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Relatos Ardientes

Dejé que una desconocida me dominara esa noche

¿Qué mujer soltera no termina, tarde o temprano, deslizando perfiles en una app de citas? Yo me había resistido durante meses, pero el aburrimiento y la cama vacía pesan más que el orgullo. Y allí la encontré, entre decenas de caras que no me decían nada.

Su foto me detuvo en seco. Ojos grandes color miel, la nariz pequeña y respingona, unos labios gruesos que parecían pedir guerra. El cuello largo, la piel apenas tostada. En la imagen solo se veía de los hombros para arriba, pero había algo en su mirada, una seguridad, que me hizo guardar el teléfono y respirar hondo.

Yo nunca he sido de lanzarme. En el amor me lo tomo con calma, sin prisas, sin una lista de requisitos imposibles. Me dejo llevar por lo que siento y no por lo que debería sentir. Cuando alguien me gusta, me gusta y ya está, sin tanto análisis. Pero esa noche, mirando aquella foto, sentí algo distinto: hambre.

Y no era para menos. Llevaba dos años sin que nadie me tocara. Dos años de cama fría y duchas largas. Cualquiera puede imaginar el apetito que se acumula después de tanto ayuno.

El problema venía de antes. Mi última relación había terminado de la peor manera. Llevábamos tres años juntas y, para qué mentir, yo era feliz. Hasta que un día sonó el teléfono y una voz desconocida me saludó con un insulto: «quita parejas». No entendí nada. La mujer, entre lágrimas, me explicó que llevaba dos años con Romina, mi pareja, y que había encontrado un mensaje mío en su móvil.

Tardé en atar los cabos. Le contesté que la que se metía en una relación ajena era ella, porque yo llevaba tres años con Romina. Hablamos un buen rato, y entre las dos terminamos de entender lo evidente: Romina nos había mentido a ambas. A las dos, y a saber a cuántas más, nos había jurado fidelidad mientras saltaba de una cama a otra.

Desde aquel día me encerré en mí misma. Desconfiaba de todo el mundo, de cualquier sonrisa, de cualquier mensaje amable. Soy una persona reservada de por sí, y el sexo casual nunca ha ido conmigo; simplemente no es lo mío. Así que me quedé sola, masticando la rabia, convencida de que era más seguro no acercarme a nadie.

Pero la soledad cansa. El cuerpo pide compañía aunque la cabeza se resista. Cuando ya no aguanté más, me obligué a intentarlo: me registré en un par de aplicaciones y empecé a escribir. Estaba a punto de tirar la toalla, porque casi nadie responde, cuando ella contestó.

Se llamaba Carolina. Su mensaje fue directo, sin rodeos: «Hola, ¿cuándo nos vemos?». Le propuse charlar un poco antes, conocernos por chat. Me cortó enseguida: a ella le gustaba conocer a la gente en persona, y que eligiera yo el lugar.

Lo primero que pensé fue en desconfiar. Seguro está llena de citas de la app, una más, ¿para qué perder el tiempo? Pero el descaro me intrigó. Le propuse ir al teatro y luego a tomar algo. Aceptó sin discutir.

Por mi parte, no soy ninguna Barbie, pero tengo lo mío. Soy alta, de pelo oscuro, ojos verdes, cejas marcadas, la boca grande. Senos generosos, buenas caderas. Cuando me arreglo, me gusta lo que veo en el espejo.

Quedamos a las siete menos cuarto. Dieron las siete y nada. Las siete y cuarto y seguía sin aparecer. Llegó a las siete y veinte, con una calma que después entendí: lo había hecho a propósito, para que se nos pasara la hora del teatro. Y así fue. Las puertas ya estaban cerradas, no había forma de entrar.

—Qué pena —dijo, sin parecer apenada en absoluto—. Tendremos que conformarnos con la cerveza.

En persona era mejor que en la foto. Estatura media tirando a alta, curvas en su sitio, una sonrisa que sabía exactamente lo que quería. Nos sentamos en un bar pequeño, de luz ámbar, y desde la primera cerveza fue ella la que llevó la conversación. Piropos, halagos, comentarios que me hacían reír y enrojecer a partes iguales. No hacía falta ser muy lista para ver hacia dónde apuntaba.

A la tercera cerveza me miró fijamente.

—¿Qué es lo que más te gusta cuando tienes sexo?

—Es una pregunta muy personal —respondí—. ¿Para qué quieres saberlo?

—Pura curiosidad. ¿Te da vergüenza hablar de eso?

—Soy tímida.

—¿Y qué tiene que ver la timidez? Tampoco estamos haciendo nada. Cuéntame.

Me encogí de hombros, dejé la timidez a un lado.

—Lo que más me gusta es que me acaricien todo el cuerpo, despacio. ¿Y a ti?

