Mi compañera del gimnasio me usó para vengarse del marido
Llevaba seis meses entrenando en el mismo gimnasio cuando empecé a fijarme en Carolina, aunque todos la llamaban Caro. Tenía el pelo enrulado, oscuro, recogido siempre en una coleta alta que se le movía sola cuando hacía sentadillas. Pechos grandes que la lycra apenas contenía y un trasero que era, sin exagerar, el motivo por el cual la mitad de los hombres del lugar fingían levantar más peso del que podían.
Entrenaba tres veces por semana, siempre a la misma hora, siempre la misma rutina. Cardio, glúteo, piernas. Yo entrenaba a la misma hora por casualidad. Y después, por costumbre. Y después, porque ya no podía no hacerlo.
Durante semanas mantuvo conmigo una distancia profesional. Saludo cortante, sonrisa de compromiso, nada más. Le notaba la alianza en el dedo, una fina de oro blanco, y respetaba el gesto, aunque eso no me impedía mirarla cuando se agachaba a atarse las zapatillas o cuando levantaba los brazos para acomodarse la coleta y la remera se le subía dos centímetros mostrando la piel del costado.
Todo cambió un martes a la tarde. Llegó al gimnasio con los ojos rojos, hizo media rutina sin energía y se quedó un rato larguísimo en el espejo, mirándose como si estuviera evaluando algo. Después me enteré de la historia por un comentario suelto de la recepcionista, una de esas amigas que cuenta de más: el marido de Caro andaba con una compañera de trabajo. Lo había descubierto el fin de semana.
No dijo nada en voz alta, pero le cambió la cara. Donde antes había distancia, ahora había una especie de cálculo. Empezó a mirarme distinto. A buscarme con la mirada en el espejo cuando pasaba detrás suyo.
Aquel viernes traía unas calzas negras que se transparentaban más de lo decente. Se le marcaba la tanga con cada movimiento, y ella sabía que yo lo veía. Estaba en la prensa de piernas, peleando con un peso que claramente le quedaba grande.
—¿Me ayudás con esto? —preguntó sin darse vuelta.
—Claro, si puedo te ayudo.
Me paré detrás de la máquina, las manos en la barra, sin tocarla a ella. Pero cuando empujó para subir el peso, en el descenso lento, su trasero me rozó la entrepierna. La primera vez pensé que era casualidad. La segunda no. La tercera sentí cómo se quedaba apoyada un instante más de lo necesario, y yo ya estaba duro debajo del short.
Terminó la serie, se dio vuelta despacio y me clavó la mirada.
—Vos me vas a ayudar.
No era una pregunta.
Me tomó de la mano y me llevó por el pasillo del fondo, hasta una puerta que decía «Acceso restringido». Era el depósito de máquinas rotas, una especie de cuarto de mantenimiento al que casi nadie entraba. Cerró la puerta con traba.
—¿Qué hacemos acá? —pregunté, aunque ya lo sabía.
Se ató el pelo más fuerte, se arrodilló sobre una colchoneta vieja y me bajó el short de un tirón. No me dejó preguntar nada más. Empezó lento, con la lengua, como si lo estuviera estudiando. Después me lo metió entero, hasta el fondo de la garganta, y se quedó ahí unos segundos antes de subir. Tenía la mandíbula entrenada. Lo hacía con la misma precisión con la que contaba sus repeticiones.
—Quiero que entiendas algo —dijo entre lametazos—. Esto no es por vos. Es por él.
—No me importa por qué sea —contesté apenas.
Le agarré la coleta y me dejé llevar. Era una mamada con bronca, con técnica acumulada y con un punto de venganza que la hacía mejor todavía. El ruido que hacía era obsceno, calculado. Cuando le avisé que me iba a venir, lejos de apartarse, chupó con más fuerza y me dejó terminar en su boca.
Tragó casi todo. Lo que no tragó lo apartó con un dedo, lo miró con curiosidad y se lo metió entre los labios. Después me sonrió.
—No pude con todo.
Le quedaba un brillo en el labio inferior. No se lo limpió.
—La próxima vez me corro adentro tuyo —le dije mientras me subía el short—. Prepárate.
—Ya me desquité. No hay próxima.
La miré sin contestar. Le sonreí.
—Solo prepárate.
***
Salimos del cuarto separados, ella primero, yo cinco minutos después. En la puerta del gimnasio estaba el marido esperándola. Un tipo de campera oscura, anteojos de marco grueso, cara de aburrido. Cuando ella se acercó, le pasó las manos por los hombros y le dio un beso largo en la boca.
El marido se tocó los labios con el dorso de la mano.
—¿Qué tenés? Sabe horrible.
—Es un bálsamo nuevo —contestó Caro sin parpadear—. Es el precio de ser linda.
Y lo besó otra vez, más profundo, mientras me cruzaba la mirada por encima del hombro de él. Yo estaba a tres metros, fingiendo que revisaba el celular. Tuve que disimular la sonrisa.
***
La semana siguiente entré pensando que iba a ignorarme, que esa cosa había terminado ahí. Pero la encontré agachada en el rack de mancuernas, acomodando un peso, con las nalgas paradas hacia arriba en una postura que era una invitación.
