Mi primera vez con la nueva del semestre
Ella llegó sin avisar al inicio del semestre y desde el primer día me miró sin vergüenza. No supe cuándo empecé a necesitar que lo hiciera.
Ella llegó sin avisar al inicio del semestre y desde el primer día me miró sin vergüenza. No supe cuándo empecé a necesitar que lo hiciera.
Iba caminando sola cuando Ernesto se asomó por la ventana del camión y me llamó por mi nombre. Debí seguir de largo, pero algo en su voz me detuvo.
Marcos tenía el cuerpo que yo tenía a su edad. Esa noche, con todos durmiendo, noté que algo más que el calor nos separaba en esa cama estrecha.
Valentina vio el bulto bajo los shorts y no lo ignoró. Se puso de pie, miró a los lados para confirmar que la sala estaba vacía, y se acercó despacio.
Era solo un recado: llevarle la plata al mecánico. Pero cuando subí esa escalera de metal y entré a la oficina, supe que esa mañana no iba a terminar como había empezado.
Cuatro años de hormonas le habían dado el cuerpo que quería. Esa noche, vestida para él, descubrió que sus celos eran más reales que cualquier papel que pudieran fingir.
Él tardaba en cambiarse. Ella esperaba afuera. Y un grupo de turistas pasó por el lugar equivocado en el momento perfecto.
La brisa nocturna, dos porros encendidos y la certeza de que todos dormían. Solo faltaba que uno dijera en voz alta lo que ambos pensábamos.
Cuando lo vi salir entre los aplausos, supe exactamente lo que quería. No sabía que iba a hacerlo delante de treinta mujeres que no conocía.
Me lancé al lago sin pensarlo dos veces. Cuando salí del agua, mi ropa, mis botas y mi mochila habían desaparecido. Estaba sola y desnuda en la selva.
Caminé doce kilómetros con los tacones rotos y las medias ensangrentadas, decidida a confesarle algo que jamás debí sentir.
Cuando se giró en la barra, el corazón se me paró. Era él, diez años después, con otra mujer del brazo y esa sonrisa que nunca dejé de recordar.
Llegué sola al Tresor a las tres y media. Cuando bajé al sótano no buscaba a nadie; lo que pasó después con aquel brasileño aún no me atrevo a contárselo a mis amigas.
Bajó las escaleras con esos pantalones de cuero y supe que la noche sería complicada. Cuando la tuve pegada a mi espalda en la moto, olvidé que era la mujer de mi padre.
Encontré un juguete escondido en su cajón y supe que no era solo tristeza lo que le faltaba. Era algo que solo su propia familia podía darle.
La espiaba desde mi ventana mientras tendía la ropa en la terraza. Esas tetas enormes, esa sonrisa cómplice. Sabía que la miraba y nunca dijo nada... hasta aquel martes.
Cuando le dije que se dejara llevar, no imaginé que esa noche Valeria iba a convertirse en la protagonista más inesperada de toda la reunión.
Hacía meses que no salía. Me puse el vestido negro, fui al evento sola y no imaginé que esa noche iba a terminar entre dos hombres.
Preparamos la cena juntos entre besos furtivos. Ninguno imaginó cómo terminaría esa noche de películas en el sofá cuando descubrió mi costumbre secreta.
Cerró con llave, se sentó en el escritorio y me miró con unos ojos verdes que no juzgaban nada. Yo todavía tenía la respiración agitada.