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Relatos Ardientes

Sofía sabía que no debería contestar ese mensaje

3.3 (3)

Sofía tenía veinticuatro años y una vida que encajaba perfectamente en los moldes que se supone que deben encajar las vidas a esa edad. Estudiaba quinto de Arquitectura con notas que sus profesores citaban como ejemplo en clase, y ya tenía un puesto en un estudio de diseño en el centro donde la valoraban de verdad. Andrés, su novio de casi tres años, era el tipo de hombre que la gente elogiaba cuando Sofía lo describía: estable, cariñoso, sin aristas. La llamaba cuando llegaba tarde al estudio. Le guardaba la cena en el microondas. Nunca le ponía pegas por nada. Era su ancla.

Pero había algo que Andrés no podía darle. No era culpa de él; simplemente no podía. Lo que Sofía necesitaba de vez en cuando era otra cosa: sentirse completamente poseída, abierta sin cuidado, usada hasta los límites que una sabe que tiene. Andrés hacía el amor con ternura y paciencia, y eso era exactamente el problema. Con él llegaba, sí, pero era como llegar caminando a un sitio adonde antes había llegado corriendo.

Aquella noche de viernes, cuando sus compañeras de facultad la llamaron para salir, Sofía decidió arreglarse de una forma en que rara vez lo hacía. Se puso el vestido corto de terciopelo negro, el que le ajustaba en cada curva y dejaba los hombros completamente al aire. El sujetador de encaje oscuro se transparentaba en ciertos ángulos. Se soltó el pelo castaño y lo onduló con cuidado. Se pintó los labios de rojo brillante. Cuando se miró al espejo del baño ya terminada, sintió ese cosquilleo conocido y traicionero instalándose entre las piernas antes incluso de salir de casa.

Andrés apareció en el umbral del dormitorio y se quedó quieto, con los ojos recorriéndola de arriba abajo.

—Dios, Sofía… —murmuró, con la voz algo cambiada—. Estás preciosa esta noche.

Sofía se giró despacio, coqueta, y lo rodeó por el cuello con los brazos. Lo besó largo y con calma, dejando que él le pusiera las manos en la cintura.

—¿Te gusta de verdad? —preguntó contra sus labios.

—Demasiado —respondió él, apretándola un poco—. Vas a ser la más guapa del local. Vuelve pronto, ¿eh? Te quiero.

Sofía sonrió, cogió el bolso y salió de casa sintiéndose poderosa, con ese calor traicionero ya instalado entre las piernas. Sabía que esa noche iba a llamar la atención. Y eso era exactamente lo que quería.

***

La discoteca estaba a tope cuando llegó pasada la una. Música electrónica a todo volumen, luces estroboscópicas que se apagaban y encendían cada segundo, calor húmedo que se pegaba a la piel desde la entrada. Sus amigas la recibieron con gritos y abrazos. Pidieron una ronda de chupitos, luego otra, luego copas. Sofía bebió sin control, dejando que el alcohol le soltara el cuerpo y le nublara la cabeza de la manera correcta.

Se metió en la pista y empezó a moverse al ritmo de la música. Levantaba los brazos por encima de la cabeza, giraba las caderas con lentitud provocadora, cerraba los ojos y se dejaba llevar. Lo notaba. Siempre lo notaba: las miradas. Había tíos parados en el borde de la pista que ni siquiera disimulaban. La miraban con esa hambre particular que te recorre la piel como una corriente eléctrica, clavada en el escote, en la curva de las caderas, en el culo marcado dentro del terciopelo negro. Sofía se mordía el labio y seguía bailando, cada vez más encendida por esa atención que funcionaba en ella exactamente como lo que era: una droga.

A medianoche, alguien se acercó por detrás. Una mano en su cintura. Un cuerpo pegándose al suyo desde atrás, moviéndose al ritmo de sus caderas. Sofía sintió el bulto caliente y evidente apretándose contra ella con cada movimiento.

Se giró y lo apartó con una sonrisa fría.

—Gracias, pero no.

El chico levantó las manos y desapareció entre la gente.

Pero el calor no desapareció con él. Sofía siguió bailando, con ese recuerdo físico clavado en la memoria del cuerpo. El tanga completamente húmedo. La cabeza llena de música y alcohol y algo más oscuro que no tenía nombre exacto.

