Sorprendí a mi mujer con el socorrista de la piscina
Carolina y yo llevamos casi diez años yendo al polideportivo del barrio cada tarde, después del trabajo. Es nuestra rutina, nuestra coartada para no dejarnos caer en el sofá nada más entrar por la puerta. Ella nada bien, mejor que yo, y siempre presume de hacer treinta largos sin descansar. Yo me limito a ir detrás, intentando no quedarme demasiado rezagado en la calle de al lado.
Hacía unas dos semanas que había llegado un socorrista nuevo. Lucas, según el cartelito plastificado de la entrada. Joven, alto, con esos hombros que parecen tallados a propósito para vender bañadores. Carolina me lo mencionó la primera tarde, mientras volvíamos al coche con el pelo todavía mojado. Que era simpático. Que le había hecho algunas indicaciones sobre el estilo de crol, sobre la respiración, sobre la posición de la cadera.
Yo asentí sin darle importancia. ¿Por qué iba a dársela? Carolina era mi mujer y los socorristas estaban allí para vigilar que nadie se ahogara. Pasaron unos días, sin embargo, y la cosa fue tomando otra forma. Cada vez que cruzábamos los torniquetes de entrada, Lucas levantaba la mano desde su silla y la saludaba con una sonrisa demasiado abierta para mi gusto. Carolina respondía con un gesto rápido, casi tímido, y se metía al agua antes que yo.
Le pregunté una vez, sin malicia, qué tanto podía tener que decirle un chico de veintipocos años a una mujer adulta como ella. Carolina se encogió de hombros sin mirarme.
—Me está corrigiendo el estilo —contestó—. Dice que pateo mal y por eso me canso. Tiene razón.
Acepté la explicación. Era lógica. Carolina tenía treinta y cuatro años y no era de las que perdían la cabeza por un crío con tableta de chocolate. O eso era lo que yo creía aquella semana, cuando todavía dormía tranquilo.
***
El martes el agua estaba más caliente que de costumbre y el olor a cloro pegaba en la nariz. No había casi nadie en las calles. Entramos juntos, pero Carolina se desvió enseguida hacia la calle tres, donde Lucas ya la esperaba apoyado en el bordillo con esa postura suya de gimnasio.
Me puse a hacer mis largos en la cinco, contando para no perder la cuenta. En uno de los giros, al levantar la vista para coger aire, los vi. Lucas estaba dentro del agua, no fuera. Tenía las dos manos sobre el cuerpo de mi mujer. Una en la barriga, sosteniéndola en horizontal. La otra, más arriba, casi rozándole los pechos por debajo.
Carolina movía las piernas y braceaba con esa lentitud que se les pide a las clases particulares. Pasé a su lado nadando, fingiendo que iba concentrado, y entonces lo vi. Su mano izquierda, escondida bajo el agua, no estaba sujeta al bordillo. Estaba sujeta al bañador de Lucas. Y no precisamente a la tela.
Fue un instante. Ella retiró la mano enseguida, se incorporó y se quedó de pie frente a él, charlando con esa sonrisa que yo conocía desde hacía diez años. Las cabezas estaban demasiado cerca. Las manos de los dos seguían bajo el agua. Yo seguí nadando como pude. El corazón me golpeaba el pecho con tanta fuerza que pensé que se iba a oír por encima del rumor del filtro.
***
Terminé mis largos diez minutos después que ella. Carolina ya estaba fuera, envolviéndose el pelo con la toalla y dirigiéndose a los vestuarios. Subí por la escalera y la seguí a cierta distancia, sin saber muy bien por qué. No fue al vestuario de mujeres.
Cruzó el pasillo, miró a los dos lados y empujó la puerta del cuarto del socorrista. La cerró tras de sí, pero no del todo. Se quedó entreabierta, unos cuatro dedos. Lo suficiente para que una franja de luz amarilla se escapara al pasillo.
Yo me quedé clavado en mitad del pasillo, con la toalla en la mano y el bañador todavía empapado. Cualquiera podía pasar por ahí. Si me veía algún padre con su hijo, ¿qué iba a explicar? Me metí al vestuario de hombres, abrí el grifo de una ducha y dejé que el agua helada cayera al suelo sin meterme debajo. Algo tendrá que decirle. Algo del estilo. Algo del crol. Lo repetí tres veces, como un mantra en el que ni yo me creía.
Tardé poco en lavarme. No tenía cabeza para nada que no fuera ese cuarto. Me anudé la toalla a la cintura, dejé las chanclas en el banco y salí descalzo por el pasillo. La puerta seguía entreabierta.
***
Lo primero que vi fue el bañador. Tirado en el suelo, hecho una bola, con la goma todavía estirada. Era el de Carolina. El de rayas azules y blancas que le había regalado en su cumpleaños el año pasado.
Después oí los jadeos. No eran los de las películas, no esa cosa fingida que se aprende de los vídeos. Eran los suyos. Los que yo conocía perfectamente. Los mismos que soltaba en nuestra cama cuando algo le gustaba mucho.
Me asomé un dedo más. Y entonces me quedé sin aire.
Carolina estaba de pie, desnuda, mirando hacia la pared del fondo. Tenía las dos manos apoyadas sobre los azulejos, los codos ligeramente flexionados. Detrás, Lucas, también desnudo, la sostenía por las caderas y se la clavaba con un ritmo lento, profundo, casi paciente. Cada vez que él empujaba, ella soltaba un gemido corto, contenido, como si estuviera intentando no hacer ruido y al mismo tiempo no pudiera evitarlo.
