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Relatos Ardientes

Mi hermana y la hija del pastor en el baño

Mateo descubrió aquello por casualidad, y durante años se convenció de que el destino había sido cruel con él esa tarde. No podía ser otra cosa. Ni el azar, ni el universo, ni desde luego Dios, podían tener un sentido del humor tan retorcido como para dejarle presenciar lo que vio en el segundo piso de la casa del pastor.

La recepción había sido idea de su madre. El pastor Reinaldo cumplía veinticinco años al frente de la congregación y, según ella, habría sido una falta de respeto imperdonable no asistir. Mateo se había puesto la camisa que menos odiaba, había sonreído a todas las señoras que le preguntaban si ya tenía novia, y a la primera oportunidad se había escabullido escaleras arriba con la excusa de buscar el baño.

La casa era enorme. Pasillos de madera oscura, cuadros de paisajes serranos, lámparas con flecos de tela vieja. Subió sin prisa, contento de alejarse del bullicio del primer piso. En el descanso de la escalera había un retablo religioso que le pareció horrible, pero se quedó mirándolo un rato porque le ganaba el aburrimiento al gusto.

Fue entonces cuando escuchó el ruido.

No era un ruido en realidad. Era una respiración. Un jadeo bajito, contenido, que venía del final del pasillo. Mateo lo identificó antes de querer identificarlo, y aun así caminó hacia él.

La puerta del baño estaba entreabierta. Apenas un dedo de espacio entre el marco y la madera. Lo justo para que pudiera ver, sin esfuerzo, lo que ocurría dentro.

Lucía.

Su hermana Lucía estaba contra la pared embaldosada, con la mejilla pegada al azulejo frío y los párpados apretados como si quisiera concentrarse en no hacer ruido. Tenía el labio inferior atrapado entre los dientes. Una de sus manos buscaba la pared sin encontrar dónde sostenerse. La otra estaba metida dentro del pantalón de la mujer que tenía detrás, moviéndose con un ritmo lento y obsceno que a Mateo no le hizo falta imaginar: Lucía le estaba tocando el coño a esa mujer con dos dedos hundidos hasta el nudillo, y los movía en círculos apretados que le sacaban a la otra un jadeo entrecortado contra la nuca.

Mateo se quedó tieso. No exactamente paralizado: tieso, como quien recibe una corriente y no sabe cuánto va a durar. Sintió la polla endurecérsele contra la costura del pantalón antes de haber terminado de procesar la imagen.

A la otra mujer la conocía de vista. Era Bárbara, la hija mayor del pastor. Una chica más alta que Lucía, de pelo negro y muy lacio, que él había saludado una vez en el supermercado y a quien siempre había considerado un poco distante. Ahora esa misma chica distante tenía la nariz hundida en el cuello de su hermana, los labios entreabiertos, y la mano metida dentro del pantalón de Lucía con un movimiento que no admitía interpretación posible. Los dedos de Bárbara se hundían y salían empapados: se veía cómo se le marcaba la muñeca por debajo de la tela, cómo la palma se pegaba al pubis de Lucía cada vez que empujaba adentro.

Lo primero que pensó Mateo fue que tenía que irse.

Lo segundo fue que no se movió.

Algo se le encendió por dentro sin pedirle permiso. Un calor que le bajó por el pecho y se le instaló entre las piernas, repentino e indecente. Le empezó a hormiguear el vientre. Trató de pensar en cualquier otra cosa —en el cuadro horrible del descanso, en la voz de su tía hablando de la cosecha del año, en el sermón del pastor en la última Navidad— y nada de eso aguantó más de tres segundos.

Bárbara le mordía a Lucía la línea del cuello, justo donde nacía el hombro. Le besaba la piel con la boca muy abierta, como si quisiera dejarle marca. Lucía giró un poco la cabeza para encontrarle los labios. Se besaron así, en una postura imposible, con la mejilla de Lucía todavía contra la pared y la mano de Bárbara hundida en su entrepierna. Se lamían la boca con la lengua afuera, sin recato, y Mateo alcanzó a escuchar el chasquido húmedo de las lenguas encontrándose una y otra vez.

—Callate —le susurró Bárbara al oído a Lucía, mordiéndole el lóbulo—. Callate o nos van a escuchar, puta.

Y Lucía, la Lucía del coro, la de la lectura de los miércoles, asintió con la boca abierta y le mordió los dedos que le puso encima para taparle los gemidos.

