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Relatos Ardientes

El colombiano que despertó lo que mi marido apagaba

Después de aquella tarde con Tomás viví unas semanas raras. No me sentía del todo culpable, ni tampoco orgullosa: me sentía despierta. Era la primera vez en años que mi cuerpo me hablaba en su propio idioma. Quizá fue mi manera de devolverle a Diego la infidelidad con la que él me había estrenado el matrimonio. No me justifico, lo elegí. Y aquel día con Tomás marcó un antes y un después.

Pasaron los años. Nos casamos, los recuerdos se fueron asentando, fuimos construyendo eso que la gente llama una vida perfecta. Diego y yo seguíamos siendo un equipo. Lo que pasa es que dentro de ese equipo se abría una grieta despacio, sin que ninguno de los dos quisiera mirarla de frente: el sexo se había apagado.

En lo económico no me iba mal. Terminé mis carreras, monté mi consultora y encima sumé un segundo trabajo de medio tiempo. Detesto la quietud, el sedentarismo, los días en blanco. Aun así, siempre dejaba huecos para Diego. Pero su empresa crecía y, con el tamaño, llegaron las urgencias, las llamadas a horas raras y el cansancio que se le pegaba al cuello.

Sé que suena vanidoso, pero la otra mitad del problema era yo. Me encantaba el sexo. Me encantaba sentirme deseada, vestirme para que él me mirara, bailarle en lencería, salir de la ducha y dejar la puerta abierta. Sumale a eso un cuerpo que tallé durante años en el gimnasio y entenderás por qué a veces sus erecciones parecían pedir permiso para aparecer.

Una noche le preparé una sorpresa. Me puse el conjunto rojo, ese que le tira del aire cada vez que me lo ve. Me crucé una bata encima y me apoyé contra el marco de la puerta. Apenas escuché la llave girar, dejé que la tela cayera unos centímetros sobre el hombro.

—Hola, amor —susurré.

—Guau… ¿recién salís de bañarte? —preguntó, agarrándome la cadera con esa mezcla suya de ternura y deseo desconfiado.

—Mmm, no —sonreí—. Hoy te tengo un regalo.

Desaté el lazo y la bata cayó al piso. Le clavé los ojos, le hice una seña con el dedo y empecé a subir las escaleras delante de él, lento, sabiendo que cada peldaño le mostraba el trasero exactamente como a él le gusta verlo.

—Vení acá —murmuró, alcanzándome a mitad del pasillo.

Me besó el cuello, me apretó los pechos por detrás, me arrancó un gemido tonto.

—Soy toda tuya —dije, moviendo la cadera contra él.

Cuando lo sentí duro, apuré el paso hasta el cuarto. De un empujón lo dejé sentado al borde de la cama. Saqué un preservativo del cajón, puse música y empecé a bailarle.

—¿Te gusta así, nene? —le susurré, dándole la espalda y dibujando círculos lentos con la cadera.

Me acerqué con el condón entre los dientes, como una broma y un guiño al mismo tiempo. Me arrodillé entre sus piernas. Le bajé el bóxer, le pasé la lengua de abajo hacia arriba mientras una mano le acariciaba los testículos y la otra le rasguñaba el pecho. Su cara, sus jadeos cortos, la música de fondo: todo me hacía sentir importante otra vez.

Esa noche cogimos como hacía meses no lo hacíamos. La lencería ni siquiera se cayó: me la corrió a un lado y entró así. Pero el éxtasis trajo su precio. Diego se vino mucho antes de lo que yo esperaba.

—Quiero más —dije, dándome vuelta, besándolo, intentando despertarlo de nuevo con la mano.

—Perdón, amor, estoy fundido y vos sos una bestia… —contestó, recostándose y respirando hondo.

Lo entendí. Lo entendí siempre. Después de cada ronda perdida me metía a la ducha y terminaba sola, dándome lo que él no había podido darme esa vez.

Así fueron meses: batallas que a veces ganaba y la mayoría perdía. Hasta que se me ocurrió que necesitábamos otro escenario. Y qué mejor escenario que Brasil. Reservé Búzios, un hotel boutique pegado a la playa, agua cristalina, casi nada de gente. Le dije a Diego que era nuestra segunda luna de miel y me prometió desconectar.

***

Llegamos un sábado. La habitación daba a una piscina privada y desde el balcón se veía la arena. La primera noche fue casi perfecta: cenamos al borde del mar, caminamos descalzos y dormimos abrazados. El segundo día estiramos la estadía a dos semanas. El cuarto día, la maldita empresa volvió a llamar.

Una tarde teníamos buceo. Los dos nos pusimos los trajes, repasamos las instrucciones con el guía, y Diego con el teléfono pegado a la oreja.

—Hoy bajamos un poco más profundo para sacar fotos lindas —explicaba el instructor.

—Diego, por favor, cortá el celular —le pedí sin disimular.