Entonces el móvil vibró en el bolso.

Lo sacó con la mano sudada. El nombre que apareció en pantalla le cortó la respiración.

Era Marcos.

Marcos: Vi tu historia bailando. Llevas ese vestido negro y me tienes pensando en cosas que no debería. ¿Sigues siendo tan salvaje como cuando estabas conmigo o ya te domesticó el noviecito?

Sofía leyó el mensaje dos veces. Se apartó de la pista y se apoyó contra una columna, con las piernas algo flojas. El ruido de la música le llegaba amortiguado.

Sofía: Marcos, para. Tengo novio. No me escribas.

Marcos: ¿Andrés, el cariñoso? Me acuerdo perfectamente de cómo eras cuando estabas conmigo. Te ponías a cuatro patas y me pedías que no parara. Que te hiciera daño. ¿Andrés te ha hecho gritar así alguna vez en su vida?

Sofía apretó los muslos. Le dolió tener que admitir, aunque fuera solo en su cabeza, que tenía razón. La polla de Marcos era otra cosa. Ancha, larga, de las que duelen al entrar y al mismo tiempo llenan de una manera que la de Andrés nunca había podido igualar. No era culpa de Andrés. Era simplemente lo que era.

Sofía: Estoy bien con él. No necesito esto.

Marcos: ¿Bien? Cuántas veces has tenido que fingir este año. Sé honesta. Mándame una foto con ese vestido y te digo exactamente qué te voy a hacer cuando vengas.

Sofía miró hacia la pista. Sus amigas bailaban ajenas a todo. Se metió en el baño, cerró la puerta de un cubículo y se sacó una foto en la cámara frontal: los labios entreabiertos, el pelo algo revuelto, el vestido ajustado marcando cada curva. Los ojos brillantes de alcohol y de algo que no quería nombrar.

Se la mandó antes de pensarlo.

Marcos: Joder. Ven. Ahora. Andrés dormirá sin enterarse de nada y tú te vas a correr más de una vez antes de que salga el sol. Ese calor que sientes ahora mismo, ese picor que tienes entre las piernas, yo soy el único que sabe apagarlo de verdad. Y lo sabes perfectamente.

Sofía cerró los ojos. La culpa llegó como siempre: de golpe, directa al pecho. Pensó en Andrés en casa esperándola, con esa foto de los dos en el fondo de pantalla del móvil. Pensó en cómo le dejaba la cena guardada. En cómo nunca le ponía pegas por nada. En cómo le decía «te quiero» cada mañana antes de que sonara el despertador.

Y luego pensó en lo que Marcos le haría en cuanto abriera la puerta.

Escribió con los dedos temblorosos:

Sofía: Voy para allá.

Se despidió de sus amigas con cualquier excusa y salió de la discoteca.

***

El taxi olía a ambientador de pino. Sofía se hundió en el asiento trasero con el corazón latiéndole en la garganta y las manos quietas sobre el regazo. El taxista conducía en silencio mirando la carretera. El móvil vibró.

Marcos: ¿Ya estás en camino? Dime una cosa: ¿estás húmeda ahora mismo?

Sofía miró de reojo al taxista. Escribió:

Sofía: Sí.

Marcos: Claro que sí. Llevas meses fingiendo con Andrés y tu cuerpo lo sabe antes que tu cabeza. Cuando llegues no voy a ser amable. Quiero que lo sepas.

Sofía: Lo sé.

Marcos: Dime qué quieres.

Sofía tragó saliva. Los dedos le temblaban. Miró las luces de la calle pasando por la ventanilla oscura.

Sofía: Quiero que me uses. Quiero que me hagas daño.

Marcos: Eso es. Eso es lo que eres tú de verdad, no la estudiante perfecta que se va a dormir antes de las doce con su novio cariñoso. Cuando cruces esa puerta ya no eres la novia de nadie. Eres mía.

El taxi redujo la velocidad. Por la ventanilla apareció el edificio de Marcos, el mismo de siempre, con la misma luz amarilla en el portal. El corazón de Sofía dio un vuelco.

