Lo que escondía mi hija bajo su cama
«Buenas tardes, soy Marisol, hoy voy a atenderle con una propuesta que…» Y otra vez el clic. Llevo tantos años escuchando ese clic que ya casi me da paz. Es lo más predecible que tengo en el día, y para una mujer que perdió la noción del tiempo hace siglos, lo predecible es casi una caricia.
Quedé viuda hace varios años y, sinceramente, no fue una tragedia. Mi marido era un mentiroso de oficio: alcohol, pastillas, otras mujeres más jóvenes a las que engañaba con la misma sonrisa cuidada con la que me engañó a mí. Nos casamos por insistencia de las dos familias. Ni una hipoteca pagada ni un seguro de vida; solo el silencio raro que se queda cuando muere alguien que no querías y no terminas de admitirlo.
Mi trabajo es absurdo en su exigencia. En el papel soy vendedora. En la práctica soy la sombra de mi jefa, la señora Aguirre. Llamo, vendo, organizo reuniones, contesto correos por ella, le anoto las citas con el médico, le compro el regalo de cumpleaños a su marido. La verdadera secretaria de la oficina hace la mitad de lo que hago yo y cobra más. Cuando se lo planteé, la señora Aguirre me sonrió como se le sonríe a una niña y me dijo que era porque yo era «más capaz». Salí del despacho con un nudo en la garganta, y al día siguiente seguí haciendo todo igual.
Mi rutina es esta: llego a casa cerca de medianoche, me derrumbo en la cama, duermo. Me despierto y encuentro el desayuno preparado por Lucía sobre la mesa de la cocina, café tibio en el termo y un papelito con corazones que cada vez me parecen más vacíos. Le doy un beso en la frente si está despierta y un beso al aire si no. Salgo. Vuelvo. Y así.
Ese jueves debía ser un jueves más. Salí de casa con el termo y la chaqueta cruzada. Llegué a la oficina, encendí el ordenador, me preparé para la primera llamada. Entonces Patricia, la chica de contabilidad, se asomó a mi cubículo con cara de quien trae un secreto.
—Aguirre no viene hoy. Tiene fiebre o algo. Avisó hace diez minutos.
—¿Y…?
—Y nada. No hay reuniones, no hay nada. Vete antes de que cambie de idea.
Me quedé tres segundos mirándola sin entender. Tres segundos enteros para procesar que tenía la tarde libre. Me levanté como si la silla quemara, recogí el bolso y salí casi corriendo. En el ascensor, el aire era distinto. Por primera vez en años, el día no se me iba a terminar a las once de la noche.
En el bus me imaginé llegando a casa, abrazando a Lucía, preparando juntas una cena lenta, una de esas cenas con vino y conversación que nunca tuvimos porque nunca tuve tiempo. La idea era tan dulce que casi me ahogaba.
Pero cuando abrí la puerta, la casa estaba vacía.
—¿Lucía? —llamé desde el recibidor.
Nada. Solo el zumbido del frigorífico y el reloj de la cocina marcando las cuatro y veinte. Recordé entonces que era jueves: ella terminaba clases a las cuatro y los jueves salía con sus amigas a tomar algo. Me reí de mi propia ingenuidad, dejé las llaves en el cuenco de la entrada y subí.
La casa, sin mí, era una casa diferente. Sin mí ordenándola, debería estar peor; sin embargo, estaba mejor. Cada cosa parecía tener su sitio: los libros del salón alineados por altura, los cojines del sofá colocados con simetría obsesiva, una vela apagada en el centro de la mesa baja, una rama de eucalipto seco en un florero estrecho que yo no recordaba haber comprado. Lucía había hecho de la casa un lugar habitable mientras yo me dedicaba a no estar.
Subí al primer piso despacio. Mi habitación estaba a la derecha, la suya a la izquierda. La puerta de Lucía estaba entornada, un dedo de hueco apenas. La empujé con la yema de un dedo y entré sin saber bien por qué.
***
La habitación era de otra persona.
Eso fue lo primero que pensé. No la de mi hija. La de otra. La Lucía que yo guardaba en la memoria tenía pósteres de cantantes pop, peluches en una pirámide imposible, una pared empapelada en stickers de colores. Esta habitación era pálida, gris cálido, con cortinas de lino y una cama hecha con la pulcritud de un hotel caro. En la pared, en lugar de los pósteres, un cuadro abstracto sin firma. En el escritorio, libros apilados por temática: filosofía, historia del arte, una novela en francés que no esperaba ver allí.
Me acerqué a la estantería. Pasé un dedo por los lomos. ¿En qué momento mi hija se convirtió en esto? Cerré los ojos. Hice la cuenta rápida. Lucía tenía veinte años. Veinte. Yo había estado tantos años saliendo a las siete y volviendo a medianoche que mi hija había crecido en mi ausencia. Había pasado de los catorce a los veinte sin que yo lo notara, y yo seguía hablándole como si tuviera doce.
El armario estaba cerrado. Lo abrí con cuidado, como quien abre una puerta que no le corresponde.
La ropa estaba ordenada por colores. Del blanco al negro, pasando por todos los grises y luego por los pocos tonos vivos: un rojo, dos verdes oliva, un azul marino. Las perchas, todas iguales, espaciadas con la misma distancia entre cada prenda. En el fondo, una cómoda baja con cajones rotulados a lápiz: «interior», «medias», «pijamas». Abrí el de interior por instinto. La lencería estaba doblada en cuadrados perfectos, separada por colores. Tres conjuntos de encaje negro que no parecían comprados para mí ni para nadie a quien yo conociera. Cerré el cajón. Me senté un segundo en el borde de la cama.
