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Relatos Ardientes

La fiesta de mi prima resultó ser solo para mujeres

La invitación llegó como las cosas importantes en mi vida: con poca explicación y mucha intriga. Mi prima Carolina me llamó un jueves por la tarde para preguntarme si tenía libre el sábado. Una fiesta, dijo. Nada formal, gente tranquila, una piscina, un jardín en medio del campo. Acepté sin pensarlo demasiado, sobre todo porque me ofrecí a llevarla en mi descapotable rojo, un pequeño deportivo japonés que era mi capricho más caro.

Carolina y yo nos llevábamos cuatro años, pero la diferencia se notaba menos desde que las dos pasamos los treinta. Lo que nunca había desaparecido era cierta tensión que yo cargaba con ella desde la adolescencia. Soy bisexual y siempre lo fui, y mi prima —con esa boca grande y esa risa que se le escapaba a destiempo— era mi fantasía más antigua y más privada.

El sábado fui a recogerla a las cinco. Cuando salió del portal me quedé con las manos pegadas al volante.

Llevaba un pañuelo de seda atado al cuello y a la espalda que apenas le cubría los pechos. Una minifalda tan corta que, al moverse, dejaba ver buena parte de las nalgas. Sandalias altas con cintas finas en los tobillos. Nada más. Yo había salido con un short corto, una camiseta de tirantes y un bikini diminuto debajo. Por un segundo pensé que se había arreglado así para mí.

—Hola, prima. Estás guapísima —le dije, y la besé en la mejilla con cuidado de no rozarle el cuello.

—Tú también. Vamos, que llegamos tarde.

Quizá esto se ponga interesante en el viaje de vuelta, pensé mientras arrancaba.

El chalet estaba al final de un camino de tierra, escondido detrás de un seto tupido que aislaba la propiedad del mundo. Sin el GPS no habríamos encontrado la verja. Cuando bajé la ventanilla para anunciarnos, salió a abrirnos una chica joven, morena, con un bikini rojo todavía más pequeño que el mío. Me quedé mirándola más tiempo del que debía. Carolina me dio un codazo riendo.

—No te pongas nerviosa todavía. Falta lo bueno.

En el jardín había siete u ocho mujeres más. Todas con muy poca ropa, algunas en topless, repartidas entre la piscina, las tumbonas y un par de sofás. Ningún hombre. Empecé a entender por qué Carolina me había invitado precisamente a mí.

***

Las anfitrionas se acercaron a saludarnos. Renata era alta, con un cuerpo trabajado en el gimnasio, y llevaba solo la braga de un bikini. Diana, su mujer, era más curvilínea y vestía dos triángulos diminutos de licra que apenas le tapaban los pezones y un sexo que se intuía carnoso bajo la tela. Carolina las saludó con un beso en la boca, sin disimulo, apoyando las manos en la cintura de Renata. A Diana le tocó saludarme a mí, y aunque el beso fue más casto, me sostuvo la mano un segundo de más, mirándome directo a los ojos.

—Poneos cómodas. Estáis en vuestra casa —dijo.

—Prima, quítate la camiseta —añadió Carolina, divertida.

Obedecí. Lo hice despacio, dejando que las miradas se acomodaran a mi bikini. Algo se me encogió en el estómago, no por vergüenza sino por anticipación. Renata me ofreció una copa de algo frío con menta y burbujas. Me la bebí casi de un trago.

Sobre el césped, dos mujeres bailaban muy pegadas al ritmo de una música suave que salía de unos altavoces escondidos bajo el alero. Una de ellas, en topless, tenía los pechos pequeños y los pezones muy claros; la otra llevaba un pantalón corto ajustado y un top minúsculo. Las dos rubias, las dos treintañeras, las dos sin pudor. De pronto entendí qué clase de fiesta era esta.

De una tumbona se levantó una mujer delgada y fibrada, con el pelo muy corto a lo garçon y un trikini que parecía hecho de pañuelitos atados con cordones.

—Hola, guapas. Soy Ivana. No dejéis que esas dos os monopolicen, que hay diversión para todas. ¿Y esta belleza?

—Mi prima —dijo Carolina, mirándome con una sonrisa nueva—. Creo que va a dar mucho juego.

