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Relatos Ardientes

Lo que mi nueva jefa escondía en el sótano de su casa

El despido fue una bendición disfrazada de catástrofe. Aquella consultora financiera me había chupado dos años de vida entre informes interminables, presupuestos que nunca cuadraban y un director que confundía la presión con el liderazgo. El día que recursos humanos me llamó a su despacho, casi tuve que morderme la lengua para no darles las gracias.

Pasé un mes en casa de mi madre, en un pueblo a las afueras, alternando paseos por el monte con madrugadas pegada a la pantalla del portátil. Mi perfil —economista, especialista en análisis de costes— era demasiado específico para los puestos genéricos que circulaban por las plataformas. Hasta que un martes por la mañana, mientras desayunaba en bata, me llegó un correo distinto.

«Buenos días, Camila. Nos gustaría conocerte. Jueves, diez de la mañana. Pregunta por Renata Velasco en la planta novena.» Firmaba una inmobiliaria de la que apenas había oído hablar, pero el sueldo que mencionaba el cuerpo del mensaje me hizo levantarme de la silla.

El edificio era uno de esos de cristal espejado que empequeñecen al que entra. La recepcionista de la novena planta, una chica con el pelo recogido en un moño impecable, me sonrió y me pidió que esperara. Esperé casi una hora en un sillón de cuero blanco, repasando mentalmente las respuestas que llevaba preparadas.

—Puedes pasar —dijo al fin—. La licenciada ya te recibe.

Renata Velasco trabajaba al fondo de un despacho enorme, detrás de un escritorio de roble macizo y frente a un ventanal que se comía media ciudad. Calculé que tendría unos cuarenta y dos años. Llevaba un traje gris perfectamente entallado, gafas de pasta fina y el pelo castaño liso, cortado justo a la altura de los hombros. Lo primero que pensé al verla fue que era una de esas mujeres que no necesitan levantar la voz para que todo el mundo se calle.

—Bienvenida, Camila. Siéntate. Ponte cómoda.

Su mano era suave y firme al mismo tiempo. Empezó preguntándome por la consultora, por los presupuestos, por las herramientas que dominaba. Yo respondía con seguridad, contenta de pisar terreno conocido. Hasta que, sin levantar la vista del currículum, soltó la pregunta que no esperaba.

—¿Estás soltera?

—Sí —respondí, mirándola a los ojos.

—No me lo creo.

Sonreí, pero sentí que algo se calentaba dos centímetros por debajo del cuello.

—Llevo tiempo enfocada en el trabajo. No me ha dado por salir.

Ella asintió despacio, como si la respuesta confirmara algo que ya sospechaba. Las preguntas siguieron, esta vez todas técnicas, y al cabo de media hora me dijo que el puesto era mío.

—Me caes bien, Camila. Tienes una personalidad que me gusta. Creo que haremos buen equipo.

El lunes siguiente me presenté en la planta novena con un café en la mano y los nervios bien escondidos. Renata me esperaba en su despacho.

—Por los momentos vas a ser mi asistente. Bruna, la chica que llevaba mis asuntos, ha tenido que viajar a otra ciudad por la salud de su madre. Cuando regrese, te muevo a otra área.

Bruna me explicó la rutina aquella misma mañana antes de salir corriendo a coger el AVE. Llamadas, agendas, informes para los asesores externos, café exacto cómo le gustaba a Renata: solo, sin azúcar, dos terrones de hielo en verano. Me adapté en cuatro días.

Las semanas siguientes fueron más intensas de lo que esperaba. Renata cerraba operaciones de varios millones por la mañana y a la tarde tenía paciencia para enseñarme cómo se interpretaba un balance de promoción inmobiliaria. Aprendí más en quince días que en dos años en la consultora. También aprendí a reconocer el sonido de sus tacones por el pasillo y a tener todo listo antes de que abriera la puerta.

—Hoy nos quedamos hasta tarde —me dijo un viernes a media tarde—. La conferencia de la semana que viene no se prepara sola.

Tuve que cancelar la cena con Daniela, Paola y Marina, mis amigas de la facultad. Mandé un audio a nuestro grupo de WhatsApp poniendo cara de pena fingida y me quedé en el despacho. A las nueve de la noche habíamos despachado la agenda. A las once seguíamos discutiendo el guion de la presentación.

—Estoy cansada —dijo ella, quitándose las gafas y masajeándose el puente de la nariz—. Dejémoslo aquí. ¿Por qué no te vienes a casa y nos tomamos una copa de vino para relajarnos? Acabamos el guion en mi salón, en sofá, como personas civilizadas.

El «no, gracias» que tenía en la garganta no llegó a salir. Era nueva en el puesto. Ella era mi jefa. Rechazar la invitación me pareció, en ese momento, peor que aceptarla.

—Claro —dije—. Vamos.