***

Mateo no recordaba haber empezado a respirar más fuerte, pero estaba respirando más fuerte. Tampoco recordaba haberse llevado la mano al pantalón, pero ahí estaba la mano, encima de la tela tirante, presionando sin pensar. Se la agarró por encima del bóxer y se apretó la polla entera, de la base a la punta, y estuvo a punto de gemir él mismo.

Lucía soltó un sonido. No fue un gemido —no podía permitirse un gemido— fue un soplido, un quejido tragado a medias, una cosa pequeña que se le escapó por la nariz cuando Bárbara movió los dedos adentro. Mateo cerró los ojos al escucharlo. Cuando los abrió otra vez, la escena había avanzado.

La camisa de Lucía estaba subida hasta debajo de las axilas. El sostén, blanco con bordes de encaje, le quedaba aún puesto, pero Bárbara ya lo había levantado con las dos manos. Los pechos de su hermana, dos pechos medianos, blancos, con los pezones tan duros que parecían dolerle, le quedaban al aire bajo la luz amarilla del baño. Los pezones se le veían rosados, hinchados, apuntando hacia arriba como si le pidieran boca.

Mateo se llamó hijo de puta en voz baja. No por mirar —eso ya lo había aceptado— sino por excitarse más al ver eso. Porque era su hermana. Porque la conocía desde antes de que naciera él, porque le había prestado la bicicleta a los nueve años, porque le había sostenido la mano la tarde en que se les murió la perra.

Y, sin embargo, seguía mirando. Y se seguía frotando la polla por encima del pantalón, cada vez más lento, cada vez más fuerte, buscando no correrse todavía y buscando correrse ya.

Bárbara se inclinó hacia adelante y le besó un pezón. Lo hizo despacio, casi con respeto, como si fuera la primera vez que se permitía hacerlo. Después abrió la boca y se lo tragó entero, chupándoselo con las mejillas hundidas, y a Lucía se le escapó un gemido áspero que se tapó con la mano al segundo. Bárbara le pasó la lengua alrededor de la areola, se lo mordió con los dientes de adelante, y Lucía empujó el pecho contra esa boca y dejó escapar el aire por la garganta, un sonido áspero, casi enojado. Tenía las dos manos ahora aferradas al pelo de Bárbara, tirándole sin tirarle, queriendo y no queriendo. Bárbara se pasó al otro pecho sin soltar el primero, apretándoselo con la mano libre, pellizcándole el pezón húmedo mientras le chupaba el otro.

El espacio entre las dos era cero. La cadera de Bárbara se metía contra la de Lucía, y la mano que tenía libre la rodeaba por la cintura como una soga blanda. Era la postura más incómoda del mundo y la sostenían sin esfuerzo aparente.

Mateo apretó la frente contra el marco de la puerta. Pensó por un momento —apenas un instante— que cualquiera podía subir las escaleras y verlo a él ahí, asomado, con la mano donde la tenía. Esa idea, en vez de espantarlo, le calentó más. Eso lo asustó, y el susto le gustó. Se metió la mano dentro del pantalón sin pensarlo más, se agarró la polla a piel y se la pasó de arriba abajo dos veces, tres, sintiendo que se le humedecía la punta contra la palma.

Bárbara cambió el ritmo. Sacó la mano del pantalón de Lucía —los dedos le brillaban, era imposible no verlo desde donde Mateo estaba, brillaban de la humedad del coño de su hermana— y se los llevó a la boca sin dejar de mirarla a los ojos. Se chupó los dos dedos enteros, hasta el nudillo, con los ojos entrecerrados y una media sonrisa. Lucía la miró como quien mira una condena y a la vez una promesa.

—Estás empapada —le dijo Bárbara con la voz ronca, apoyándole la boca en la oreja—. Estás chorreando, Lucía. Se te va a notar en el pantalón.

—Callate y seguí —le contestó Lucía en un hilo, y era la voz de su hermana pero no era la voz de su hermana. Era una voz más baja, más sucia, una voz que Mateo no le había escuchado nunca y que no iba a olvidar en la puta vida.

Bárbara le bajó el cierre con dos dedos. Le abrió el botón. Le metió la mano otra vez, esta vez por dentro de la ropa interior, y le buscó la boca al mismo tiempo. Se veía el bulto de la mano moviéndose bajo la tela, el ritmo pausado que se iba acelerando, la muñeca dándose vuelta para hundir los dedos más profundo. Lucía abrió las piernas un par de centímetros, lo justo para que la mano de Bárbara pudiera moverse mejor, y dijo algo entre dientes que Mateo no llegó a escuchar y que probablemente fuera mejor no escuchar nunca.