—Perdón, mi amor, esta es la última, te lo juro —repitió. Era la frase que ya no significaba nada.

Al día siguiente le propuse volvernos antes. Me dijo que no, que él iba a desconectar de verdad, que disfrutáramos. No se daba cuenta de que el problema no era el lugar.

Yo no estaba dispuesta a desperdiciar los días que me quedaban. En el hotel había hecho amistad con dos parejas y con un par de chicas solteras. Con las casadas hicimos algunas cenas dobles. Los últimos días empecé a salir con las solteras: Camila y Renata. Las llamo amigas para abreviar; apenas las conocía.

Una mañana le propuse a Diego salir a caminar y tirarnos bajo las palmeras del extremo norte. Prefirió quedarse con la notebook resolviendo algo de su tan querida oficina. Me puse un bikini negro, un pareo transparente en la cadera y bajé a la playa con Camila.

—Y vos… ¿cómo andás con tu marido? —me preguntó mientras clavábamos las cervezas en la arena.

—Bien —contesté, y me sonó tan falso que casi me reí—. ¿Por qué?

—Porque no los veo bien. Y vos parecés aburrida.

—No, no. O sea, sí. Pero no. —Quería que la arena me tragara.

—Conozco esa cara. Yo pasé por lo mismo. ¿Sabés cuál fue mi receta?

—Estoy perdida.

—Te acostás con otro.

—¿Qué?

—Lo que oíste. Estoy segura de que tu marido ya lo hizo. ¿Por qué vos vas a perder lo que tenés? Mirate. Sos un bombazo. Tenés a cualquiera a tus pies. Como esos dos de allá. —Señaló sin pudor a dos hombres treintones que llevaban un rato observándonos desde la barra del chiringuito.

—Por favor, ni los conozco. Y mi marido no me engaña… creo. —Pero por dentro le daba la razón.

—Vení. —Me agarró de la mano y me arrastró hasta el bar.

—Buenas, ¿se les perdió algo o por qué nos miraban así? —les disparó.

—¿Perdón… qué? —contestaron, sin saber dónde meterse.

—Discúlpenla, tomó de más, ya nos vamos. —Intenté salvar la situación.

—Esperen, si quieren les invitamos un trago —dijo uno.

—Dale, encantadas —respondió Camila antes de que yo abriera la boca.

Nos sentamos. Una junto a cada uno. Camila enganchó conversación enseguida; yo apenas hablaba.

—Mateo. Soy de Cali, Colombia —se presentó el mío, intentando romper el hielo.

—Mariana. Argentina.

—Qué placer. ¿Cuántos años, si se puede preguntar?

—Veintinueve. ¿Vos?

—Treinta y siete.

—Mirá vos, te hacía menos. —Empecé a soltarme.

—Gracias. Veo que estás casada. —Señaló el anillo.

—Sí.

—¿Y dónde dejaste a la suerte de hombre que está con vos?

—Ocupado. Yo salí con una amiga. —Que, en ese mismo instante, ya estaba en otra mesa.

—Me parece que se evaporó —comenté entre risas.

Charlamos un buen rato. Una conversación sin celular sonando al lado era una novedad que ya me parecía casi exótica. Pero se hacía tarde.

—Bueno, Mateo, un gusto, me tengo que ir.

—Un placer, bella Mariana. Espero verte pronto. —Su tono no dejaba dudas.

—Sí, claro, de la mano de mi marido —reí, fingiendo cortar.

Caminando hacia el hotel, giré un segundo. Estaba mirándome el culo sin disimulo. Y ahí me pasó algo por dentro que no me esperaba: un calor, una corriente, una necesidad que reconocí enseguida y que no quise nombrar.

Llegué a la habitación y me tiré encima de Diego. Hicimos el amor toda la noche. No duró todo lo que yo quería, pero la intensidad volvió. ¿Tendría razón mi amiga?

***

Al día siguiente caminamos juntos por la orilla. Crucé miradas con Mateo. Pícaras, intencionadas, las que no se cruzan por casualidad. Yo sólo quería volver a sentir esa chispa para mover algo dentro de mí, y curiosamente funcionó. Esa noche Diego volvió a estar a la altura.

El antepenúltimo día repetí la fórmula: lo busqué con la mirada, le sostuve la sonrisa unos segundos de más, y a la noche fui yo la que llevé a Diego al límite. Esa pequeña dosis de provocación me alcanzaba. Era una droga discreta y eficaz.

El penúltimo día Diego me avisó que se volvía un día antes. Una reunión imposible de mover. Me propuso quedarme hasta cumplir la reserva. Acepté sin pensarlo. Esa noche, antes de irse, hicimos el amor como si fuese la última vez. Le quedó sabor a despedida, y a mí también.

Cuando se fue al aeropuerto, traté de mentirme: me quedaba sólo para aprovechar la playa. Pero la pregunta me ardía. ¿Era ese el único motivo?