Pagó con los dedos torpes, bajó a la acera y se quedó un momento parada en la calle. El aire frío de la madrugada le rozó los hombros desnudos. Tenía las piernas temblando.

Entró.

***

Marcos abrió la puerta antes de que llamara. La miró de arriba abajo una sola vez, sin decir nada, la cogió del brazo y la metió dentro. Cerró de un portazo.

No hubo conversación. Solo la empujó contra la pared del pasillo y la besó con una boca hambrienta, mordiéndole el labio inferior hasta que dolió. Sofía notó el sabor a sangre y sintió cómo algo dentro de ella, algún freno que llevaba meses intentando mantener en su sitio, cedía del todo.

—Tres meses sin verte —murmuró Marcos contra su boca— y sigues viniendo corriendo cuando te llamo.

Sofía no contestó. Él ya le había subido el vestido hasta la cadera y le había bajado la ropa interior con un movimiento seco. Sintió su mano entre los muslos, la palma entera, directa, sin rodeos.

—Empapada —dijo él, casi con satisfacción—. Sabía que lo estarías.

Y entonces, sin ningún aviso más, la giró de cara a la pared y se hundió en ella de una sola embestida.

El grito de Sofía rebotó en el pasillo. Dolió. Dolió de la forma en que solo dolía con Marcos: esa apertura brusca, ese ardor que al mismo tiempo era exactamente lo que llevaba meses necesitando. Se corrió en menos de dos minutos, con la frente contra la pared fría y las lágrimas corriéndole por las mejillas sin que pudiera evitarlo.

Andrés está en casa ahora mismo. Durmiendo. Confiando en mí.

—Estás llorando —dijo Marcos al oído, sin detenerse—. Bien. Así es como me gusta.

La follaba con golpes secos y profundos, sin pausa, sin cuidado. Sofía gemía y lloraba al mismo tiempo, la culpa y el placer mezclándose de una forma que no sabía cómo procesar. Cada embestida le hacía ver un destello de Andrés: su sonrisa cansada cuando llegaba del trabajo, la forma en que le dejaba preparado el café por las mañanas, el beso suave de cada noche.

—Andrés en casa esperándote y tú aquí —dijo Marcos, tirándole del pelo hacia atrás—. ¿Esto es lo que le pides a él? ¿Que te haga daño así?

—No —respondió Sofía con la voz rota—. A él no.

—Claro que no. Porque eso no se le pide a alguien que te quiere. Y yo no te quiero. Por eso funciona.

Sofía se corrió por segunda vez entre sollozos, odiándose por hacerlo, sin poder evitarlo.

La culpa la golpeaba como un puñetazo. Y el placer era más fuerte que la culpa. Siempre lo había sido.

***

Más tarde, tendida boca arriba en la cama, Sofía miraba el techo con el cuerpo agotado y la mente en blanco. Cada músculo le pesaba. El móvil de la mesilla vibró. Lo vio encenderse sin tocarlo.

Era Andrés.

Andrés: Cielo, ya son las cuatro. ¿Todo bien? Te quiero.

Sofía lo vio. Lo leyó. No lo tocó.

Giró la cabeza hacia Marcos, que estaba tumbado a su lado con los ojos cerrados y la respiración tranquila.

—Otra vez —dijo ella con voz ronca.

Marcos abrió un ojo.

—Pídelo bien.

Sofía no titubeó. Se puso a cuatro patas sobre el colchón sin que él tuviera que pedírselo, con las rodillas en el borde de la cama y la espalda arqueada hacia abajo.

—Por favor —dijo con voz clara.

Marcos se colocó detrás y entró en ella despacio esta vez, sin prisa, dejando que lo sintiera palmo a palmo. Sofía hundió la cara en la almohada y gimió hasta quedarse sin voz. Pedía más. Pedía más rápido, más profundo, más fuerte. Marcos no discutía. La conocía demasiado bien para eso.

Estuvieron casi una hora así. Sofía se corrió dos veces más, cada orgasmo dejándola más vaciada que el anterior. Cuando Marcos por fin terminó, ella se quedó tendida de espaldas con los brazos a los lados, incapaz de mover las piernas, mirando el techo sin ver nada.