Bárbara le bajó el pantalón y la bombacha juntos, hasta la mitad del muslo, y ahí Mateo tuvo que apretar los dientes para no soltar un sonido. Vio el coño de su hermana —lo vio, no había manera de no verlo—, el vello recortado prolijo, los labios hinchados y brillantes, la humedad que le corría hasta la cara interna del muslo. Bárbara se agachó sin transición, apoyó una rodilla en el suelo, y le puso la boca ahí, contra el coño, con la lengua afuera.

A Lucía se le doblaron las piernas. Se agarró de la pared con las dos manos, con las uñas raspándole el azulejo, y arqueó la espalda echando la cadera hacia adelante para meterle el coño en la boca. Bárbara le pasó la lengua entera, de abajo hacia arriba, y después se centró en el clítoris chupándoselo con ritmo, moviendo la cabeza en pequeños círculos, gimiendo ella misma contra la carne. La escena era obscena de una manera que Mateo no había visto ni en la peor de las páginas que se cargaba a escondidas por la noche. Su hermana, con la falda-pantalón caída en los tobillos, la camisa arriba, el sostén subido, los pezones al aire, y otra mujer de rodillas comiéndole el coño en el baño del pastor.

Mateo se sacudía la polla con la mano dentro del pantalón, en silencio, mordiéndose el labio hasta hacerse sangre. Vio a Bárbara meterle dos dedos otra vez, esta vez desde abajo, curvándoselos hacia adentro, y a Lucía apretar los ojos y taparse la boca con las dos manos porque el gemido que se le venía no había forma humana de contenerlo. Bárbara la chupaba y la penetraba a la vez, con un ritmo bestial, y Lucía movía la cadera contra esa boca como si le fuera la vida en frotarse.

—Me voy a correr —dijo Lucía en un hilo, entre las manos—. Bárbara, me voy a correr, no pares, no pares por nada.

Bárbara no paró. Le enterró los dedos hasta el fondo, se los curvó, le chupó el clítoris con la boca entera y la lengua plana, y Lucía apretó los muslos alrededor de esa cara y se corrió mordiéndose el puño para no gritar. Se le sacudían las piernas, se le contraía el vientre en pequeños espasmos, y a Mateo, del otro lado de la puerta, se le fue la polla en la mano casi al mismo tiempo. Se corrió dentro del bóxer sin poder evitarlo, en tres o cuatro chorros calientes que le empaparon la tela, mordiendo el hombro contra el marco de la puerta para no hacer ruido. Se le doblaron las rodillas. Le tembló todo el cuerpo. Cerró los ojos y vio manchas.

Cuando los abrió, Bárbara ya se había puesto de pie. Le estaba pasando la lengua por el labio a Lucía, dejándole probar su propio sabor. Se besaron largo, sucio, con los dientes chocándose, como si no hubieran terminado nada.

***

—¿Mateo?

La voz vino del piso de abajo y le cayó encima como una jarra de agua helada. Era su madre.

—¡Mateo, hijo!

El cuerpo le reaccionó antes que la cabeza. Sacó la mano del pantalón, pegajosa, y se la limpió como pudo contra el forro del bolsillo. Se acomodó la polla, todavía medio dura y ahora empapada de su propia corrida, contra la cintura del bóxer, con la banda elástica haciendo de freno. Tenía las orejas calientes. Le costaba tragar. Sentía la humedad tibia pegándosele al muslo y rezó por que no se le trasluciera en el pantalón oscuro.

Dentro del baño, ninguna de las dos había escuchado nada todavía. Bárbara le había vuelto a meter la mano entre las piernas a Lucía, ahora despacio, casi cariñosa, prolongándole el temblor del orgasmo. Lucía tenía los ojos cerrados, la cabeza echada para atrás, y movía las caderas contra la mano que la tocaba con pequeños tirones agotados.

Mateo se obligó a apartarse de la puerta. Caminó dos pasos hacia atrás sin hacer ruido. Tres. Cuatro. Se dio la vuelta. Se pasó las manos por la cara como si pudiera borrar lo que había visto. No pudo borrarlo. Tampoco quería borrarlo, y eso era otra cosa que ya pensaría después.

Bajó la mitad de las escaleras. Se apoyó un momento en el barandal y respiró por la nariz, contando hasta cuatro al inhalar y hasta seis al exhalar, como le había enseñado un entrenador a los catorce. Después siguió bajando con la cara compuesta, una sonrisa pequeña, las manos en los bolsillos para disimular lo que le pasaba abajo.

Su madre estaba en el rellano, con las dos manos en la cadera.

—¿Dónde te habías metido?

