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Relatos Ardientes

Lo que pasó al compartir la cama con mi mejor amiga

Camila y Renata caminaban por las calles vacías del centro pasadas las tres de la madrugada, todavía con la música del bar metida en la cabeza. Eran las últimas en salir del local, las últimas en aceptar que la noche se terminaba. Llevaban un año compartiendo apuntes, exámenes y crisis de ansiedad en la facultad de psicología, y esa madrugada de marzo celebraban el cierre del primer cuatrimestre como si nunca hubieran celebrado nada en su vida.

Camila llevaba un vestido corto de algodón color crema y unas sandalias de tacón que ya le habían destrozado los pies. El pelo castaño le caía suelto sobre los hombros, todavía húmedo por el calor del antro. Renata, en cambio, vestía un pantalón negro ajustado, una blusa sin tirantes que dejaba ver un par de tatuajes pequeños sobre la clavícula, y unos tacones rojos que tampoco perdonaban.

—No me puedo creer que sobrevivimos al cuatrimestre —dijo Camila, tropezando levemente con el borde de la vereda—. Estoy tan rota que no me siento capaz ni de manejar hasta mi casa. Tomé demasiado, Rena.

Renata le pasó un brazo por encima de los hombros y la sostuvo.

—Ni se te ocurra subirte al auto. Dormís en mi monoambiente y listo. Tengo una sola cama, pero es ancha y entramos las dos sin problema.

Camila se detuvo un momento, mordiéndose el labio.

—¿Segura que no molesto? Es tu casa, Rena.

—Molestás si te matás con el auto. Encima, si te pasa algo, ¿quién me presta los resúmenes para el final de neuropsicología?

—Sos una hija de puta —rio Camila—. Linda manera de demostrar amistad.

Las dos se rieron en plena vereda, agarradas una de la otra, hasta que Renata sacó el teléfono y pidió un viaje. El auto apareció en cinco minutos, un sedán negro con un chofer que ni siquiera levantó la mirada cuando ellas se acomodaron atrás. Camila apoyó la cabeza contra la ventanilla. Las luces de la avenida pasaban en una franja amarilla y borrosa.

—Qué noche increíble —murmuró.

—Lo fue, pero son las cuatro menos cuarto, amiga. Yo lo único que quiero es sacarme estos tacones y morirme un rato en la cama.

El edificio de Renata era uno de esos viejos de tres pisos en pleno barrio de Almagro. Subieron por la escalera, riéndose bajito para no despertar a nadie. El monoambiente daba a un pulmón de manzana, tenía una cama grande contra la pared y un sofá pequeño junto a la ventana. Renata prendió una lámpara de pie y la luz cálida tiñó el espacio de naranja.

—Estoy hecha pelota —suspiró Camila, dejándose caer en el sofá.

—Yo también. Pongámonos cómodas, dale, no aguanto más esta ropa.

Renata se desabrochó el pantalón y se lo bajó ahí mismo, quedando en ropa interior. Camila la miró un segundo de más, casi sin quererlo, y después se rio de sí misma. Se sacó el vestido por la cabeza y lo dejó colgado del respaldo. El aire fresco de marzo le golpeó la piel y le puso la carne de gallina.

—Gracias por bancarme, Rena. Sos una grande.

—Siempre, Cami. Siempre.

Las dos se sonrieron, todavía sentadas en el sofá. Camila tenía un cuerpo delgado y firme, los pechos pequeños sostenidos por un corpiño blanco de encaje, las piernas largas, la bombacha del mismo juego pegada a las caderas. Renata era más curvilínea, con caderas anchas, pechos llenos que se asomaban por encima del corpiño negro, y muslos fuertes de caminar todos los días desde la facultad hasta su casa.

—Vamos a la cama —dijo Renata, parándose y estirando los brazos—. Mañana podemos dormir hasta cualquier hora.

Caminaron hasta la cama y se sentaron cada una de un lado. Renata se llevó las manos a la espalda y se desprendió el corpiño con un suspiro de alivio.

—¿Te molesta? Yo no puedo dormir con esto.

—Para nada —contestó Camila, sin mirarla del todo—. Yo tampoco duermo con corpiño.

Camila se sacó el suyo también, lo dejó sobre la mesa de luz y se metió entre las sábanas. Renata apagó la lámpara. Quedaron de espaldas la una a la otra, y enseguida la respiración de las dos se acompasó. El silencio del barrio entraba por la ventana entreabierta, mezclado con el ruido lejano de un colectivo solitario.

—Buenas noches, Rena.

—Que duermas, Cami.

***

El calor de la noche la despertó. Renata abrió los ojos en la oscuridad y tardó unos segundos en ubicarse. A su lado, Camila dormía boca abajo, con la sábana enredada en las piernas, dejando a la vista la curva de la espalda y la bombacha blanca tensa sobre la cola. La luz de la calle se colaba apenas, suficiente para dibujar las líneas del cuerpo de su amiga.