Me sentí roja hasta los hombros, pero no por la frase. Por la idea de que mi prima me hubiera estado imaginando ahí, con todas ellas, antes de invitarme.

***

La pareja de rubias que bailaba vino a presentarse. Mirella y Patricia. Mirella, la del top minúsculo, se enganchó a mi brazo y, sin preámbulos, me besó en la boca. Lengua, saliva, el sabor a algo dulce —quizá vino blanco—, una mano subiéndome por la espalda. Le devolví el beso con las dos manos en su culo, donde la tela del pantaloncito apenas cubría nada.

—Traes una buena adquisición, nena —le dijo a Carolina sin soltarme.

—Es mi prima.

—Y vosotras dos sois preciosas.

Al otro lado, Patricia le desataba el pañuelo a Carolina mientras le besaba el cuello. Carolina dejó caer la prenda sin un gesto. Los pechos de mi prima quedaron al aire por primera vez delante de mí. Los había imaginado tantas veces que casi me parecieron familiares.

Frente a nosotras, las dos universitarias se besaban con la boca abierta, ya sin los sujetadores de los bikinis, esperando su turno. La que me había abierto la verja, Bruna, se acercó directa a mí con los pechos húmedos de piscina. Me los apretó contra el bikini sin disimular y me besó largo, con la lengua fría y la cintura caliente bajo mis manos.

—Me fijé en ti desde que abrí la puerta —susurró—. ¿Lo sabías?

—Ahora sí.

Renata y Diana se habían retirado un poco, juntas, comentando con una sonrisa lasciva lo que pasaba alrededor. No participaban todavía. Observaban como quien degusta un vino antes del primer sorbo.

***

Nos reunimos todas junto a la piscina, copas en la mano, para terminar las presentaciones. Lola era la otra universitaria. Quedábamos Ivana, Mirella, Patricia, Renata, Diana, Bruna, Lola, Carolina y yo. Nueve mujeres. Lo conté dos veces porque me costaba creerlo.

Empezaron las prendas a caer como por descuido. Bruna fue la primera en quedarse desnuda del todo, despojada entre risas por las demás. Me pasaron su tanga y yo lo agité como un trofeo. La reacción fue inmediata: tres pares de manos vinieron a por mi short. Me dejé. Quedé en la braga del bikini, una pieza minúscula y verde que casi era un tanga.

Carolina vino a por mí entonces.

—Prima, te estás adaptando bien.

—Tú me debes algunas explicaciones —respondí, abrazándola por la cintura—. ¿Desde cuándo te gustan las mujeres?

—Una temporada larga ya.

—Si lo llego a saber antes, no te escapas.

—No quiero escaparme —dijo, y me besó.

Fue el beso que llevaba años esperando. Largo, despacio, con mi mano subiendo por dentro de su minifalda hasta encontrar que ya no llevaba nada debajo. Se arqueó contra mis dedos sin separar la boca de la mía. La hice terminar ahí, de pie, en medio del jardín, mientras alguien —no supe quién— me besaba la espalda al mismo tiempo.

Cuando abrió los ojos me sonrió con una mezcla de gratitud y revancha que no le había visto nunca.

—Ahora me toca a mí —dijo.

Pero no le tocó, porque Ivana se acercó con una sonrisa pícara, me deslizó las dos manos por el pubis y me bajó la braguita delante de todas. Me la quitó del todo. Yo no me cubrí. La miré, le pasé un dedo por el sexo depilado y húmedo y, sin pensarlo más, le quité a ella el trikini con un solo tirón.

***

Renata se acercó a Ivana por detrás y empezó a lamerle las nalgas mientras le besaba la espalda. El movimiento empujó a Ivana hacia mí, y de pronto tenía su boca en mis pechos, mordisqueando los pezones como si quisiera mamar de ellos. La sensación me bajó directa al sexo. Me agarré a sus hombros para no perder el equilibrio.

Carolina pasó por delante de mí dándome la espalda, deliberadamente. Le rodeé la cintura, le besé la nuca y le amasé las nalgas con las dos manos. Era surrealista. Era exactamente lo que había fantaseado mil veces sin atreverme a confesármelo del todo.

