Tres en la tienda: el mechón rosa de Vera
El grito hizo que Sara abriera los ojos de golpe. Seguía boca arriba sobre la colchoneta, todavía atrapada en el latido del orgasmo que acababa de tener, con el cuerpo de Vera derrumbado encima del suyo. Miró de reojo a su nueva amante, que arrugó la nariz con una mueca cansada, como quien reconoce una escena que ya vivió demasiadas veces.
—No grites tanto, Inés. Estamos recién corridas.
—Si ya lo veo —contestó Inés desde la entrada de la tienda, sin soltar la lona—. Te ha faltado tiempo para buscarte compañía.
Sara siguió la mirada de Inés y entendió. Los dos cuerpos desnudos brillaban a la luz del farol colgado del techo, todavía húmedos del sudor y del placer. El aire dentro de la tienda olía a sexo recién hecho.
—Dijo la que se fue a por unas cervezas hace tres horas —replicó Vera sin moverse—. Y que encima vuelve servida.
—¿Qué dices tú?
—Pues tú verás…
Vera se incorporó por fin, despegándose del cuerpo de Sara. Cuando se giró hacia su novia, los ojos se le quedaron clavados en el pantalón corto de Inés. Una mancha oscura le marcaba la entrepierna, demasiado grande para ser sudor. Inés intentó cubrirla con la mano.
—He ido a mear y me he salpicado —dijo demasiado rápido.
—Claro, zorra. Salpicado. Vamos a verlo.
De un tirón seco, Vera le bajó el pantalón hasta las rodillas. Inés ni siquiera intentó pararla; se quedó con las manos colgando, mordiéndose el labio. Vera deslizó dos dedos sobre el pubis depilado y los abrió en V, separando los labios. El clítoris seguía hinchado, todavía sensible, y al rozarlo arrancó un temblor a Inés que terminó en un gemido apretado entre los dientes. Vera bajó más, hasta la entrada, y la encontró empapada de algo que no era solo deseo.
—Tú meas por un sitio muy raro, cerda.
—No te creas lo que ves.
—Y encima has perdido las bragas. Se las habrás dejado de recuerdo a la zorra que te haya follado.
Vera deslizó los dedos hacia dentro hasta el segundo nudillo. La cremosidad la delató: estaba dilatada, recién usada. Inés trataba de contener los gemidos, pero el coño no la obedecía y se contraía sobre los dedos de su novia con un ritmo que no podía disimular. Sara las miraba desde la colchoneta con la boca entreabierta. La situación, lejos de cohibirla, le estaba volviendo a subir la temperatura.
—Es tu última oportunidad, Inés.
—Que no he hecho nada, joder.
Los dedos de Vera entraron hasta el fondo. Inés no pudo contener el grito. Dos azotes secos sobre la nalga le hicieron flaquear las rodillas y caer de lado contra el palo de la tienda.
—Está bien, joder. Sí, me he liado con una tía del camping de al lado. Pero te juro que solo me lo ha comido.
—¿Nada más?
—Nada más. Aparecieron sus amigas y casi tengo que salir corriendo para que no se me echaran encima. Además, qué más te da. Tú ya tienes aquí recambio.
—Sabes que me gusta convertir heteras. Y con Sara he tenido suerte, ¿verdad, cielo?
Vera se giró hacia Sara y la besó con la lengua entera, levantando el culo para que Inés tuviera vista completa de lo que se estaba perdiendo. Sara, todavía revuelta por el orgasmo y empujada por el morbo de tener a la novia humillada mirándolas, le siguió el beso. Subió las manos por la espalda de Vera y, en un impulso que ni ella misma se esperaba, le abrió las nalgas con los pulgares.
—Ya sabía yo que te teñiste el pelo de rosa por algo, puta. Y esta más que tú —murmuró Inés.
—Ya te gustaría a ti hacerme disfrutar como Sara, con todo lo hetera que es. Pero vas a aprender.
Vera dejó la boca de Sara y terminó de desnudar a Inés. Sus tetas eran más grandes que las de su novia, y los dos piercings que le atravesaban los pezones colgaban hacia abajo por el peso. Vera tiró de uno con cuidado y luego lo retorció. El pezón se endureció al instante e Inés cerró los ojos. Después, Vera se tumbó al lado de Sara, abrió las piernas y la miró desde abajo.
—Ya sabes lo que tienes que hacer, zorra.
—¿Y si no quiero?
—Vete con la otra, entonces. Aquí no duermes.
Vera volvió a girar la cara hacia Sara y reanudó los besos sin esperar respuesta. Le pellizcaba los pezones mientras le mordía el cuello, y Sara le devolvía el gesto sobándole los pechos con las dos manos. Inés se arrodilló entre las piernas de su novia. Sacó la lengua despacio y la pasó primero por la ingle, después por el pubis teñido del mismo rosa que el pelo. Mordió los labios mayores tirando suavemente, y al primer mordisco notó cómo Vera se contraía, aunque siguiera disimulando contra la boca de Sara.
