La infidelidad que mi esposa me ocultó año y medio
Sofía empujó la puerta del piso con la cadera y dejó las bolsas del supermercado sobre la consola del recibidor. Traía pensada una conversación pendiente con Marcos sobre la factura de la luz y un guiso a medio descongelar. Las llaves se le escurrieron de los dedos antes de pisar el salón.
En el sillón de cuero, atado con bridas y en calzoncillos, estaba Don Octavio. La mordaza le aplastaba los labios contra los dientes y le quedaba un hilo de sangre seca pegado a la sien. Marcos, su marido, estaba de pie a tres pasos del viejo. Sostenía una escopeta apoyada en el antebrazo y tenía una cara que ella no le había visto en quince años de matrimonio.
—Pasa —dijo Marcos sin levantar la voz—. Cierra la puerta. Y siéntate, que vas a necesitarlo.
—Marcos, por Dios, ¿qué hiciste?
—Lo que tendría que haber hecho hace año y medio. Acércate.
Ella obedeció. Las piernas le temblaban tanto que tuvo que apoyarse en el respaldo del sofá. Don Octavio gimió detrás de la mordaza y Marcos lo silenció con un golpe seco en la espinilla.
—Sofía, tengo una sola pregunta y vas a contestarla mirándome a los ojos. Cuando este hombre te tuvo durante veinticuatro horas en su oficina, ¿fuiste tú la que se ofreció, o me mentiste tú también?
El aire del salón se volvió denso. Ella abrió la boca y la cerró tres veces. Cuando habló por fin, su voz no era la suya.
—Fui yo. Le pedí yo.
***
Dieciocho meses antes, la fábrica de embutidos que Marcos había heredado de su padre estaba a punto de cerrar. Tres bancos le habían dado con la puerta en las narices. Don Octavio Belmonte, prestamista del barrio desde antes de que él naciera, le concedió treinta mil euros mensuales contra la promesa de pagarlos en cuatro años. Marcos firmó sin leer las cláusulas pequeñas. Esa noche durmió por primera vez en meses.
Una semana después, Sofía encontró un sobre en la caja fuerte del despacho del prestamista. Había ido a llevar unos papeles que su marido había olvidado, y Octavio la dejó sola dos minutos mientras atendía una llamada. La curiosidad la traicionó. En el sobre decía «Lourdes — 2019». Dentro había un DVD sin carátula. Sofía lo guardó en el bolso sin pensarlo.
Esa noche, con Marcos durmiendo al otro lado del pasillo, lo puso en el portátil con auriculares. Una mujer rubia, atada de pies y manos, era usada por cuatro hombres en una nave industrial. La mujer pedía más. Lloraba y pedía más.
Se pasó la semana siguiente cerrada en el cuarto de invitados, con la puerta echada y la respiración corta. Vio el video cuarenta veces. Cuarenta veces se masturbó hasta dejarse la piel en carne viva. Y el viernes, cuando Marcos salió de viaje a una feria en Valencia, ella se vistió con el conjunto negro que él le había regalado por el décimo aniversario y se presentó en la oficina del prestamista.
—Sé lo del sobre —dijo, y lo dejó sobre la mesa—. Sé qué clase de hombre eres. Y vengo a ofrecerte un trato.
Don Octavio se reclinó en el sillón. No sonrió.
—Te escucho, niña.
—Mi marido no se entera nunca. Jamás. Lo simulamos. Tú me secuestras, te haces el villano, lloras de pánico cuando me devuelves. Yo durante veinticuatro horas hago todo lo que tú quieras, con quien tú quieras. Y a Marcos le perdonas dos meses de pago. Nada más.
Don Octavio se levantó, dio la vuelta al escritorio y se paró delante de ella. Le levantó la barbilla con un dedo, despacio, como quien examina ganado.
—Aceptado.
***
El viejo cumplió. Llamó a Inés, una mujer del barrio con la que ya había trabajado, para que se hiciera pasar por la cómplice del falso secuestro. Marcos recibió una llamada anónima, una voz electrónica, instrucciones de no avisar a la policía y un número de cuenta. Pagó. Pagó cuarenta mil más para recuperar a su mujer. La encontró tirada en una cuneta a las afueras de la ciudad, con los ojos vendados, llorando, intacta por fuera.
Lo que Marcos no supo hasta esa tarde en el salón fue que dentro de aquellas veinticuatro horas Sofía había hecho lo que el video prometía. Y más.
—Te conozco, Sofía —dijo él, con la escopeta todavía en la mano—. Llevo quince años durmiendo contigo. Sé exactamente la cara que se te pone cuando estás caliente. Y cuando vi la grabación que el viejo dejó por descuido en una carpeta compartida, vi esa cara. La vi cuatro horas seguidas. No era miedo. Era lo otro.
Sofía cayó de rodillas sobre las baldosas. Quiso hablar y solo le salió un sonido seco.
—Perdóname.
—Todavía no he terminado.
Marcos sacó del bolsillo del pantalón una carpeta doblada en cuatro. La abrió encima de la mesa baja, con calma, como si estuviera enseñando los deberes a un niño.
—Carmen Belmonte, su primera esposa, no se fugó con un argentino como cuenta tu amigo. Se fue a Cali huyendo de él porque le rompía las costillas cada vez que bebía. Está viva. La encontré a través de un contacto que tengo en Bogotá. Llega mañana al mediodía. Su hija Helena viene con ella.