Renata se quedó mirándola más tiempo del que admitiría después. La piel pálida, las pecas en los hombros, el pelo castaño desparramado sobre la almohada. Sintió un calor distinto al del cuarto, uno que le bajaba por el estómago y se le concentraba entre las piernas. Pensó que era la mezcla del alcohol con la falta de sexo de los últimos meses. Pensó que era una idiota.

Solo un rato. Sin que se entere.

Bajó la mano lentamente por debajo de la sábana y empezó a acariciarse por encima de la bombacha. Cerró los ojos. Imaginó que sus dedos eran los dedos de Camila, que esa boca pequeña le mordía el cuello, que esa cola apretada que tenía al lado se movía contra ella. Se le escapó un suspiro casi inaudible.

Lo que no sabía era que Camila ya estaba despierta.

Camila se había girado hacía un rato, sin hacer ruido, y veía a su amiga por debajo de las pestañas. Veía la mano de Renata moverse en círculos lentos, veía cómo le subía y le bajaba el pecho desnudo, veía cómo arqueaba un poco las caderas para encontrarse con sus propios dedos. Sintió que el corazón se le aceleraba. Sintió, también, que entre sus piernas algo se le ponía caliente y húmedo, sin permiso.

—Rena —susurró, después de varios segundos—. ¿Te estás tocando?

Renata abrió los ojos de golpe. La mano se le congeló bajo la sábana. Por un instante pensó en mentir, en decir que tenía picazón, en cualquier cosa. Pero la mirada de Camila no era una mirada de reproche.

—Sí —admitió, con una sonrisa medio avergonzada—. Estoy a mil después del bar. Perdón.

—No pidas perdón —dijo Camila, y se mordió el labio—. Yo estoy igual desde que nos acostamos. Si querés podemos… no sé. Hacerlo juntas. A mí no me molesta.

Renata la miró fijo. Buscó alguna señal de duda y no la encontró. Volvió a meter la mano bajo la sábana y retomó los círculos lentos sobre la tela. Camila, del otro lado, bajó la suya también y empezó a tocarse, pero ahora sin esconderse. Las dos se miraban en la penumbra, respirando cada vez más fuerte.

—No puedo creer que estemos haciendo esto —murmuró Camila.

—Yo tampoco —dijo Renata, y se rio bajito, una risa nerviosa.

Renata fue la primera en moverse. Sacó la mano de su propia ropa interior y la apoyó, tímida, sobre el muslo de Camila. La piel estaba caliente. Camila no se apartó. Le sostuvo la mirada y, casi en espejo, apoyó la suya sobre el muslo de Renata.

—Parece que te gusta —dijo Renata, subiendo los dedos un centímetro más.

—Mucho —contestó Camila, y dejó escapar un suspiro—. Mucho, Rena.

Renata apartó suavemente la mano de Camila de su propia entrepierna y, con un movimiento lento, la suya bajó hasta tocarla por encima de la bombacha blanca. Sintió la humedad de la tela contra los dedos. Camila cerró los ojos y arqueó la espalda contra el colchón.

—¿Te molesta? —preguntó Renata, en un susurro.

—Me encanta cómo lo hacés —respondió Camila, casi sin voz.

Renata se animó. Pasó los dedos por el borde de la bombacha y los metió por debajo, hasta encontrar la piel desnuda. Camila se sobresaltó y dejó escapar un gemido bajo. Estaba muy mojada. La tela del corpiño descartado, el calor del cuarto, la sorpresa, todo se le mezclaba en la cabeza.

—Estás empapada —murmuró Renata, sin dejar de moverse.

Camila solo pudo asentir, jadeando. Renata se acercó, le acomodó un mechón detrás de la oreja, y la besó. Fue un beso lento al principio, casi prudente, como si todavía les diera tiempo de echarse atrás. Pero Camila lo profundizó enseguida, abrió la boca y le metió la lengua, y ya no había forma de volver. Se besaron largo rato, jadeando entre besos, mientras la mano de Renata seguía moviéndose con destreza entre las piernas de su amiga.

Camila no quiso quedarse atrás. Bajó la mano hasta la bombacha negra de Renata, metió los dedos por debajo y la encontró tan mojada como ella.

—Estás igual que yo —le dijo al oído, sonriendo contra su mejilla.

—Nunca me pasó esto con una chica —confesó Renata, con la voz cortada—. Nunca. No lo entiendo y no me importa.

Se besaron con más urgencia. Las manos se movían rápido ahora, los gemidos ya no se contenían, las sábanas iban quedando atrás, hechas un bollo a los pies de la cama.

—Quiero verte —dijo Renata, separándose apenas—. ¿Puedo sacarte la bombacha?

—Dale —contestó Camila, con una sonrisa que era promesa.

Renata bajó la prenda con cuidado, deslizándola por las piernas largas de su amiga, hasta sacársela del todo. La tiró al piso, sin mirar dónde caía. Después se acomodó entre las piernas abiertas de Camila y se quedó un segundo así, mirándola, como si quisiera grabar la imagen.

—Quiero comerte —murmuró—. Me estoy muriendo por saber a qué sabés.

—Por favor —jadeó Camila.