La lengua de Inés recorrió todo el coño de su novia de abajo arriba, rozando el clítoris al final del recorrido. Después se sumergió. Cada rincón al que pudo llegar lo lamió con la calma de quien conoce ese cuerpo de memoria. A Vera empezó a costarle reprimir los gemidos contra la boca de Sara, pero no quería darle a Inés el gusto de oírla. Necesitaba un respiro, y sabía cómo conseguirlo.
Se incorporó de un movimiento, agarró a Inés del pelo y la arrastró sin contemplaciones hasta la entrepierna de Sara, estampándole la cara contra el coño mojado. Sara dio un brinco, pero Vera la besó otra vez con ternura y la dejó relajarse. Inés ya sabía cuál era el guion. Empezó por el pubis depilado, lamiéndolo y mordiéndolo como si quisiera demostrar algo. Sara nunca había tenido a una mujer entre las piernas, y se dejó hacer como quien descubre un idioma nuevo y entiende, sin que nadie se lo explique, que vino al mundo hablándolo.
Inés abrió los labios de Sara con los pulgares y le succionó el clítoris. Sara echó la cabeza atrás. Tener una boca caliente en vez del juguete impersonal que solía usar en su cuarto era otra cosa distinta. Tener además a Vera al lado, comiéndole la boca y sobándole un pecho, multiplicaba todo por diez. Cuando Inés cambió la boca por la lengua y empezó a penetrarla buscando el punto justo que minutos antes Vera le había encontrado, Sara gritó tan fuerte que la tienda entera vibró.
Vera sonrió contra su boca. Se conocía ese punto, sabía exactamente dónde estaba y cómo se reaccionaba al recibirlo. Dejó de besar a Sara para disfrutar del espectáculo de su novia devorando a otra mujer delante de ella. Pero no iba a quedarse quieta mucho rato. Se levantó con cuidado, rebuscó en la mochila que estaba junto a la entrada y volvió con el arnés. El de plástico negro, el grande, el que solo sacaban en ocasiones especiales. Se lo ajustó por las caderas mientras Inés seguía concentrada en Sara, ajena a todo.
Vera se colocó detrás de su novia y le pasó la lengua por todo el surco del culo. Inés dio un respingo y la cara se le hundió de golpe contra el coño de Sara, metiéndole la lengua hasta el fondo. El grito que salió de los labios de Sara se oyó en buena parte del recinto del camping. Vera tiró del pelo de Inés y la besó, lamiendo de paso los flujos que su amante le había dejado en la boca.
—Ya veo que por detrás no has hecho nada, guarra.
—Ya te dije que solo me ha comido el coño.
—Habrá que arreglarlo, entonces.
Sara apenas se enteró del diálogo. Estaba demasiado ocupada disfrutando de la boca que tenía clavada entre las piernas. Inés volvió a la faena, pero a los pocos segundos lanzó un grito ahogado contra el coño de Sara. Esta abrió los ojos y vio lo que pasaba. Vera había aprovechado los segundos de distracción para clavar el arnés en el culo de Inés de un solo golpe, sin más lubricación que su propia saliva. El alarido vibró dentro del coño de Sara y le arrancó otro temblor.
Vera tomó a Inés por las caderas y empezó a empujar. No se molestaba en buscar un ritmo gentil; cada embestida iba hasta el fondo. Sara no podía ver el tamaño, pero por los gritos de Inés tenía que ser considerable. A Inés, sin embargo, no parecía que le sobrara. A cada golpe respondía empujando la cadera hacia atrás, clavándose más, y a cada golpe enterraba más la lengua dentro de Sara. Las tres entraron en una coreografía sin palabras: las embestidas de Vera, los retrocesos de Inés, los espasmos de Sara, todo encadenado por un mismo pulso. Sara se pellizcaba los pezones y soltaba la voz sin pudor, llenando la boca de Inés.
Vera notó que su chica estaba a punto. Le agarró la cintura con las dos manos para inmovilizarla, aceleró el ritmo hasta el límite y clavó el arnés tan adentro que la base le rozaba el coño a ella misma. Inés se sacudió entre los espasmos del orgasmo, intentó separar la boca de Sara para gritar, pero Sara la sujetó por la nuca porque también se estaba corriendo. Los tres cuerpos se agitaron a la vez. Sara llegó al tercer orgasmo de la noche, el más intenso hasta ese momento, disparado por el morbo de tener a la zorra recién castigada vibrando entre sus piernas. Vera sintió cómo su pubis rosa se mojaba con los flujos de Inés. Sabía castigarla, y lo había conseguido. Pero todavía no había terminado.