***

La casa de Renata estaba en una urbanización a las afueras, detrás de una verja que se abrió sola cuando su coche se acercó. Un chalet de tres plantas, jardín con piscina iluminada y un garaje en el que cabía mi piso entero. Me bajé del asiento del copiloto preguntándome cuánto cobraba realmente la gente de su nivel.

—Pasa. Siéntate en el sofá grande. Voy a por las copas.

El salón olía a madera y a alguna flor que no supe identificar. Me hundí en un sofá de terciopelo gris y dejé caer el bolso a mis pies. Renata volvió con una bandeja, una botella de tinto y dos copas grandes de cristal fino.

—Por la conferencia —brindó—. Y por mi nueva asistente.

Bebimos. El vino estaba frío, casi demasiado, y bajaba como si fuera agua. Renata se descalzó, recogió las piernas debajo del cuerpo y me miró por encima del borde de la copa.

—Cuéntame, Camila. ¿Cuánto hace de verdad que no estás con nadie?

—Más de un año —respondí, intentando que la respuesta sonara neutra.

—¿Y cómo te las arreglas? Cuando te entran las ganas, digo.

Me reí, incómoda.

—Pues… no pienso en ello.

—No te creo nada. —Sonrió y se humedeció el labio con la punta de la lengua—. Somos dos mujeres tomándonos un vino, Camila. No tienes que ponerte rígida.

Volvió a llenarme la copa antes de que pudiera negarme. Hablamos de la oficina, de Bruna, de un compañero de finanzas con el que ella había tenido un cruce desagradable la semana anterior. En algún momento su mano se posó sobre mi rodilla. Pesaba más de lo que debería pesar una mano.

—Tranquila. Te noto muy tensa.

—Estoy bien, jefa. Perdón, Renata.

Empecé a notar la habitación más lejana. Las paredes se inclinaban un grado y el sofá parecía moverse despacio, como si flotara. Le dije que no me encontraba bien. Ella me apartó el pelo de la frente con una ternura inesperada.

—Recuéstate un momento. Es el estrés.

Cerré los ojos sin querer. Lo último que recuerdo es su perfume, denso y dulce, y el roce de su pulgar bajando por mi pómulo.

***

Desperté con la garganta seca y la sensación de que el techo no era el mío. No reconocí ni el colchón ni la almohada ni el olor. Quise moverme y descubrí que no podía. Tenía las muñecas atadas a los barrotes de una cama de hierro forjado, los tobillos abiertos y sujetos a las esquinas inferiores, y algo blando metido en la boca, asegurado con una correa por la nuca. Estaba completamente desnuda.

El pánico me llegó en oleadas. Tiré de las cuerdas. Intenté gritar y el sonido se quedó atrapado en la mordaza. Entonces la vi.

Renata estaba apoyada en el marco de la puerta, vestida con un mono de cuero negro que le marcaba cada curva. Llevaba el pelo recogido en una coleta tirante y los ojos pintados con una raya negra que no le había visto nunca en la oficina. Sonreía como si llevara años esperando ese momento.

—No, no, no —dijo, acercándose despacio—. No tires, cariño. Solo vas a hacerte daño en las muñecas y después te van a doler durante días.

Sacudí la cabeza con violencia. Ella se sentó en el borde de la cama y me apartó un mechón de pelo de la frente con el mismo gesto que había hecho horas antes en su salón.

—Estamos en el sótano. La casa está completamente aislada. Puedes gritar todo lo que quieras cuando te quite la mordaza, nadie va a oírte. Así que vamos a pasar un rato agradable, ¿de acuerdo?

Negué con la cabeza. Ella se rio.

—Llevo semanas pensando en este momento, Camila. Desde el día de la entrevista, cuando me mentiste sobre lo de estar soltera. No te creí ni una palabra, ¿sabes? Y entonces me prometí que iba a ser yo la primera mujer que te tocara de verdad.

Sus dedos bajaron por mi clavícula. Eran fríos, casi metálicos. Recorrió la curva de un pecho, rodeó el pezón sin tocarlo, y bajó por las costillas hasta el vientre. Yo temblaba.

—Mira qué cuerpo tienes —murmuró—. Es una pena que lo tengas escondido detrás de esas blusas espantosas. Vamos a cambiar eso.

Se inclinó y cerró los labios sobre uno de mis pezones. Lo lamió primero, despacio, y después lo apretó con los dientes. Solté un gemido ahogado que sonó más a sollozo que a placer. Pero algo, en algún punto entre la nuca y el ombligo, respondió.

Renata lo notó. Por supuesto que lo notó.

—Ahí está —susurró sobre mi piel—. Sabía que estabas ahí.

