Éramos dos en la tienda hasta que llegaron ellos
La cremallera se abrió de golpe y dos caras asomaron desde fuera. Nadie se sorprendió demasiado. Lo que vino después fue lo más salvaje que Sara había vivido.
La cremallera se abrió de golpe y dos caras asomaron desde fuera. Nadie se sorprendió demasiado. Lo que vino después fue lo más salvaje que Sara había vivido.
Demasiada cafeína para dormir, bajé al vestíbulo y allí estaba: rubia, elegante, con una taza de café entre las manos y esa sonrisa que no era del todo inocente.
Fui a pedir una copa y volví con dos hombres pegados a mí. Marcos observaba desde lejos, sin intervenir. No hasta que yo dije basta.
Cuando todo el pueblo lo supo, ya no había vuelta atrás. Me había enamorado de él sabiendo que tendría que dejarlo ir. Y aquella noche fue la última que tuvimos juntos.
Cuando Valentina se quitó la blusa frente a mí sin ningún pudor, pensé que solo era confianza. No entendía aún lo que tenía planeado para esa tarde.
Cuando crucé el parque esa noche, ya sabía que no volvería siendo la misma. Dani tenía diecinueve años, el doble de músculo y ningún reparo en usarlos.
Tres partidos en una tarde. Tres apuestas. Tres derrotas. Y entre dos amigos, una línea que se cruza una sola vez ya no se vuelve a borrar.
Cuando vi al hijo de mi amante por primera vez supe que sería un problema. No imaginé que esa misma tarde me estaría enviando fotos íntimas haciéndose pasar por su padre.
Era solo un nombre en una lista larga. Cuando ella encendió la cámara, todo lo que creía sobre el deseo cambió para siempre.
Cuando cerró la persiana y giró el pestillo, Adil supo que el trámite de esa noche no iba a ser como los anteriores. La funcionaria sabía lo que quería.
Había negociado los términos por mensajes de voz. Al cruzar la puerta de la casa, supo que la negociación había terminado para siempre.
Hacía tres meses que no estaba con nadie, y cuando lo vi entrar al lobby supe que esa noche iba a ser diferente. No me equivoqué.
Cuando Aurelia se quitó el vestido frente a mi cámara, supe que aquella sesión de fotos no iba a terminar como las demás.
Doce personas que no se conocían entre sí, una casa rural y dos noches sin reglas. Cuando sonó el claxon, salimos al salón completamente desnudos.
Caminé hacia la escuela sintiendo el semen de Ramiro entre las piernas. El día apenas empezaba.
Cuando Natalia empezó a quitarse la blusa, entendí que aquella despedida no iba a ser como las demás. Tenía 18 años y no había tocado a ninguna mujer.
Bajé sola a la pista, cerré los ojos y dejé que el bajo me poseyera. No supe que aquel desconocido alto me esperaba detrás, observándome desde la oscuridad.
Mis amigos no entienden por qué regreso cada año a ese pueblo de nada. Si vieran lo que hay en mi galería, no necesitarían preguntarlo.
Bajo su chaqueta, algo se movía. Debería haberme ido. En cambio, deslicé la mano y lo que siguió después cambió ese verano para siempre.
Cuando Valentina entró a la cocina esa mañana, él estaba apoyado en la isla con el café en la mano y una mirada que no tenía nada de fraternal.