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Relatos Ardientes

Ese día en la oficina lo dijimos todo

La noche anterior habíamos hablado hasta tarde sobre cómo manejar la reunión del día siguiente. Nadia no dormía bien cuando tenía algo pendiente, y yo lo notaba en cómo se giraba en la cama, en cómo su respiración no terminaba de calmarse. La abracé por la espalda y le hablé despacio.

—Mañana entramos juntas, hablamos con calma y salimos con la cabeza alta. Sin gritos, sin llantos. Solo los hechos.

—Contigo voy tranquila —dijo—. En serio.

—Yo también te amo. Ahora duerme.

Se pegó más a mí y en diez minutos ya respiraba parejo. Yo tardé un poco más.

Por la mañana me levanté antes que ella. Me duché, elegí la ropa y, mientras me ponía el corpiño frente al espejo, la observé dormir desde el otro extremo de la habitación. Tenía un brazo cruzado sobre los ojos como si la luz le molestara aunque la persiana siguiera baja. Me acerqué a su lado de la cama.

—Ey. Que se hace tarde.

Entreabrió un ojo, y la sábana se le resbaló hasta la cintura dejándome ver un pecho desnudo, el pezón todavía marcado por el sueño.

—Si no tuviéramos esa reunión, te comería el coño ahora mismo hasta hacerte gritar —murmuró con la voz ronca—. Te lo juro.

—Ya tendrás tiempo —le dije, y le di una palmada seca en el muslo por encima de la sábana. Ella arqueó la cadera y me clavó los ojos, provocadora—. Levántate antes de que sea yo la que se meta debajo de esa sábana a chuparte hasta que te corras en mi boca.

—Prometes y no cumples.

—Esta noche te cumplo todo. Ahora arriba.

Ella gruñó algo, pero se levantó y pasó desnuda frente a mí camino a la ducha, con esa espalda larga y el culo firme que llevaba años volviéndome loca.

Llegamos a la oficina con margen justo. Nadia fue directa a la máquina del café con esa expresión concentrada que ponía cuando algo la ponía nerviosa. Nos sentamos en nuestros escritorios, yo respondí correos y fingí normalidad, pero de tanto en tanto la miraba de reojo. Ella también me miraba a mí.

A las diez menos veinte vibró mi teléfono sobre la mesa. Era ella: «esta hora no pasa más».

Le respondí: «falta menos. Respira».

«Me cuesta», escribió.

«Lo sé. Pero ya casi.»

A las diez en punto se levantó y me hizo una seña con la cabeza. Apagué la pantalla y la seguí.

***

El despacho de Rodrigo era ordenado y luminoso, con una ventana que daba a los techos del centro. Él se puso de pie cuando entramos, nos señaló las sillas con un gesto tranquilo y esperó a que nos acomodáramos antes de hablar.

—Ya imaginaba que vendrían —dijo—. Las escucho.

Nadia fue la primera en hablar. Lo hizo con una calma que me sorprendió incluso a mí, eligiendo cada palabra, sin acusaciones innecesarias. Le explicó que ninguna de las dos iba a participar en lo que el socio externo había propuesto, que lo que ese hombre insinuaba era una falta de respeto hacia nosotras y hacia la empresa, y que necesitábamos saber cuál era la posición de la gerencia.

Rodrigo escuchó sin interrumpir. Cuando Nadia terminó, asintió despacio.

—Entiendo perfectamente. Y quiero que sepan que no tengo ningún acuerdo con eso, ni lo tendré. Lamento que hayan tenido que pasar por esto.

Me miró a mí.

—Por cierto, feliz cumpleaños, aunque llegue tarde.

—Gracias —dije—. Y ya que estamos, quiero contarle algo más. Nadia y yo somos pareja. Llevamos tiempo juntas y vamos a casarnos. Lo digo porque lo que ese hombre propuso choca no solo con nuestra ética, sino con nuestra situación personal. No somos intercambiables ni estamos disponibles para ese tipo de cosas.

Rodrigo nos miró a las dos durante un momento.

—Las felicito —dijo—. Y eso, casualmente, me da una idea. ¿Ya tienen fecha para la boda?

Las dos respondimos al mismo tiempo:

—Todavía no.

—Pónganla. Elijan una fecha, tramiten los papeles, y antes de eso empiecen a capacitar a alguien que las cubra durante la licencia. Para cuando ese hombre vuelva de su viaje, si se le ocurre insistir, ustedes ya estarán casadas y él quedará completamente fuera de lugar.