***

Se vistió en silencio, con los movimientos torpes de quien tiene el cuerpo en otra parte. Marcos la observaba desde la cama sin decir nada. Sofía cogió el bolso, se miró un segundo en el espejo del pasillo —el pelo revuelto, el maquillaje corrido, marcas rojas en los muslos— y salió sin mirarlo.

En el ascensor se quedó quieta, con los ojos en el suelo metálico. Solo pensaba en el frío que encontraría al salir a la calle.

El taxi llegó en cinco minutos. Durante todo el trayecto de vuelta no miró el móvil. Solo miraba las luces de la ciudad pasando por la ventanilla, con las manos cruzadas en el regazo. El cielo empezaba a ponerse de ese azul oscuro que precede al amanecer. Las calles estaban casi vacías.

Llegó a casa cuando ya clareaba.

***

Andrés estaba despierto en el sofá, con la tele encendida en silencio y los ojos entornados de sueño y preocupación. Se levantó en cuanto la vio entrar.

—Cielo… —dijo, acercándose—. Empezaba a preocuparme de verdad. ¿Estás bien?

La abrazó. Sofía notó el olor familiar de su ropa: ese olor conocido y seguro que llevaba tres años siendo parte de su día a día. Se tensó un segundo antes de devolverle el abrazo.

—Estoy bien —dijo—. Se nos fue la noche. Lo siento, no avisé.

—No pasa nada. ¿Seguro que estás bien? Tienes cara rara.

—Solo cansada. Voy a ducharme y me acuesto.

Se metió en el baño, abrió el grifo y se quedó bajo el agua caliente durante diez minutos. Se lavó despacio, sin prisa. Cuando salió y se enfrentó al espejo —sin maquillaje, con los ojos algo hinchados— la cara que le devolvió el reflejo le pareció la de alguien que no reconocía del todo.

Se puso la camiseta de dormir y entró al dormitorio. Andrés ya estaba en la cama, con la luz de la mesilla encendida, esperándola.

—Ven —dijo, levantando las sábanas.

Sofía se metió a su lado. Él la abrazó por detrás con los ojos ya casi cerrados, los labios rozándole el hombro con suavidad.

—Te he echado de menos esta noche —murmuró.

Soy lo peor.

Se quedó completamente quieta, dejando que la abrazara, sintiendo cómo su respiración se iba haciendo más lenta y más profunda hasta que se quedó dormido. Afuera empezaban a oírse los primeros pájaros. La luz del amanecer se filtraba apenas por las persianas.

Sofía miraba el techo en silencio. Andrés respiraba contra su espalda con esa calma que siempre la había tranquilizado, la mano de él tibia sobre su cintura. Tres años de noches así. Tres años de ese abrazo exacto, de esa misma presencia segura a su lado.

Abrió el móvil con el brillo al mínimo. Tenía tres mensajes de Andrés de la madrugada que no había contestado, y uno de Marcos enviado hacía menos de una hora.

Marcos: Cuando quieras repetir, ya sabes dónde estoy.

Lo leyó dos veces. Apagó la pantalla y dejó el móvil bocabajo sobre la mesilla con cuidado de no hacer ruido.

Cerró los ojos.

Andrés siguió respirando, tranquilo y confiado, a su espalda.

Y aunque Sofía intentó con todas sus fuerzas no pensar en nada concreto, ya sabía —con esa certeza sin palabras que se instala en el cuerpo antes que en la cabeza— que iba a contestar ese mensaje.

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3.3 (3)

Comentarios (8)

Romina_84

de los mejores que lei en mucho tiempo, no esperaba ese final

NocheLibre88

jajaja el novio ni en pedo se imaginaba lo que pasaba en ese baño. Tremendo

Cris_mdq

Por favor necesito una segunda parte!! me quede con ganas de saber que paso despues

vikingo88

Me atrapo desde la primera oracion. Ese detalle del telefono vibrando en el baño de la disco... demasiado real. Sigue escribiendo asi!

Incognita

buenisimo!!!

Lucas_RD

me recordo a algo que le paso a una amiga jajaja, la vida da muchas vueltas

SolMar_09

La tension del principio te agarra y no te suelta. Muy bien narrado

Pato_76

excelente, espero el proximo!

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