—A mí, que me bajen —dijo sin pestañear—. Soy muy sensible ahí, lo disfruto como una loca. ¿En qué parte eres más sensible tú?

—En los pezones.

—Yo también, pero más abajo. ¿Y cómo te gusta que te los chupen? A mí me encanta un mordisco suave.

—Que los chupen y los dejen mojados.

—¿Y el cuello? ¿Te enciende que te lo besen? A mí me pone a cien.

—También —confesé, con la voz más baja de lo que pretendía.

Así estuvimos un buen rato, ella desnudando mis gustos uno a uno, yo respondiendo cada vez con menos resistencia. Me gustaba que quisiera saberlo todo. Estaba preparando el terreno, era evidente, y aunque el sexo casual nunca había sido lo mío, algo dentro de mí empezaba a ceder.

De pronto me tomó la mano. Me miró a los ojos, me apartó un mechón de la cara, me dijo que era preciosa. Sus dedos subieron por mi muslo por encima del vaquero. Y entre el calor de las cervezas y el roce de su mano, sentí cómo me iba mojando.

—¿Te gusto? —preguntó.

—Me parece guapa.

—¿Te acostarías conmigo?

—No lo sé. ¿Por qué lo preguntas?

—Porque me tienes ardiendo. Querría estar contigo ahora mismo —dijo, apretándome las manos.

Me quedé callada. La proposición me daba vueltas en la cabeza, pero el cuerpo ya había decidido por mí hacía rato. Ella volvió a la carga.

—No le des más vueltas. Sé que tú también quieres. Vamos a un motel. Te prometo que te voy a hacer gozar.

—Si acabamos de conocernos —protesté, sin demasiada fuerza.

—Eso da igual. Deja de negar lo que sientes y entreguémonos al deseo. ¿Qué dices?

Y dejé que mandara la excitación y no la cabeza. Le dije que sí. Apenas lo hube dicho, me besó y me clavó las manos en los muslos, apretando.

***

El cuarto del motel olía a limpio y a sábana fría. En cuanto cerró la puerta me agarró de la nuca y tiró de mí hacia su boca. Nos besamos largo, sin prisa, y me gustó que quisiera eso antes que nada: la boca primero. Cuando se apartó, bajó directa a mi cuello y lo chupó y lo lamió mientras me acariciaba la espalda por debajo de la camisa.

Había escuchado cada cosa que le conté en el bar y la aplicó al pie de la letra. Recorría mi piel con la yema de los dedos, despacio, justo como le había dicho que me gustaba. Yo ya temblaba. Le devolví el gesto, le chupé el cuello, le pasé la lengua mojada por debajo de la oreja.

Me quitó la camisa. Me giró de espaldas y me besó la nuca, los hombros, la columna. Me desabrochó el sujetador y, sin dejar de besarme, me tomó los pechos y los acarició. Después me empujó con firmeza y caí sobre la cama, tal como le había confesado que me volvía loca. Se montó encima y me chupó los pechos, dándoles pequeños mordiscos.

Estiré las manos y le saqué la camisa, después el sujetador, pero ella me volvió a empujar contra el colchón y regresó a mi cuello.

—¿Te gusta estar aquí conmigo? —murmuró—. ¿Te gusta que te recorra con la lengua?

—Mucho —jadeé—. Me encantan tus labios cuando tocan mi piel.

—Estás tan buena que me pongo solo de mirarte. No te imaginas lo que siento al tocarte.

Cada palabra me encendía más. Estaba concentrada en darme placer, y cada vez que yo intentaba incorporarme para abrazarme a su cuerpo, ella me dominaba y me tumbaba otra vez. Y yo la dejaba, porque eso, que me dominaran, siempre me ha gustado.

Me desabrochó el vaquero y me lo quitó, dejándome solo la tanga. Dejaba caer saliva sobre mis pezones y luego los chupaba, mientras presionaba con los dedos sobre mi sexo por encima de la tela. La saliva volvía a caer, volvía a chupar, volvía a apretar, volvía a morder. Me ponía la mano en el cuello y me besaba, dejándome claro quién mandaba.

Aproveché un beso para alcanzarle el pecho. Le solté el sujetador y le acaricié los senos, le apreté los pezones. Las dos gemíamos: ella con la mano entre mis piernas, yo amasándole el pecho.

Cuando se levantó un instante, le desabotoné el vaquero y se lo bajé. La apreté contra mí y le chupé los pechos; tenía los pezones hinchados, duros, y eso me encendía todavía más. Hablaban por ella, me decían lo excitada que estaba. La oía gemir mientras yo bajaba la mano y le tocaba el sexo, sin dejar de chuparle.

—Ahora vas a saber lo que es gozar —advirtió.