Las manos de Lucas dejaron las caderas y subieron a los pechos. Se los apretó con fuerza, se los pellizcó por las puntas, y Carolina echó la cabeza hacia atrás y le susurró algo al oído que no llegué a oír.
—¿Te gusta así? —le preguntó él en voz baja, sin detener el ritmo—. ¿Te gusta cómo te folla el socorrista, eh?
Yo esperaba el silencio de mi mujer. Que se hiciera la digna. Que le dijera que se callara, cualquier cosa.
—Sí —contestó ella—. Sigue. No pares.
Una y otra vez Lucas se lo preguntaba, y una y otra vez ella respondía con un «sí» alargado, con un «sigue», con un «más fuerte». Hasta que llegó el momento que yo conocía mejor que nadie. El momento en que su voz cambia, se queda sin aire, se vuelve casi suplicante.
—No te corras —jadeó Carolina—. No te corras todavía.
Yo conocía esa frase. Era la que me decía a mí cuando estaba a punto, cuando se le venía el orgasmo y quería estirarlo, prolongarlo, encadenarlo con otro. Y nunca, nunca habíamos hecho eso de pie, contra una pared, porque ella mide un metro sesenta y yo, sin que se subiera a algún sitio, nunca podía sostenerla así.
Apoyé la frente en el quicio de la puerta. Yo no era el que estaba follando a mi mujer y, sin embargo, tenía el corazón saliéndose del pecho.
***
Lucas paró un segundo. Salió de ella jadeando, con la frente perlada de sudor y el pelo pegado a la nuca.
—Espera —le dijo en voz baja—. No quiero correrme todavía. Estoy demasiado a gusto.
Se sentó en el banco de madera que había detrás. Tenía la polla apuntando al techo, brillante. Carolina, sin decir nada, dio un par de pasos hacia atrás, se giró y se sentó encima de él dándole la espalda. Se la encajó entera de una sola vez y soltó un suspiro que pareció liberarla de algo que había estado aguantando mucho tiempo.
Entonces empezó a moverse. Despacio al principio, subiendo y bajando con las dos manos apoyadas en las rodillas de él. Su culo, ese culo redondo que yo había abrazado mil veces, golpeaba contra los muslos de Lucas con un ritmo cada vez más rápido. Él le sujetaba las caderas y la acompañaba, levantándola un poco para volver a clavársela.
Los jadeos de Carolina se convirtieron en gemidos. Los gemidos en frases.
—Córrete —empezó a pedirle—. Venga. Lléname por dentro. Venga, córrete de una vez.
Y se dejaba caer con más fuerza, con la espalda arqueada y la melena pegada al cuello por el sudor. Yo nunca la había visto pedir eso. A mí me decía cosas, claro, pero nunca con esa voz, nunca con esa urgencia, nunca como si su vida dependiera de ello.
Lucas le clavó las manos en las caderas, la inmovilizó sobre él y soltó un alarido silencioso, como si tuviera miedo de que alguien lo oyera al otro lado del polideportivo. Carolina se quedó quieta, sintiéndolo terminar dentro de ella, con los ojos cerrados y una sonrisa que yo no le había visto nunca.
Y después se rieron. Los dos. Una risa floja, agotada, cómplice, como si compartieran una broma que solo ellos entendían.
***
No sé cuánto tiempo me quedé ahí parado. Quizá diez segundos. Quizá un minuto. Salí del trance cuando Lucas se inclinó hacia el suelo para buscar su bañador y entendí que en cualquier momento iban a abrir esa puerta.
Volví al vestuario de hombres caminando rápido pero sin correr. Me metí en un cubículo de ducha y eché el pestillo. Tenía el corazón en la garganta. Tenía la toalla mojada arrugada en la mano. Tenía el bañador puesto y, debajo, una erección dura como una piedra.
No lo pensé. Me bajé el bañador, me agarré la polla y empecé a meneármela mientras la escena se proyectaba otra vez delante de mis ojos. Los jadeos de Carolina. Su voz pidiéndole que se corriera. Su culo subiendo y bajando sobre las piernas de otro hombre. Sus manos arañando los azulejos del fondo.
Me corrí en menos de un minuto. Tan fuerte que tuve que apoyarme con la otra mano en la pared para no perder el equilibrio. La leche salió a chorros y se la llevó el desagüe sin dejar rastro. Me quedé un rato más debajo del agua, respirando, intentando entender qué acababa de pasar conmigo, qué acababa de pasar con nosotros.
***
La encontré en la salida, junto a las máquinas de café, con el pelo todavía mojado y un brillo extraño en los ojos. Llevaba la bolsa del polideportivo colgada del hombro y olía a champú de mandarina.
—¿Qué tal? —le pregunté.
Me miró un segundo de más. Yo no sabía si ella sabía que yo sabía. No sabía si había escuchado mis pasos por el pasillo, si había visto la sombra de la toalla en la rendija de la puerta. No sabía nada.
Carolina se acercó y me dio un beso pequeño en la boca. Un piquito. Como los que nos damos al salir de casa por la mañana.
—Muy bien —contestó con una sonrisa.
Y me cogió de la mano, y echamos a andar hacia el coche, y por dentro mil voces me preguntaban qué iba a hacer con eso a partir de ahora. Si me iba a callar para siempre. Si la próxima semana, cuando ella se desviara otra vez hacia la calle tres, yo iba a seguir nadando en la cinco contando los largos como un imbécil.
No le solté la mano hasta llegar al coche. Y cuando se la solté, supe que ya no podía seguir fingiendo que no sabía nada.