo sabía perfectamente a quién se refería.
Bruno había aparecido en nuestra vida durante un trío improvisado, una de esas cosas que se planean en una pizzería con dos botellas de tinto encima y terminan saliendo bien por pura suerte. Esa noche, mi novia se había quedado mirando lo que el tipo tenía entre las piernas como quien descubre algo que llevaba años buscando sin saberlo. Le faltó la valentía o le sobró la cordura, no sabría decir. Hubo un segundo encuentro pactado y un accidente menor de él en el camino —una caída en moto, nada grave— que canceló la cita. Después, Bruno se borró del mapa.
Durante los meses siguientes, cada vez que cogíamos, Camila volvía sobre el tema como quien vuelve a un disco viejo. Lo nombraba apenas, lo dejaba flotando entre los gemidos. Yo veía cómo se le ponía el cuerpo cuando lo imaginaba. La sentía aflojarse de una manera distinta, como si la fantasía pesara más que cualquier cosa que yo pudiera hacerle con las manos. Y yo, en vez de frenarla, me dediqué a alimentarle esa calentura como un idiota obediente: la besaba más lento, le abría las piernas con paciencia, le metía los dedos hasta encontrarle ese punto exacto donde perdía la voz, y entonces ella volvía a ese nombre en un susurro, Bruno, como si se estuviera tocando sola desde adentro.
Así que un día, sin avisarle, lo busqué. Me costó. Tuve que pedir favores a dos conocidos en común, conseguir un número viejo, mandarle un mensaje que tardó casi una semana en contestar. Cuando finalmente respondió, no se hizo el difícil. Dijo que se acordaba perfecto y que la propuesta seguía en pie.
No le dije nada a Camila todavía. Quería estirar la cuerda un poco más.
—¿Y si volviera a aparecer? —le pregunté una noche, mientras la tenía debajo, las rodillas dobladas contra el pecho, la concha abierta por mis dedos y la boca húmeda de mis besos.
—No me digas eso si no es verdad.
—¿Y si lo fuera?
Se le entrecortó la respiración. No me contestó con palabras. Me clavó las uñas en la espalda y se vino dos veces seguidas, una arriba de la otra, sin darme tregua, manchándome el abdomen mientras se retorcía contra el colchón y me pedía, con la voz rota, que no la sacara de ahí todavía.
A la mañana siguiente, mientras tomábamos café, le dije que ya estaba arreglado. Camila se quedó quieta, con la taza a mitad de camino entre la mesa y la boca. Después soltó una risa nerviosa, corta.
—¿En serio?
—En serio.
—¿Y dónde?
Ese era el problema. Bruno me había escrito que estaba sin laburo desde marzo y que vivía con la novia en un departamento de un ambiente en Boedo. No tenía cómo ofrecer un lugar. Yo iba a tener que resolverlo.
Camila lo escuchó en silencio. Después se acomodó el pelo detrás de la oreja, me miró con una sonrisa que no le había visto antes y dijo, despacio, masticando cada palabra:
—Pagás vos el telo. Para que él me la deje abierta. Y después entrás vos al mismo cuarto y comprobás cómo me quedó.
Me quedé sin aire. No supe si era una orden, una broma o una prueba. Asentí sin pensarlo.
—Listo —dijo ella, y volvió a su café como si hubiéramos hablado del supermercado.
***
Coordinamos para el viernes siguiente. Camila se preparó la noche entera. Se depiló todo, se hizo las uñas, eligió un conjunto de encaje negro que yo no le había visto puesto desde el año anterior. Cuando salió del baño envuelta en perfume, me costó reconocerla. Tenía esa mirada que algunas mujeres ponen cuando saben perfectamente lo que están a punto de hacer.
—No me digas que estás nervioso —se rió.
—Lo estoy.
—Bueno. Yo también. Pero no me arrepiento.
Antes de salir me dejó tocarla encima del encaje. Le pasé la palma por las tetas, por la cintura, por el monte de Venus ya húmedo apenas rozado. Ella se abrió sola, despacio, y me besó con una ansiedad que no le conocía. Tenía el perfume mezclado con el olor tibio de su propia excitación, y cada vez que yo le metía la lengua en la boca ella me apretaba el bulto por encima del pantalón, como queriendo recordarme que esa noche iba a ser una carnicería.
Bruno avisó que llegaba tarde. Cosa típica de él, según me contaba Camila mientras manejábamos hacia el centro. Habían estado mensajeándose la última semana, y ella me leía algunos fragmentos en voz alta, como para que yo me fuera haciendo a la idea. Cosas explícitas. Promesas concretas. La voz le temblaba un poco al leerlas, pero no de miedo.
Esperamos en una esquina de Almagro, a media cuadra de mi laburo. Yo había propuesto que el encuentro fuera en una zona más lejana, más anónima, pero Camila había tomado el control de toda la noche y eligió ella. Decía que le gustaba la idea de que fuera cerca, que yo pudiera estar a tres cuadras escuchándolo todo.