Nos miramos. Era la solución más simple y más inteligente que podíamos haber imaginado.

—Perfecto —dijo Nadia—. Lo hacemos así.

Nos levantamos, le dimos la mano a Rodrigo y salimos.

***

En el pasillo, Nadia me tiró del brazo y me arrastró hacia la escalera de emergencia. Cuando se cerró la puerta metálica detrás de nosotras, se apoyó contra la pared y soltó el aire que había estado reteniendo.

—Le dijiste que nos vamos a casar.

—Me pareció el momento indicado —respondí, encogiéndome de hombros—. ¿Estás enojada?

Ella soltó una carcajada.

—Para nada. Ya no tenemos nada que ocultar.

Bajamos a buscar café. Nos quedamos de pie junto a la barra del bar de la planta baja, hombro con hombro, dejando que el alivio se asentara despacio.

—Ahora hay que elegir quién nos cubre —dije.

—Sí. Y hay que ir al registro civil.

—Yo me encargo esta semana.

Nadia giró la cabeza y me miró de una manera que conocía bien: esa mezcla de ternura y deseo que me aceleraba la respiración incluso después de años juntas.

—Te amo, Valeria. Y te voy a follar hasta romperte cuando lleguemos a casa.

—Yo también. Ahora bebe el café, que tenemos trabajo.

***

Después del almuerzo salí con la excusa de una farmacia. En realidad fui a la lencería que había visto semanas atrás en la calle paralela a la oficina. Entré, miré despacio y salí con una bolsita que guardé en el fondo del bolso.

De vuelta en la oficina, antes de sentarme, pasé por el baño. Me cambié la ropa interior —una tanga negra con encaje en los costados, casi nada— y aproveché para retocarme los ojos con el delineador que llevaba guardado desde por la mañana. Nadia no sabía nada de ninguna de las dos cosas.

Volví a mi escritorio como si nada.

Nadia estaba explicándole algo a Pablo, el compañero que habíamos elegido para que nos cubriera. Yo abrí un cajón, saqué una galleta y la mordí despacio, mirándola, chupándole la punta antes de partirla con los dientes.

Ella me vio por el rabillo del ojo.

Movió los labios sin sonido: «¿a qué estás jugando?»

Le guiñé un ojo.

Cinco segundos después vibró mi teléfono. Era ella: «te conozco. algo estás tramando».

Le respondí con el emoji de silencio.

«Mala persona», escribió, con el de risa al lado.

Pasé el resto de la tarde en ese estado de calma tensa que me gusta más que casi cualquier otra cosa: ella sabiendo que había algo pendiente, yo dejándola adivinar. Era un juego que llevábamos años practicando. La recompensa siempre valía la espera.

***

En el coche, de vuelta al apartamento, Nadia puso la mano en mi pierna en cuanto arrancamos, y la subió sin disimulo por debajo de la falda.

—Llevas toda la tarde calentándome —dijo, y sus dedos alcanzaron el encaje de la tanga y se quedaron ahí, presionando—. Estás empapada, hija de puta.

—¿Yo?

—Tú. Los ojos, la galleta. Y este coño que ya está goteando por mí.

—Concéntrate en el paisaje.

Ella apretó dos dedos contra la tela justo encima de mi clítoris y los movió en círculo lento, sin dejar de mirar la carretera. Yo se me escapó un gemido y me mordí el labio. No aparté los ojos de la calle, pero abrí un poco más las piernas para ella.

Cuando llegamos al apartamento, dejé el bolso sobre la mesita de la entrada. Antes de que pudiera dar dos pasos, Nadia me puso de espaldas contra la pared. Me tomó las manos, entrelazó sus dedos con los míos y me los levantó por encima de la cabeza. Me besó despacio al principio, y después metió la lengua a fondo, buscándome la mía, mordiéndome el labio de abajo hasta hacerme jadear en su boca.

—Llevas toda la tarde haciendo eso —dijo contra mis labios, con una rodilla clavada entre mis muslos, apretándome el coño por encima de la ropa—. Y ahora no vas a ningún lado hasta que me corra dentro de ti.

—¿Quién dijo que quiero ir a algún lado?

Bajé el cierre lateral de la falda y la dejé caer al suelo. Di un paso atrás para que pudiera verme. La tanga negra, el encaje, casi nada.