Pasé al lado y le di una nalgada. Sonó seco. Casi la tiro hacia adelante.
—Hoy te cojo —le dije al oído, sin detenerme.
No contestó. Siguió su rutina como si nada. Pero a la media hora me pidió ayuda para llevar una máquina vieja al depósito. La misma máquina, el mismo depósito. La misma traba en la puerta.
Apoyé el aparato contra la pared y la agarré por la cintura desde atrás. Se resistió. No fuerte, pero se resistió.
—Solo te la chupo —dijo—. Eso es todo.
Se arrodilló otra vez. Y otra vez fue una mamada increíble, mejor que la primera, más larga, más jugada. Pero yo había venido decidido a no dejarla terminar así, y aguanté como pude, mordiéndome la lengua.
Cuando intentó levantarse para irse, le puse la mano entre las piernas, sobre las calzas.
—¿Por qué estás tan mojada?
—Es sudor del ejercicio —contestó.
—Mentirosa.
Le bajé las calzas. Traía una tanga negra empapada, oscura por el medio. La corrí a un costado y le metí dos dedos sin avisar. Soltó un gemido contenido, una especie de jadeo entre dientes, y se mordió el brazo para no hacer ruido.
La di vuelta contra la pared, con las palmas apoyadas, el trasero en alto. Me llevé la verga a la entrada y empecé a meterla despacio.
—Despacio… es del mismo tamaño que la de él, pero la tuya es más gruesa.
Empujé hasta el fondo de un solo movimiento. Le temblaron las piernas. Soltó una palabra que no le entendí.
—Tan mojada estabas que entra solita —le dije al oído.
Creo que se vino apenas se la metí entera. Le bajó un temblor desde la cintura hasta las rodillas, y se quedó unos segundos sin moverse, recuperando el aire. Le pregunté si quería que parara. Sacudió la cabeza dos veces, rápido.
Después la empecé a coger en serio, con ritmo, agarrándole la cintura, mirando cómo el trasero le rebotaba con cada embestida. Tenía las palmas marcadas con la textura de la pared. Una vena le palpitaba en el cuello. Le agarré el pelo, lo enrollé en el puño y la incliné un poco más hacia adelante.
Ella ahogaba los gemidos como podía. Mordía el antebrazo, tragaba aire, soltaba alguna puteada en voz baja.
Después se dio vuelta de golpe.
—Sentate.
Me senté contra una colchoneta apoyada en el rincón. Se subió encima, me clavó los ojos como si fuera otra persona y empezó a moverse despacio.
—Yo no soy una puta —dijo, sin dejar de moverse—. Te voy a denunciar. Quiero que termines adentro mío, para tener pruebas.
No supe si lo decía en serio o si era parte del juego. Tampoco me importó. La levanté un poco con las manos en las caderas y le cumplí el deseo. Me vine adentro, y fue tanto que cuando la saqué, le bajó por las piernas un hilo blanco que la tanga corrida no alcanzaba a contener.
La bajé al piso y la senté frente a mí.
—Limpiámela con esa boca que no es de puta.
Obedeció sin discutir. Me la chupó hasta dejarla brillante, hasta que sentí que se me venía otra vez, y entonces me corrí en su boca por segunda vez en quince minutos. Esta vez no quedó nada en sus labios. Lo tragó todo, masticando casi.
—La próxima te rompo el culo —le anuncié, ajustándome el short.
Saqué el teléfono. Le puse la verga al lado de la cara y le tomé una foto. Sonreía. Tenía la mirada de alguien que estaba haciendo exactamente lo que quería hacer.
—Borrámela —dijo, sin moverse.
—No.
—Bueno. Igual no se ve mi cara entera.
***
Salimos por separado, igual que la primera vez. En recepción había revuelo. La encargada estaba hablando con dos clientes y con un personal trainer, los tres con cara de incomodidad.
—Disculpen —nos paró cuando intentamos pasar—. Tuvimos un reporte de actividad indebida en el depósito. ¿Ustedes vieron algo?
Yo abrí la boca para inventar algo. Caro me ganó de mano.
—Yo estuve con él toda la hora —dijo, y me señaló—. Hicimos circuito juntos. No vimos a nadie raro entrando ahí.
La encargada anotó algo, agradeció y se dio vuelta hacia los otros. Caro me miró y me apretó el antebrazo al pasar.
—Espero con ansias la próxima —me dijo en el oído, antes de salir hacia el estacionamiento.
El marido la estaba esperando otra vez. La vi acercarse a él, abrazarlo, decirle algo que le hizo asentir. Después subieron al auto y se fueron. No miró atrás. Pero el espejo retrovisor estaba inclinado en mi dirección, y juraría que cruzó los ojos conmigo un instante antes de que el coche saliera a la calle.
Me quedé un rato en la puerta, mirando el lugar donde había estado estacionado el auto. Sabía dos cosas con bastante certeza. Una, que iba a haber próxima. Y dos, que ella no se estaba vengando solamente del marido.
Se estaba vengando también de la mujer en la que él la había convertido. Y yo, por suerte o por desgracia, estaba ahí para mirarla volverse otra persona, una a la que el espejo del gimnasio le devolvía una sonrisa nueva.