Bruno apareció en una moto, con una campera negra y un casco al brazo. Más alto de lo que yo recordaba. Camila se bajó del auto sin mirarme y caminó hasta él con esa lentitud que tienen las mujeres cuando saben que están siendo observadas. Se saludaron con un beso en la boca que duró más de lo necesario, un choque de lenguas que ya desde la calle parecía sucio y decidido. Después subieron a un taxi.
Los seguí desde lejos. No me costó. El telo estaba a quince cuadras, sobre la avenida. Cuando entraron, estacioné a la vuelta, debajo de un árbol, con la ventanilla abierta para que entrara algo de aire. Eran las once y media de la noche y el barrio estaba muerto.
A los pocos minutos, el celular vibró.
«Ya estamos en la habitación. 312.»
Después: «Pagamos con tu tarjeta para que te llegue el aviso al banco. Quiero que lo veas.»
El aviso del banco me llegó treinta segundos más tarde. Una notificación seca, en el idioma de los plásticos: monto, comercio, hora. La miré tanto rato que la pantalla se apagó sola.
Empezaron a caer las fotos. Camila contra la pared del cuarto, vestida solo con el conjunto negro, con las tiras de encaje corridas hacia un costado y los pezones duros apuntando al lente. Camila de rodillas con la boca abierta y la mano de Bruno en la nuca, obligándola a mirar hacia arriba. Camila mirando a cámara con una sonrisa que yo le había enseñado en otras circunstancias y que ahora me devolvía multiplicada por mil, los labios brillantes y la cara encendida. En la última se le veía a Bruno detrás, sentado en la cama, con el pantalón abierto y una mano hundida entre las piernas de ella mientras la otra le apretaba una nalga.
El primer video llegó cinco minutos después. Audio fuerte, imagen movida. Camila chupándosela. Lo que se le veía a él era, efectivamente, descomunal. Mucho más de lo que yo recordaba de aquella noche del trío, o quizá la distancia hacía que cualquier detalle se agigantara. Mi novia, mientras tanto, se manejaba con una naturalidad que me dolió y me calentó al mismo tiempo. Le pasaba la lengua por la base, le chupaba el glande con esa dedicación obscena que tienen algunas mujeres cuando quieren demostrar que no están improvisando, y Bruno le agarraba la cabeza sin violencia, apenas marcándole el ritmo como si ya supiera cómo iba a reaccionar ese cuerpo.
Cerré los ojos. Volví a abrirlos. El reloj del tablero marcaba las doce menos veinte. Yo sudaba con las ventanillas abiertas y el motor apagado.
***
Las dos horas siguientes fueron las más largas de mi vida.
Camila me mandaba todo. Un audio donde le pedía permiso para que él la penetrara. Otro audio donde Bruno preguntaba en voz alta si estaba permitido cogérsela hasta el fondo. Yo contestaba con monosílabos, con la garganta seca. «Sí.» «Dale.» «Lo que ella quiera.» Cada respuesta mía abría una puerta que después no se podía volver a cerrar.
Hubo un momento en que me llegó una videollamada. Camila apareció en la pantalla con el pelo revuelto, las mejillas rojas, los ojos brillantes de una manera que yo no le había visto nunca. Detrás de ella, Bruno estaba arrodillado en la cama, esperando, con la verga dura apuntándole al vientre como un garrote vivo.
—¿Puedo darle el culo? —preguntó, sin rodeos, sin filtros, sin teatro.
Tragué saliva. La luz del tablero del auto me daba en la cara y yo me preguntaba quién carajo era ese tipo que estaba al volante, qué hacía ahí, por qué había aceptado todo esto.
—Que te lo rompa —dije.
Camila sonrió. No me dijo gracias. Cortó.
Los videos siguientes fueron una secuencia. Primero los dedos de él preparándola, con un movimiento lento, casi médico, entrando y saliendo mientras ella se mordía el antebrazo para no gritar de entrada. Después la primera entrada, con un grito de ella que se transformó a mitad de camino cuando la punta le abrió el culo y Bruno empujó con paciencia hasta enterrarse entero. Después la posición en cuatro, con las manos de Camila hundidas en el colchón y las nalgas abiertas a dos manos; después con las piernas al hombro, las suelas de sus pies temblándole junto a las orejas; después un cambio que no supe identificar bien porque la cámara temblaba demasiado y el lente captaba apenas el vaivén bruto de los cuerpos reventándose encima de la cama.
En uno de los videos, Camila le decía con voz entrecortada que se la metiera hasta el fondo. En el siguiente le advertía que así se la iba a romper. En el siguiente le rogaba que no parara. Bruno, mientras tanto, mantenía una compostura de tipo que ya había hecho esto antes, muchas veces. Le hablaba sin levantar la voz, le marcaba el ritmo, le pedía que respirara, le metía más y más hasta dejarla temblando, con el pelo pegado a la cara y la boca abierta como una perra desesperada.
Yo en el auto. Yo con el celular caliente entre las manos. Yo con una erección que no se calmaba pero que tampoco me animaba a tocar, porque me parecía traicionar el momento. Era de ella, era de él, no era mío.
A los cuarenta minutos le escribí: «¿Cómo vas?».