Bajó besando, mordiendo, hasta llegar a la cara interna de mis muslos. Tenía las piernas tan abiertas y tan sujetas que no podía cerrarlas. Cuando su lengua tocó por fin el centro, todo mi cuerpo se arqueó contra las cuerdas. Era demasiado. Era demasiado a la vez. Llevaba un año sin que nadie me tocara y la primera persona que lo hacía me tenía atada en el sótano de su casa.

Mi cabeza decía que aquello estaba mal. Mi cuerpo se corrió en menos de cinco minutos.

—Qué rica corrida me has dado, cariño —dijo, levantando la cara con la barbilla brillante—. Buena chica.

Se levantó y caminó hasta una mesa al fondo de la habitación. La luz era tan tenue que no distinguía bien lo que había encima. Volvió con una venda de tela que me ajustó sobre los ojos.

—Ahora viene lo bueno.

Escuché un zumbido grave, profundo, que vibraba en el aire antes de tocar la piel. Cuando lo apoyó sobre mi clítoris, ya hipersensible, todo el cuerpo se me sacudió como si me hubiera caído un rayo. Renata sostenía el vibrador con firmeza, sin dejarme escapar ni un milímetro, mientras su otra mano recorría el interior de mis muslos.

—Vas a aprender a obedecer, Camila —dijo en algún punto—. Vas a aprender muy rápido.

Me corrí por segunda vez con un grito que la mordaza convirtió en un gruñido ronco. Y por tercera, casi inmediatamente, sin haberme recuperado de la anterior. Para entonces ya no estaba luchando. Para entonces ya no sabía contra qué luchaba.

Apartó el vibrador y volvió a la mesa. Cuando regresó, sentí algo más grueso, más sólido, abrirse paso dentro de mí. Un consolador. Empezó a entrar y salir con un ritmo paciente, casi musical, mientras ella me hablaba al oído.

—Mira cómo te abres para mí. Mira cómo me pides más sin tener que decir nada. Esto es lo que eres, ¿lo entiendes? Esto es lo que has sido siempre.

En algún momento me liberó las manos y los tobillos, solo para esposarme las muñecas a la espalda y colocarme a cuatro patas en el centro del colchón. Me puso unas pinzas en los pezones que dolieron como agujas calientes y que después se convirtieron en un latido constante, casi placentero. Me dio dos azotes secos en las nalgas, uno en cada lado, que me sacaron lágrimas.

—Cállate, perra —dijo sin alzar la voz—. Ya eres mía.

Me quitó la venda y la mordaza al mismo tiempo. La luz del techo me cegó unos segundos. Cuando enfoqué, la vi de pie frente a la cama, ajustándose un arnés con un consolador negro de un tamaño que me hizo apretar instintivamente la mandíbula.

—Abre la boca.

La abrí. No sé por qué la abrí. Me deslizó la punta entre los labios, despacio, mirándome todo el rato a los ojos.

—Buena chica. Escúpelo bien, que lo vas a necesitar.

Hice lo que pedía. Se colocó detrás de mí, me agarró del pelo con una mano y, con la otra, guio el arnés hasta mi entrada. Cuando empujó, gemí más de placer que de dolor. Y cuando empezó a embestir, ya no me reconocía.

—Toma, putita —jadeaba ella, tirándome del pelo como las riendas de un caballo—. Esto es lo que querías. Llevas semanas mirándome con esos ojos de cordero degollado.

—Sí —respondí, sin saber muy bien por qué—. Sí, dame más.

Nos corrimos las dos casi al mismo tiempo. Yo, de bruces sobre el colchón, con la cara enterrada en la almohada y las muñecas todavía esposadas. Ella, encima de mí, mordiéndome el hombro hasta dejar marca.

Cuando salió, me dio dos palmadas suaves en la nalga, casi cariñosas.

—De ahora en adelante haces todo lo que yo te pida —dijo—. ¿Está claro?

—Sí —susurré contra la almohada.

—Sí, ¿qué?

—Sí, Renata.

—Así me gusta.

Se levantó de la cama. Escuché el roce del cuero al moverse, sus pasos hasta la puerta, el clic del interruptor. La habitación quedó en penumbra.

—Duerme un poco, cariño. Mañana empezamos el entrenamiento de verdad.

La puerta se cerró con un chasquido suave. Me quedé allí, boca abajo, esposada, con las pinzas todavía clavadas en los pezones y el cuerpo latiendo de un cansancio nuevo. Tendría que haber estado aterrorizada. Tendría que haber estado planeando cómo escapar, cómo denunciarla, cómo borrar de mi cabeza las últimas horas.

Lo que estaba pensando, en realidad, era a qué hora volvería ella.

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Comentarios (3)

Karen931

que arranque tan fuerte!!! me atrapó desde el primer párrafo, no pude soltar el teléfono

andres29

necesito la segunda parte ya!!! quede con ganas de saber que paso despues, no puede terminar asi

Dani_Lectora

Que bien escrito, ese misterio desde el comienzo es muy adictivo. Sigue publicando!

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