El último día me puse una malla celeste que me marcaba todo, la que dejaba el culo casi al aire, y bajé a la arena por la tarde. Quería ir, en mi cabeza, a pagarle a Mateo el favor de las últimas noches.

Me senté en la orilla. Apareció, como si me hubiese estado esperando, con un short corto y sin remera. Al verme sola, no dudó.

—Mariana, no esperaba encontrarte aquí, sola —se sentó pegado a mí.

—Vine a pagar una deuda —contesté, pasándole una uña por el pecho.

—¿Ah, sí? ¿Y a quién?

Sin pensarlo, me incliné y lo besé. La playa estaba vacía. Metí la mano dentro de su short.

—¿Todo esto es tuyo? —murmuré, sorprendida.

—Y ahora es tuyo, nena.

—Vení. —Lo agarré de la mano y lo llevé hasta mi cuarto.

En el pasillo me detenía cada pocos pasos para que me besara y me apretara el culo.

—Perdón, es el culo más bonito que toqué en mi vida —me susurró contra el cuello.

Cerramos la puerta apenas. El atardecer entraba por las cortinas y bañaba la cama de dorado. Me saqué la malla de un tirón. Mateo se bajó el short y su erección apareció pesada, dura, lista.

Me arrodillé sin apartarle la mirada.

—Primero quiero probarte —susurré, rozándole la punta con los labios.

Lo agarré con una mano, lo llevé a mi boca, empecé despacio, lamiendo de abajo hacia arriba, sintiendo cómo se tensaba bajo mi lengua.

—Mmm… —vibré contra él.

—Ay, Mari, qué boca tenés —jadeó, apoyando una mano en mi cabeza sin empujar, sólo marcando el ritmo.

Aceleré. Profundo. Dejando que la saliva resbalara. Mis gemidos se mezclaban con los suyos.

—Nngh… sí… —gruñó él, las caderas temblándole.

—Me encanta tenerte así —le contesté entre lamidas, mirándolo desde abajo.

Antes de que terminara así, me levanté, lo empujé sobre la cama y me subí encima.

—Ahora sí —dije, guiándolo dentro de mí con un movimiento lento y largo.

Los dos soltamos un suspiro al unirnos por completo.

—Dios, qué lleno me hacés sentir —gemí, empezando a moverme en círculos.

Me agarró por las caderas y marcó el ritmo: profundo, constante, sin perdón.

—Así, amor, no pares —susurró, los ojos clavados en mis pechos al rebote.

Nos giramos. Él arriba, yo con las piernas abiertas al máximo.

—Más fuerte —le supliqué, clavándole las uñas en la espalda.

Aceleró. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenó la habitación.

—Ah… ah… sí… —gemía con cada embestida.

—Sos increíble, Mari —me contestó, besándome el cuello y mordiéndome un pezón.

Después me puso de costado, una pierna sobre su hombro, entrando desde un ángulo que me arqueaba la espalda sin esfuerzo.

—Ahí, justo ahí —jadeé.

—Te siento apretarme entero —gruñó, acelerando otra vez.

Al final me puso en cuatro, el culo levantado, sus manos marcándome las caderas.

—Mirá cómo entrás y salís —le murmuré, girando la cabeza para verlo.

Se inclinó sobre mí, una mano entre mis piernas mientras empujaba.

—Acabate conmigo, amor —dijo al oído.

Unos segundos después, los dos explotamos. Yo temblé entera. Él se derramó adentro con un gemido largo y ronco.

Quedamos abrazados, sudorosos, respirando contra la almohada.

—Gracias por la deuda —me susurró, besándome la frente.

—Y vos por la inyección —contesté, riéndome bajito.

***

El regreso a la rutina fue brutal. El sexo con Diego volvió a perder voltaje. Por las noches, en la cama, cerraba los ojos y pensaba en Mateo, en la malla celeste tirada en el piso, en la luz dorada del cuarto. Me bastaba para sostener el deseo, pero no alcanzaba para apagar la culpa.

Los primeros días no podía mirar fijo a Diego. Me sentía sucia. Después aprendí a sobrellevarlo, como una se acostumbra a vivir con un secreto. Por ahora no volví a caer. Por ahora. Pero el recuerdo se quedó adentro, listo, paciente, esperando la próxima playa y el próximo desconocido.

Hasta acá llega esta entrega. Gracias por leer, y un beso a quien se atreva a contarme la suya.

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Comentarios (4)

CarlosMza

Tremendo relato!!! Me enganche desde el primer parrafo y no pude parar

Valentina_85

Lo que mas me gustó fue esa tensión del principio, cuando todavía no pasó nada pero ya sabés que va a pasar. Eso es lo mas rico de este tipo de historias

SolDeMar88

Necesito la segunda parte ya!!! jajaja me dejaste con ganas de saber todo

PatricioLect

Me recordó a unas vacaciones que tuve hace años en Brasil. Hay algo en esos lugares de playa que afloja todo. Muy bien narrado, se siente real

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