El video que grabamos juntos y nunca debí volver a ver
Llevaba meses sin abrir esa carpeta oculta en mi teléfono. Esa noche, el insomnio y el deseo decidieron por mí.
Llevaba meses sin abrir esa carpeta oculta en mi teléfono. Esa noche, el insomnio y el deseo decidieron por mí.
Rodrigo le presentó a sus tres amigos. Cada uno traía un sobre y un regalo. Valentina los miró y dijo que ya podían empezar.
Cuando subí a su coche esa mañana no sabía que iba a terminar el día con dos hombres distintos dentro de mí y un secreto imposible de contarle a mi novio.
El lunes solo descubrió que no podía quitarme los ojos de encima. El viernes me dio la llave de la biblioteca y me citó a las seis.
El maletero abierto, el valle en llamas al fondo y él preguntando si me ponía follar ahí. Esa tarde fue exactamente lo que ninguno de los dos esperaba.
Una cala escondida, un mirador sobre el mar y una apuesta: él tenía un minuto para hacerla llegar antes de que los pillaran.
Era solo un juego para hacer amigas, pero cuando ella preguntó si podía venir esa noche, entendí que habíamos cruzado una línea que yo quería cruzar.
Me puse las medias sobre la piel todavía tibia y salí del hotel tomada de su mano, sabiendo que entre mis dedos guardaba algo que solo nosotros dos sabíamos.
Tenía veintiún años y llevaba meses mirándome de una forma que yo fingía no notar. Esa noche mi hijo se fue a la cama y nos quedamos solos.
Dos mujeres separadas, un departamento demasiado ordenado y un mazo de cartas que nadie tendría que haber encontrado esa noche.
Doce personas que nunca se habían visto, una casa con piscina en el campo y dos noches sin ropa. Yo lo monté todo. Nadie se fue decepcionado.
Cuando Saya abrió los ojos en la oscuridad, lo primero que sintió fue el frío del acero en las muñecas y el aliento de Nadia a pocos centímetros de su cara.
Siempre me habían gustado los hombres. Eso creía yo, hasta la noche que mi amiga me miró de una forma diferente y algo dentro de mí respondió sin que yo lo decidiera.
Llevaba un mes pensando en esa noche, y se lo conté todo a Sandra sin filtros. Ella escuchó en silencio y al final dijo: me da envidia. Así empezó todo.
Hacía un mes que no podía sacarme de la cabeza aquel rincón del Industria. Esa madrugada decidí volver, pero esta vez no iría sola.
Subí las escaleras con un seis pelado en la mano y la rabia en la garganta. No sabía que aquella tarde, en su despacho, iba a aprender lo que ningún chico de mi edad me había enseñado.
Cuando me llamó a su escritorio y me pidió que dejara de distraerlo, supe que el viernes mi tanga no iba a volver a casa conmigo.
El pasillo estaba en silencio, su puerta entreabierta. Sabía que no debía entrar. Entré de todas formas.
Desde que me subí al coche, sus ojos volvían al espejo una y otra vez. Era obvio que me miraba. Decidí hacer algo al respecto.
La vio entrar y algo se detuvo en su pecho. No supo explicarlo, pero desde ese instante solo pudo pensar en ella.