Yo nunca había sido así. Ni a su edad ni ahora. Mi armario es un caos de prisas, mi cama la tiendo a medias, mis cajones son una mezcla de calcetines y recibos viejos. Mi hija me había superado en algo que yo ni siquiera entendía.
Iba a salir cuando la curiosidad me trajo otra vez al centro de la habitación. Bajo la cama asomaba una esquina de cartón. Un poquito. Una pestaña de nada. Me agaché.
Era una caja. Una caja de zapatos forrada con papel verde oscuro, con una etiqueta blanca pegada en la tapa. La saqué con las dos manos como si pesara más de lo que pesaba. En la etiqueta, escrito con su letra menuda y prolija, decía: «Colección».
Levanté la tapa.
Y me quedé un rato largo sin saber qué hacer con la cara, con las manos, con los ojos.
***
Dentro había juguetes. Juguetes sexuales. Pero antes de pensar eso, pensé otra cosa: cuántos. Y luego: qué ordenados. No había una sola pieza fuera de su sitio. Cada uno tenía su compartimento de cartón forrado, su etiqueta diminuta con un número y una palabra, su forro de tela del mismo color que el objeto. Estaban dispuestos por tamaño, y dentro de cada tamaño, por color. Un degradado de tonos que iba del rosa palo al rojo profundo y luego pasaba a los azules y a los negros, como una paleta de pintor traducida en silicona.
Acerqué la nariz. Olían. Cada uno olía a algo distinto: uno a vainilla, otro a algo amaderado, otro a un perfume floral que yo había usado de joven. No olían a uso. Olían a frasco recién abierto. Saqué el más pequeño con la punta de los dedos, con un cuidado ridículo, como si fuera frágil. Lo giré bajo la luz. Estaba intacto. La etiqueta diminuta decía «01 — alba».
Lo devolví a su sitio. Saqué otro. Otra etiqueta: «09 — terciopelo». Tampoco usado. Otra: «14 — invierno». Tampoco.
No entendía nada.
Mi hija no los tenía para satisfacerse. Los tenía como una colección. Como quien colecciona cajas de cerillas o sellos. Y los tenía perfumados, etiquetados, numerados, ordenados con la misma calma con la que organizaba sus libros y su lencería. Esto no era un secreto vergonzoso. Era un proyecto. Algo pensado, querido, cuidado. Algo de lo que ella estaba orgullosa de un modo privado, y que yo estaba violando con cada minuto que pasaba ahí agachada, oliéndolos.
Me incorporé despacio, sin cerrar la caja todavía. Cierra esto. Ponlo en su sitio. Vete a tu habitación. Me lo decía y no me hacía caso. Tenía un calor raro en la nuca. Una vergüenza con otra cosa dentro, otra cosa que no quería llamar por su nombre. Mi hija. Lucía. Mi pequeña Lucía, que me dejaba el desayuno en la mesa con un papelito de corazones, tenía bajo la cama una colección de juguetes sin usar, ordenados como una sinfonía silenciosa. Y yo, su madre, los estaba sosteniendo en las manos.
Pensé en cuántas veces me la habría imaginado, durante esos años perdidos, todavía con la trenza torcida y la mochila rosa. Pensé en cuántas veces la había mirado de pasada al darle el beso de buenas noches sin mirarla en realidad. Y pensé, por primera vez en mucho tiempo, qué cara tendría cuando se reía con sus amigas en ese bar al que iba los jueves. Si llevaría el pelo recogido. Si pediría vino o cerveza. Si alguien la miraría más de la cuenta y ella le sostendría la mirada.
Cerré la tapa. Devolví la caja al sitio exacto, midiendo la pestaña de cartón que sobresalía para que coincidiera con la marca tenue que había quedado en el polvo. Me limpié las manos en la falda. Me obligué a respirar despacio.
Iba a salir cuando oí los pasos.
Subían la escalera con esa firmeza que tienen los pasos de la gente que no se siente observada. Llaves al bolsillo de fuera del abrigo. El crujido del segundo escalón empezando por arriba. Tuve dos segundos para reaccionar y no reaccioné. Me quedé de pie en medio de la habitación de mi hija, con la cara caliente y los ojos demasiado abiertos.
La puerta se abrió del todo.
Lucía estaba en el umbral, con el abrigo todavía puesto y el pelo más corto de lo que yo recordaba. Llevaba la mandíbula descubierta. Tenía la boca entreabierta de la sorpresa, no del miedo. Me miró un segundo entero antes de hablar, y en ese segundo me di cuenta de que mi hija ya no me miraba como una niña mira a su madre. Me miraba como una mujer mira a otra mujer que ha entrado donde no debía.
—Mamá… —dijo, despacio, sin terminar la frase—. ¿Qué estás haciendo?
No supe qué contestar. La caja seguía bajo la cama, casi en su sitio. Casi. Lucía bajó los ojos hacia el suelo, hacia el reborde de cartón verde que asomaba un dedo más de la cuenta. Volvió a mirarme. No estaba enfadada. Estaba algo peor, o algo mejor: estaba calculando.
—Te has ido temprano —dijo, y su voz era más grave de lo que yo recordaba.
—La señora Aguirre no vino. Pensé que…
—¿Pensaste qué, mamá?
Cerró la puerta detrás de ella sin apartar los ojos de los míos. El clic de la cerradura sonó como ese otro clic que llevo escuchando años en el teléfono. Esta vez, sin embargo, no me sonó a paz.
—Tendríamos que hablar —dijo Lucía, y se quitó el abrigo despacio, sin dejar de mirarme—. Hace mucho que no hablamos.
Sentí el calor subir desde el cuello hasta las orejas. Y entendí, sin querer entenderlo del todo todavía, que aquella tarde no se iba a parecer en nada a la que yo había imaginado en el bus.