***
Vera empujó a Inés a un lado, junto a Sara. Inés cayó como un peso muerto, todavía con dos dedos metidos en el culo, intentando alargar el latido del orgasmo. Sara seguía boca arriba, jadeando, sin entender muy bien cómo había llegado a esa noche. Vera la miró con ojos diferentes a los que había usado con su novia: ya no había castigo en ellos. Había algo más parecido a un trofeo.
—¿Alguna vez te ha follado una mujer? —le preguntó.
—Sabes que tú eres la primera.
—Y lo voy a ser, preciosa.
Como si fueran dos personas distintas dentro del mismo cuerpo, el tono de Vera se había vuelto dulce. Se acercó a Sara y se colocó sobre ella. Mientras le besaba la boca despacio, el arnés iba rozándole los muslos. Sara le siguió el beso y le pasó las manos por la espalda hasta llegarle al culo. Ahora eran los pezones desnudos de Vera los que rozaban los de Sara, y los dos se endurecieron a la vez por el contacto. Vera la miró a los ojos y colocó la punta del arnés entre sus piernas. Sara la besó con más fuerza: era su forma de decir que sí. La goma entró con calma, sin resistencia, hasta perderse del todo. Justo lo contrario de lo que le había hecho a Inés. Cuando Vera completó la penetración, sintió el roce del sexo de Sara contra el suyo y le subió un latigazo entero por la columna.
Inés asistía tirada a un lado al espectáculo, viendo cómo su novia se tiraba a otra a medio metro de su cara. Se metió la mano entre las piernas casi por inercia.
Vera se incorporó sobre las rodillas para tener el control del ritmo. Sara abrió las piernas y la rodeó con ellas, acompañando cada empuje. Las tetas de las dos rebotaban con cada golpe, pero Vera bajaba de vez en cuando para besarla, para morderle el cuello, para chuparle un pezón sin parar de moverse. Sara le respondía con uñas en la espalda y con la cintura levantada, pidiendo más sin decirlo.
Vera fue acelerando, profundizando, leyendo las reacciones de Sara como quien ya sabe lo que hace. De vez en cuando miraba hacia el lado, a los ojos de Inés, que seguía masturbándose sin disimular. Vera se sentía poderosa, Inés humillada, y por algún motivo eso a Inés le encendía el coño todavía más; sobre todo cuando se imaginaba en el sitio de Sara. Sara, mientras tanto, ya había cerrado los ojos y se dejaba llevar. Llevaba un par de minutos notando el orgasmo cerca y sabía que iba a ser grande.
Vera lo notó al mismo tiempo. Le agarró las caderas, le levantó la pelvis del suelo y empezó a follarla con fuerza, sacando casi todo el arnés y volviéndolo a clavar hasta el fondo. El chapoteo se oía dentro de la tienda con cada embestida. En el momento justo, lo clavó hasta tocar el punto que sabía que la haría explotar. Sara no aguantó más. Empezó a gritar y a sacudirse, y todo el cuerpo se le fundió en un orgasmo que la dejó tirada de piernas abiertas, sin respiración.
Vera se quitó el arnés y lo lanzó a un rincón. Sin darle a Sara tiempo a recuperarse, se subió a horcajadas sobre su cara y le puso el coño sobre la boca. Sara entendió y empezó a lamerlo con ganas, devolviendo todo el placer recibido. Le encontró el clítoris en seguida, duro como una piedra. Cada lametón hacía gemir a Vera y la hacía moverse encima de ella, frotándose. Sara subió los dedos y le buscó el punto interior con el que Vera la había hecho explotar minutos antes. Lo encontró a la primera. El orgasmo de Vera fue largo, casi violento, y le dejó las piernas tan flojas que tuvo que apoyar las manos en la lona para no caer. Después, derrotada, se dejó deslizar a su lado y la abrazó con la cara hundida en su pelo.
—¿Qué tal tu primera vez? —preguntó cuando recuperó el aliento.
—Ningún tío me había follado nunca así —respondió Sara.
—Entre nosotras sabemos lo que nos gusta, cariño.
Las dos se miraron a los ojos como si llevaran semanas conociéndose, no horas. Iban a besarse otra vez cuando un gemido las hizo girar la cabeza. Inés, tirada al otro lado de la colchoneta, había cogido el arnés que Vera había dejado en el rincón y se lo estaba clavando ella misma. Tenía los ojos cerrados, el labio entre los dientes, y el flujo de Sara todavía brillaba sobre la goma. Saber que estaba follándose a sí misma con los restos de las otras dos la había puesto en un sitio del que no podía bajar. Tardó apenas un minuto en correrse delante de ellas, sin pudor, con una contracción seca que le dobló la espalda.
Ninguna dijo nada. Se quedaron tendidas las tres sobre la colchoneta, demasiado vencidas para hablar, oyendo el goteo de la lona y las voces lejanas de los del camping de al lado. Vera apagó el farol antes de quedarse dormida. La tienda olía a sudor, a sexo y, durante un buen rato más, a aquel tinte rosa.