Esas palabras me pusieron al borde. Se le notaba en la cara el mismo fuego que yo tenía. Me arrancó la tanga y me tiró de nuevo sobre la cama. Me besó con la mano otra vez en mi sexo, bajó al cuello sin dejar de tocarme, volvió a los pechos, y de ahí sacó la lengua y la deslizó por mi vientre hasta el pubis. Me separó las piernas y empezó a besarme los muslos.

Bajaba casi hasta el centro y se detenía. Cambiaba de muslo y seguía. Yo me moría de ganas, y ella amagaba, me hacía creer que ahora sí, y no. Me tenía en sus manos.

Y en uno de esos pensamientos que cruzan la mente en un parpadeo, me di cuenta de hasta qué punto me tenía rendida una completa desconocida. Una mujer a la que había visto por primera vez hacía dos horas me dominaba por entero, y yo abría las piernas como si la conociera de toda la vida. En lugar de avergonzarme, aquel pensamiento me prendió aún más.

Por fin me dio un beso pequeño justo donde más lo necesitaba, sacó la lengua mojada y me recorrió entera. Cumplió su promesa. Estaba gozando como no recordaba. Después de dos años en seco, me sentía casi virgen otra vez, y ahí estaba aquella desconocida quitándome esa virginidad inventada, mientras yo gemía como una adolescente.

Qué bien se sentían sus dedos subiendo por mi abdomen, por mis pechos, siempre con la yema, sin dejar de lamerme. Me llevó al borde con una paciencia cruel, y de ahí, sin tregua, al orgasmo. Estoy segura de que notó el sabor de lo mojada que estaba.

***

La jalé del pelo hasta que su boca tocó la mía y la besé. Comprobé que no me equivocaba: tenía tanto de mí en los labios que hasta yo lo probé en los míos. Ahora me tocaba a mí tomar el mando. Tenía unas ganas incontenibles de explorarla, de hacerla gozar igual.

La aparté de encima y la tumbé. Empecé por la boca, como debe empezar todo. Bajé al cuello —Dios, cómo gemía—, le acaricié los pechos. Y como ella me había hecho esperar, yo la haría esperar más todavía. Bajé hasta sus pies, le chupé los dedos, la planta, y fui subiendo despacio por las piernas, por los muslos, hasta llegar al pubis.

Aquella espera se me hizo larga incluso a mí, de las ganas que tenía. Pero al llegar no me contuve: no quedó un rincón de su sexo que mi lengua no recorriera. Gemía sin parar, y yo estaba tan encendida como ella. Tenía a una desconocida deshaciéndose en mi boca.

Decidí penetrarla. Si hay algo que me vuelve loca es meter los dedos en una mujer mojada, y ella lo estaba, no había parado de probarlo. Metí dos dedos mientras le chupaba el clítoris, concentrada en las dos cosas. Lo succionaba, lo estiraba al soltarlo, y los dedos entraban y salían al mismo ritmo. Ella gemía, yo no paraba, hasta que la hice estallar. Gimió como nunca: delicioso.

—Ahora súbete a mi boca —ordenó, recuperando el mando—. Siéntate.

Y obedecí. Me senté sobre ella. Sacó la lengua, me agarró las nalgas y me movió adelante y atrás para que me deslizara sobre ella. A veces me frenaba con un apretón, chupaba, volvía a sacar la lengua y volvía a empujarme. Ahora la que no paraba de gemir era yo. Qué talento tenía esa mujer. Y a una, tratada así, ¿quién no se viene? Me corrí de nuevo, encima de ella, temblando.

Y por si fuera poco, juntamos nuestros sexos. Quedó ella arriba y empezó a moverse contra mí, duro y rápido, sin parar. Mientras se frotaba me agarró de la cabeza y me besó. Gemíamos las dos como gatas en celo, y después de un buen rato de aquel vaivén, nos vinimos juntas. Qué manera de terminar.

—¿Te ha gustado? —preguntó, todavía sin aliento.

—¿Lo dudas después de oírme gemir así?

—No lo dudo. Quiero oírlo de tu boca.

—Pues que sepas que me subiste hasta las nubes —confesé.

Fue entonces cuando me reveló su pequeño plan: había llegado tarde a propósito para que no diera tiempo al teatro y termináramos bebiendo. Desde que vio mi foto en la app, me dijo, se había muerto de ganas de hacer exactamente esto. Y yo, que dos años atrás había jurado no confiar en ninguna mujer, me sorprendí pensando que no me importaría volver a verla.

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Comentarios (5)

NocturnaMdq

increible!! me dejo sin palabras, de verdad

LuzNorte

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas.

SandraVQ

me recordó algo que me pasó hace unos años. nunca sabés cómo termina una noche así.

Nadia_mz

genial!! sigue subiendo mas

CuriosaNet22

¿fue la primera vez que viviste algo asi? pregunto porque parece que ya tenias practica jaja

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