Renata empezó por los muslos. Besó la cara interna, despacio, subiendo de a poco. Camila se retorcía debajo, le tiraba del pelo sin querer. Cuando finalmente llegó al centro, pasó la lengua una sola vez, larga y plana, y Camila soltó un gemido que rebotó contra las paredes del monoambiente.

—Dios, Rena —susurró.

Renata se tomó su tiempo. Hizo círculos lentos con la lengua, alternando con besos pequeños, descubriendo a tientas qué la hacía moverse más. Cuando encontró el ritmo que le arrancaba los suspiros más profundos, lo mantuvo. La boca, la lengua, una mano subiendo a apretarle el pecho. Camila se agarraba a las sábanas con los nudillos blancos.

—Me matás —gimió—. No pares, por favor, no pares.

Renata aumentó la velocidad. Sintió cómo el cuerpo de su amiga se tensaba debajo, cómo los muslos le apretaban la cabeza, cómo la respiración se le entrecortaba. Subió una mano y le buscó la boca a Camila con los dedos. Camila le chupó los dedos al mismo tiempo que llegaba al final.

—Me vengo, me vengo, Rena —dijo, casi sin aire.

Renata no se movió. Siguió ahí hasta que las contracciones se calmaron, hasta que Camila se quedó quieta, temblando todavía, con el pelo pegado a la frente. Después subió besándole el cuerpo, despacio, y se acomodó a su lado.

—Fue una locura —susurró Camila—. Una locura.

—Sabés muy bien —contestó Renata, riéndose contra su hombro.

Camila se giró sobre ella y la besó en la boca, larga, profundamente. Sintió su propio sabor en la lengua de Renata y, lejos de incomodarse, la besó más fuerte.

—Ahora me toca —murmuró, separándose apenas.

Bajó por el cuerpo de su amiga con la misma calma con la que Renata había bajado por el suyo. Le besó el cuello, le mordió suave un pezón, le pasó la lengua por el ombligo. Renata respiraba cada vez más fuerte. Cuando Camila le sacó la bombacha negra y se acomodó entre sus piernas, Renata levantó la cabeza para mirarla.

—No tengas miedo —le dijo—. Hacé lo que vos quieras.

Camila no tenía miedo. Empezó con la boca y un dedo. La lengua trabajaba el clítoris en pequeños círculos mientras el dedo entraba y salía despacio. Renata abrió la boca pero no le salió palabra. Solo un gemido largo, áspero, que terminó en un suspiro.

—Así —pudo decir, después—. Así, Cami.

Camila aceleró. Metió un segundo dedo, los curvó un poco hacia arriba, buscó. Renata se arqueó con violencia cuando los encontró el punto justo. Las caderas se le movían solas, contra la boca de su amiga, contra la mano que la trabajaba.

—Me vengo —avisó—. Me vengo, no pares.

Camila no paró. Aceleró el dedo, succionó suave con la boca, y sintió cómo Renata se rompía debajo, cómo el cuerpo entero se le ponía rígido y después se aflojaba de a poco, como una ola que termina de morir en la orilla.

—Carajo —jadeó Renata, una vez que pudo hablar—. Carajo, Cami.

Camila subió hasta su cara, le besó la boca, y se acostó sobre ella un rato, escuchándole el corazón acelerado. Renata le acarició la espalda en silencio.

—Quiero más —dijo después, mirándola a los ojos.

—Yo también.

—Hagamos un 69. Para terminar juntas.

Camila se rio bajo, una risa nueva, distinta a todas las que se habían reído esa noche. Se acomodó encima de su amiga, al revés, y se besaron una primera vez antes de empezar, casi como una broma privada. Después no hubo más palabras. Solo bocas, lenguas, dedos que entraban y salían, gemidos que se ahogaban contra la piel de la otra.

Tardaron menos esta vez. Las dos venían demasiado cargadas, demasiado afectadas por todo lo que había pasado antes. Cuando se vinieron, lo hicieron casi a la vez, una en la boca de la otra, agarrándose con fuerza para no caerse del orgasmo.

Después se quedaron así un rato, sin moverse, todavía pegadas. Renata fue la primera que se rio. Camila la siguió enseguida. Se separaron de a poco, se acomodaron una al lado de la otra boca arriba, mirando el techo del monoambiente. Las sábanas eran un desastre. El amanecer empezaba a colarse por la ventana, una luz gris todavía sin sol.

—No sé qué fue todo esto —dijo Camila, después de un rato.

—Yo tampoco —contestó Renata—. Pero no me arrepiento de nada.

Camila se giró sobre el costado y le acomodó un mechón detrás de la oreja, como Renata había hecho con ella unas horas antes.

—Yo tampoco.

Se besaron una vez más, breve, dulce, sin la urgencia de antes. Después cerraron los ojos. Afuera, el barrio empezaba a moverse. Adentro, las dos se quedaron dormidas mirándose, todavía sonriendo.

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Comentarios (3)

NinaSolitaria

Diosss que relato... me quede sin palabras. Muchas gracias!

Karlita_88

Por favor seguí escribiendo, quede con ganas de saber que paso despues de esa noche. Segunda parte!!!

VoyeurCba

La tension del comienzo esta increiblemente bien lograda. Se siente real, no forzado. Excelente.

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