Don Octavio se sacudió bajo las bridas.
—Te enumero, viejo, para que Sofía lo oiga: Inmaculada, la mujer que te limpiaba el piso. Pilar, la mujer de tu socio. Adela, tu secretaria de los noventa. Rosa, la del banco de la esquina. Patricia, la vecina del segundo. Todas con la misma fórmula. Préstamo y esposa.
***
Helena llegó a la mañana siguiente, tal como Marcos había prometido. Era una mujer ancha de hombros, de cuarenta años, con una calma que no admitía teatro. Carmen entró detrás de ella, encorvada y vieja antes de tiempo, y se quedó parada en el umbral del salón mirando al hombre atado con una mezcla de pena y de asco.
—Papá —dijo Helena—. Se acabó.
En menos de una semana, Helena tomó las riendas del despacho de su padre. Canceló la deuda de Marcos con un trazo de bolígrafo. Le prohibió a Don Octavio acercarse a menos de quinientos metros de cualquier vivienda donde hubiera una mujer casada. Lo mudó a una habitación de su propia casa, con cerrojo por fuera, y le quitó las tarjetas. Carmen, después de cuarenta años de exilio, durmió por primera vez en una cama sin miedo.
Marcos siguió pagando los treinta mil mensuales. Helena se los devolvía cada mes a la cuenta. Él insistía. Era hombre de palabra.
***
Dentro de la casa fue distinto.
Marcos echó a Sofía del dormitorio esa misma noche. No le pegó. No le levantó la voz. Le señaló la habitación de invitados y le dijo que durmiera ahí hasta nuevo aviso. Lucas, el menor, lo descubrió a los tres días, durante una cena. El niño dejó la cuchara dentro de la sopa, miró a sus padres uno por uno y preguntó si se iban a separar.
—No —dijo Marcos, mirando a Sofía a los ojos por primera vez desde aquella tarde—. No nos vamos a separar.
Sofía lloró en silencio sobre el plato.
Pasaron cuatro meses. Ella dejaba notas debajo de la puerta del dormitorio. Cartas largas, manuscritas, sin pedir nada. Le contaba el día. Le contaba a los niños. Le contaba lo que pensaba mientras planchaba sus camisas. Marcos las leía todas y no contestaba ninguna.
Una noche de febrero, él entró en la habitación de invitados sin avisar. Sofía dormía con la luz encendida y un libro abierto sobre el pecho. Marcos se sentó en el borde de la cama y le acarició el pelo. Ella se despertó llorando antes de abrir los ojos.
—Tengo dos billetes a Mallorca —dijo él—. Para el sábado. Si quieres venir.
***
El hotel daba al puerto. Sofía no esperó ni a deshacer la maleta. Cerró la puerta de una patada, lo empujó contra la pared y le bajó la cremallera con los dientes. Marcos quiso decir algo y ella le tapó la boca con la mano.
—Cállate. Por favor. Cállate.
Se la cogió contra la pared con la falda subida hasta la cintura y las medias rotas en una sola pierna. Sofía se vino en menos de un minuto, mordiéndole el hombro para no gritar. Cayeron al suelo enredados. Ella se quitó la ropa a manotazos, se puso de rodillas y se lo metió en la boca hasta el fondo. Era la primera vez en quince años que se lo hacía así. Tragó cuando él se vino, sin apartarse, sin parpadear, y después se quedó con la frente apoyada en su muslo, respirando fuerte.
—Eso no lo habías hecho nunca conmigo.
—Lo sé.
—Lo hiciste con él.
—Sí.
Marcos se levantó, la cargó hasta la cama y le hizo el amor durante dos horas, despacio, sin hablar. Le besó la nuca, las costillas, el interior de las rodillas. Ella se vino dos veces más, agarrándose a la cabecera con las dos manos.
Por la mañana, Sofía le pidió que la tomara por detrás. Marcos lo hizo con cuidado, con saliva, parando cada vez que ella respiraba hondo. Ella se vino con la cara hundida en la almohada y los dedos clavados en su muslo.
Pasaron la semana así. Caminatas por el puerto al atardecer, almuerzos largos con vino blanco, sexo cada tarde y cada noche. El jueves le bajó el periodo. El viernes, en la terraza, hablaron por fin.
—Si quieres —dijo Marcos—, compramos las cosas que él te hizo usar. Las cuerdas. Los juguetes. Si las necesitas para volver a sentir aquello.
Sofía negó con la cabeza, despacio, sin apartar la vista del mar.
—No. Aquello fue una enfermedad que ya se me curó. Te quiero a ti como eres. Dulce. Tranquilo. Mío.
***
De vuelta en casa, Marcos volvió a dormir en su cama. Los niños no preguntaron nada, pero Lucas se le subió al regazo durante una semana entera, como si supiera. La fábrica funcionaba al fin sin sobresaltos. Helena llamaba de vez en cuando para informar del estado de su padre, que envejecía rápido entre cuatro paredes y comía sin apetito.
Una noche, ya tarde, Sofía le preguntó a Marcos si la escopeta de aquella tarde estaba cargada.
—No —dijo él—. Ni un cartucho. Me lo pensé mucho. Y al final supe que no podía. No por él. Por ti. Por los niños. Por nosotros.
Ella se quedó un rato en silencio. Después le puso la mano sobre el pecho y la dejó ahí, sintiéndole el corazón.
—De las cenizas —dijo—, a veces sale algo que arde mejor.