Nadia abrió la boca. La cerró. Volvió a abrirla.

—Eres increíble. Voy a follarte hasta que no puedas caminar.

—Ponte el arnés —le dije—. Con la polla gruesa. La de siempre no, la otra. Quiero sentirla adentro sin poder respirar.

—Como tú digas, cumpleañera.

No tardó un minuto. Mientras ella iba al cuarto, yo me quité la blusa y el corpiño y me quedé solo con la tanga y los tacos. Cuando volvió, apareció desnuda, con el arnés negro ceñido a las caderas y la verga de silicona sobresaliendo entre las piernas como si fuera parte de ella. Se acercó despacio, con esa media sonrisa que le sale cuando sabe que me tiene.

—Lo que me provoca verte con eso —dije, y le agarré la polla con la mano, apretándola desde la base—. Métemela ya. No aguanto más.

—Chúpala primero. Quiero verte de rodillas.

Me arrodillé sin pensarlo. Le lamí la punta de la verga con la lengua plana, mirándola desde abajo, y después me la metí entera en la boca, hasta que la sentí golpearme la garganta. Nadia me agarró del pelo, cerrando el puño, y empezó a moverme la cabeza al ritmo que ella quería. Yo la chupé con las mejillas hundidas, dejando escapar hilos de saliva que me caían por la barbilla hasta las tetas. Sabía que el juguete no era carne, pero el arnés apretaba contra su clítoris y ella lo sentía en cada empujón: la boca abierta, la respiración pesada, los muslos temblando.

—Así, puta. Mírame mientras me la chupas.

La miré, con la polla hasta la campanilla, y me quedé quieta dejando que ella me follara la boca. Cuando por fin me soltó el pelo, me levantó del brazo y me estampó de nuevo contra la pared.

—Salta.

Me tomó por los muslos y me levantó con una facilidad que siempre me sorprendía. Me sostuve rodeándola por la cintura con las piernas. Aparté la tanga a un lado con dos dedos y sentí el aire fresco sobre el coño hinchado.

—¿Aquí? —preguntó, apoyando la punta de la verga contra mis labios mojados.

—Aquí. Ahora. Métemela toda.

Entró despacio, dejándome sentir cada centímetro abrirme por dentro. Yo me tragué el gemido con los dientes apretados y cerré los ojos, apoyando la cabeza contra la pared. Cuando la sentí hasta el fondo, dejé escapar el aire de golpe.

—Joder… así… no salgas…

—¿La sientes toda?

—Toda. Fóllame ya, no me tortures.

Nadia fue acelerando el ritmo de a poco, con una mano apoyada en la pared junto a mi cabeza y la otra sosteniéndome desde abajo, agarrada de mi culo, clavándome los dedos. Empezó a empujar fuerte, y cada envión me subía el cuerpo entero contra la pared, el marco del cuadro del pasillo golpeando a mi lado a cada embestida. Yo le clavé las uñas en los hombros y dejé que la sensación se acumulara, ondulando hacia adentro, hasta que sentí el clítoris hinchado rozando contra la base del arnés cada vez que ella me clavaba la polla hasta el fondo.

—Así —jadeé—. No pares. Más fuerte. Rómpeme.

—Eres mía, ¿me oyes? Mía y de nadie más.

—Tuya. Solo tuya. Fóllame más fuerte, joder…

Me mordió el cuello, después la clavícula, después una teta, chupándome el pezón con hambre entre embestida y embestida. Yo empecé a temblar. Le agarré la cabeza y le pegué la boca a la mía.

—Me corro… Nadia, me corro…

—Córrete en mi polla. Toda. Ahora.

Cuando llegué fue largo y profundo, un espasmo detrás de otro, apretándola por dentro tan fuerte que ella también soltó un grito ronco y empujó tres, cuatro veces más, hasta el fondo, cerrando los ojos y clavándome contra la pared con todo el peso del cuerpo mientras se corría con la base del arnés apretada contra su clítoris. Me quedé con la frente apoyada en su hombro, respirando fuerte, con las piernas todavía flojas, la polla todavía adentro, latiendo mi coño alrededor de ella.

—Todavía no acabamos —susurró—. A la cama.

Nadia me alzó en sus brazos, sin sacarla, y me llevó así hasta el dormitorio, cada paso haciéndomela sentir más adentro. Me tiró boca abajo sobre la cama, me levantó las caderas con las dos manos y me la volvió a meter desde atrás, de un solo empujón que me hizo morder la almohada. Yo arqueé la espalda y le ofrecí el culo, apoyada en los codos.