A nuestro alrededor, Mirella, Patricia, Lola y Bruna se desnudaban unas a otras entre besos, mordiscos suaves en los pezones, manos que iban encontrando cualquier rincón disponible. Pronto estuvimos todas tumbadas sobre el césped, sobre los sofás, sobre las tumbonas, mezcladas sin un orden claro.

Me uní a Mirella y Patricia, que reclamaron mi atención con una sonrisa. Patricia me deslizó la mano entre los muslos y empezó a acariciarme con dos dedos que sabían exactamente dónde apretar.

—Vaya con la nueva —dijo Mirella, riendo—. Te has hecho a la idea rápido.

—No es la primera vez que pruebo algo así. Pero nunca con tanta gente.

—Aquí no hay celos ni rivalidades —murmuró Patricia—. Solo amigas pasándolo bien. Cuantas más, mejor.

—Como sigas con los dedos ahí, te juro que me corro ya.

No paró. Me corrí entre jadeos, mordiéndole el hombro. Lola se agachó a chuparme los pezones mientras yo todavía temblaba, y luego Mirella me tumbó en el césped y se sentó sobre mi cara sin pedir permiso.

***

A partir de ahí dejé de llevar la cuenta. Una de las universitarias —Bruna o Lola, no podría decirlo— se arrodilló sobre mi cabeza ofreciéndome el sexo y el culo a la lengua, mientras ella se comía a otra que se le había arrimado de pie. Separé sus nalgas con las manos para llegar también al agujero más oscuro. Tenía un sabor a sal y a sol que se me quedó en la memoria varios días.

Más tarde estaba en uno de los sofás, morreándome con Diana. La tenía encima, entre mis muslos, y alguien se había agachado por detrás de ella obligándome a abrir las piernas para llegar a las dos a la vez. No podía mirar alrededor. Tenía siempre una boca buscando la mía o un sexo apoyado contra mi cara. De vez en cuando notaba manos nuevas, lenguas que reconocía y otras que no, pelos que me rozaban los muslos.

En algún momento, la mujer que se sentaba sobre mi cara cambió, y la siguiente tenía un sabor distinto, más intenso, claramente con varias corridas acumuladas encima. Renata y la morena se abrían paso por mi culo con dos dedos cada una, despacio, con paciencia. Me dejé. Me gusta el sexo anal y, además, esa tarde ya no controlaba nada.

El orgasmo final fue largo y brutal. Alguien —no llegué a saber quién— se ofreció a limpiarme con la lengua. Sin pausa, sin que importara quién estaba dónde. Yo seguía lamiendo lo que tenía cerca, acariciando con las manos cualquier trozo de piel disponible.

***

Cuando la primera ronda terminó, varias nos lanzamos a la piscina. El agua templada me devolvió un poco de cordura, justo lo suficiente para reírme con Carolina, que vino a abrazarme por la espalda dentro del agua.

—¿Te enfadas conmigo? —me preguntó al oído.

—¿Por traerme aquí? Estás loca.

—Por no haberte traído antes.

—Eso sí.

La tarde se nos hizo corta. Cuando empezó a refrescar, las anfitrionas abrieron la casa y nos llevaron a una cama enorme en una habitación con las cortinas abiertas y la luna entrando por todas partes. Allí seguimos. La orgía continuó toda la noche, con pausas cortas para beber agua y volver a empezar.

No salí del chalet hasta el día siguiente, casi al mediodía, con el cuerpo deshecho y una sonrisa que no me cabía en la cara. Carolina conducía mi descapotable porque yo no estaba en condiciones de hacerlo. En el camino de tierra, antes de salir a la carretera, me miró de reojo y me preguntó cuándo era la próxima.

—Cuando tú quieras —contesté.

Y supe, sin necesidad de decirlo, que aquella había sido la primera de muchas.

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Comentarios (4)

Valentina_23

Que relato tan bien escrito, se siente muy real. Me encanto!!

RosaNegra

Por favor una segunda parte, me quede con ganas de saber como siguio esa tarde jaja

Sofialectora

Increible. Me recordo a algo que me paso en un viaje hace unos años, esas sorpresas de la vida son las mejores. Muy bien narrado!

Daniela_RQ

El detalle del bikini rojo al principio ya te dice todo jajaja. Buen relato, se lee de un tiron.

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