Me contestó con una foto. La cámara enfocaba entre sus piernas, en primer plano, su agujero abierto como yo no se lo había visto nunca, enrojecido, brillante, todavía marcado por la cogida. Debajo, dos palabras: «Vení ya.»
***
Entré al telo con las piernas flojas. La recepcionista del lobby me miró sin sorpresa, con esa expresión de quien ha visto cosas peores. Subí al tercer piso. Bruno estaba bajando por la escalera en sentido contrario, vestido, peinado, oliendo a colonia barata. Se cruzó conmigo sin saludarme. No hizo falta.
Camila me esperaba en la puerta de la habitación, todavía con el conjunto negro a medio poner, descalza. Tenía la respiración agitada y los ojos brillantes, pero no de tristeza. Me besó en la boca apenas crucé el umbral, y el beso tenía sabor a látex y a otro hombre, a semen ajeno y a esa humedad pesada que queda cuando alguien acaba de machacarte durante horas.
—Vení —me dijo, y me llevó adentro tirándome de la camisa.
La habitación olía a sexo. Las sábanas estaban revueltas, había una toalla en el piso, el aire acondicionado zumbaba en una esquina. Camila se acostó boca abajo en la cama, abrió las piernas y me miró por encima del hombro. Se le veían la concha mojada, el culo rojo, las marcas de los dedos de Bruno todavía frescas en una nalga.
—Comprobá —dijo, con una sonrisa de zorra que era mía y de nadie más.
Me arrodillé detrás de ella. La toqué con dos dedos primero. Estaba abierta, caliente, todavía lubricada de lo que él le había dejado. Camila gimió bajito cuando le metí los dedos hasta el fondo, sin esfuerzo, y se le escapó un espasmo breve que le hizo sacudir la cadera contra mi mano.
—¿Está abierto? —preguntó, jugando.
—Está como me lo pediste.
—Entonces metémela. Quiero sentir cómo te queda chica ahora.
Le aparté las piernas con una mano y me acomodé detrás, rozándole la entrada con el glande empapado. Ella soltó un suspiro largo, casi agradecido, y me empujó hacia atrás con el culo, impaciente. La penetré sin avisarle. Camila gritó algo entre la risa y el gemido; no era dolor, era esa mezcla sucia de ser reventada por uno y después tomada por otro, de sentir cómo el cuerpo seguía caliente y abierto, obediente, como una puerta que ya no sabe cerrarse.
Le fui entrando de a poco hasta que me tuvo entero. La agarré de la cintura y empecé a empujar con ganas, clavándole la verga en ese agujero que seguía dilatado, húmedo, sensible de la sesión anterior. Ella se arqueó, hundió la cara en la almohada y empezó a pedirme más, más fuerte, más rápido, diciéndome que no aflojara, que la cogiera como si quisiera borrarle a Bruno de adentro y a la vez conservarle la marca.
La posición cambió sola. La di vuelta sobre el colchón, le levanté una pierna y se la puse sobre el hombro. Ahí entraba todavía mejor, más hondo, más salvaje. Le vi el pecho moverse por el esfuerzo, las tetas rebotando con cada golpe, el pelo pegado al cuello. Me miraba con una sonrisa de loca, la comisura de los labios temblándole.
—Así —me dijo—. Así me gusta. Quiero sentirte donde estuvo él.
La cogí con rabia, con hambre, con una necesidad que ya no tenía nada de elegante. El ruido de los cuerpos llenó la habitación: piel contra piel, el colchón crujiendo, sus gemidos desarmándose en la garganta, mi respiración cada vez más rota. Le metí dos dedos en la boca para callarla un poco y ella me los chupó con ganas, mirándome como si estuviera agradeciendo el golpe de cada embestida.
No aguanté mucho. Cinco minutos, quizá menos. Cuando me vine adentro de ella, sentí el tirón completo de la corrida, caliente y densa, perdiéndosele en el interior mientras Camila apretaba las piernas alrededor de mi cadera y se venía también, temblando de arriba abajo, con un quejido largo que terminó convertido en una risa ahogada contra la almohada.
Nos quedamos tirados en la cama el resto del turno. Camila apoyó la cabeza en mi pecho y empezó a mostrarme los videos en orden, comentando cada uno como si fuera una película que había protagonizado otra y que le había gustado mucho. Me contaba los detalles que la cámara no había captado. El olor del cuello de Bruno. La forma en que la había agarrado del pelo. Lo que le había dicho al oído justo antes de venirse. Cómo le había abierto el culo con los dedos, despacio, hasta que se escuchó el chasquido húmedo de la piel cediendo. Cómo después la había agarrado de las tetas mientras la empujaba contra la pared, con la concha todavía chorreándole.
Y yo escuchaba todo, sin saber si seguía siendo el mismo de antes o si algo en mí ya había cambiado para siempre.
Cuando salimos del telo, ya estaba amaneciendo. Camila se durmió en el auto antes de que arrancara. Manejé hasta casa en silencio, con la mano apoyada sobre su rodilla, pensando en Bruno bajando la escalera, en el sabor del beso, en la próxima vez.
Porque va a haber próxima vez. De eso, después de aquella noche, ya no me cabe ninguna duda.