—Así, perra, así te gusta.

—Así, sí, no pares, dame más.

Me la clavó a fondo, agarrándome del pelo con una mano y de la cadera con la otra, tirándome hacia atrás en cada embestida. Escuchaba el ruido de nuestros cuerpos chocando, mi coño chorreando alrededor del silicón, mis propios gemidos ahogados en la sábana. Me metió el pulgar en la boca y yo se lo chupé sin dejar de gemir. Me pasó ese mismo pulgar mojado por la raya del culo, presionándome apenas el ojete, sin meterlo del todo, solo para que lo sintiera.

—¿Quieres que te lo meta también?

—No… todavía no… fóllame el coño, sigue así, no pares…

Me la clavó más rápido, más profundo, hasta que sentí el segundo orgasmo trepándome desde las piernas. Me metió dos dedos en la boca y yo los mordí para no gritar tan fuerte. Cuando exploté, se me nubló la vista. Me caí de bruces sobre las sábanas, temblando, con el culo todavía alzado y ella clavándomela unos segundos más antes de sacarla despacio, dejándome el coño abierto, latiendo, empapado.

***

Se quitó el arnés, lo lavó y volvió. Se tendió a mi lado, de frente. Nos miramos sin hablar durante un rato. Ella me pasó los dedos por el pelo con calma, sin decir nada, y me acarició los pechos con la palma abierta, todavía sudados.

—El casamiento está más cerca —dije al fin.

—Sí. —Hizo una pausa—. Estoy nerviosa.

—Yo también.

—¿Y contenta?

—Mucho.

Nadia sonrió. Era esa sonrisa pequeña que guardaba para los momentos privados, la que no le había visto jamás en la oficina ni con nadie más que conmigo.

—¿Qué nos pondremos ese día? —preguntó, mientras me pellizcaba un pezón despacio, jugando.

—Algo que nos quede bien. Un vestido ceñido, algo que te marque. Y el pelo suelto.

—¿Y los zapatos?

—Con taco.

Se rió.

—Eres obsesiva.

—Tú me quieres así.

—Sí —dijo—, y bajó la cabeza para chuparme el pezón que había estado pellizcando, sin urgencia, solo por gusto—. Te quiero así.

Nos besamos de nuevo, sin apuro, con esa calma que solo existe después de mucho tiempo compartido y de haber acabado dos veces contra la pared.

***

La semana siguiente transcurrió entre instrucciones a los nuevos compañeros y trámites en el registro civil. En la oficina ya corría el rumor de que éramos pareja y de que íbamos a casarnos. Nadie lo dijo en voz alta, pero notamos las miradas, las sonrisas rápidas, algún comentario a media voz que no llegábamos a escuchar del todo. Ninguna de las dos le dio importancia.

La fecha quedó confirmada para mediados de mayo. Rodrigo nos felicitó en el pasillo con un apretón de manos que pareció más cálido que el protocolo habitual.

El socio externo seguía en Europa. No lo esperábamos hasta dentro de dos meses, y para entonces ya no habría nada que decirle.

Por las noches Nadia y yo nos quedábamos despiertas más tiempo del necesario, hablando de cosas sin importancia: los vestidos, los testigos, si habría cena o solo una copa entre pocos. No teníamos respuestas para todo, pero tampoco había apuro.

Teníamos tiempo, teníamos trabajo, y nos teníamos la una a la otra.

Era suficiente.

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Comentarios(8)

LuciaNov

Que lindo final!!! me encanto como lo contaste, se siente tan real

Valentina_23

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como fue la celebracion jajaja

ClarisaM

Me llegó al corazón. Hay algo en esa tensión previa a decirlo todo que te deja sin respirar. Buenísimo

Marce_conf

tremendo el excerpt ya me engancho, termine leyendo de un tirón sin darme cuenta

NocheLector77

Que valentia la de las dos. Me hizo acordar a una situacion parecida con una compañera de trabajo hace años... aunque en mi caso no termino tan bien jaja. Muy bueno el relato

LolaVega23

increible!!! sigan escribiendo asi

Fran_ba

Se hizo corto, queria seguir leyendo. Esperando el proximo

sergio_lect

La frase del comienzo te atrapa directamente. Muy bien escrito, de verdad

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