—Estaba mirando un cuadro —dijo él, con una naturalidad que en otra época le habría parecido imposible—. Hay uno al final del pasillo. Un paisaje, creo que de un pueblo del sur. Lo estuve estudiando un rato.

—¿Un cuadro? —Su madre lo miró con una mezcla de sorpresa y orgullo—. Bueno, no sabía que te gustaban los paisajes.

—A veces me dan curiosidad.

Le pasó el brazo por los hombros —o más bien intentó pasárselo, porque él le sacaba media cabeza— y lo llevó de vuelta al salón, donde el pastor seguía contando una anécdota antigua y nadie había notado nada.

***

Lo que Mateo no podía dejar de pensar, mientras le pasaban una copa de vino sin alcohol y le servían un pedazo de bizcocho de naranja, era que él había sido el muro de contención entre su madre y la escena del segundo piso.

Si él no hubiera bajado, su madre habría subido. Habría subido a buscarlo. Habría encontrado la puerta entreabierta. Habría visto a su hija dorada, su Lucía perfecta que cantaba en el coro y leía la lectura de los miércoles, contra una pared, con la camisa por encima del sostén y otra chica de rodillas comiéndole el coño. Le habría dado un infarto, literalmente. Mateo conocía a su madre lo suficiente como para saber que no era una exageración cariñosa: le habría dado un infarto.

Y, sin saberlo, él se había puesto en el camino. La había distraído. La había llevado al sofá del salón a hablar del cuadro inventado y del pueblo del sur inventado mientras, arriba, su hermana terminaba lo que había empezado.

Lo pensó dos veces y casi se rió por dentro. Estaba siendo cómplice. Cómplice de su hermana, sin que su hermana lo supiera todavía. Algún día se lo contaría —quizás, alguna noche en que las dos copas de vino le aflojaran la lengua— y Lucía iba a mirarlo con una cara que iba a recordar para siempre.

Cuando Lucía bajó al salón, veinte minutos más tarde, lo hizo del brazo de Bárbara, las dos perfectamente compuestas. Tenían el pelo en su sitio, las camisas en su sitio, la sonrisa medida. Solo Mateo notó que a Lucía le brillaban todavía los labios de otra manera, que tenía la mejilla marcada por el azulejo, que caminaba con una mínima rigidez en las piernas. Lucía buscó a Mateo con los ojos sin querer buscarlo. Lo encontró. Él no le sostuvo la mirada más de lo necesario. Solo le hizo un gesto pequeño con la cabeza, casi imperceptible, una señal de que estuviera tranquila.

Lucía parpadeó dos veces. Lo entendió. Tal vez no entendió todo lo que él había visto, pero entendió que algo había visto y que él no iba a decir nada. Bárbara, al lado, no se enteró de la conversación silenciosa. Estaba contestando algo sobre la receta del bizcocho a la mujer del pastor, con la misma boca con la que había estado chupándole el coño a su hermana diez minutos antes.

Mateo se tomó el vino sin alcohol de un trago y se acomodó en el sofá. Le seguía latiendo el pulso en lugares poco convenientes, y sentía la humedad seca pegándosele al muslo cada vez que cambiaba de posición, pero ya empezaba a respirar normal. Pensó que esa iba a ser, durante mucho tiempo, la tarde más larga que había vivido en una casa donde se rezaba antes del postre.

Y pensó también, sin querer pensarlo del todo, que en cuanto llegara a su pieza esa noche iba a cerrar la puerta con llave, se iba a bajar el pantalón, se iba a agarrar la polla otra vez y a recordarlo todo paso por paso, con los ojos cerrados: la mano de Bárbara adentro del pantalón, los pezones al aire, la boca chupando el coño, los dedos brillantes, el gemido tragado, la cara de su hermana corriéndose contra una pared.

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Comentarios(9)

Gordo_Mza

increible relato, muy bueno!!!

LectorNocturno_Mdz

Por favor seguí con esto, no me dejes así jaja, quiero saber qué pasó después

Lucia_23

Me encantó el detalle de la puerta entreabierta, eso de quedarse paralizada me pareció muy humano y real

CamiBA_lit

Me quedé pensando en esa escena todo el dia jaja. Escribís muy bien

ValeriaMendez

Me recordó una vez en la adolescencia que tambien me pasó algo parecido, aunque mucho menos intenso jaja. Muy bien narrado

NachtLeser

ese final tremendo, me imagino la cara que habrá puesto jajaja

FanDeNoche

La tension del comienzo te atrapa enseguida, no pude soltar el teléfono

MarisolP

De los mejores que leí acá en mucho tiempo

Rosita_noc

Muy buen relato, de esos que te sacuden. Felicidades

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